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Introducción al libro de Números

Otra dificultad que ha sido propuesta en contra de una congregación de más de dos millones es la derivada de la cantidad de tiempo necesario para que tan grande multitud pudiese moverse de un punto a otro en su viaje tal como se dice que lo hicieron en la narrativa del Pentateuco. ¿Cómo, por ejemplo, pudo semejante horda de gente haber cruzado el Mar Rojo (o «Mar de Cañas», como el hebreo lo pone) tan rápido como Éxodo14:21-24 parece sugerir? …

…Esto parece imposible si ellos hubieran tenido que mentenerse sobre un camino pavimentado de alguna clase mientras avanzaban. Pero en esta situación difícilmente habría habido camino alguno (¿qué razón de ser habría tenido un camino que llevara hacia el mar?); y ellos tuvieron que cruzar directamente sobre terreno no pavimentado desde el punto en que habrían puesto el campamento para pasar la noche. Su movimiento sería exactamente como el de un ejército avanzando ha la batalla contra una hueste enemiga: su línea de frente se habría extendido por tres o cinco kilómetros mientras se movían juntos de manera simultánea, con todo un su ganado. Por lo tanto, poco tiempo habría sido perdido esperando en la cola. Toda la multitud simplemente se movió hacia adelante… Si esta fue la manera en que fue hecho, entonces no hay problema de tiempo que resolver.

La misma observación se aplica a los viajes de día en día de los israelitas durante los cuarenta años de peregrinaciones. Si hubieran estado alineados en una larga columna al acampar, muchas horas habrían pasado antes de que los últimos empezaran a moverse después de que la vanguardia hubiera empezado el viaje. Pero sabemos por Nm.

2:3-31 que acamparon en una formación cuadrada… Así, estaban distribuídos como una enorme fuerza expedicionaria, con un centro, dos alas, una vanguardia, y una retaguardia…

Considerable escepticismo ha sido articulado por la erudición racionalista con respecto de la historicidad de ejércitos tan grandes como los referidos en subsecuentes períodos en la historia de Israel. Por ejemplo, en la batalla de Maresa (II Cr. 14:8-12), el rey Asa de Judá se dice que enfrentó a Zera el etíope con 580.00 hombres contra la hueste

invasora de 1.000.000. O, de nuevo, en días de David, las Diez Tribus tenían 800.000 hombres de guerra y Judá 500.000, lo que hacían un total de 1.300.000 para el ejército en pié temprano en el siglo décimo a.C. El rey Peka de Israel mató a 120.000 hombres de Judé en una sola batalla y llevó 200.000 más cautivos, en el reinado de Acaz (II Cr. 28:6-8). Los eruditos modernos tienden a arrojar dudas sobre estos grandes números, sientiendo que especialmente el cronista era dado a exageraciones frecuentes en su celo por glorificar el pasado de Israel.

En respuesta a estas acusaciones de desconfianza estadística, hacemos las siguientes observaciones.

1. El autor antiguo, viviendo a pocos cientos de años de los eventos que describe –o aún más, escribiendo como un contemporáneo– tiene muchas más probabilidades de estar en posesión de los hechos que un escéptico moderno quien está separado de los hechos por tres mil años o más.

2. El criterio moderno de probabilidad o improbabilidad, si está fundado en la presuposición de que lo inusual nunca sucede, es virtualmente inútil. Si la historia nos enseña algo, nos enseña que la mayoría de los eventos mayores del pasado sucedieron porque lo improbable o infrecuente realmente sucedió.

3. Deducciones basadas en las observaciones y la experiencia recientes pueden llevar a resultados completamente falsos. No es seguro asumir a partir de las condiciones climáticas que han prevalecido en la Tierra Santa desde en año 500 d.C. que la tierra nunca fue fértil ni pudo haber sostenido a una población numerosa en tiempos anteriores. Le evidencia arqueológica y geológica parece indicar que los promedios de precipitación han fluctuado bastante marcadamente desde el trecer milenio a.C. El diario del tiempo llevado por Claudio Ptolomeo en Alejandría, Egipto, durante el siglo primero d.C. muestra que en su tiempo la sequía de verano era más corta que en el presente, con mucha mayor actividad tormentosa y un viento del norte más prevalente que en el presente (cf. Danis Baly, Geography of the Bible,…). Las indicaciones son que condiciones secas y calurosas prevalecieron desde el 4500 al 3500 a.C.; un tiempo más fresco y húmedo prevaleció desde el 3500 al 2300; seguido por 300 años de sequía (como lo testifica el descenso de Abraham a Egipto). Una mayor precipitación prevaleció del 2000 en adelante, aunque un incremento en la actividad humana ha oscurecido la evidencia de la extensión real de la fluctuación de un siglo a otro (ibid., Pág. 68). Pero variables tales como estas señalan que la descripción frecuente del Canaán del siglo quince como una «tierra que fluye leche ymiel» apunta a un nivel de precipitación más alto en el tiempo de Moisés que en el de Abraham. Entre más fértil y productiva se convirtió la tierra arable, mayor era la población que podía sostener.

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