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Introducción a las cartas segunda y tercera de Juan

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Diótrefes se negará a tener nada que ver con ellos, y tratará de echar a los que los reciban; y Juan está escribiendo a Gayo para exhortarle a que reciba a los maestros ambulantes, y no se deje intimidar por Diótrefes, con quien Juan tratará debidamente cuando visite la iglesia en cuestión (versículo 10). La situación se centra en torno a la recepción de los maestros ambulantes. Gayo ya los ha recibido antes, y Juan exhorta a recibirlos otra vez, así como a su líder Demetrio.

Diótrefes les ha cerrado la puerta, y ha desafiado la autoridad del anciano Juan.

El triple ministerio

Todo esto parece una situación desafortunada, y lo era. Sin embargo, era inevitable que surgiera. Tal como son las cosas, era de esperar que surgiera en la Iglesia un problema de ministerios. En sus primeros días, la Iglesia tenía tres clases diferentes de ministros.

(i) Únicos, y por encima de todos los demás, estaban los apóstoles, los que habían formado parte de la compañía original de Jesús y sido testigos de Su Resurrección. Eran los líderes incuestionables de la Iglesia. Su autoridad abarcaba toda la Iglesia; en cualquier país y en cualquier congregación, su ministerio era supremo.

(ii) Estaban los profetas. No estaban adscritos a una congregación determinada. Eran predicadores ambulantes que iban adonde el Espíritu los movía, y daban en las iglesias el mensaje que el Espíritu de Dios les daba. Habían dejado hogar, ocupación, comodidad, seguridad de la vida sedentaria para ser los mensajeros ambulantes de Dios. Ellos también ocupaban un lugar muy especial en la Iglesia. La Didajé, o como se suele traducir en español La Enseñanza de los Doce Apóstoles, es el primer libro de orden eclesiástico que surgió hacia el año 100 d.C. En él queda bien clara la posición única de los profetas. Se establece el orden del culto de comunión, y se dan instrucciones acerca de sus partes. El culto acababa con una oración de acción de gracias que se da por escrito completa; y entonces viene la frase: « Pero dejad que los profetas den gracias todo lo que quieran» (Didajé 10:7). Los profetas no tenían que sujetarse a las reglas y normas que gobernaban a los demás ministros. Así que la Iglesia tenía dos clases de personas cuya autoridad no se limitaba a una sola congregación, y que tenían derecho de entrada en todas.

(iii) Estaban los ancianos. En su primer viaje misionero, parte de la labor de Pablo y Bernabé fue ordenar ancianos en todas las iglesias locales que habían fundado (Hechos 14:23). Los ancianos eran los responsables de las comunidades locales; su cometido estaba circunscrito a sus congregaciones, y no se dedicaban a nada del exterior. Está claro que eran la espina dorsal de la organización de la Iglesia Original; de ellos dependía el trabajo regular, el funcionamiento y la solidez de las congregaciones locales.

El problema de los predicadores ambulantes

La posición de los apóstoles no, presentaba ningún problema real; eran únicos, y su posición no se podía poner en duda. Pero los profetas ambulantes presentaban un problema. Su posición era tal que se prestaba extraordinariamente al abuso. Tenían un prestigio enorme; y era posible que personajes indeseables se introdujeran en una manera de vivir en la que se movían de un lugar a otro viviendo con una comodidad considerable y a expensas de las congregaciones locales. Un pícaro astuto podía ganarse la vida muy cómodamente presentándose como profeta itinerante.

Hasta los satíricos paganos se dieron cuenta de la situación. El autor griego Luciano en su obra titulada Peregrinus traza el retrato de cierto tipo que había descubierto la manera más fácil de ganarse la vida sin trabajar. Era un charlatán itinerante que vivía a cuerpo de rey viajando y visitando las diversas comunidades de cristianos, deteniéndose donde le convenía y viviendo lujosamente a sus expensas.

La Didajé vio claramente este peligro, y estableció normas definidas para controlarlo. Estas normas son algo extensas, pero bien merece la pena citarlas textualmente, porque arrojan mucha luz sobre la vida y los problemas de la Iglesia Primitiva (Didajé 11 y 12).

Por tanto, al que venga a enseñaros todas las cosas mencionadas, recibidle. Pero si ese maestro se pone a enseñaros otra doctrina para pervertiros, no le escuchéis.

Eso sí: para crecer en integridad y conocimiento del Señor, recibidle como al Señor. Por lo que se refiere a los apóstoles y profetas, actuar conforme a las normas del Evangelio. Recibid a cada apóstol que llegue a vosotros como al Señor; y que esté con vosotros un día y, si fuere necesario, también el siguiente; pero si se queda tres días, es un falso profeta. Y cuando se vaya, que no se lleve nada más que pan hasta llegar a su siguiente destino; pero si pide dinero es un falso profeta. Y a todo profeta que hable en el Espíritu no trataréis de juzgarle: porque se puede perdonar cualquier pecado menos este. Pero no todo el que hable en el espíritu es un profeta, sino el que tenga las maneras del Señor. Por tanto, será por sus maneras por lo que se distinguirá al verdadero del falso profeta. Y ningún profeta que mande en el espíritu que se le ponga la mesa comerá de ella, porque en tal caso será un falso profeta. Y todo profeta que enseñe la verdad, si no actúa conforme a lo que enseña, es un falso profeta… Al que diga en el espíritu que se le dé dinero, o cualquier otra cosa, no le hagáis caso; pero si os dice que deis para otros que estén en necesidad, que nadie le juzgue.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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