La paz que buscamos es la que viene de la obediencia a la voluntad de Dios, la que eleva la vida humana a su más alta realización y nos permite vivir en perfecta relación con los demás, y hacer que esta relación se desarrolle.
Hay otra cosa en que debemos fijarnos: hay que estudiar detenidamente esa clase de paz. Esto requiere un esfuerzo; no es una cosa que se da sin más ni más. Requiere esfuerzo y sudor mental y espiritual. Dios nos da Sus dones, pero no por nada; tenemos que ganárnoslos, porque sólo los podemos recibir si cumplimos las condiciones de Dios, y la condición suprema es la obediencia.
(b) Debe proponerse como objetivo la santidad (haguiasmris). Haguiasmós es de la misma familia que el adjetivo háguios, que se suele traducir por santo. La raíz significa diferencia y separación. Aunque vive en el mundo, el que es háguios siempre es diferente de él en algún sentido, y está separado de él. Sus categorías no son las de este mundo, ni tampoco su conducta. Su objetivo no es quedar bien con los hombres, sino con Dios. Haguiasmós, según la precisa definición de Westcott, es « la preparación para la presencia de Dios.» La vida del cristiano tiene como meta suprema entrar y estar en la presencia de Dios.
(iii) El autor de Hebreos prosigue señalando los peligros que amenazan a la vida cristiana.
(a) Está el peligro de perder la Gracia de Dios. La palabra que usa se podría parafrasear por fallar o dejar de mantenerse en la Gracia de Dios. El antiguo comentarista griego Teofilacto lo interpreta en términos del viaje de una compañía que comprueba de cuando en cuando: « ¿Se nos ha perdido alguno? ¿Se ha quedado alguien atrás?» (Cp. Reina-Valera: « no sea que alguno deje de alcanzar»). En Miqueas 4:6 tenemos un texto gráfico: «En aquel día, dice el Señor, juntaré la que cojea, y recogeré la descarnada.» Moffatt traduce: «Recogeré a los rezagados». Es fácil despistarse o rezagarse en vez de proseguir la marcha, y así perder la Gracia de Dios como el que pierde el tren. En esta vida no hay oportunidad que no se pueda perder. La Gracia de Dios nos presenta la oportunidad de hacernos a nosotros mismos lo que Dios quiere que seamos, y la vida lo que Dios quiere que sea. Puede que uno, por letargo, despiste, imprevisión o procrastinación, pierda las oportunidades que le ofrece la Gracia. Contra tal peligro debemos mantenernos siempre en guardia.
(b) Está el peligro de lo que la versión Reina-Valera expresa diciendo: «que brotando alguna raíz de amargura os estorbe, y por ella muchos sean contaminados», y otras traducciones la llaman «una raíz que produce fruto venenoso y amargo.» La frase procede de Deuteronomio 29:18, y allí describe al que se aparta tras dioses extraños y anima a otros a hacer lo mismo, convirtiéndose en una influencia perniciosa para la vida de la comunidad. El autor de Hebreos advierte del peligro de las malas influencias. Hay algunos que piensan que los principios cristianos son innecesariamente estrictos y minuciosos, y que no ven por qué no hemos de aceptar los criterios del mundo. Esto sucedía también en la Iglesia Primitiva. Era una islita de Cristianismo rodeada de un mar de paganismo. Sus miembros eran en muchos casos cristianos de la primera generación. Era fácil retroceder a los viejos niveles. Esta es una advertencia del peligro de infección del mundo que se puede introducir y extender, deliberada o inconscientemente, en la sociedad cristiana.
(c) Está el peligro de caer en la inmoralidad o volver ala manera de vivir del mundo (bébélos, R-V «profano»). La palabra original tiene un trasfondo interesante. Se aplicaba al terreno que era profano, en oposición al terreno consagrado. En el mundo antiguo había religiones en las que solamente los iniciados podían participar. Bébélos era cualquier persona que no estuviera iniciada ni interesada, en contraposición con el que era devoto. Se aplicaba a hombres como Antíoco Epífanes, que se dedicó sistemáticamente a acabar con la verdadera religión; y también se aplicaba a los judíos apóstatas que habían renegado de Dios.
Westcott resume esta palabra diciendo que describe al hombre cuya mente no reconoce la existencia de nada por encima de la Tierra, para el que nada es sagrado, que no tiene respeto a lo invisible. Una vida profana es la que no tiene en cuenta a Dios ni tiene interés en El. En sus pensamientos, proyectos y placeres se limita exclusivamente a lo material. Debemos tener cuidado, no sea que nos dejemos llevar a la deriva a una actitud de mente y de corazón que no tiene más horizontes que los de este mundo, porque por ese camino sucumben la castidad y la dignidad humana.

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Irisbelia Otero
Amén ?