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Jeremías 51: Juicios de Jehová contra Babilonia

Caldea, entregada a sangre y fuego

Yahvé invita a levantar una bandera para congregar a las naciones al ataque. La guerra tiene en este caso un sentido sagrado, el de salir en defensa de la justicia de Yahvé; por eso los combatientes conquistadores son considerados corno “consagrados” para la guerra: santificad (para la guerra) contra ella las gentes. Es la hora de la rehabilitación de la justicia divina. Las naciones o gentes llamadas a la cruzada de Yahvé son el conglomerado de pueblos del norte que formaban parte del imperio medo, y entre ellos Ararat o Armenia, Minni y Askenaz, también regiones de esta parte de Armenia. Con su caballería deben presentarse como langostas hirsutas, es decir, con aspecto aterrador. La caballería de guerra es de importación indoeuropea (medopersa), y era el terror de los pueblos del Oriente Medio. Al frente de ella viene el rey de Media, designación genérica de los pueblos medo-persas, bajo la dirección de Ciro el Conquistador.

Ante ese espectáculo terrorífico de la caballería persa, los guerreros babilonios se repliegan y no quieren dar batalla en campo abierto, encerrándose en las fortalezas. De todas partes llegan los correos con las infaustas noticias: la ciudad ha sido tomada del uno al otro extremo. La descripción de los mensajeros al rey es patética: los vados, ocupados; las defensas, ardiendo, y los hombres de guerra, abatidos. La situación, pues, es totalmente desesperada 22. Babilonia es como una era al tiempo de apisonarla; bien pronto llegará el tiempo de la recolección versículo 33), e.d., está preparada cuidadosamente para el castigo, que es la recolección merecida. Cuando la era está ya limpia, apisonada y preparada, es que la recolección se acerca. Así, Babilonia, ya cercada por las tropas persas, está dispuesta para ser tomada, recibiendo así su merecido, la recolección de tanta iniquidad obrada impunemente hasta entonces.

El profeta, ante el castigo de Babilonia, piensa de nuevo en la tragedia de su pueblo a manos de la opresora Babilonia: Nabucodonosor me devoró, me trituró.. La Ciudad Santa fue expoliada, saqueada y vaciada de todo su valor: me dejó como vasija vacía. Todo fue a engrosar los tesoros de la implacable nación invasora: llenó su vientre de mis bocados mas suculentos. La vida de la nación desapareció, y las fuerzas vivas del país fueron llevadas en cautividad. Por eso, los habitantes cíe Jerusalén dicen amargados y con deseos de revancha: sean sobre Babel mi violencia, mis carnes, mi sangre. Han sufrido tanto, que no pueden menos de desear el castigo de la nación opresora. Yahvé recoge estos desahogos de su pueblo y garantiza con su palabra que pedirá cuenta al opresor de sus violencias: secaré su mar.; alusión a la destrucción de la canalización del Eufrates y de sus afluentes artificiales, fuente de la riqueza de Mesopotamia. Con ello todo será un montón de ruinas.

Pero los moradores de Babilonia no conocen la proximidad de la tragedia y se entregan a gozar de sus riquezas y expoliaciones: rugen como leones. Su inconsciencia será trágica, ya que, calentados por el vino en los festines, no les hará ver la gravedad de la situación: en su fiebre, yo les prepararé la bebida, los embriagaré para que se adormilen. El mejor comentario de esto es lo que nos narra el libro de Daniel sobre la cena de Baltasar. El mismo Herodoto se hace eco de una tradición según la cual, cuando los persas entraron en Babilonia, los magnates de ésta estaban entregados al desenfreno en continuos convites. Yahvé los va a hacer dormir el sueño eterno, del que no despertaran, pues la muerte está próxima, porque así lo ha decidido Yahvé: Yo los llevaré al degüello como corderos. La frase es impresionante, pero es la que mejor refleja la suerte trágica de la gran metrópoli mesopotámica.

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