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Jesús sana a un leproso

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Jesús sana a un leproso

Un día, cuando Jesús bajó del monte, en un pueblo, mucha gente lo siguió. En esto se le acercó un hombre enfermo de lepra, el cual se puso de rodillas delante de él y le dijo: Señor, si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad. Jesús Jesús tuvo compasión de él, lo tocó con la mano, y dijo: Quiero. ¡Queda limpio! Al momento, se le quitó la lepra al enfermo, el leproso quedó limpio de su enfermedad. Jesús lo despidió en seguida, y le recomendó mucho: Mira, no se lo digas a nadie; solamente ve y preséntate al sacerdote, y lleva la ofrenda por tu purificación que ordenó Moisés, para que conste ante los sacerdotes. Pero el hombre se fue y comenzó a contar a todos lo que había pasado. La fama de Jesús aumentaba cada vez más, por eso Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, sino que se quedaba fuera, se retiraba a orar a lugares donde no había nadie, en lugares donde no había gente; pero de todas partes acudían a verlo. Mateo 8:1-4; Marcos 1:40-45; Lucas 5:12-16 

En el mundo antiguo, la lepra era la más terrible de todas las enfermedades. E.W.G. Masterman escribe: «Ninguna otra enfermedad reduce a un ser humano por tanto tiempo a una ruina repugnante.»

Podía empezar con pequeños nódulos que se iban ulcerando. Las úlceras desarrollaban una supuración repulsiva; se les caían los párpados; los ojos se les quedaban como mirando fijamente; las cuerdas vocales se les ulceraban, y la voz se les ponía áspera, y la respiración silbante. Las manos y los pies siempre se ulceraban. Poco a poco, el paciente se convertía en una masa de crecimientos ulcerosos. El proceso normal de esa clase de lepra dura nueve años y acaba en desequilibrio, coma, y por fin, la muerte.

La lepra podía empezar con la pérdida de la sensibilidad en alguna parte del cuerpo; afectaba los troncos nerviosos; los músculos se descomponían; los tendones se contraían hasta hacer que las manos parecieran garras. Seguía la ulceración de las manos y los pies. Luego llegaba la pérdida progresiva de los dedos de las manos y de los pies, hasta acabar por caérseles toda la mano o todo el pie. La duración de esa clase de lepra podía alcanzar entre veinte y treinta años. Es una clase terrible de muerte progresiva en la que la persona va muriendo poco a poco.

La condición física del leproso era terrible; pero había algo que la hacía todavía peor. Josefo nos dice que se trataba a los leprosos «como si fueran, en efecto, personas muertas.» Tan pronto como se diagnosticaba la lepra, se desterraba al leproso absoluta y totalmente de la sociedad humana. «Todo el tiempo que tenga las llagas, será impuro. Estará impuro y habitará solo; fuera del campamento vivirá» (Levítico 13:46). El leproso tenía que llevar ropas rasgadas, el pelo revuelto, con el labio inferior tapado y, por dondequiera que fuera iba gritando: «¡Impuro! ¡Impuro!» (Levítico 13:45). En la Edad Media, si una persona contraía la lepra, el sacerdote se ponía la estola y tomaba el crucifijo, y la llevaba a la iglesia, y leía sobre ella el oficio fúnebre. Aquella persona era como si hubiera muerto.

En Palestina en tiempos de Jesús, al leproso se le impedía la entrada en Jerusalén y en todos los pueblos vallados. En la sinagoga se proveía para ellos una habitación aislada de tres por dos metros, llamada mejitsá. La ley enumeraba sesenta y un contactos diferentes que podían contaminar, y la contaminación que implicaba el contacto con un leproso sólo era menos grave que la que se contraía por contacto con un cadáver. Con que un leproso metiera la cabeza en una casa, esa casa quedaba inmunda hasta las vigas del tejado. Hasta en un espacio abierto era ilegal saludar a un leproso.

Nadie se le podía acercar más de cuatro codos -es decir, unos dos metros. Si soplaba el viento en el sentido del leproso hacia la persona sana, el leproso debía mantenerse por lo menos a cien codos de distancia. Cierto rabino no se comería ni siquiera un huevo que se hubiera comprado en una calle por la que había pasado un leproso. Otro rabino llegaba a presumir de tirarle piedras a los leprosos para que se mantuvieran lejos. Otros rabinos se escondían, o ponían pies en polvorosa, cuando veían un leproso en la distancia.

No ha habido nunca ninguna enfermedad que separara tanto como la lepra a una persona de sus semejantes. Fue a un hombre así al que Jesús tocó. Para un judío no habría una frase más sorprendente en todo el Nuevo Testamento que la sencilla afirmación: «Y Jesús extendió la mano y tocó al leproso.»

Compasión más allá de la ley

En esta historia debemos notar dos cosas: La aproximación del leproso, y la respuesta de Jesús. En la aproximación del leproso había tres elementos.

(i) El leproso vino con confianza. No tenía duda que, si Jesús quería, podía limpiarle.
Ningún leproso se habría acercado jamás a un escriba o rabino ortodoxos; sabía demasiado bien que le habrían alejado a pedradas; pero este hombre vino a Jesús. Tenía perfecta confianza en la disposición de Jesús a recibir a una persona que todos los demás habrían rechazado. Nadie tiene por qué sentirse demasiado inmundo para venir a Jesucristo. Tenía una confianza absoluta en el poder de Jesús. La lepra era la única enfermedad para la que no se prescribía un remedio rabínico. Pero este hombre estaba seguro de que Jesús podía hacer lo que no podía hacer nadie más. Nadie tiene por qué sentirse incurable de cuerpo o imperdonable de alma mientras exista Jesucristo.

(ii) El leproso vino con humildad. No demandó la curación; simplemente dijo: «Si quieres, Tú puedes limpiarme.» Era como si dijera: «Yo sé que yo no importo; sé que otras personas huirían de mí y no querrían tener nada que ver conmigo; sé que no tengo ningún derecho sobre Ti; pero tal vez en Tu divina condescendencia aplicarás Tu poder hasta a uno como yo.» El corazón humilde que no pretende tener nada más que su necesidad, encuentra abierto el acceso a Cristo.

(iii) El leproso vino con reverencia. En la antigua versión Reina-Valera se decía que Le adoraba. El verbo griego es proskynein, que nunca se usa sino de la adoración a los dioses; siempre describe el sentimiento y la acción de una persona ante lo divino. Probablemente el leproso no podría haberle dicho nunca a nadie lo que pensaba que era Jesús; pero sabía que en presencia de Jesús estaba en la presencia de Dios. No tenemos por qué poner esto en términos teológicos o filosóficos; bástenos la convicción de que cuando nos encontramos cara a cara con Jesucristo, nos encontramos ante el amor y el poder del Dios Todopoderoso.

A esa aproximación del leproso llegó la reacción de Jesús. Lo primero y principal es que esa reacción fue de compasión. La Ley decía que Jesús debía evitar el contacto con ese hombre y Le amenazaba con una terrible contaminación si permitía que el leproso se Le acercara más de dos metros; pero Jesús extendió la mano y le tocó. El conocimiento médico de entonces habría dicho que Jesús estaba corriendo un riesgo desesperado de una infección horrible; pero Jesús extendió la mano y le tocó. Para Jesús no había más que una única obligación en la vida: la de ayudar. No había más que una sola Ley: la del amor. La obligación del amor estaba por encima de todas las reglas y leyes y reglamentos; Le hacía desafiar todos los riesgos físicos. Para un buen médico, una persona que padece una enfermedad repugnante no es un espectáculo desagradable, sino un ser humano que necesita de su ciencia y habilidad. Para un médico, un niño con una enfermedad contagiosa no es una amenaza; es un niño que necesita ayuda. Así era Jesús: Así es Dios: Así debemos ser nosotros. El verdadero cristiano quebrantará cualquier convencionalismo y asumirá cualquier riesgo para ayudar a un semejante necesitado.

La verdadera prudencia

Pero nos quedan todavía dos cosas en este incidente que nos muestran que, aunque Jesús obraba con una independencia que estaba por encima de la Ley y se arriesgaba a una infección para ayudar, no era insensatamente descuidado, ni olvidaba las demandas de la verdadera prudencia.

(i) Le mandó al hombre que guardara silencio, y que no divulgara lo que había hecho por él.

Esta orden del silencio era corriente en labios de Jesús: Jesús les advirtió mucho: –Procuren que no lo sepa nadie. (Mateo 9:30); y les ordenaba que no hablaran de él en público. (Mateo 12:16); Mientras bajaban del cerro, Jesús les ordenó: –No cuenten a nadie esta visión, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado. (Mateo 17:9); Jesús sanó de toda clase de enfermedades a mucha gente, y expulsó a muchos demonios; pero no dejaba que los demonios hablaran, porque ellos lo conocían. (Marcos 1:34); Pero Jesús ordenó severamente que no se lo contaran a nadie, y luego mandó que dieran de comer a la niña. (Marcos 5:43); Jesús les mandó que no se lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, tanto más lo contaban. (Marcos 7:36); Entonces Jesús lo mandó a su casa, y le dijo: –No vuelvas al pueblo. (Marcos 8:26). ¿Por qué mandaba Jesús que se mantuviera ese silencio? Palestina era un país ocupado, y los judíos eran una raza orgullosa. Nunca olvidaban que eran el pueblo escogido de Dios. Soñaban con el día en que vendría el Divino Libertador. Pero en su mayor parte soñaban con ese día en términos de conquista militar y poder político. Por esa razón, Palestina era el país más inflamable del mundo. Vivía en medio de revoluciones. Un líder tras otro surgían, tenían su momento de gloria y eran eliminados por el poder de Roma. Ahora bien: Si este leproso hubiera ido por ahí divulgando lo que Jesús había hecho por él, habría habido un levantamiento para instalar a un hombre con los poderes que Jesús poseía como el líder político y el jefe del ejército. Jesús tenía que educar las mentes de las personas, tenía que cambiar sus ideas; tenían que permitirles de alguna manera ver que Su poder era amor y no fuerza de armas. Tenía que obrar casi en secreto hasta que la gente Le conociera tal como Él era, el amador y no el destructor de las vidas humanas.

Jesús exigía silencio a los que ayudaba no fuera que se Le usara para hacer realidad sueños terrenales en lugar de esperar el cumplimiento del sueño de Dios. Tenían que guardar silencio hasta que hubieran aprendido lo que podían decir correctamente acerca de Él.

(ii) Jesús envió al- leproso a los sacerdotes para que hiciera la ofrenda prescrita y recibiera el certificado de que estaba limpio.
Los judíos le tenían tanto terror a la infección de la que había un ritual prescrito para el caso sumamente improbable de una cura. El ritual se describe en Levítico 14: “Estas son las instrucciones para la purificación de un enfermo de lepra: El enfermo será llevado ante el sacerdote, el cual saldrá fuera del campamento para examinarlo. Si el sacerdote ve que la llaga leprosa del enfermo ha sanado, mandará traer para el que se purifica dos pajarillos vivos y que sean puros, madera de cedro, tela roja e hisopo. Ordenará que se mate uno de los pajarillos sobre una olla de barro que tenga agua de manantial, y tomará el pajarillo vivo, la madera de cedro, la tela roja y el hisopo, y mojará estas cosas y el pajarillo vivo con la sangre del pajarillo muerto sobre el agua de manantial. Luego rociará siete veces con la sangre al que va a ser purificado de la lepra, y lo declarará puro. Al pajarillo vivo lo dejará en libertad. “El que se purifica debe lavar su ropa, y lavarse a sí mismo, y afeitarse del todo, para quedar purificado. Después podrá entraren el campamento, aunque durante siete días se quedará viviendo al aire libre. Al séptimo día se rapará completamente la cabeza, se afeitará la barba, las cejas y todo el vello, lavará sus ropas y se lavará a sí mismo, y entonces quedará purificado. Al octavo día tomará dos corderos sin defecto, y una cordera de un año y sin defecto; además, seis kilos y medio de la mejor harina para una ofrenda de cereal amasada con aceite, y la tercer aparte de un litro de aceite.

El sacerdote que va a realizar la purificación, colocará ala persona que va a ser purificada, y a sus cosas, a la entrada de la tienda del encuentro, ante la presencia del Señor; luego tomará uno de los corderos y lo ofrecerá junto con la tercera parte de un litro de aceite, como sacrificio por la culpa, celebrando el rito de presentación ante el Señor. Deberá matar el cordero en el lugar consagrado al degüello de los animales para los sacrificios por el pecado y los holocaustos. El sacrificio por la culpa será para el sacerdote, lo mismo que el sacrificio por el pecado, pues es una cosa santísima. “Después tomará el sacerdote un poco de sangre del sacrificio por la culpa, y se la untará al que se purifica, en la parte inferior de la oreja derecha, en el pulgar de la mano derecha y en el dedo gordo del pie derecho. Tomará luego un poco de aceite y se lo echará en la palma de la mano izquierda; mojará entonces su dedo derecho en el aceite que tiene en la mano, y con el mismo dedo rociará siete veces aceite ante el Señor. Del aceite que le quede en la mano tomará el sacerdote un poco, para untárselo al que se purifica, en la parte inferior de la oreja derecha, en el pulgar de la mano derecha y en el dedo gordo del pie derecho, sobre la sangre del sacrificio por la culpa, y el resto del aceite se lo untará en la cabeza al que se purifica. Así el sacerdote obtendrá del Señor el perdón por el pecado de esa persona. Luego presentará el sacerdote el sacrificio por el pecado, realizando así la purificación del que se encuentra impuro; después sacrificará al animal que se va a ofrecer en holo­causto, ofreciéndolo sobre el altar, junto con la ofrenda de cereales. De esta manera el sacerdote obtendrá el perdón por el pecado de esa persona, y así quedará purificada. “Si la persona enferma es pobre y no tiene para tanto, tomará un cordero como sacrificio por la culpa y lo presentará como ofrenda especial para obtener el perdón de sus pecados, con un poco más de dos kilos de la mejor harina amasada con aceite, como ofrenda de cereales, y la tercera parte de un litro de aceite y dos tórtolas, o dos pichones de paloma, según sus posibilidades, uno como sacrificio por el pecado y el otro como holocausto. Al octavo día llevará todo esto al sacerdote, para su purificación; lo entregará en presencia del Señor, a la entrada de la tienda del encuentro.

El sacerdote tomará el cordero del sacrificio por la culpa y la tercera parte de un litro de aceite, y los presentará ante el Señor como ofrenda especial; degollará el cordero del sacrificio por la culpa y , tomando un poco de la sangre del cordero, se la untará al que se purifica, en la parte inferior de la oreja derecha, en el pulgar de la mano derecha y en el dedo gordo del pie derecho; luego se echará un poco de aceite en la palma de la mano izquierda, y con el dedo derecho rociará siete veces ante el Señor parte del aceite que tiene en la mano. También le untará al que se purifica un poco de aceite en la parte inferior de la oreja derecha, en el pulgar de la mano derecha y en el dedo gordo del pie derecho, es decir, en el mismo lugar en que le puso la sangre del sacrificio por la culpa. El resto del aceite lo untará el sacerdote en la cabeza del que se purifica, para que este obtenga así del Señor el perdón de su pecado. Luego ofrecerá el sacerdote una de las tórtolas o uno de los pichones de paloma, según lo que haya podido ofrecer el que se purifica. Una de las aves será como sacrificio por el pecado, y la otra como holocausto, además de la ofrenda de cereales. Así el sacerdote obtendrá del Señor el perdón para el que se purifica.” Estas son las instrucciones para los enfermos con llagas de lepra, que no puedan dar una ofrenda mayor por su purificación.

El Señor se dirigió a Moisés y Aarón, y les dijo: “Cuando ustedes estén ya en la tierra de Canaán, la cual les entrego en propiedad, yo envíe una plaga de lepra sobre alguna casa de su país, el dueño de la casa irá a ver al sacerdote, y le dirá: ‘Me parece que hay una plaga en mi casa. “El sacerdote, antes de entrar en la casa, ordenará que la desocupen, para que no se vuelva impuro todo lo que hay en ella. Después entrará a examinar la plaga. “Si al examinar la plaga nota el sacerdote que las paredes de la casa presentan manchas profundas de color verdoso o rojizo, las cuales se hunden en la pared, saldrá de la casa y ordenará mantenerla cerrada durante siete días.

Al séptimo día volverá el sacerdote a examinarla, y si la plaga se ha extendido por las paredes de la casa, dará órdenes de que se quiten las piedras que tengan esa mancha y se arrojen en un lugar impuro fuera de la ciudad; dará órdenes también de que se raspe todo el interior de la casa, y de que el polvo raspado se arroje a un lugar impuro fuera de la ciudad. Se tomarán entonces otras piedras para reponer las que fueron quitadas, y barro nuevo para recubrir la casa. “Si la plaga vuelve a aparecer en la casa después de haberse quitado las piedras, raspado la pared y haberla recubierto de nuevo, el sacerdote entrará a examinarla. Si la plaga se ha extendido por la casa, se trata de lepra maligna y la casa es impura. Por lo tanto, la casa deberá ser derribada y todos sus escombros arrojados a un lugar impuro fuera de la ciudad. Cualquiera que entre en la casa durante el tiempo en que el sacerdote haya ordenado mantenerla cerrada, será considerado impuro hasta el anochecer.

Cualquiera que coma o duerma en la casa, deberá lavar su ropa para purificarla. “Si al entrar el sacerdote a examinar la casa, nota que la plaga no se ha extendido después de haber sido recubierta, la declarará casa pura, porque la plaga ha terminado. Para purificar la casa, tomará dos pajarillos, madera de cedro, tela roja e hisopo. Matará uno de los pajarillos sobre una olla de barro con agua de manantial. Luego tomará el cedro, el hisopo, la tela roja y el pajarillo vivo, y los mojará con la sangre del pajarillo muerto y con el agua de manantial, y rociará la casa siete veces. Así purificará la casa con la sangre del pajarillo y el agua de manantial, y con el pajarillo vivo, el cedro, el hisopo y la tela roja. Después dejará en libertad al pajarillo vivo en las afueras de la ciudad, y así cumplirá con lo requerido para la purificación de la casa.” Estas son las instrucciones acerca de cualquier plaga de lepra y de tiña, de lepra en la ropa y en las casas, de hinchazones, erupciones y manchas, para que se pueda distinguir entre lo puro y lo impuro. Hasta aquí las instrucciones acerca de la lepra. El leproso tenía que ser examinado por un sacerdote. Había que llevar dos avecillas, y matar una sobre agua corriente. Además había que llevar cedro, escarlata e hisopo. Estas cosas se llevaban, juntamente con la avecilla viva, se untaban con la sangre de la muerta, y entonces se dejaba libre a la viva. El hombre lavaba su cuerpo y su Topa y se afeitaba. Se dejaban pasar siete días, y se le examinaba otra vez. Entonces tenía que afeitarse el pelo de la cabeza y de las cejas. Entonces se hacían ciertos sacrificios que consistían en dos corderos sin defecto y una cordera; tres décimas de un efa de flor de harina mezclada con aceite, y un log de aceite. Se tocaba al leproso restaurado con la sangre y el aceite el lóbulo de la oreja derecha, el pulgar de la mano derecha y del pie derecho. Por último le examinaban por última vez y, si se confirmaba la curación, se le permitía volver a la vida normal con un certificado de que era limpio.

Jesús le dijo a este hombre que pasara todo ese proceso. Aquí hay dirección. Jesús le estaba diciendo a ese hombre que no se inhibiera de las disposiciones que había a su disposición en aquellos días. No seremos beneficiarios de milagros si despreciamos el tratamiento médico y científico que está a nuestro alcance. Debemos hacer todo lo que nos es humanamente posible antes de que el poder de Dios pueda cooperar con nuestros esfuerzos. Un milagro no viene cuando esperamos inactivos a que Dios lo haga todo, sino en respuesta a la colaboración de un esfuerzo lleno de fe por parte del hombre con la ilimitada gracia de Dios.

De la descripción de Levítico 13 se deduce claramente que en los tiempos del Nuevo Testamento el término lepra se usaba aplicándolo a otras enfermedades de la piel: “Cuando alguien tenga hinchazones, erupciones o manchas en la piel del cuerpo, o llagas que parezcan de lepra, deberá ser llevado al sacerdote Aarón o a uno de los sacerdotes descendientes de él. El sacerdote deberá examinar la llaga en la piel, y si el pelo en la llaga se ha vuelto blanco y la llaga se ve más hundida que la piel, seguramente es llaga de lepra. Luego que el sacerdote haya examinado a esa persona, la declarará impura. “Si la mancha de la piel es blanca, pero no se ve más hundida que la piel, ni el pelo se ha vuelto blanco, entonces el sacerdote encerrará al enfermo durante siete días. A los siete días lo volverá a examinar, y si la llaga sigue igual y no se ha extendido por la piel, volverá a encerrarlo otros siete días. A los siete días lo examinará de nuevo, y si la llaga va desapareciendo y no se ha extendido por la piel, entonces el sacerdote declarará puro al enfermo, pues era solo una irritación de la piel. Entonces el enfermo lavará su ropa y quedará puro. “Pero si la irritación sigue extendiéndose por la piel después de que el enfermo fue examinado y declarado puro por el sacerdote, tendrá que ir otra vez a que el sacerdote lo examine. Si al examinar el sacerdote al enfermo, ve que la irritación se ha extendido por toda la piel, entonces lo declarará impuro, pues está enfermo de lepra. “Cuando una persona tenga llagas de lepra, deberá ser llevada al sacerdote.

El sacerdote la examinará, y si la hinchazón de la piel es blanca y ha causado que el pelo se vuelva blanco, y si se ve la carne viva en la hinchazón, es que se trata de lepra crónica de la piel. El sacerdote deberá declarar impura a esa persona, y no será necesario que la encierre, porque ya es impura. “Si la lepra se desarrolla rápidamente, al grado de cubrir de pies a cabeza la piel del enfermo hasta donde el sacerdote pueda ver, el sacerdote lo examinará; y si la lepra ha cubierto todo su cuerpo, el sacerdote lo declarará puro, pues la lepra se ha vuelto blanca y él ha quedado puro.

Pero el día que aparezca en él la carne viva, quedará impuro. Entonces el sacerdote examinará la carne viva y lo declarará impuro, pues la carne viva es impura: es lepra.“En caso de que la carne viva vuelva a ponerse blanca, el enfermo deberá ir al sacerdote para que lo examine, y si el sacerdote ve que la llaga se ha vuelto blanca, declarará puro al enfermo, pues ya ha quedado puro. “Cuando alguien tenga una llaga en la piel, y llegue a sanar, y quede en su lugar una hinchazón blanca, o una mancha blanco-rojiza, deberá presentarse ante el sacerdote. Si el sacerdote ve que la parte afectada aparece más hundida que el resto de la piel, y que el pelo se ha vuelto blanco, entonces declarará impura a esa persona, pues lo que tiene es una llaga de lepra. Si ve que la parte afectada no tiene ningún pelo blanco ni está más hundida que el resto de la piel, sino que va desapareciendo, entonces encerrará a esa persona durante siete días. Y si el mal sigue extendiéndose por la piel, entonces el sacerdote declarará impura a esa persona, pues tiene llagas leprosas. Pero si la parte afectada se mantiene sin extenderse, entonces es solamente la cicatriz de la llaga, y el sacerdote lo declarará puro.

Cuando alguien tenga una quemadura en la piel, y en la carne viva de la quemadura haya una mancha blanco-rojiza o blanca, el sacerdote la examinará. Si el pelo en la mancha se ha puesto blanco, y la mancha aparece más hundida que el resto de la piel, entonces es lepra lo que brotó en la quemadura; así que el sacerdote lo declarará impuro por tener llaga de lepra. Si al examinar el sacerdote la mancha, ve que no hay en ella ningún pelo blanco ni aparece más hundida que la piel, sino que va desapareciendo, entonces encerrará a esa persona durante siete días. A los siete días el sacerdote la examinará, y si la manchase ha extendido por la piel, entonces declarará impura a esa persona, pues tiene llaga de lepra. Pero si la mancha se mantiene sin extenderse por la piel y va desapareciendo, entonces no es más que la hinchazón de la quemadura, así que el sacerdote declarará puro al enfermo, porque solo se trata de la cicatriz de la quemadura. “Cuando un hombre o una mujer tenga una llaga en la cabeza o en la barba, el sacerdote examinará la llaga. Si la llaga aparece más hundida que la piel y tiene pelo amarillento y escaso, entonces el sacerdote declarará impura a esa persona, pues tiene tiña, es decir, lepra de la cabeza y de la barba y si al examinar el sacerdote la llaga tiñosa ve que no está más hundida que la piel ni tiene pelo negro, entonces encerrará a esa persona durante siete días.

Al séptimo día el sacerdote examinará la llaga, y si la tiña no se ha extendido, ni aparece más hundida que la piel, ni tiene pelo amarillento, entonces ordenará el sacerdote que la persona enferma se afeite, excepto en la llaga tiñosa, y lo encerrará por siete días más. Pasados los siete días el sacerdote volverá a examinar la llaga, y si la tiña no se ha extendido ni aparece más hundida que la piel, entonces el sacerdote declarará pura a la persona enferma, la cual lavará sus ropas y quedará pura. Pero en caso de que la tiña siga extendiéndose por la piel después de haber sido declarada pura, el sacerdote deberá examinar otra vez a la persona enferma; si la tiña se ha extendido por la piel, no hará falta que busque el pelo amarillo: esa persona es impura. Pero si a él le parece que la tiña se ha detenido, y que ha salido pelo negro, es que la tiña ha sanado y la persona es pura. Entonces el sacerdote declarará pura a esa persona.

Cuando un hombre o una mujer tenga manchas blancas en la piel, el sacerdote examinará la piel, y si ve en ella manchas blancuzcas y opacas, es que le ha salido una simple erupción en la piel; en ese caso la persona es pura. Si a un hombre se le cae el cabello y se queda calvo, es puro. Si el cabello de la frente se le cae y la frente se le queda calva, también es puro. Pero si aparece una llaga de color blanco-rojizo en las partes calvas, ya sea de atrás o de la frente, es que allí le está brotando lepra. Entonces el sacerdote lo examinará, y si la hinchazón de la llaga en las partes calvas es de color blanco-rojizo, tal como se vela lepra en la piel del cuerpo, ese hombre está enfermo de lepra, pues tiene la cabeza llagada. Es un hombre impuro, y así lo declarará el sacerdote.

El que tenga llagas de lepra, deberá llevar rasgada la ropa y descubierta la cabeza, y con la cara semi cubierta gritará: ‘¡Impuro!, ¡Impuro!’ y mientras tenga las llagas será considerado hombre impuro; tendrá que vivir solo y fuera del campamento. Cuando aparezca una mancha en un vestido de lana o de lino, o en un tejido de lino o de lana, o en un cuero, o en cualquier objeto hecho de cuero, y si la mancha en esos objetos es verdosa o rojiza, la mancha es de lepra[2] y debe ser mostrada al sacerdote.

El sacerdote examinará la mancha, y encerrará durante siete días el objeto manchado. Al séptimo día examinará la mancha; si se ha extendido en el vestido o tejido, o en el cuero u objeto de cuero, la mancha es de lepra maligna y los objetos son impuros. Así que cualquier objeto que tenga esa mancha, deberá ser quemado por completo, pues se trata de lepra maligna; pero si el sacerdote la examina y se encuentra con que la mancha no se ha extendido, dará órdenes de que se lave la mancha y que se encierre el objeto por siete días más.

Después que la mancha haya sido lavada, el sacerdote la examinará. Si ve que la mancha no ha desaparecido, es mancha impura y el objeto debe ser quemado, aun cuando la mancha no se haya extendido, pues se trata de una corrosión, tanto si está por dentro como por fuera. Si al examinar la mancha el sacerdote nota que se ha desvanecido después de lavada, la arrancará del vestido, cuero o tejido. Pero si vuelve a aparecer y se extiende por aquel vestido, tejido u objeto de cuero, se quemará el objeto manchado. En cuanto al vestido, tejido u objeto de cuero, del cual la mancha desaparezca al ser lavada, se lavará una vez más y entonces quedará purificado. Estas son las instrucciones acerca de las manchas de lepra envestidos de lana o de lino, o en tejidos u objetos de cuero, para que se les pueda declarar puros o impuros. Parece habérsele aplicado a la psoriasis, una enfermedad que cubre el cuerpo de escamas blancas, lo que podría ser el origen de la frase «un leproso blanco como la nieve» Y ahora, mete tu mano en el pecho. Moisés metió su mano en el pecho y , al sacarla, vio que estaba enferma de lepra y blanca como la nieve. (Exodo 4:6; y en cuanto la nube se alejó de la tienda, María se puso leprosa, con la piel toda blanca. Cuando Aarón se volvió para mirar a María, y vio que estaba leprosa, (Números, 12:10); Luego que el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestidos y dijo: “¿Acaso soy yo Dios, que da vida y la quita, para que este me envíe a un hombre a que lo sane de su lepra? Considerad ahora y ved cómo busca ocasión contra mí”. (2 Reyes 5:27). Parece que también incluía la tiña, que sigue siendo muy corriente en Oriente. La palabra hebrea que se usa en Levítico es tsará’at. Ahora bien, Levítico 13:47-49 habla de una tsará’at de la ropa: “Cuando aparezca una mancha en un vestido de lana o de lino, o en un tejido de lino o de lana, o en un cuero, o en cualquier objeto hecho de cuero, y si la mancha en esos objetos es verdosa o rojiza, la mancha es de lepra y debe ser mostrada al sacerdote., y la de las casas se menciona en Levítico 14:33: “Cuando ustedes estén ya en la tierra de Canaán, la cual les entrego en propiedad, yo envíe una plaga de lepra[1] sobre alguna casa de su país,. El deterioro de la ropa sería una clase de hongos o moho; y el de las casas sería carcoma o líquenes que destruyen la piedra. El salitre también se consideraba como manifestación de lepra. La palabra tsará’at, lepra, en el pensamiento judío parece haber cubierto cualquier clase de enfermedad de la piel. Naturalmente, con los conocimientos médicos en un estado extremadamente primitivo, la diagnosis no distinguía entre las diferentes clases de enfermedades de la piel, e incluía tanto las incurables y mortales como otras no tan fatales y comparativamente leves bajo un término general. Cualquier enfermedad de la piel de las descritas hacía que el paciente quedara inmundo.

Descubrimos la misma situación en la Edad Media, en la que se aplicaba también la Ley de Moisés. El sacerdote, con la estola y el crucifijo, llevaba al leproso a la iglesia y le leía el oficio de difuntos. El leproso era un muerto en vida. Tenía que llevar una túnica negra que todos pudieran reconocer, y vivir en un lazareto. No podía asistir a los oficios religiosos, que sólo podía atisbar por una «grieta de los leprosos» que había en los muros. El leproso tenía que asumir no sólo el sufrimiento físico de su enfermedad, sino también la angustia mental y espiritual de estar totalmente desterrado de la sociedad y evitado aun por los suyos. Si se diera alguna vez el caso de que un leproso se curara -y la verdadera lepra era incurable, así es que se trataría cualquiera de las otras enfermedades de la piel- tenía que pasar por la complicada ceremonia de restauración

Aquí tenemos una de las escenas más reveladoras de Jesús

(i) No rechazó a una persona que estaba quebrantando la Ley. El leproso no tenía derecho a acercársele y hablarle, pero Jesús no le rechazó. Salió al encuentro de una necesidad humana con una compasión comprensiva.

(ii) Jesús extendió el brazo, y le tocó. Tocó a un hombre intocable, porque era inmundo. Para Jesús no lo era; era simplemente un alma humana con una necesidad desesperada.

(iii) Después de limpiarle, Jesús le envió a cumplir las normas legales.

Él cumplía las leyes y la justicia humanas. Él no desafiaba impunemente los convencionalismos; sino, cuando era necesario, los aceptaba y cumplía. Aquí vemos la compasión, el poder y la prudencia en perfecta armonía. En Palestina se conocían dos clases de lepra. Una era más bien una grave enfermedad de la piel, y era la menos seria. La otra empezaba por un punto, y de allí iba comiéndose la carne hasta que al desgraciado paciente no le quedaban más que los muñones de las manos o de las piernas. Era literalmente una muerte en vida.

Lo más terrible era el aislamiento al que tenía que someterse el paciente. El leproso tenía que ir gritando por todas partes: «¡Inmundo; inmundo!» Tenía que vivir solo, «fuera del campamento». Se le excluía de la sociedad humana, y se le desterraba del hogar: El resultado era, y es todavía, que las consecuencias psicológicas de la lepra eran tan serias como las físicas. El doctor A. B. MacDonald, que estaba a cargo de una leprosería en Itu, escribe en un artículo: «El leproso es un enfermo de la mente tanto como del cuerpo. Por lo que sea, se tiene una actitud diferente con la lepra de la que se tiene con cualquier otra enfermedad deformante. Se asocia con vergüenza y horror, y conlleva, de alguna manera misteriosa, un sentimiento de culpabilidad, aunque se haya contraído tan inocentemente como cualquier otra enfermedad contagiosa. Al verse evitados y despreciados, es frecuente que los leprosos tengan la tentación de quitarse la vida, y algunos lo hagan.» El leproso sabe que los demás le aborrecen antes de aborrecerse a sí mismo.

Esta era la clase de hombre que vino a Jesús: era inmundo, y Jesús le tocó.

(i) Jesús tocó al intocable. Su mano fue al encuentro del hombre del que cualquier otro se habría alejado. Esto nos sugiere dos cosas. La primera es que, cuando nos despreciamos a nosotros mismos, cuando tenemos el corazón amargado por la vergüenza, recordemos que, a pesar de todo, Cristo nos tiende la mano.
Mark Rutherford proponía una nueva bienaventuranza: «Bienaventurados los que nos sanan del desprecio propio.» Eso es lo que Jesús hacía y hace. Y en segundo lugar, es de la esencia del Evangelio el tocar lo intocable, perdonar lo imperdonable y amar lo inamable. Jesús lo hacía, y por tanto debemos hacerlo nosotros.

(ii) Jesús le encargó al hombre que cumpliera los requisitos normales y corrientes que mandaba la ley de la purificación.
Es decir: que el milagro no eximía de lo que hubiera que hacer para volver a vivir en sociedad; no le dispensaba de cumplir las reglas establecidas. No se habría sabido que había sucedido un milagro, ni se habría dado la gloria a Dios, si no se cumplían esas normas para que las autoridades competentes tuvieran evidencia de la curación.

(iii) El versículo 15 nos habla de la popularidad que tenía Jesús.
Pero esta fama, esta popularidad sólo era debida a que la gente quería sacarle algo. Muchos quieren los dones de Dios, pero rechazan sus exigencias. No puede haber nada más deshonroso.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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