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Hechos 24: El adulador y la falsa acusación

Cuando estaba haciéndolo se me echaron encima en el recinto del Templo. Yo había cumplido todo el ritual de las purificaciones. No era el centro de ninguna aglomeración, ni se había producido ningún disturbio. EL problema lo causaron unos judíos de Asia, que son los que deberían estar aquí ante tu tribunal para hacer las acusaciones que tengan en contra de mí. Faltando aquellos, estos que están aquí deberían aclarar de qué crimen me encontraron culpable cuando comparecí ante el Sanedrín, como no fuera el que yo mismo declaré públicamente ante la asamblea: «Que por lo que se me está juzgando en vuestro tribunal hoy es por la Resurrección de los muertos. »

La defensa de Pablo es la de uno que tiene la conciencia tranquila y se limita a exponer sencillamente los hechos. Le habían arrestado precisamente cuando traía las ofrendas de las iglesias a los necesitados de Jerusalén y estaba cumpliendo rigurosamente la Ley de Israel. Una de las grandes cosas de Pablo es que habla en su defensa con fuerza y también con una veta de indignación, pero nunca compadeciéndose a sí mismo o con amargura, lo que hubiera sido perfectamente natural en un hombre cuyas acciones más nobles habían sido tergiversadas tan cruelmente.

Hablándole claro a un gobernador culpable

Félix estaba muy bien informado sobre los hechos del Camino; pero dejó la cosa para más adelante, y dijo: -Cuando baje el comandante Lisias investigaré el caso. Seguidamente le dio órdenes al centurión para que siguiera vigilando a Pablo aunque dándole una cierta medida de libertad, y que no se les impidiera a sus amigos prestarle ayuda. Al cabo de unos días vino Félix con su mujer Drusila, que era judía. Mandó traer a Pablo, y le estuvo escuchando hablar acerca de la fe en Jesucristo. Pero cuando Pablo pasó a hablar acerca de la integridad, el dominio propio y el juicio venidero, Félix se alarmó y le dijo a Pablo: Dejemos ahora ese asunto. Ya te mandaré llamar cuando tenga tiempo. Y es que el gobernador tenía esperanzas de que Pablo le pagara su libertad. Por eso le mandaba llamar muchas veces para hablar con él. Así estuvo la cosa durante dos años, al final de los cuales Félix fue sustituido por Porcio Festo, y dejó a Pablo en la cárcel para congraciarse con los judíos.

Félix no fue cruel con Pablo, pero algunas de las cosas que le dijo Pablo le dejaron aterrado. Su mujer Drusila era hija de Herodes Agripa I. Había estado casada con Aziz, rey de Emesa; pero Félix, con la ayuda de un mago que se llamaba Átomo, había seducido a Drusila y la había convencido para que se casara con él. No nos sorprende que tuviera miedo cuando Pablo le expuso la moralidad elevada que Dios demanda.

Pablo estuvo preso en Cesarea dos años. Félix se pasó de la raya tanto y tantas veces que le depusieron. Había una discusión interminable sobre si Cesarea era una ciudad judía o griega, y los judíos y los griegos estaban a la greña por esa cuestión. Hubo un enfrentamiento violento en el que los judíos llevaban las de ganar cuando Félix mandó tropas en defensa de los gentiles.

Miles de judíos murieron, y las tropas, con el consentimiento y aun beneplácito de Félix, saquearon y expoliaron las casas de los judíos más ricos de la ciudad. Los judíos entonces hicieron lo que todas las provincias tenían derecho a hacer: dieron parte del asunto a Roma. Por eso fue por lo que Félix dejó preso a Pablo, aunque estaba convencido de que debía ponerle en libertad. Estaba tratando de congraciarse con los judíos; pero no le sirvió de nada. Se le sustituyó en el gobierno, y se salvó de la ejecución gracias a la influencia de su hermano Palas.

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