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Gálatas 4: Los días de la niñez

Para Pablo, el que gobernara su vida por la esclavitud a la Ley era todavía un niño; el que había aprendido el camino de la Gracia había llegado a ser una persona madura en la fe cristiana.

Progreso al revés

Hubo un tiempo cuando no conocíais a Dios, y erais esclavos de dioses que no son dioses ni son nada; pero ahora que conocéis a Dios -o, más bien, ahora que Dios os conoce-, ¿cómo podéis volveros otra vez a las cosas elementales, débiles e inútiles? Porque parece ser que queréis esclavizaros a ellas otra vez. Observáis meticulosamente los días y los meses y las estaciones y los años. Mucho me temo que todo el trabajo que me he tomado con vosotros no haya servido para nada.

Pablo sigue basando su argumento en la convicción de que la Ley es una etapa elemental de la religión, y que una persona madura se apoya sobre la Gracia. La Ley no estaba mal en los tiempos antiguos, cuando no se conocía nada mejor. Pero ahora hemos llegado a conocer a Dios y Su Gracia. Inmediatamente, Pablo se corrige a sí mismo: no hay nadie que pueda conocer a Dios por medios e iniciativa propios; Dios Se revela a la criatura humana en Su Gracia. Nunca podríamos buscar a Dios si no fuera porque Él ya nos ha encontrado. Así es que Pablo pregunta: « ¿Es que vais a volver atrás a una etapa que vosotros debierais haber superado hace mucho? »

Pablo llama a las cosas elementales, la religión basada en la Ley, débil e inútil.

(i) Es débil porque no es eficaz. Puede definir el pecado; puede convencer a una persona de que es pecadora; pero no puede ni encontrar para ella el perdón de sus pecados pasados ni la fuerza para conquistar las tentaciones en el futuro.

(ii) Es ineficaz en comparación con el esplendor de la Gracia. Por su propia naturaleza, la Ley no puede referirse nada más que a una situación. Para cada nueva situación se necesita una nueva ley. Pero la maravilla de la Gracia es que es poikilos, que quiere decir de muchos colores, para toda la gama de las situaciones humanas. Es decir: no hay ninguna situación posible de la vida que la Gracia no pueda resolver; es suficiente para todas las necesidades.

Una de las características de la ley judía era la observancia de tiempos especiales. En este pasaje, los días son los sábados de cada semana; los meses son las nuevas lunas; las estaciones son las grandes fiestas anuales, como la Pascua, Pentecostés y Tabernáculos; los años son los años sabáticos, es decir, cada séptimo año. El fracaso de una religión que depende de ocasiones especiales es que casi inevitablemente divide los días en sagrados y seculares; y la consecuencia casi inevitable es que cuando una persona ha cumplido meticulosamente los días sagrados, es propensa a pensar que ha cumplido sus deberes para con Dios.

Aunque eso era la religión del legalismo, estaba muy lejos de ser la religión profética. Se ha dicho que el antiguo pueblo hebreo no tenía una palabra en su lengua que correspondiera a la palabra religión como la usamos corrientemente ahora. La totalidad de la vida tal como ellos la veían venía de Dios, y estaba sujeta a Su Ley y gobierno. No podía haber ninguna parte separada de ella en su pensamiento que se denominara «religión.»

Jesucristo no dijo: «Yo he venido para que tengan religión,» sino: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia.» Si hacemos de la religión algo que consiste en la observancia de momentos especiales, la hemos convertido en algo externo. Para el que es cristiano de veras, todos los días son el día del Señor. Pablo tenía el temor de que las personas que habían llegado a conocer el esplendor de la Gracia se volvieran otra vez al legalismo, y que los que habían vivido una vez en la presencia del Señor limitaran Su soberanía a unos días especiales.

La llamada del amor

Hermanos, os lo suplico: Haceos como yo, porque yo me hice como vosotros. No tengo queja de la manera como me tratasteis una vez. Vosotros sabéis que fue porque estaba enfermo por lo que os prediqué el Evangelio al principio.

Tendríais la tentación de mirarme con desprecio y volverme la espalda con asco; pero no lo hicisteis, sino que me recibisteis como si fuera un ángel de Dios, como habríais recibido al mismo Jesucristo. Yo tuve una vez motivos para felicitaros. ¿Qué ha sido de esos motivos? Estoy dispuesto a dar testimonio en vuestro favor de que os habríais sacado vuestros propios ojos para dármelos. Y, entonces, ¿qué? ¿Es que me he convertido en vuestro enemigo por deciros la verdad? No es por ninguna razón respetable por lo que esas otras personas os hacen la rosca, sino porque quieren levantar barreras para que vosotros seáis los que les hagáis el juego a ellos. Siempre está bien el ser celosos en un asunto noble, y eso no solo cuando estoy fisicamente presente con vosotros. ¡Hijitos míos, por los que sigo pasando dolores de parto hasta que asumáis la forma de cristo! ¡Cuánto me gustaría estar con vosotros ahora! Me encantaría no tener que hablaros así; pero es que me tenéis de lo más preocupado.

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