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Jesús y los discípulos celebran la última cena

Cuando llegó la noche, vino él y se sentó a la mesa con los doce apóstoles. Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y mientras comían, se conmovió en espíritu y dijo Jesús: De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar. Entonces los discípulos se miraban unos a otros, dudando de quién hablaba. Y uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado al lado de Jesús. A éste, pues, hizo señas Simón Pedro, para que preguntase quién era aquel de quien hablaba. El entonces, recostado cerca del pecho de Jesús, le dijo: Señor, ¿quién es? Respondió Jesús: A quien yo diere el pan mojado, aquél es. Y entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor? ¿Seré yo? Entonces él respondiendo, dijo: Es uno de los doce, el que mete la mano conmigo en el plato, ése me va a entregar. Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve. Pero vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas. Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel. A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido. Entonces respondiendo Judas, el que le entregaba, dijo: ¿Soy yo, Maestro? Le dijo: Tú lo has dicho. Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y mojando el pan, lo dio a Judas Iscariote hijo de Simón, y también dio a los otros discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados, y bebieron de ella todos. Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre. Y después del bocado, Satanás entró en Judas. Entonces Jesús le dijo: Lo que vas a hacer, hazlo más pronto. Pero ninguno de los que estaban a la mesa entendió por qué le dijo esto. Porque algunos pensaban, puesto que Judas tenía la bolsa, que Jesús le decía: Compra lo que necesitamos para la fiesta; o que diese algo a los pobres. Cuando él, pues, hubo tomado el bocado, salió; y era ya de noche. Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos. Mateo 26: 20-30; Marcos 14: 17-26; Lucas 22:14-30; Juan 13: 21-30

El nuevo día empezaba a las 6 de la tarde; y, cuando llegó la tarde de la Pascua, Jesús Se sentó a la mesa con los Doce. Sólo había un cambio en el antiguo ritual que se había instituido en Egipto hacía muchos siglos: en la primera Pascua, la cena se había tomado de pie (Éxodo 12:11), pero aquello había sido a causa de la prisa, porque eran esclavos huyendo de la esclavitud.

En tiempos de Jesús la norma era tomar la cena reclinados, porque eso era una señal de que eran libres, con un hogar y un país propios.

Este es un pasaje impactante. Todo el rato había un texto desarrollándose en la mente de Jesús: « Aun el hombre de Mi paz, en quien Yo confiaba, el que de Mi pan comía, alzó el pie contra Mí» (Salmo 41:9). Estas palabras no se Le apartaban de la mente a Jesús. Aquí podemos ver algunas cosas importantes.

(i) Jesús sabía lo que Le iba a pasar. En eso consistió Su supremo coraje, especialmente en los últimos días. Le habría sido fácil escapar, y sin embargo siguió adelante impertérrito. Homero cuenta que se le dijo al gran guerrero Aquiles que, si salía a la batalla, moriría en ella. Su respuesta fue: «De todas maneras, yo sigo adelante.» Con pleno conocimiento de lo que Le esperaba, Jesús decidió seguir adelante.

(ii) Jesús podía verle el corazón a Judas. Lo curioso es que los otros discípulos no parecen haber tenido ni la más mínima sospecha. Si hubieran sabido lo que Judas se traía entre manos, es seguro que no le habrían dejado llevarlo a cabo, aunque hubiera tenido que ser por la violencia. Aquí hay algo que vale la pena recordar. Puede que haya cosas que consigamos ocultarles a nuestros compañeros, pero no podemos ocultárselas a Jesucristo. Él es el escrutador de los corazones humanos. Sabe lo que hay en cada uno. ¡Bienaventurados los de limpio corazón!

(iii) En este pasaje vemos a Jesús ofreciéndole a Judas dos cosas:

(a) Le está haciendo la última llamada del amor. Es como si estuviera diciéndole: « Yo sé lo que piensas hacer. ¿No quieres detenerte?»

(b) Le está haciendo a Judas una última advertencia. Le está anunciando de antemano las consecuencias de lo que está pensando hacer. Pero debemos notar esto, porque pertenece a la misma esencia de la manera que tiene Dios de tratarnos: no hay obligatoriedad. No cabe duda que Jesús podría haber parado a Judas. No tenía más que decirles a los otros once lo que Judas estaba planificando, y Judas no habría salido vivo de aquella habitación.

Aquí se nos presenta toda la condición humana. Dios nos ha dado voluntades que son libres. Su amor nos invita, su verdad nos advierte, pero no hay obligatoriedad. La terrible responsabilidad del hombre es que puede desdeñar la llamada del amor de Dios y que puede desatender la advertencia de Su voz. A fin de cuentas, no habrá más responsable de nuestro pecado que nosotros mismos.

Una leyenda griega contaba que dos viajeros famosos habían pasado entre las rocas en las que se sentaban y cantaban las sirenas con tal dulzura que arrastraban a los marineros irresistiblemente a su propia perdición. Ulises pasó por aquéllas rocas, y su método consistió en taponarles los oídos a sus marineros para que no pudieran oír, y les mandó que le ataran a él al mástil con sogas de forma que, por mucho que se revolviera, no pudiera reaccionar a la dulzura seductora. Resistió por obligatoriedad, porque no tuvo más remedio. El otro viajero que superó la prueba fue Orfeo, el músico más dulce de todos. Su método fue tocar y cantar cuando su barco pasaba por las rocas con una dulzura tan extremada que la seducción de la canción de las sirenas ni se llegaba a sentir por la mayor atracción de la canción que él cantaba. Su método consistió en responder a la llamada de la seducción con algo todavía más atractivo.

El método de Dios es el segundo. No nos para, queramos que no, para impedirnos pecar; nos invita a amarle tanto que Su voz nos sea más atractiva que todas las voces que nos inviten a alejarnos de Él.

El símbolo de la salvación

Cuando estaban cenando, Jesús tomó un pan, y dio gracias por él, y lo partió, y se lo dio a Sus discípulos diciéndoles: -Tomad esto. Esto es Mi cuerpo. Y, después de dar gracias, tomó la copa, y se la dio a Sus discípulos, y todos bebieron de ella. Y Jesús des dijo: -Esto es la sangre del Nuevo Pacto, que se derrama por muchos. De veras os digo que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día que lo beba nuevo en el Reino de Dios. Ydespués de cantar el salmo, salieron hacia el Monte de los Olivos.

Debemos en primer lugar conocer los varios pasos de la fiesta de la Pascua para poder seguir en nuestra mente lo que estaban haciendo Jesús y Sus discípulos. Los pasos estaban en el orden siguiente.

(i) La copa del Quiddush. Quiddush quiere decir santificación o separación. Este era el acto que, como si dijéramos, separaba esta comida de todas las comidas ordinarias. El cabeza de familia tomaba la copa, y la bendecía, y luego todos bebían dé ella.

(ii) El primer lavatorio de manos. Esto lo llevaba a cabo solamente la persona que presidía el acto. Tenía que lavarse las manos tres veces, de la manera prescrita que ya hemos descrito cuando estudiábamos el capítulo 7 (página 195).

(iii) A continuación tomaba un trozo de perejil o de lechuga, y lo mojaba en el tazón del agua salada, y se lo comía. Esto era un aperitivo antes de la comida; pero el perejil representaba el hisopo con que se había untado la sangre en el dintel y los lados de la puerta, y el agua salada representaba las lágrimas de Egipto y las aguas del Mar Rojo por las que Israel pasó a salvo a la libertad.

(iv) El partimiento del pan. Se usaban dos acciones de gracias al partir el pan: «¡Bendito seas Tú, oh Señor, nuestro Dios, Rey del universo, Que haces producir a la tierra!» O: «¡Bendito seas Tú, nuestro Padre en el Cielo, Que nos das hoy el pan que necesitamos!» Sobre la mesa había tres tortas de pan sin levadura. Tomaba la de en medio, y la partía. En este momento sólo se comía un poco, para recordarles a los judíos el pan de aflicción que comían en Egipto, y se partía para recordarles que los esclavos nunca se habían tomado todo un panecillo, sino solamente trozos de pan duro. Al romperlo, el cabeza de familia decía: « Este es el pan de la aflicción que comieron nuestros antepasados en la tierra de Egipto. Que el que esté hambriento venga y coma. Que el que esté en necesidad venga y guarde la Pascua con nosotros.» (En la celebración moderna en tierras extrañas se añade aquí la famosa oración: « Este año la guardamos aquí, el año que viene en la tierra de Israel; este año como esclavos, el año que viene como libres»).

(v) A continuación se hacía el relato de la historia de la liberación. El más joven de los comensales tenía que preguntar qué era lo que hacía ese día diferente de todos los demás, y por qué se hacía todo eso. A eso respondía el cabeza de familia contando toda la historia de Israel hasta la gran liberación que conmemoraba la Pascua. La Pascua no podía nunca convertirse en un ritual; siempre era una conmemoración del poder y la misericordia de Dios.

(vi) Se cantaban los Salmos 113 y 114. Los salmos 113 a 118 se conocen como el Hallel, que quiere decir la alabanza a Dios. Todos estos son salmos de alabanza, y son una parte de los pasajes más antiguos que los niños judíos aprenden de memoria.

(vii) A continuación se bebía la segunda copa, que se llamaba la copa de la Agadá, que quiere decir la copa de la explicación o proclamación.

(viii) A continuación, todos los presentes se lavaban las manos para prepararse para la comida.

(ix) Entonces se daban gracias: «¡Bendito seas, oh Señor, nuestro Dios, Que haces salir el fruto de la tierra! ¡Bendito seas, oh Dios, Que nos has santificado mediante Tus mandamientos, y mandado comer los ázimos!» A continuación se distribuían trocitos del pan sin levadura.

(x) Se colocaban algunas de las hierbas amargas entre dos trozos de pan sin levadura, se mojaban en el jaróshet y se comían. Esto se llamaba la sopa. Era el recordatorio de la esclavitud y de los ladrillos que habían tenido que hacer.

(xi) A esto seguía la cena propiamente dicha. Se debía comer el cordero entero. Si sobraba algo, se tenía que destruir, y no se podía usar para otra comida corriente.

(xii) Se limpiaban otra vez las manos.

(xiii) Se comía el resto del pan sin levadura.

(xiv) Se hacía una oración de acción de gracias que contenía una petición por la venida de Elías como precursor para anunciar la venida del Mesías. Entonces se bebía la tercera copa, que se llamaba la copa de la acción de gracias. La oración era: «¡Bendito seas, oh Señor, nuestro Dios, Rey del universo, Que has creado el fruto de la vid!»

(xv) Se cantaba la segunda parte del Hallel, Salmos 115-118.

(xvi) Se bebía la cuarta copa, y se cantaba el Salmo 136, que se conocía como el gran hallel.

(xvii) Se hacían dos breves oraciones: ¡Que todas Tus obras Te alaben, oh Señor, nuestro Dios, y Tus santos, los justos que hacen Tu voluntad, y todo Tu pueblo, la casa de Israel, con cántico jubiloso Te alaben y bendigan y engrandezcan y glorifiquen y exalten y veneren y santifiquen y adscriban el Reino a Tu nombre, oh Dios, nuestro Rey! Porque es bueno alabarte, y es un placer cantar alabanzas a Tu nombre, porque desde toda eternidad y para toda eternidad Tu eres Dios.

¡Que el aliento de todos los que viven alabe Tu nombre, oh Señor, nuestro Dios! ¡Y que el espíritu de toda carne continuamente glorifique y exalte Tu memoria, oh Dios, nuestro Rey! Porque desde toda eternidad y para toda eternidad Tú eres Dios, y no tenemos más Rey, Redentor o Salvador que Tú.

Así acababa la fiesta de la Pascua. Si la cena que tuvieron Jesús y Sus discípulos era la Pascua, tienen que haber sido los pasos (xiii) y (xiv) los que Jesús Se aplicó, y (xvi) el himno que cantaron antes de salir hacia el monte de los Olivos.

Ahora veamos lo que Jesús estaba haciendo, y lo que estaba tratando de imprimir en la memoria de los Suyos. Más de una vez hemos visto ya que los profetas de Israel recurrían a acciones simbólicas, dramáticas, cuando presentían que las palabras no eran suficientes. Eso fue lo que hizo Ahías cuando rasgó su capa en doce trozos y dio diez a Jeroboam como señal de que diez tribus le proclamarían rey (1 Reyes 11:29-32). Eso fue lo que hizo Jeremías cuando se hizo coyundas y yugos y se los cargó en señal de la servidumbre inminente (Jeremías 27). Eso fue lo que hizo el profeta Hananías cuando se apoderó del yugo que llevaba Jeremías y lo rompió (Jeremías 28: IOs). Eso fue la clase de cosa que Ezequiel hizo repetidamente (Ezequiel 4:1-8; 5:1-4). Era como si las palabras se pudieran olvidar fácilmente, pero una acción dramática se imprimiría en la memoria.

Eso fue lo que hizo Jesús, y asoció Su acción dramática con la antigua fiesta de Su pueblo para que se imprimiera más indeleblemente en las mentes de los Suyos. Jesús dijo: « ¡Fijaos! Así como se rompe este pan, se rompe Mi cuerpo por vosotros. Lo mismo que se escancia en esta copa, se verterá por vosotros Mi sangre.»
¿Qué quería decir Jesús cuando dijo que la copa representaba un nuevo pacto? La palabra pacto era corriente en la religión judía. La base de esa religión era que Dios había hecho un pacto con Israel. La palabra quiere decir algo así como un arreglo, una transacción, una relación. La aceptación del Antiguo Pacto se relata en Éxodo 24:3-8; y en ese pasaje vemos que el pacto dependía totalmente de que Israel cumpliera la Ley. Si se quebrantaba la Ley, se quebrantaba el Pacto, y se deshacía la relación entre Dios y la nación. Era una relación totalmente dependiente de la Ley y de la obediencia a la Ley. Dios era el Juez; y, puesto que no había nadie que pudiera guardar la Ley, el pueblo siempre estaba en falta. Pero Jesús dice: «Yo estoy introduciendo y ratificando un Nuevo Pacto, una nueva clase de relación entre Dios y el hombre, que no depende de la Ley, sino de la Sangre que Yo voy a derramar.»

Es decir, que depende solamente del amor. El Nuevo Pacto es una relación entre el hombre y Dios que no depende de la Ley, sino del amor. En otras palabras, Jesús dice: « Estoy haciendo lo que estoy haciendo para mostraros hasta qué punto os ama Dios.» Los hombres ya no están sencillamente bajo la Ley de Dios. Gracias a lo que Jesús ha hecho, están para siempre bajo el amor de Dios. Esa es la esencia de lo que nos dice la Santa Comunión.

Hay algo más en lo que haremos bien en fijarnos. En la última frase vemos de nuevo las dos cosas que ya hemos visto repetidas veces. Jesús estaba seguro de dos cosas: sabía que había de morir, y sabia que Su Reino había de venir. Estaba seguro de la Cruz, e igualmente seguro de la gloria; y la razón era que estaba igualmente seguro del pecado humano como del amor de Dios; y sabía que ese amor acabaría por conquistar ese pecado.

Ya hemos visto que los profetas, cuando querían decir algo de forma que sus oyentes no pudieran por menos de entenderlo, hacían uso de acciones simbólicas. Ya hemos visto que Jesús también usó ese método en la Entrada Triunfal y en el incidente de la higuera. Y eso es lo que Le vemos hacer aquí. Todo el simbolismo de la fiesta de la Pascua era una representación de lo que quería decirle a la humanidad, porque era una alegoría de lo que Él había venido a hacer por ella. ¿Qué ilustración usó Jesús, y qué verdad se ocultaba en ella?

(i) La fiesta de la Pascua era la conmemoración de la liberación. Todo su propósito era recordarle al pueblo de Israel cómo los había librado Dios de la esclavitud de Egipto. Lo primero y principal entonces era que Jesús se presentaba como el gran Libertador. Vino para libertar a la humanidad del temor y del pecado. Libera a las personas de los miedos que las acechan y de los pecados que las tienen cautivas.

(ii) Particularmente el cordero pascual era el símbolo de la salvación. En aquella noche de destrucción, fue la sangre del cordero pascual la que hizo que Israel estuviera a salvo. Así que Jesús Se presenta como el Salvador. Había venido a salvar a la humanidad de sus pecados y de las consecuencias de estos. Había venido a darles a las personas salvación en la Tierra y en el Cielo, salvación en el tiempo y en la eternidad.

Hay aquí una palabra que es la palabra clave, y que encierra la totalidad de la obra y del propósito de Jesús. Es la palabra pacto. Jesús dijo que Su sangre era la sangre del pacto. ¿Qué quiso decir con eso? Un pacto es una relación entre dos personas. Pero el pacto del que Jesús hablaba no era entre dos personas humanas, sino entre Dios y el hombre. Es decir: era una nueva relación entre Dios y la humanidad. Lo que Jesús estaba diciendo en la última Cena era: «Como consecuencia de Mi vida, y sobre todo como consecuencia de Mi muerte, se hace posible una nueva relación entre vosotros y Dios.» Es como si dijera: «Vosotros Me habéis visto; y, en Mí, habéis visto a Dios; os he dicho, os he mostrado lo mucho que Dios os ama; os ama hasta el punto de sufrir todo esto que Yo estoy pasando; así es como es Dios.» Gracias a lo que Jesús hizo, el camino para la humanidad está abierto a todo lo precioso que hay en esta nueva relación con Dios. Este pasaje concluye diciendo que, cuando Jesús y los discípulos cantaron un himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Una parte esencial del ritual de la Pascua era el canto del Hal-lel. Hal-lel quiere decir ¡Alabad a Dios! El Hal-lel consistía en los salmos113 a 118, que son todos salmos de alabanza. En diferentes momentos de la fiesta de la Pascua se cantaban estos salmos por secciones; y al final se cantaba el gratrhaLlel, que es el Salmo 136. Ese fue el himno que cantaron Jesús y Sus discípulos antes de salir hacia el monte de los Olivos.

Aquí debemos notar un último detalle. Jesús dice que no celebrará la fiesta con Sus discípulos otra vez hasta que la celebre en el Reino de -Su Padre. Aquí se hallan sin duda la fe divina y el optimismo divino. Jesús Se dirigía a Getsemaní, al juicio ante el sanedrín, a la Cruz… ¡y sin embargo aún seguía pensando en términos de un Reino! Para Jesús, la Cruz no fue nunca una derrota; fue el camino a la gloria. Iba de camino al Calvario, pero también de camino al Trono.

La fiesta se estaba celebrando, y Jesús usó los símbolos tradicionales para darles un nuevo significado.

(i) Dijo del pan: «Esto significa mi cuerpo, entregado por amor de vosotros.» Aquí tenemos lo que se suele llamar un sacramento. Un sacramento es algo, por lo general ordinario, que ha adquirido un significado nuevo y extraordinario para el que tenga ojos para ver y un corazón para entender. No hay nada especialmente teológico ni misterioso en esto. Muchos tenemos un cajón lleno de baratijas y cosas que no queremos tirar, porque nos recuerdan a personas o situaciones que nos son queridas. Son cosas corrientes, pero tienen un valor especial para nosotros. Esto es un sacramento. Cuando enterraron a Nelson en la catedral de San Pablo, unos marinos llevaron el ataúd hasta la tumba. Uno que estuvo presente escribió: «Con reverencia y con eficacia bajaron a la tumba el cuerpo del más grande almirante del mundo. Y entonces, como si obedecieran a una orden de corneta, como un solo hombre, cogieron la bandera británica con la que había estado cubierto el ataúd y la rasgaron en tiras, y cada uno se llevó una como souvenir de tan ilustre hecho.» Aquel trocito de paño de color, toda la vida les hablaría del almirante que tanto habían admirado y querido. Eso es un sacramento. El pan que tomamos en la Comunión es pan corriente; pero para el que tiene el corazón dispuesto a sentir y entender, es el mismo cuerpo de Cristo.

(ii) Dijo de la copa: «Esta copa representa el nuevo pacto entre Dios y el hombre que se hace posible al precio de mi sangre, que se derrama por amor de vosotros.» En su sentido bíblico, pacto es la relación entre el hombre y Dios. Dios se acercó en su gracia al hombre, y el hombre se comprometió a obedecer y cumplir la ley de Dios (Éxodo 24:1-8). La continuidad de ese pacto dependía de que el hombre cumpliera su compromiso y obedeciera esa ley. Pero el hombre ni pudo ni puede, y el pecado interrumpe la relación entre el hombre y Dios. Todo el sistema sacrificial de Israel estaba diseñado para restaurar esa relación por medio de los sacrificios que hacían expiación por el pecado. Lo que dijo Jesús fue: «Con mi vida y con mi muerte he hecho posible una nueva relación entre vosotros y Dios. Sois pecadores, es cierto; pero, porque Yo he muerto por vosotros, ahora sois amigos, y no enemigos de Dios.» Costó la vida de Jesús el restaurar la relación perdida entre Dios y los hombres.

(iii) Jesús dijo: « Haced esto para acordaros de Mí.» Jesús sabía lo fácilmente que olvida la mente humana. Los griegos decían que « el tiempo borra todas las cosas»; como si la mente fuera una pizarra, y el tiempo la esponja que se usa para limpiarla. Jesús decía: « Con la prisa y las preocupaciones, os olvidaréis de Mí. La gente olvida porque no lo puede evitar. Entrad de cuando en cuando a la paz y tranquilidad de mi casa, y haced esto otra vez con mi pueblo y os acordaréis.»

La presencia del traidor a la mesa hacía la tragedia aún más trágica. Jesucristo tiene a su mesa siempre que se celebra la Comunión los que le traicionan; porque, si en la Casa del Señor nos comprometemos con Él y luego en nuestra vida salimos para negarle, somos traidores a su causa.

Rivalidad entre los discípulos de Cristo

Entonces los discípulos se pusieron a discutir cuál de ellos había que considerar como el más importante. Pero Jesús les dijo: -Los reyes de los países se comportan realmente como si fueran dueños y señores, y los máximos dignatarios se dan el título de «bienhechores»; pero entre vosotros no tiene que pasar eso, sino que el más importante se tiene que comportar como el menos importante, y el líder, como el último servidor. Porque, ¿quién es más, el que se sienta a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que es el que se sienta a la mesa? Pues fijaos: Yo estoy entre vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que siempre habéis estado de mi parte cuando me atacaban. Mi Padre es el que me ha concedido la dignidad de Rey, y Yo os concedo el privilegio de comer y beber a mi mesa en mi Reino, y que os sentéis en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

Es una de las cosas más amargamente trágicas del relato evangélico el que los discípulos se pusieran a discutir sus prerrogativas a la sombra de la Cruz. Los sitios a la mesa en una fiesta judía estaban muy definidos. La mesa estaba dispuesta en forma de cuadrado, con uno de los lados abierto. A la cabecera se sentaba el anfitrión; a su derecha, el huésped más honorable; a su izquierda, el siguiente en cuanto a honor; luego, siempre por orden jerárquico, el segundo de la derecha, el segundo de la izquierda, y así hasta el final de la mesa. Los discípulos habían estado peleándose por los puestos, porque todavía no se habían desembarazado de la idea de un reino terrenal. Jesús les dijo tajantemente que las dignidades de su Reino no eran como las de este mundo. En la Tierra, un rey vale tanto como el poder que ostenta. Uno de los títulos más corrientes para un rey oriental era, en griego, Euerguetes, que quiere decir Bienhechor. Jesús dijo: « En mi Reino, el que obtiene ese título no es el rey, sino el servidor.»

(i) Lo que necesita el mundo es servicio. Lo curioso es que el mundo de los negocios lo sabe. Bruce Barton señala que el título que más se encuentra en la carretera es el de Estación de Servicio. Era la pretensión de cierta empresa que «Nosotros nos metemos debajo de su coche con más facilidad y nos ponemos más guarros que la competencia.» Lo raro es que hay más peleas sobre las dignidades y más preocupación acerca del puesto que le corresponde a cada uno en la iglesia que en ningún otro sitio. El mundo necesita y reconoce el servicio.

(ii) Es el que está dispuesto a servir más que nadie el que realmente sube. El empleado se va a casa a su hora, y se olvida del trabajo hasta la mañana siguiente, mientras que la luz sigue encendida en la oficina del encargado o del ejecutivo hasta las tantas. Muchas veces se veía la luz de la oficina de John D. Rockefeller todavía encendida cuando ya estaban apagadas las demás del edificio. El servicio produce grandeza; y cuanto más alto llega una persona, mejor servicio podrá prestar.

(iii) Podemos fundar la vida, o en dar, o en recibir; pero si la fundamos en el recibir nos perderemos la amistad de los hombres y la recompensa de Dios, porque a nadie le cae bien el que no piensa más que en lo que pueda sacar.

(iv) Jesús acabó sus advertencias prometiendo a sus discípulos que los que habían estado con Él en la lucha estarían con Él en el Reino. Dios no queda en deuda con nadie. Los que compartan la Cruz de Cristo compartirán un día su corona.

Cuando visualizamos esta escena, surgen ciertas cosas sumamente dramáticas.
La traición de Judas aparece en todo su horror. Tiene que haber sido un actor consumado y un perfecto hipócrita. Una cosa está clara: si los otros discípulos hubieran sabido lo que Judas se traía entre manos, no habría salido con vida de aquella habitación. Judas tiene que haber estado fingiendo un amor y una lealtad que engañaron a todos excepto a Jesús. No era sólo un villano descarado; era un credomado hipócrita. Aquí hay una advertencia. Exteriormente podemos engañar a la gente; pero no se pueden esconder cosas a los ojos de Cristo.

Y hay más. Cuando comprendemos debidamente lo que estaba sucediendo, podemos descubrir que hubo una apelación tras otra a Judas. La primera: la organización de los puestos en aquella cena. Los judíos no se sentaban a la mesa: se reclinaban. La mesa era un bloque sólido, bajo, con una especie de sofás alrededor. Todo tenía una forma como de U, y el lugar del anfitrión era el centro. Los comensales se reclinaban sobre el lado izquierdo, descansando sobre el codo izquierdo y dejándose el brazo derecho libre para alcanzar la comida. Colocados de esa manera, la cabeza de cada uno estaba literalmente sobre el pecho del que estuviera reclinado a su izquierda. Jesús ocuparía el lugar del anfitrión, en el centro del único lado hábil de la mesa baja. El discípulo al que Jesús amaba tiene que haber estado a Su derecha; porque, cuando se apoyaba con el codo en la mesa, tenía la cabeza sobre el pecho de Jesús.

Nunca se menciona el nombre del discípulo al que Jesús amaba. Algunos han pensado que sería Lázaro, porque se nos dice que Jesús le amaba (Juan 11:3, S y 36). Algunos han pensado que sería «el joven rico» anónimo, porque Jesús le amó cuando le vio (Marcos 10:21), y se ha supuesto que, por fin, lo dejó todo para seguir a Jesús. Algunos han pensado que no era una persona de carne y hueso, sino la figura ideal de cómo debería ser el perfecto discípulo. Pero la opinión general y tradicional siempre ha sido que el discípulo amado no era otro que el mismo Juan; y no tenemos por qué dudarlo.

Pero es el sitio de Judas el que merece un interés especial. Está claro que Jesús podía hablarle tan privadamente que los otros no se enteraban. En ese caso, sólo puede haber estado en un sitio: tiene que haber sido ala izquierda de Jesús, de tal manera que, lo mismo que la cabeza de Juan se apoyaba en el pecho de Jesús, así también la de Jesús se apoyaba en el pecho de Judas. Lo revelador es que el sitio a la izquierda del anfitrión era el de máximo honor, y se le reservaba al amigo más íntimo. Antes de colocarse todos para la cena, Jesús tiene que haberle dicho a Judas: «Judas, ven a sentarte a mi lado esta noche; quiero tenerte cerca para poder hablar contigo.» Esa invitación era ya una llamada de amor.

Pero hay más. El que el anfitrión ofreciera a un invitado un bocado o una pieza especial de la fuente era señal de una amistad especial. Cuando Booz quería dar muestras de su aprecio por Rut, la invitó a que se acercara y mojara su trozo de pan en el vino (Rut 2:14). T. E. Lawrence contaba que, cuando se sentaba con los árabes en las tiendas, a veces el jefe árabe cortaba una pieza selecta de carnero del animal entero que tenían delante y se la pasaba a él (¡lo que era a veces una distinción incómoda para un paladar occidental, porque tenía que comérselo todo dando señales de disfrutarlo!). Cuando Jesús le pasó la pieza a Judas, aquello era otra vez una señal de especial aprecio. Y advertimos que, hasta cuando Jesús lo hizo, los demás no se dieron cuenta de lo que significaban Sus palabras; lo que muestra bien a las claras que Jesús tenía costumbre de hacerlo, y nadie se dio por sorprendido. Probablemente Judas ya había sido objeto de muestras de especial afecto por parte de Jesús.

Aquí está la tragedia. Una y otra vez Jesús llamó a la puerta de aquel negro corazón, y una y otra vez Judas lo mantuvo cerrado. ¡Que Dios nos libre se llegar a ser tan impermeables a las llamadas de Su amor!

La última apelación del amor

Así que este drama trágico continuó hasta el final. Una y otra vez Jesús le demostró a Judas Su afecto. Una y otra vez Jesús trató de salvarle de lo que estaba planificando hacer.

Y entonces, de pronto, llega el momento crucial: el momento en que el amor de Jesús admite su derrota. «Judas -le dijo, date prisa con lo que te propones hacer.» No había razón para más aplazamientos. ¿Para qué seguir llamando inútilmente cuando la tensión iba en aumento? Si había de hacerse, cuanto antes mejor. Los discípulos seguían sin comprender nada. Creían que Jesús estaba mandando a Judas a cumplir con las obligaciones de la fiesta. Era la ocasión más especial para hacer algo por los pobres. También en nuestro tiempo, se acostumbra en muchas iglesias hacer una colecta especial en los cultos de comunión para los necesitados. Así que los discípulos creyeron que Jesús mandaba a Judas a hacer la contribución acostumbrada para que también los pobres pudieran celebrar la Pascua.

Cuando Judas recibió el trozo de comida, el diablo entró en él. Es terrible que, lo que se pretendía que fuera una llamada al amor se convirtiera en la dinámica del odio. Eso es algo que el diablo puede hacer. Puede tomar las cosas más agradables y retorcerlas hasta que se convierten en agentes del infierno. Puede tomar el amor, y convertirlo en lujuria; o la piedad, y convertirla en beatería; o la disciplina, en crueldad sádica; o la confianza, en complicidad culpable. Debemos estar en guardia en nuestra vida para que el diablo no convierta las cosas buenas en otras que contribuyan a sus propósitos.

Judas salió… y era de noche. Juan tiene una habilidad especial para henchir las palabras de sentido espiritual. Era de noche porque hacía tiempo que se había puesto el Sol y estaba oscuro; pero aquí se insinúa otra noche. Siempre es de noche cuando una persona se aleja de Cristo para seguir sus propios planes. Siempre es de noche cuando se escucha la llamada del mal en lugar de la del bien. Siempre es de noche cuando el odio apaga la luz del amor. Siempre es de noche cuando le volvemos la espalda a Jesús.

Si nos mantenemos en íntima relación con Cristo, andamos en la luz; si Le volvemos la espalda, entramos en la oscuridad y andamos a oscuras. Se nos ofrecen los dos caminos: el de la luz, y el de la oscuridad. Que Dios nos dé sabiduría para escoger correctamente… porque, en la oscuridad, uno siempre se pierde.

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