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Introducción al libro de Números

El problema de la guerra, pues, debe ser visto desde la perspectiva de lo que Dios es, de lo que Dios hace y de los propósitos que tiene para Su pueblo escogido. Para esto debe recurrirse al contexto que Génesis da para el conflicto entre el bien y el mal, entre la bendición y la maldición, entre el pecado y la salvación, entre la condenación y la redención. Al crear el universo Dios introdujo la bendición; pero la Caída acarreó la maldición. Dios elige a un hombre para levantar un pueblo por cuyo medio reintroducir la bendición a todas las naciones de la tierra. El problema de la guerra no debe de ser aislado de este marco de referencia. Tanto las ramificaciones teológicas, como las revelatorias y las éticas del problema hallan su respuesta en él.

Teológicamente el tema de la guerra parece estar en conflicto con el amor y la benevolencia de Dios. Revelatoriamente, parece que existe conflicto entre el Dios del Antiguo Testamento y el Dios del Nuevo.

Éticamente, parece difícil hallar explicación a la masacre de pueblos enteros y el despojo de su propiedad por otro pueblo.

El problema parece agravarse cuando se enfoca la forma específica de la guerra de la conquista de la Tierra Prometida, porque fue una guerra total. Pero antes de llegar a cualquier conclusión, una serie de puntualizaciones deben hacerse para poner esta guerra santa en su contexto bíblico. En primer lugar, en las Escrituras la acción general se atribuye a la intervención directa de Dios: «Tú con tu mano echaste a las naciones, y los plantaste a ellos; afligiste a los pueblos y los arrojaste. Porque no se apoderaron de la tierra por su espada, ni su brazo los libró; sino tu distra, y tu brazo, y la luz de tu rostro, porque te complaciste en ellos» (Sal. 44:1-4).

En segundo lugar, debía ser una guerra de exterminio: «Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra en la cual entrarás para tomarla, y echado de delante de ti a muchas naciones, al heteo, al gergeseo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo, siete naciones mayores y más poderosas que tú, y Jehová tu Dios las haya entregado delante de ti, y las hayas derrotado, las destruirás del todo; no harás con ellas alianza, ni tendrás de ellas misericordia… Mas Jehová tu Dios las entregará delante de ti, y él las quebrantará con grande destrozo, hasta que sean destruidas.» (Dt. 7:1-2, 23).

En tercer lugar, a diferencia de la guerra santa (jihad) de los musulmanes, el propósito primario de la guerra de conquista no es misionero sino judicial: «Pero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida, sino que los destruirás completamente… como Jehová tu Dios te ha mandado; para que no os enseñen a hacer según todas sus abominaciones que ellos han hecho para sus dioses, y pequéis contra Jehová vuestro Dios» (Dt. 20:16-18). En conexión con esto Dios hace una advertencia a Su pueblo: «No pienses en tu corazón cuando Jehová tu Dios los haya echado de dalante de ti, diciendo: Por mi justicia me ha traído Jehová a poseer esta tierra; pues por la impiedad de estas naciones Jehová las arroja de delante de ti. No por tu justicia, ni por la rectitud de tu corazón entras a poseer la tierra de ellos, sino por la impiedad de estas naciones Jehová tu Dios las arroja de delante de ti, y para confirmar la palabra que Jehová juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob» (Dt. 9:4-5).

El propósito judicial de la conquista es repetido para que no quede ninguna duda al respecto: «Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas abominaciones Jehová tu Dios echa estas naciones delante de ti… Porque estas naciones que vas a heredar, a agoreros y a adivinos oyen; mas a ti no te ha permitido esto Jehová» (Dt. 18:12, 14). Uno de los aspectos más notables de la justicia divina en el Antiguo Testamento es la retribución taliónica. La justicia retributiva da el pago a una acción de manera proporicional. A la luz de esto, una deducción que se puede hacer es que las naciones despojadas por Israel habrían a su vez despojado igualmente a otras naciones.

En cuarto lugar, hay que recordar que esta intervención divina en un juicio de exterminio no es la única que las Escrituras presentan. Ya antes Dios había juzgado a las ciudades de la llanura del Jordán por medio de fuego (Gn. 18) y aun a la humanidad entera por medio del Diluvio (Gn. 6). Pero estos juicios divinos son solamente el presagio de otros aun mayores que están por venir, la revelación de los cuales nos es dada no tanto en el Antiguo, sino más en el Nuevo Testamento (Mt. 12:20-24; II P. 3:1-13). La únic diferencia es que la justicia en la guerra de la conquista fue aplicada usando a otra nación.

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