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Job 32: Los Discursos de Elihu

Job 32:1  Entonces estos tres hombres dejaron de responder a Job porque él era justo a sus propios ojos.

Eliú, que hasta este momento había permanecido callado (quizás porque era el más joven de todos), se dirige a Job. Eliú procedía de Buz, es decir, era arameo o edomita. Estaba disgustado con los tres hombres porque no habían descubierto el motivo de los sufrimientos de Job, aunque lo habían condenado; y se encendió en ira con Job a causa de su autosuficiencia (por cuanto se justificaba a sí mismo más que a  Dios). Eliú comienza su primer discurso con una extensa apología.

Si Job era realmente un buen hombre, sus tres amigos tendrían que renunciar a su teoría de que el sufrimiento siempre es un castigo de  Dios por las malas acciones. Pero en lugar de considerar otro punto de vista, interrumpieron la discusión. Estaban convencidos de que Job tenía alguna falla o pecado oculto, así que no había nada más que hablar si él no confesaba su pecado. Pero Job sabía que había vivido correctamente ante  Dios y los demás (capítulo 29) y había evitado tener pensamientos y acciones malos (capítulo 31). ¡No pensaba inventar un pecado para satisfacer a sus amigos!

Job 32:2  Pero se encendió la ira de Eliú, hijo de Baraquel buzita, de la familia de Ram. Se encendió su ira contra Job porque se justificaba delante de  Dios.

Cuando Elifaz, Bildad y Zofar no tuvieron ya nada que decir, Eliú se convirtió en la cuarta persona en hablar a Job. Fue la primera y única vez que habló. Aparentemente era un espectador y era mucho más joven que los demás, pero presentó un nuevo punto de vista. Mientras que los tres amigos dijeron que Job estaba sufriendo por un pecado pasado, Eliú dijo que el sufrimiento de Job no se iría sino hasta que se diera cuenta de su pecado presente. Según Eliú, Job no estaba sufriendo debido al pecado, sino que estaba pecando debido al sufrimiento. Dijo que la actitud de Job se había vuelto arrogante al tratar de defender su inocencia. También dijo que el sufrimiento no intenta castigarnos sino corregirnos y restaurarnos para mantenernos en el buen camino.

Hay mucha verdad en el discurso de Eliú. Estaba exhortando a Job para que viera su sufrimiento desde una perspectiva diferente y con un propósito mayor en mente. Si bien su discurso tenía un nivel mucho más espiritual que los otros, Eliú continuaba equivocado al pensar que una respuesta correcta ante el sufrimiento siempre llevaba a la sanidad y restauració y que el sufrimiento siempre está conectado de alguna manera al pecado.

Job 32:3  Su ira se encendió también contra sus tres amigos porque no habían hallado respuesta, y sin embargo habían condenado a Job.

Job 32:4  Eliú había esperado para hablar a Job porque los otros eran de más edad que él.

Job 32:5  Pero cuando vio Eliú que no había respuesta en la boca de los tres hombres, se encendió su ira.

Job 32:6  Y respondió Eliú, hijo de Baraquel buzita, y dijo: Yo soy joven, y vosotros ancianos; por eso tenía timidez y me atemorizaba declararos lo que pienso.

Job 32:7  Yo pensé que los días hablarían, y los muchos años enseñarían sabiduría.

Job 32:8  Pero hay un espíritu en el hombre, y el soplo del Todopoderoso le da entendimiento.

Job 32:9  Los de muchos años  quizá no sean sabios, ni los ancianos entiendan justicia.

«El soplo del Omnipotente le hace que entienda». No basta con reconocer una gran verdad, debe ser vivida cada día. Eliú reconoció la verdad de que  Dios era la única fuente de sabiduría real, pero no la utilizó para ayudar a Job. Si bien reconoció de dónde provenía la sabiduría, no buscó los me Dios para adquirirla. Llegar a ser sabio es una búsqueda progresiva y dura toda la vida. No se contente con sólo saber acerca de la sabiduría; hágala parte de su vida.

Job 32:10  Por eso digo: «Escuchadme, también yo declararé lo que pienso.»

Job 32:11  He aquí, esperé vuestras palabras, escuché vuestros argumentos, mientras buscabais qué decir;

Job 32:12  os presté además mucha atención. He aquí, no hubo ninguno que refutara a Job, ninguno de vosotros que respondiera a sus palabras.

Job 32:13  No digáis: «Hemos hallado sabiduría;  Dios lo derrotará, no el hombre.»

Job 32:14  Pero él no ha dirigido sus palabras contra mí, ni yo le responderé con vuestros argumentos.

Job 32:15  Están desconcertados, ya no responden; les han faltado las palabras.

Job 32:16  ¿Y he de esperar porque ellos no hablan, porque se detienen y ya no responden?

Job 32:17  Yo también responderé mi parte, yo también declararé lo que pienso.

Job 32:18  Porque estoy lleno de palabras; dentro de mí el espíritu me constriñe.

Job 32:19  He aquí, mi vientre es como vino sin respiradero, está a punto de reventar como odres nuevos.

Job 32:20  Dejadme hablar para que encuentre alivio, dejadme abrir los labios y responder.

Job 32:21  Que no haga yo acepción de persona, ni use lisonja con nadie.

Job 32:22  Porque no sé lisonjear, de otra manera mi Hacedor me llevaría pronto.

Los Discursos de Elihu

Terminado el ciclo de discusiones de los tres amigos de Job y el monólogo de éste, aparece inesperadamente un nuevo personaje que pretende dar nueva luz sobre el misterio de los sufrimientos del justo: los caminos de la Providencia son misteriosos, y, por tanto, el hombre no está capacitado para juzgar sus actos; por otra parte,  Dios es soberanamente justo, y, en consecuencia, el hombre no puede dudar de la justicia de sus actos. Es un avance de la solución final, propuesta por el propio  Dios en su teofanía; pero, además, se insinúa que la virtud del justo se perfecciona y purifica con el sufrimiento.

Los críticos modernos consideran este fragmento — de marcada unidad literaria — como adición al drama primitivo del libro de Job 11. El estilo es más prolijo; abundan los arameísmos, y, sobre todo, el personaje no aparece mencionado ni en el prólogo ni en el epílogo del libro.

Los tres interlocutores de Job decidieron callarse, ya que no podían convencer al amigo de su presunta culpabilidad. Elihú — representante de la nueva generación — había callado por respeto a la ancianidad, mientras aquéllos exponían sus argumentaciones; pero ahora que han enmudecido y que parece que Job queda victorioso, interviene violentamente para convencer a éste de su culpabilidad. Está decepcionado por los argumentos de los que representaban la antigua sabiduría y quiere aportar nuevas luces sobre el problema. No puede reprimir el impulso interior que le obliga a hablar sin acepción de personas.

Job acababa de declarar enfáticamente su inocencia, pidiendo a  Dios que diera el fallo definitivo a su querella, sin temer a las acusaciones del libelo que contra él pudiera presentar su adversario judicial. Los tres amigos no encontraron más argumentos para convencer a Job de que era culpable, y decidieron callarse. Pero esto dejaba en mal lugar la justicia divina, ya que parecía que Job, con sus arrogancias, quedaba triunfador indebidamente en la discusión. Y es entonces cuando inesperadamente entra en lid un joven de temperamento exaltado y revolucionario, que se indigna porque los representantes de la sabiduría tradicional no han sabido defender la justicia divina. Elihú de nombre, es de la tierra de Buz, cerca de Teima y Dedán i, en los confines entre Edom y Arabia. Pertenece, pues, al mismo círculo étnico de los otros tres amigos de Job; en todo caso, es también un “hijo de oriente,” como Job; un trans-jordano para el judío que habitaba en Canaán.

Pacientemente había esperado que los “ancianos” expusieran sus puntos de vista, pero, como no convencían al arrogante Job, decide Elihú tomar parte en la discusión.

Llevado de un sentido de respeto a los mayores y también acomplejado ante su supuesta sabiduría de ancianos, el joven Elihú no osaba intervenir en la discusión. Las palabras del nuevo interlocutor son irónicas y de humildad afectada. Según la mentalidad oriental, la sabiduría era patrimonio de los entrados en años, como fruto de la experiencia; y así lo había declarado el propio Job: “Entre los ancianos se halla la sabiduría, y en los de edad avanzada la inteligencia”. Pero Elihú no piensa igual, pues la verdadera sabiduría no la da la experiencia de los años, sino que es un don, una inspiración del Omnipotente. Los designios de  Dios sobre los seres humanos son misteriosos, y sólo puede comunicar sus secretos el propio  Dios. Por otra parte, la discusión actual prueba que la sabiduría no es patrimonio de los entrados en días, pues Job sigue en su obstinación, y sus amigos han agotado sus argumentos para convencerle. Esto da ánimos para que un representante de la nueva generación entre en la discusión con nuevas luces.

Pacientemente ha estado atento a los discursos de los tres interlocutores, esperando que convencieran al arrogante Job; pero ha sido en vano. Ha estado sopesando sus argumentos, esperando encontrar la razón definitiva; pero el resultado fue negativo. Por ello no tienen derecho a decir que reciben la doctrina de  Dios, pues con ella ciertamente habrían convencido al obstinado Job. Elihú, por su parte, no va a utilizar los argumentos de ellos, entre otras razones porque Job no ha dirigido contra él sus palabras o argumentaciones.

De modo redundante y ampuloso, Elihú justifica su intervención, que resulta humillante para los otros interlocutores, de más edad que él. Estos se han callado, llegando a un punto muerto, y, por tanto, es el momento de intervenir con sus nuevas ideas. Se siente lleno de ideas en estado de ebullición, como vino fermentando, que busca salida y que con su presión revienta los odres nuevos. El símil es gráfico y refleja bien la impaciencia de las nuevas generaciones por exponer sus puntos de vista. Pero antes hace profesión de imparcialidad: hablará sin acepción de personas, ateniéndose a las exigencias de la verdad y de la justicia, pues no tiene el vicio de la adulación. Finalmente, pide permiso a  Dios para que le soporte por algún tiempo su argumentación.

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