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Jeremías 51: Juicios de Jehová contra Babilonia

El profeta invita irónicamente a que se le ponga un remedio a la situación ruinosa, al mismo tiempo que entona un canto fúnebre: gemid por ella, id en busca de balsamo para su herida. Los que asisten a la catástrofe no pueden creer en la ruina definitiva de la gran nación, y buscan un remedio desesperado, respondiendo a la invitación del profeta; pero han constatado que no hay solución: Hemos querido curar a Babilonia, pero no se ha curado. Todos los que estaban interesados en la prosperidad de la gran metrópoli (mercenarios, comerciantes, aliados, etc.) buscan dar una prolongación de vida a la situación, pero, en vista de que nada pueden hacer, deciden marcharse cada uno a su país para salvar su vida: dejémosla, vamonos cada uno a nuestra tierra. Y en la ruina reconocen un castigo divino: sube su maldad hasta los cielos. La frase es hiperbólica, muy en consonancia con las arrogancias de estilo en los protocolos reales babilonios, según consta por las inscripciones halladas. En Isaias 14:13 se pone en boca del rey de Babilonia esta frase pretenciosa: subiré hasta el cielo; frase análoga a la de los constructores de la famosa torre de Babel: hagamos una torre que llegue hasta el cielo.

En esta ruina de la nación opresora reconocen los israelitas la mano justiciera de su Dios: Yahvé ha hecho justicia a nuestra causa. Israel había sido culpable ante su Dios, pero Babilonia se había excedido en el castigo, oprimiéndolo excesivamente, destruyendo su santuario y pretendiendo prolongar indebidamente el tiempo de la cautividad. Pero, al castigar Yahvé a Babilonia, ha hecho justicia a la causa de su pueblo. Por eso de las gargantas de los libertados sale un canto de alabanza a su Dios: Anunciemos en Sión la obra de Yahvé, que los ha salvado, manifestando así la fidelidad a sus promesas.

La ruina inminente de Babilonia

El profeta supone al ejército persa invasor ya a las puertas de la ciudad maldita, y da militarmente órdenes entrecortadas para el avance: afilad las saetas., alzad las banderas, reforzad la guardia. Es Yahvé quien dirige el ataque, encomendado a los reyes de Media, es decir, al conglomerado de tropas mandadas por Ciro, que era rey de Persia y de Media después de haber vencido a Astiages, rey de esta última. Los planes destructores de Yahvé se cumplirán inexorablemente: hará como lo pensó. Es la venganza de su templo, es decir, la hora de pedir cuentas por la profanación del templo de Jerusalén. De nada le vale a Babilonia su opulencia y su posición estratégica, situada a los dos lados del Eufrates, rodeada de numerosos canales: junto a aguas abundantes, y, por otra parte, rica de tesoros, amontonados con su próspero comercio y sus depredaciones sobre los otros pueblos vencidos.

Pero, a pesar de todas sus riquezas, ha llegado su fin, porque así lo ha decretado Yahvé, dueño de los destinos de los pueblos. El decreto de destrucción de la ciudad es inexorable, ya que por sí mismo lo juró Yahvé (v.14) 13. El ejército invasor será incalculable: te inundaré de hombres como de langostas.

Los versículos 15-19 son idénticos a 10:12-16. Parecen romper con la ilación lógica del contexto, y, por tanto, podemos considerar el fragmento como adición posterior de un redactor, que ha creído cantar el poder de Yahvé como justificante de su dominio sobre Babilonia.

Los versículos 20-23 constituyen el llamado “himno del martillo,” como 50:355 constituían el “himno de la espada.” Parece que está aplicado a Babilonia, que ha sido instrumento de Yahvé en el castigo sobre los otros pueblos: tú fuiste mi martillo y maza de guerra. En el versículo 7 se compara a Babilonia a una copa de oro en manos de Yahvé, llena de la cólera divina para embriagar a las naciones. Ahora se la compara a un martillo en manos de Yahvé sembrando la destrucción por los pueblos. Babilonia ha abusado de su poder sobre los pueblos, sembrando la guerra por doquier contra todas las clases sociales: guerreros, mujeres, pastores, labradores, gobernantes, etc.. Y entre los oprimidos está sobre todo el pueblo israelita. Pero ahora ha llegado la hora para el martillo. Babilonia va a sentir el peso de la ira divina. Se la compara a una montaña de destrucción, o destructora, por la masa imponente de su poder aplastante frente a todas las naciones. Está como en la cima de la montaña de su poder, pero Yahvé extenderá su mano y la hará rodar desde lo alto de las rocas. En este segundo símil se la presenta como un castillo roquero que es destruido y echado a rodar con sus materiales dispersos por la montaña abajo. Los profetas superponen a menudo imágenes rompiendo la ilación lógica estricta. Se convertirá en horno encendido, en cuanto que sus piedras serán calcinadas como en un horno, en tal forma que no se podrán utilizar para la edificación, ni como piedra angular ni como piedra de cimiento para reconstruir de nuevo Babilonia. Será una perpetua ruina, la desolación total.

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