Para resumir lo dicho, el autor de Hebreos cita el ejemplo de Esaú. Realmente pone dos historias juntas: Génesis 25:2834 y Génesis 27:1-39. En la primera se nos presenta a Esaú volviendo del campo con un hambre atroz, y vendiendo la primogenitura a Jacob por una parte de la comida que estaba preparando. La segunda historia nos cuenta cómo se las arregló Jacob para robarle astutamente a Esaú la primogenitura haciéndose pasar por él cuando Isaac estaba viejo y ciego, ganando así la bendición que pertenecía a Esaú por haber nacido el primero de los dos. Fue cuando Esaú buscó la bendición que Jacob le había usurpado, y supo que ya no podía ser suya, cuando se puso a gritar y a llorar (Génesis 27:38).
Hay aquí más de lo que aparece en la superficie. En las leyendas hebreas y en las elaboraciones de los rabinos se había llegado a considerar a Esaú un hombre absolutamente sensual que no ponía nada por encima de sus necesidades y apetencias corporales. Una leyenda hebrea dice que, mientras Jacob y Esaú, que eran mellizos, estaban en el vientre de su madre, Jacob le dijo a Esaú: «Hermano mío, hay dos mundos delante de nosotros, éste y el por venir. En este mundo la gente come y bebe y comercia y se casa y cría hijos e hijas, pero todo eso no tiene parte en el mundo venidero. Si quieres, quédate con este mundo, y yo me quedaré con el otro.» Y Esaú se dio por contento de quedarse con este mundo, porque no creía que había otro. Aquel mismo día que Jacob le usurpó la bendición de Isaac, dice la leyenda que Esaú había cometido cinco pecados: «Había tomado parte en un culto idolátrico; había derramado sangre inocente; había perseguido a una joven que estaba comprometida; había negado la vida del mundo venidero y había despreciado su primogenitura.»
La interpretación hebrea veía a Esaú como un hombre sensual, que no reconocía más placeres que los groseros de este mundo. Cualquier hombre así vende su primogenitura, porque uno rechaza su herencia cuando rechaza la eternidad. El autor de Hebreos dice, según la versión Reina-Valera, que Esaú « no hubo oportunidad para el arrepentimiento.» La palabra griega para arrepentimiento es metánoia, que quiere decir literalmente un cambio de actitud, o de mentalidad. Es mejor decir que a Esaú le era imposible cambiar de opinión o de mentalidad. No es que se le impidiera el acceso al perdón de Dios, sino, sencillamente, que es un hecho inexorable que hay ciertas decisiones de las que no se puede volver atrás, y ciertas consecuencias que no se pueden evitar. Un ejemplo sencillo: si un hombre pierde su pureza, o una mujer su virginidad, voluntariamente, esa pérdida no se puede reponer. Se ha tomado una decisión, y queda una situación irreversible. Dios quiere y puede perdonar, pero no volver atrás el reloj. Haremos bien en tener presente que hay cosas que son decisivas en la vida. Si, como Esaú, seguimos el camino de este mundo y consideramos que lo único que cuenta son las cosas del cuerpo; si escogemos los placeres del tiempo por encima de las bendiciones eternas, Dios puede y quiere perdonar, pero habrá cosas que se han hecho y que no se pueden deshacer. Hay ciertas situaciones en las que ya no se puede cambiar de mentalidad, y se ha de seguir en la línea de las decisiones que se han tomado.
El terror del antiguo pacto y la gloria del nuevo
No es a algo que se puede tocar a lo que habéis venido, ni al fuego llameante, la niebla y la oscuridad y la tempestad terrible, ni a los trompetazos, ni a la voz que decía tales cosas que los que la oían suplicaban que no se les dijera ni una palabra más, porque no podían soportar la orden: «Al que toque el monte, aunque sea sólo un animal, hay que apedrearlo. » Tan aterrador era lo que se veía que Moisés dijo: «Estoy temblando de miedo.» Por el contrario, habéis venido al Monte de Sión y a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, con sus miríadas de ángeles reunidos en jubilosa asamblea; habéis venido a la asamblea de los distinguidos cuyos nombres figuran en los registros del Cielo, al Dios que es el Juez de todos, a los espíritus de los justos que han alcanzado la meta para la que fueron creados… ¡y a Jesús, el Mediador del Nuevo Testamento, y a la Sangre rociada, que pregona un Mensaje más glorioso que la sangre de Abel!
En este pasaje se nos presenta el contraste entre el Antiguo Pacto, que se estableció con la promulgación de la Ley en el Monte Sinaí, y el Nuevo Pacto, del que Jesús es Mediador. Hasta el versículo 21 nos llega un eco tras otro de la historia de la promulgación de la Ley, que Deuteronomio 4:11 nos describe diciendo: «Y os acercasteis y os pusisteis al pie del monte; y el monte ardía en fuego hasta en medio de los cielos con tinieblas, nube y oscuridad. Y el Señor habló con vosotros desde en medio del fuego.» Éxodo 19:12, 13 habla de aquella terrible montaña inasequible: « Y señalarás término al pueblo en derredor, diciendo: Guardaos, no subáis al monte, ni toquéis sus límites; cualquiera que tocare el monte, de seguro morirá. No lo tocará mano, porque será apedreado o asaeteado; sea animal o sea hombre, no vivirá. Cuando se haga un toque largo de trompeta, subirán al monte.» Deuteronomio 5:23-27 cuenta que el pueblo temía tanto oír la voz de Dios directamente, que le pidieron a Moisés que fuera él y les trajera el mensaje de Dios: « Si oímos otra vez la voz del Señor nuestro Dios, nos moriremos.»

1 comentario
Irisbelia Otero
Amén ?