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Hebreos 12: La carrera y la meta

La obligación suprema

Cuidaos mucho de resistiros a escuchar Su voz; porque, si los que se resistieron a escuchar al que traía los oráculos de Dios a la Tierra no escaparon impunes, con mucha más razón no escaparemos nosotros si prestamos oídos sordos al Que nos habla desde el Cielo. En aquella ocasión Su voz sacudió la Tierra; pero ahora, la palabra de la promesa dice: «Aún una vez gis, y sacudiré no sólo la Tierra, sino también el Cielo.» La frase «aún una vez más, etc.» se refiere a la mutación de las cosas que se pueden sacudir, porque no son más que cosas creadas, para que queden las que son inconmovibles. Por tanto, démosle gracias a Dios porque hemos recibido un Reino que no se puede hacer vacilar, un Reino en el que debemos adorar a Dios de una manera que Le sea aceptable, con reverencia y con temor; porque nuestro Dios es también fuego devorador.

Aquí el autor empieza con un contraste que es también una advertencia. Moisés trajo a la Tierra los oráculos de Dios. La palabra que usa (jrématizein) implica que Moisés fue sólo el que transmitió aquellos oráculos, el instrumento que Dios usó para hablar; pero, a pesar de todo, el que quebrantaba aquellos mandamientos no escapaba al castigo. Por otra parte, está Jesús. La palabra que se usa en relación con Él (lalein) implica una comunicación directa de Dios. Jesús no era simplemente un transmisor de la voz de Dios, sino la misma voz de Dios. Siendo así, ¡con cuánta más razón recibirá castigo el que se niega a obedecerle! Si una persona merecía la condenación por no prestar atención al mensaje incompleto de la Ley, ¡cuánto más la merecerá el que no presta atención al perfecto mensaje del Evangelio! Como el Evangelio es la plena revelación de Dios, el que lo oye tiene una doble y seria responsabilidad; y su condenación será tanto mayor si lo rechaza.

Hebreos sigue desarrollando otro pensamiento. Cuando se promulgó la Ley, la Tierra fue conmovida. «Todo el Monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera» (Éxodo 19:18). « ¡Tiembla, Tierra, en la presencia del Señor!» (Salmo 114:7). « La Tierra tembló, y los cielos derramaron lluvia ante la presencia del Señor» (Salmo 68:8). «La voz de tu trueno estaba en el torbellino; tus relámpagos iluminaron el mundo; se estremeció y tembló la Tierra» (Salmo 77:18).

El autor de Hebreos encuentra otra referencia a un temblor de tierra en Hageo 2:6. Allí, la traducción griega del Antiguo Testamento dice: «Una vez más, dentro de algún tiempo -el texto hebreo dice «muy pronto»-, sacudiré los cielos y la Tierra y el mar y la tierra seca.» El autor de Hebreos lo toma como un anuncio del día en que esta Tierra pasará y empezará la nueva era.

Ese día se destruirá todo lo mutable; lo único que quedará serán las cosas inmutables, entre las que ocupa el primer lugar nuestra relación con Dios.

Todas las cosas pueden ser destruidas; el mundo, tal como lo conocemos, puede ser desarraigado; la vida, como la experimentamos, puede llegar a su fin; pero una cosa permanecerá eternamente: la relación que el cristiano tiene con Dios.

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