La sede del gobierno romano no estaba en Jerusalén, sino en Cesarea. La residencia del gobernador era lo que se llamaba el pretorio, y el de Cesarea era un palacio que había construido Herodes el Grande. El comandante de Jerusalén, Claudio Lisias, escribió una buena carta oficial -en la que, ¡naturalmente!, omitió «el detalle» de haber encadenado y pensado azotar a ese ciudadano romano-, y se la mandó al gobernador con el detenido y una escolta considerable. Jerusalén estaba a 90 kilómetros de Cesarea, y Antípatris a unos 40. Hasta Antípatris, el país era peligroso y habitado por judíos; después era abierto y llano, no ofrecía peligro de emboscadas y estaba habitado sobre todo por gentiles. Por eso se volvió a Jerusalén la mayor parte de la escolta al llegar a Antípatris, dejando a Pablo al cuidado de los de caballería.
El gobernador al que entregaron a Pablo era Félix, famoso por su infamia. Hacía cinco años que era gobernador de Judea, y otros dos antes había estado en Samaria. Todavía le quedaban dos años antes de que le echaran de su puesto. Había empezado su vida como esclavo. Su hermano Palas era el favorito de Nerón, y gracias a la influencia de su hermano Félix había llegado a ser liberto, y luego gobernador. Fue el primer esclavo de la historia que llegó a ser gobernador de una provincia romana -¡no tanto como había llegado a ser José en Egipto!-. El historiador latino Tácito dijo de él: «Ejercía las prerrogativas de un rey con el espíritu de un esclavo.» Se había casado sucesivamente con tres princesas: el nombre de la primera no se conoce; la segunda era nieta de Antonio y Cleopatra, y la tercera era Drusila, hija de Herodes Agripa I, una víbora capaz de contratar asesinos para acabar con sus más fieles protectores. ¡Hizo falta una erupción del Vesubio para acabar con ella! Tal era el gobernador ante quien tuvo que presentarse Pablo, y tal la pareja ante la que haría su defensa, entre otros invitados.

1 comentario
Yariam Martinez
Muy educativo y especial.