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Génesis 2: Creación del Edén

Gén 2:14 El tercero era el río Tigris, que es el que pasa al oriente de Asiria. Y el cuarto era el río Éufrates.

Gén 2:15 Cuando Dios el Señor puso al hombre en el jardín de Edén para que lo cultivara y lo cuidara,

Gén 2:16 le dio esta orden: «Puedes comer del fruto de todos los árboles del jardín,

Gén 2:17 menos del árbol del bien y del mal. No comas del fruto de ese árbol, porque si lo comes, ciertamente morirás.»

Dios dio a Adán la responsabilidad del huerto y le dijo que no comiera del árbol de la ciencia del bien y del mal. Antes que prevenirlo físicamente de comer, Dios le dio a Adán una opción, aun cuando él pudiera escoger equivocadamente. Actualmente Dios nos sigue dando alternativas y nosotros también, escogemos equivocadamente. Estas elecciones erróneas nos pueden causar dolor, pero nos pueden enseñar a aprender y a crecer y a hacer mejores elecciones en el futuro. Vivir con la consecuencia de nuestras decisiones nos enseña a pensar y elegir con más cuidado.

¿Por qué Dios colocó un árbol en el huerto, para después prohibir a Adán comer de él? Dios quería que Adán lo obedeciera, pero El le dio la libertad de la elección. Sin una alternativa, Adán habría sido como un prisionero, y su obediencia habría sido hueca. Los dos árboles presentaban un ejercicio de decisión, con recompensas si se elegía obedecer o tristes consecuencias si se decidía desobedecer. Cuando usted se enfrente a la alternativa, siempre elija obedecer a Dios.

Gén 2:18 Luego, Dios el Señor dijo: «No es bueno que el hombre esté solo. Le voy a hacer alguien que sea una ayuda adecuada para él.»

Gén 2:19 y Dios el Señor formó de la tierra todos los animales y todas las aves, y se los llevó al hombre para que les pusiera nombre. El hombre les puso nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves y a todos los animales salvajes, y ese nombre se les quedó. Sin embargo, ninguno de ellos resultó ser la ayuda adecuada para él.

Gén 2:20 Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él.

Gén 2:21 Entonces Dios el Señor hizo caer al hombre en un sueño profundo y , mientras dormía, le sacó una de las costillas y le cerró otra vez la carne.

Gén 2:22 De esa costilla Dios el Señor hizo una mujer, y se la presentó al hombre,

Gén 2:23 el cual, al verla, dijo: «¡Esta sí que es de mi propia carne y de mis propios huesos! Se va a llamar ‹mujer›, porque Dios la sacó del hombre.»

Gén 2:24 Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su esposa, y los dos llegan a ser como una sola persona.

La obra creativa de Dios no estuvo completa hasta que creó a la mujer. Pudo haberla hecho del polvo de la tierra, como hizo al hombre. Sin embargo, decidió hacerla del hueso y de la carne del hombre. Al hacer esto nos ilustró que en el matrimonio el hombre y la mujer llegan a ser simbólicamente una sola carne. Esta es una unión mística de los corazones y las vidas de la pareja. A lo largo de la Biblia, Dios trata seriamente esta unión especial. Si usted está casado o planea casarse ¿está usted dispuesto a guardar su compromiso que hace que los dos sean uno? La meta del matrimonio debiera ser más que una amistad; debiera ser una unidad.

Dios diseñó y equipó al hombre y a la mujer para realizar diferentes tareas, pero todas estas tareas apuntan a la misma meta: honrar a Dios. El hombre da vida a la mujer; la mujer da vida al mundo. A cada rol le corresponden privilegios exclusivos; no se admite el pensamiento de que un sexo sea superior al otro.

Dios dio el matrimonio como un regalo para Adán y Eva. Fueron creados perfectamente para complementarse entre sí. El matrimonio no fue sólo por conveniencia, tampoco lo originó ninguna cultura. Fue instituido por Dios y cuenta con tres aspectos básicos: (1) El hombre «deja» a su padre y a su madre y, en un acto público, se promete a su esposa. (2) El hombre y la mujer se unen al tomar la responsabilidad del bienestar de cada uno y al amar a su pareja sobre todos los demás; (3) ambos llegan a ser «una carne» en la intimidad y en el compromiso de la unión sexual que está reservada sólo para el matrimonio. Los matrimonios sólidos de hoy incluyen estos tres aspectos por completo.

Gén 2:25 Tanto el hombre como su mujer estaban desnudos, pero ninguno de los dos sentía vergüenza de estar así.

¿Ha notado usted cómo un niño pequeño puede correr desnudo en un cuarto lleno de extraños sin avergonzarse? No está consciente de su desnudez, así como Adán y Eva no se avergonzaban en su inocencia. Pero después de que Adán y Eva pecaron, le siguieron la vergüenza, la pena y la incomodidad; creando barreras entre ellos mismos y Dios. A menudo experimentamos estas mismas barreras en el matrimonio. Sería ideal que los esposos no tuvieran barreras, y no sintieran vergüenza de exponerse el uno al otro o a Dios. Como Adán y Eva (3.7), nos ponemos hojas de higuera (barreras) debido a que hay aspectos nuestros que no queremos que nuestra esposa, o Dios, conozca. Luego nos escondemos, de la misma manera que Adán y Eva se escondieron de Dios. En el matrimonio la falta de intimidad espiritual, emocional e intelectual por lo general precede a una desintegración de la intimidad física. Del mismo modo, cuando no podemos exponer nuestros pecados y pensamientos secretos a Dios, cerramos las líneas de comunicación que tenemos con El.

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