Posteriormente Dios hará lo mismo con otras naciones (cf. Habacuc). El punto es que Dios es un Dios santo y justo. Nuestra pecaminosidad nos impide acercarnos al concepto de la grandeza de Su santidad y Su justicia. Pero indirectamente podemos tener una idea aproximada de la magnitud de la ofensa que el pecado significa para Dios por la magnitud del juicio que Dios derrama sobre el mismo. En quinto lugar, el juicio de Dios no es ni inmediato ni injusto. Así como la santidad y la justicia divinas son grandes, su paciencia y su misericordia también lo son. Más de cuatrocientos años antes de la conquista de Canaán, Dios había dicho a Abraham, «Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos ños. Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza… Y en la cuarta generación volverán acá; porque aú no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí» (Gn. 15:113-14, 16). El exterminio de la conquista vino porque aquellas naciones no aprovecharon los más de cuatrocientos años de oportunidad que Dios les dió para que se arrepintieran. Sin embargo, aun a la misma hora del juicio la puerta de la oportunidad permaneció abierta para quien sí quiso recibir misericordia (cf. Jos. 2; 6:22-25).
Finalmente, la conquista de la Tierra Prometida debe de ser estudiada desde la perspectiva más amplia de la soberanía y el amor divinos. Dios es el Creador y el Sustentador del universo y él dirige el movimiento de las naciones con propósitos amorosos: «Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros» (Hch. 17:26-27). Canaán estába localizada en el centro geográfico del mundo antiguo y Dios quiso erradicar de allí a los cananeos para que a partir de allí fuese irradiada no la maldición por la promoción del pecado, sino la bendición por la difusión de la fe.
