Pasos para enfrentarse al pecado
Si pecamos debemos percatarnos inmediatamente de ello; pero el pecado es una cosa sutil, y nuestros corazones puede que no lo perciban ni reconozcan la culpa que en ellos se anida. Así que quienes más necesitan el arrepentimiento y el perdón puede que no estén conscientes de su situación espiritual. De ahí que debamos constantemente examinarnos ante el Señor, pidiéndole que ilumine nuestros corazones, para descubrir cualquier pecado del cual no tengamos conciencia y nos limpie de toda injusticia.
- Comprende que, cuando discrepamos de los planes de Dios, debemos arrepentirnos y cambiar nuestra manera de pensar.
- Comprende que El arrepentimiento y la obediencia son razonables sólo para un corazón obediente, pero absurdas para uno que mantiene una actitud rebelde.
- Celebra las bondades del Señor antes que refugiarte en los entretenimientos y diversiones del mundo. Juzga si se anidan esas tendencias en tu corazón y arrepiéntete.
- Cree que tus pecados e iniquidades las tomó sobre sí Jesús, el cordero sin mancha de Dios. Perdona los pecados que otros hayan cometidos contra ti.
- Conoce que a menudo Dios no contesta nuestras oraciones porque lo impiden nuestros pecados e iniquidades.
- Permite que ello se convierta en una ocasión de reflexión y arrepentimiento.
El juicio divino contra los samaritanos
Todo el capítulo 66 es la continuación de la respuesta divina a la oración del profeta, la cual abarca también todo el capítulo 55. En los primeros seis versículos el profeta vuelve a referirse a los samaritanos, enfocando esta vez, no las prácticas idolátricas que indicamos en la sección anterior, sino la intención de los samaritanos de levantar a Jehová un templo en Samaria, que compitiera con el templo en Jerusalén. Este dato situaría el contenido del capítulo 66 en los días en que el templo de Jerusalén estaba por terminar de ser reconstruido o luego de su dedicación, que había sido la ocasión de la alegría de la que habla el versículo 5.
La actitud de rivalidad no era algo nuevo para los descendientes de las tribus del norte de Israel. El templo de Betel fue erigido con el mismo propósito. También la santidad del monte Gerizim para los samaritanos era fruto de una rivalidad teológica con los hijos de Judá.
En los versículos 1 y 2 Jehová expresa que él no necesita una casa o templo que los seres humanos le hayan de edificar. El cielo es su trono y la tierra es el estrado de sus pies. Su mano ha hecho todas estas cosas. El edificarle un templo no es asunto para contender por gloria entre los hombres, porque Jehová mirará con aprobación sólo al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante su palabra.
Este criterio que transmite el profeta nos lleva hasta los orígenes mismos de la elección del monte Moriah, por designio divino, y a la construcción del templo allí, también por aprobación divina. A David no se le permitió construir dicho templo, y en cuanto a la elección del lugar del mismo, ésta surge históricamente en un acto de humillación de David ante su Dios y de aceptación de parte de Jehová.
