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Lucas 11: Enséñanos a orar, Pedid y recibiréis

Sucedió una vez en cierto lugar que Jesús estuvo orando algún tiempo y, cuando acabó, le dijo uno de sus discípulos:

-Señor, enséñanos a orar, como hizo Juan con sus discípulos.

Jesús les dijo:

-Cuando os pongáis a orar, decid:

«¡Oh Padre!, que tu nombre sea tratado con reverencia. – Venga tu Reino. – Danos cada día el alimento que necesitamos. – Y perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a todos los que nos fallan. – Y no nos dejes a merced de duras pruebas.»

Era costumbre que los rabinos enseñaran a sus discípulos una oración sencilla para uso frecuente. Juan el Bautista lo había hecho con sus discípulos, y ahora le pedían a Jesús los suyos que Él también les enseñara una oración.

Aquí tenemos la versión de la Oración Dominical que nos da Lucas. Es más corta que la de Mateo, pero nos enseña todo lo que necesitamos saber acerca de cómo y qué pedir en oración.

(i) Empieza llamando a Dios Padre. Es la manera característicamente cristiana de dirigirnos a Dios (cp. Gal_4:6 ; Rom_8:15 ; 1Pe_1:17 ). La primera palabra ya nos dice que al orar no nos estamos dirigiendo a alguien que no está dispuesto a ayudarnos, sino a un Padre que se complace en suplir las necesidades de sus hijos.

(ii) En hebreo el nombre quiere decir mucho más que el nombre propio de una persona. Quiere decir la totalidad del carácter de la persona que se nos ha revelado y que conocemos. El Psa_9:10 dice: «Los que conocen tu Nombre ponen en Ti su confianza.» Eso quiere decir mucho más que saber que el nombre de Dios es Jehová. Quiere decir que, los que conocen todo el carácter y la mente y el corazón de Dios, ponen en Él su confianza con alegría.

(iii) Debemos fijarnos especialmente en el orden de la Oración Dominical. Antes de pedir nada para nosotros mismos, Dios y su gloria y el respeto que le es debido ocupan el primer lugar. Sólo cuando damos a Dios el lugar que le corresponde se colocan todas las cosas en su debido lugar.

(iv) La oración incluye toda la vida.

(a) Incluye la necesidad presente. Nos dice que pidamos nuestro pan cotidiano; es decir, el alimento para el día que oramos. Esto nos recuerda la antigua historia del maná en el desierto (Exo_16:11-21 ): sólo se podía recoger lo necesario para la necesidad del día. No nos tenemos que preocupar del futuro desconocido, sino de «vivir al día».

(b) Incluye los pecados pasados. Cuando oramos, no podemos olvidarnos de pedirle perdón a Dios, porque todos somos pecadores ante la santidad de Dios.

(c) Incluye las pruebas futuras. Tentación quiere decir situación de prueba, e incluye mucho más que la seducción al pecado: todas las situaciones que constituyen un desafío y una prueba a la integridad y fidelidad de una persona. No podemos librarnos de ellas, pero las podemos arrostrar en comunión con Dios.

Alguien ha dicho que la Oración Dominical se puede usar de dos maneras diferentes en nuestra vida devocional: si la usamos al principio, despierta toda clase de deseos santos que nos conducen por los auténticos senderos de la oración; y si la usamos al final, resume y completa todas las peticiones que traemos a la presencia de Dios.

PEDID Y RECIBIRÉIS

Lucas 11:5-13

Jesús les dijo también:

-Suponte que un amigo tuyo te viene a casa a medianoche y te dice desde la puerta: «Oye, amigo: déjame tres panes; que un amigo mío ha llegado de viaje a casa, y no tengo nada que darle de comer. « Y suponte que tú le dices desde dentro: «¡Déjame en paz, que ya he atrancado la puerta y tengo a los chicos conmigo en la cama! ¡No puedo ahora levantarme a dártelos!» Te aseguro que, si no te levantas a dárselos porque es tu amigo, acabarás por levantarte y darle todo lo que sea si el otro sigue insistiendo y molestándote. Y por eso os digo Yo: Pedid hasta que se os dé; buscad hasta encontrar; llamad hasta que se os abra la puerta. Porque el que sabe pedir, acaba recibiendo; el que sabe buscar, acaba encontrando, y al que sabe llamar a la puerta, al fin se le abre. Si tu hijo te pide pan a ti que eres su padre, ¿verdad que no le darás una piedra? O si te pide pescado, ¿a que no le das en vez una serpiente? ¿O si un huevo, un alacrán? Pues si vosotros, que sois malos, les sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más dará vuestro Padre celestial el Espíritu Santo a los que se lo pidan!

Los viajeros solían ir de camino hasta bien entrada la tarde para evitar el calor del mediodía. En la historia de Jesús, un viajero de ésos había llegado en medio de la noche a casa de un amigo. En Oriente, la hospitalidad es un deber sagrado; no se salía del paso dándole al recién llegado cualquier cosa, sino que había que ofrecerle una buena comida.

Cuando un viajero llegaba a las tantas, el dé la casa se podía encontrar en un apuro para cumplir el sagrado deber de la hospitalidad; sobre todo si tenía la panera vacía. Aunque era de noche, éste fue a pedirle ayuda a un amigo, que ya había atrancado la puerta. En Oriente uno no llamaría a una puerta cerrada si no fuera un caso de grave necesidad. Por la mañana, se abrían las puertas y no se cerraban en todo el día; pero si ya estaba cerrada la puerta, era señal de que no se debía molestar. Pero el amigo importuno no se daba por vencido.

Las casas de los pobres en Palestina no tenían nada más que una habitación, con un ventanuco para ventilar. El suelo era de tierra pisonada cubierta con cañas o paja. La habitación estaba dividida en dos partes, no mediante una pared, sino con una especie de plataforma; dos terceras partes de la habitación estaban a nivel del suelo, y el otro tercio estaba un poco elevado; allí era donde estaba el brasero, encendido toda la noche, alrededor del cual dormía toda la familia, no en camas, sino en esterillas. Era corriente que las familias fueran numerosas, y dormían juntitas para darse calor. Al levantarse uno molestaba a toda la familia. Además, en las aldeas era costumbre meter en la casa por la noche el ganado, corrientemente gallinas y cabras.

¿Todavía nos sorprende que el hombre de la casa no quisiera levantarse? Pero el amigo necesitado seguía llamando sin vergüenza (eso es lo que quiere decir la palabra en el original), hasta que el de dentro, con toda la comunidad inquieta para entonces, acababa por levantarse a darle lo que necesitaba.

«Esta historia -diría Jesús- os enseñará algo acerca de la oración.» La lección de esta parábola no es que debemos persistir en la oración, que tenemos que aporrear la puerta de Dios hasta que no tenga más remedio que darnos lo que le pedimos, como si Dios no estuviera dispuesto a molestarse. La lección aparece clara precisamente por contraste.

Parábola quiere decir poner una cosa al lado de otra. Si ponemos dos cosas una al lado de la otra para explicar una lección, ésta se puede deducir del hecho de que las dos cosas se parecen, o del hecho de que una es la contraria de la otra. La lección aquí se deduce, no de la semejanza, sino del contraste. Lo que Jesús quiere decir es que «si la insistencia desvergonzada y molesta de un supuesto amigo acaba por obligar a otro supuesto amigo egoísta y comodón a levantarse de la cama comunal y darle lo que necesita, ¡cuánto más Dios, que es un Padre modelo, suplirá las necesidades de sus hijos! «Si vosotros -añade Jesús-, que sois malos, sabéis darles cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más Dios, que es el Padre perfecto!»

Lo dicho no nos exime de la insistencia en la oración. Después de todo, la prueba de la realidad y la sinceridad de nuestro deseo está en la pasión con que lo pedimos. Pero esto no quiere decir que le tenemos que sacar las cosas a la fuerza a un Dios despreocupado, sino que acudimos a un Dios que conoce nuestras necesidades aún mejor que nosotros, y cuyo corazón está henchido de amor generoso hacia nosotros. Si no recibimos lo que pedimos, no es porque Dios es tacaño y nos lo niega, sino porque tiene algo mejor para nosotros. No hay tal cosa como una oración incontestada. La respuesta puede no ser la que queríamos o esperábamos; pero, aun cuando no se nos conceda lo que pedimos, la respuesta viene de la sabiduría y el amor de Dios.

UNA CALUMNIA MALICIOSA

Lucas 11:14-23

En cierta ocasión, Jesús estaba echando a un demonio de mudez; y, cuándo salió el demonio, el hambre que había sido mudo se puso a -hablar; y la gente estaba maravillada.

Pero había algunos que decían:

-¡Este echa a los demonios porqué está de acuerdo con Beelzebú, que es el príncipe de los demonios!

Y otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal verdaderamente sobrenatural. Pero Él sabía lo que estaban pensando, y les dijo:

-Cuando un reino está dividido, acaba destruyéndose, y cuando una casa real está dividida, está perdida. Si Satanás está en guerra consigo mismo, su reino está condenado a desaparecer, si es verdad lo que decís de que Yo echo a los demonios porque estoy de acuerdo con Belzebú. Y además, si yo echo a los demonios porque tengo un trato con Belzebú, ¿cómo los echan los de vuestra casta? ¡Vuestro veredicto se vuelve contra vosotros mismos! Pero si Yo echo a los demonios por el dedo de Dios, eso quiere decir que el Reino de Dios está obrando aquí y ahora. Cuando un guerrero está armado y guardando su castillo, tiene bien seguro todo lo suyo; pero, si llega otro más fuerte que él y le vence, le quita todas las armas de las que dependía, y las reparte como botín entre los suyos. El que no está de mi parte está en contra mía; el que no recoge conmigo, no hace más que esturrear.

Cuando los enemigos de Jesús se vieron incapaces de atacarle con medios limpios, recurrieron a la calumnia. Dijeron que Jesús tenía poder sobre los demonios porque estaba en trato con el príncipe de los demonios. Atribuían su poder, no a Dios, sino al diablo. Jesús les dio una doble respuesta irrefutable.

En primer lugar les asestó un hábil golpe. Había muchos exorcistas en Palestina en tiempos de Jesús. Josefo dice que ese poder lo había tenido Salomón, que era experto en el uso de las hierbas y había inventado encantamientos para echar a los demonios de manera que no volvieran; y Josefo dice que había visto usar con éxito en su tiempo los métodos de Salomón (Antigüedades de los Judíos, 8:5:2). Así es que Jesús les toca en lo más vivo: «Si yo echo a los demonios porque tengo un trato con el príncipe de los demonios, ¿cómo los echan los de vuestra casta? ¡Si me condenáis a mí, os estáis condenando a vosotros!»

En segundo lugar, usó un razonamiento incontestable. Un reino que tiene una guerra civil interminable no puede sobrevivir. Si el príncipe de los demonios le está dando a alguien poder para derrotar a sus emisarios, está acabado. No hay más que una -manera de dominar al guerrero fuerte armado, y es cuando se es más fuerte que él y se le vence. « Por tanto -dice Jesús- si Yo echo a los demonios, más que probar que estoy de acuerdo con el príncipe de los demonios, lo que prueba eso es que la fortaleza del diablo ha sido expugnada, el poderoso malvado ha sido dominado y el Reino de Dios está aquí.»

De este pasaje surgen ciertas verdades permanentes.

(i) No es raro que se recurra a la calumnia cuando no se tienen buenas razones. Gladstone estaba interesado en la reforma de las mujeres que se prostituían en las calles de Londres. Sus enemigos sugerían que estaba interesado en ellas por otras razones muy inferiores. No hay nada tan cruel como la calumnia, porque mucha gente presta oídos más fácilmente a lo malo que a lo bueno, por aquello de «piensa mal, y acertarás.» No nos creamos que estamos ninguno libre de ese pecado. ¿No es verdad que nos resulta fácil suponer razones impuras, sobre todo cuando no nos gusta la persona? ¿O es que no repetimos nunca las críticas maliciosas que oímos, como la cosa más inocente? Esto nos llama a un serio examen de conciencia.

(ii) Una vez más notamos que para Jesús la prueba de que el Reino de Dios había venido era el hecho de que los que sufrían eran sanados, y la salud ocupaba el terreno de la enfermedad. La meta de Jesús no era sólo la salvación del alma, sino de la persona entera.

(iii) Lucas concluye este pasaje con el dicho de Jesús de que el que no está de acuerdo con El émá en contra de Él, y que el que no ayuda a reunir el rebano está dispersándolo. No hay lugar para la neutralidad en la vida cristiana. El que se mantiene al margen del bien, automáticamente ayuda al mal.

EL PELIGRO DEL ALMA VACÍA

Lucas 11:24-28

-Cuando un espíritu inmundo sale de una persona -siguió diciendo Jesús-, va por sitios áridos buscando un lugar tranquilo; pero, como- no lo encuentra, dice: «¡Me volveré a la casa de donde salí!» Y, cuando llega, y se la encuentra limpita y curiosa, va y se trae a otros siete espíritus todavía peores que él, y se quedan todos allí a vivir, y la persona acaba peor que antes.

Cuando Jesús estaba diciendo esto, una mujer que estaba entre la gente gritó con todas sus fuerzas:

-¡Bendita sea la madre que te parió y la leche que mamaste!

-¡Pero más benditos sean todos los que prestan atención a la palabra de Dios y la ponen por obra! -respondió Jesús:

Aquí tenemos una historia tenebrosa y de miedo. Se trata de una persona de la que echaron a un espíritu malo. Éste fue vagando por ahí en busca de un sitio donde descansar, pero no lo encontró; así que decidió volver a su antigua morada. Y se encontró con que la persona estaba limpia y ordenada -pero vacía. Así que el espíritu- malo se fue a buscar a otros siete espíritus todavía peores que él, y se los trajo a vivir con él en su antigua casa… y aquella persona acabó peor de lo que había estado antes.

(i) Aquí tenemos la verdad fundamental de que no se puede dejar vacía el alma de nadie. No basta con desterrar los malos pensamientos y hábitos, y dejar el alma vacía. Un alma vacía es un alma- en peligro. A Adam C. Welch le gustaba predicar sobre el texto «No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu» (Eph_5:18 ), y solía empezar diciendo: «Hay que llenar a las personas con algo.» No basta con echar al mal; hay que dejar entrar al bien.

(ii) Eso quiere decir que no se puede cimentar una experiencia espiritual con negativos. Tomemos como ejemplo el mandamiento de santificar el Día del Señor (Exo_20:8-11 , y Deu_5:12-15 ), que es una asignatura pendiente en muchas iglesias. Lo que se suele hacer es presentar una lista de lo que hace la gente, y que los cristianos no debemos hacer en el Día del Señor. Pero el que se encuentra con todas esas prohibiciones nos preguntará: «Bueno, ¿y qué es lo que puedo hacer?» A menos que se lo digamos, va a acabar peor de lo que estaba, porque le vamos a condenar a la inactividad, que es terreno abonado para el tentador. Es peligroso cuando la religión se presenta como una serie de negativos. Es necesario limpiar; pero después de desarraigar el mal hay que plantar y cultivar el bien.

(iii) La mejor manera de evitar el mal es practicar el bien. El mejor jardín que recuerdo haber visto estaba tan lleno de flores que no les quedaba sitio a las ortigas. Para tener una buena huerta hay que quitar los hierbajos y preparar la tierra; pero, si no se ponen y se cultivan buenas plantas, pronto estará peor que antes. Esto es igualmente cierto en el mundo del pensamiento. A veces nos asaltan malos pensamientos. Si todo lo que hacemos es decirnos: «No voy a pensar en eso», seguimos pensando en ello cada vez más. El remedio está en pensar en otra cosa, en desterrar el pensamiento malo con uno bueno. No se es bueno por no hacer cosas malas, sino llenando la vida de cosas buenas.

Los versículos 27 y 28 nos presentan a Jesús diciendo una verdad muy seria. La mujer se había dejado llevar por la emoción del momento, y Jesús la devolvió a la realidad. La emoción momentánea no tiene por qué ser mala, pero lo más valioso de la vida es la obediencia de cada día. Los mejores sentimientos no pueden ocupar el lugar de la fidelidad.

La mujer que le echó a Jesús aquella bendición tan española no sabía que la bienaventuranza verdadera de la madre de Jesús la recibió cuando creyó la Palabra de Dios y se entregó a Él en perfecta obediencia (Luk_1:38 y 45)..

LA RESPONSABILIDAD DEL PRIVILEGIO

Lucas 11:29-32

La gente estaba apiñada escuchando a Jesús, y Él se puso a decirles:

-La gente de este tiempo es mala. Pide una señal sobrenatural, pero Dios no le va a dar más señal que la del profeta Jonás: como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, lo es ahora el Hijo del Hombre a los de este tiempo. La Reina del Sur testificará el Día del Juicio en contra de la gente de este tiempo y hará que sea condenada; porque ella vino del otro extremo del mundo para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay Uno que es más que Salomón. Y los habitantes de Nínive testificarán el Día del Juicio en contra de la gente de este tiempo, y harán que sea condenada; porque cuando oyeron predicar a Jonás se arrepintieron, y aquí hay Uno que es más que Jonás.

Los judíos querían que Jesús hiciera algo realmente sensacional para demostrarles que era el Mesías. Unos años después, hacia el 45 d C., un tal Teudas pretendió ser el Mesías e inició una revolución. Hizo que la gente le siguiera, porque les prometió detener las aguas del Jordán haciendo un camino por en medio para pasar al otro lado. No hace falta decir que fracasó, y los Romanos acabaron pronto con los rebeldes; pero eso era la clase de cosa que la gente le exigía a Jesús para probar que era el Mesías. No se daba cuenta de que la mayor señal que Dios había de dar nunca era Jesús mismo.

De la misma manera que Jonás había sido una señal de Dios a Nínive, lo era Jesús para los de su tiempo, pero ellos no le reconocieron. Cuando Salomón era rey, la Reina de Sabá reconoció que su sabiduría era sobrenatural, y vino de muy lejos para beneficiarse de ella; cuando Jonás predicó a los habitantes de Nínive, reconocieron en él la auténtica voz de Dios, y se arrepintieron y salvaron de la destrucción. El Día del Juicio, estas personas se levantarán a dar testimonio en contra de los judíos del tiempo de Jesús, porque éstos habían tenido una oportunidad y un privilegio incomparablemente mayores que los suyos y se habían negado a recibirlos. La condenación de los judíos sería tanto más definitiva cuanto fueron mayores sus privilegios.

El privilegio y la responsabilidad van siempre de la mano.

Considerad dos de nuestros mayores privilegios y cómo los usamos.

(i) Todos tenemos a nuestra disposición la Biblia, la Palabra de Dios. Se ha pagado un alto precio para que llegara hasta nosotros. Los traductores de la Biblia al español, Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, fueron perseguidos por la Inquisición, y se salvaron de morir en la hoguera gracias a que pudieron huir al extranjero; otros, como Julianillo Hernández, fueron torturados para que delataran a todos los protestantes que conocieran, y dieron su vida para que la Palabra de Dios entrara en España. Y otro tanto sucedió en otros países, como Inglaterra, donde Wyclif, el primer traductor, y Tindale, el que dio a Inglaterra la primera Biblia impresa, sufrieron lo indecible y por último dieron sus vidas por la Palabra de Dios. No hay libro que haya costado tanto como la Biblia. En los países de habla española se considera a la Biblia Reina-Valera como un clásico, lo que quiere decir para muchos un libro del que se ha oído hablar, pero que casi nadie ha leído. Tenemos el privilegio de poseer un ejemplar de la Biblia, de cualquiera de las varias ediciones ahora disponibles: es un privilegio del que tendremos que dar cuenta.

(ii) Disfrutamos de libertad de cultos, que consideramos como un derecho; y esto también es un privilegio que ha costado muchas vidas. Lo malo es que muchos, como ha dicho humorísticamente alguien, consideran ahora que la libertad de cultos quiere decir libertad para no ir al culto. Este también es un privilegio del que tendremos que dar cuenta.

Si una persona tiene a Cristo, y el Libro de Cristo, y la Iglesia de Cristo, es heredera de todos los privilegios de Dios. Si, poseyéndolos, no los usa, o los rechaza como hicieron los judíos en tiempos de Jesús, ¿cómo responderá cuando se le pidan cuentas de los privilegios que se le concedieron?

EL CORAZÓN ENTENEBRECIDO

Lucas 11:33-36

Jesús siguió diciéndoles:

No se enciende una vela para encerrarla en un armario oponerla debajo de un cajón, sino para ponerla en el candelero, para que vean los que entran en la habitación. Las ventanas por las que entra la luz al cuerpo son los ojos; cuando los ojos están como es debido, todo el cuerpo tiene toda la luz que necesita; pero cuando los ojos están malos, el cuerpo está en tinieblas. Ándate con cuidado, no sea que lo que debiera darte luz esté apagado. Así es que, si todo tu cuerpo está iluminado, sin ningún rincón oscuro, es como cuando hay una lámpara en la habitación, que lo ilumina todo con su luz.

No es fácil entender este pasaje, pero es probable que lo que se nos quiere decir sea lo siguiente. El cuerpo depende de los ojos para captar la luz; si están sanos, el cuerpo recibe la luz que necesita; pero, si están enfermos, la luz se convierte en oscuridad. De la misma manera, la luz de la vida depende del corazón; si éste es como es debido, toda la vida está iluminada; si no, toda la vida está en tinieblas. Jesús nos advierte que comprobemos que la luz interior está encendida.

¿Qué es lo que oscurece la luz interior? ¿Qué es lo que puede fallar en nuestro corazón?

(i) El corazón se nos puede endurecer. A veces, cuando tenemos que hacer algo con las manos a lo que no estamos acostumbrados, se nos irrita la piel, y nos produce dolor; pero, si lo hacemos con cierta frecuencia, se nos endurece la piel y podemos hacer sin problemas lo que nos hacía daño. Y lo mismo con el corazón. La primera vez que hacemos lo que no debemos sentimos temor y hasta dolor de corazón. Cada vez que lo repetimos sentimos menos temor, hasta que por último no nos produce ni la más mínima inquietud. El pecado tiene un poder endurecedor terrible. No hay nadie que haya dado el primer paso hacia el pecado sin sentir la advertencia de su corazón; pero si comete ese pecado repetidas veces, llegará un momento cuando lo haga como si tal cosa. Lo que antes nos daba miedo o reparo, luego se convierte en un hábito. A nadie le podemos echar la culpa nada más que a nosotros mismos por haber llegado a ese estado.

(ii) El corazón se nos puede insensibilizar. Es trágico cómo nos acostumbramos a aceptar las cosas. Al principio sentimos dolor en nuestros corazones al contemplar el sufrimiento y el dolor del mundo; pero muchos acaban por acostumbrarse y aceptarlo sin sentirlo ni lo más mínimo.

Está demostrado que muchas personas sienten más intensamente las cosas cuando son jóvenes que más adelante en la vida. Eso es especialmente cierto en relación con la Cruz de Jesucristo. Florence Barclay nos cuenta cuando la llevaron por primera vez a la iglesia cuando era niña. Era Viernes Santo, y leyeron toda la historia de la crucifixión. Ella escuchó con atención la negación de Pedro y la traición de Judas; oyó todo lo que dijo Pilato en el juicio; vio la corona de espinas, y las bofetadas de los soldados; oyó que les entregaron a Jesús para que le crucificaran y, cuando llegaron las palabras «Y le crucificaron allí», parecía que a ninguno de los que estaban en la iglesia le importaba; pero la niña escondió la carita en el abrigo de su madre llorando amargamente, y,,su vocecita quebrantada recorrió el silencio de la iglesia: «¿Por qué le hicieron eso? ¿Por qué se lo hicieron?»Así es como deberíamos sentir todos la Cruz; pero lo hemos oído tantas veces que ya no nos hace ninguna impresión. Que Dios nos guarde de tener un corazón que ha perdido el poder de sentir la agonía de la Cruz –que Cristo sufrió por nosotros.

(iii) El corazón se nos puede volver rebelde. Una persona puede llegar a saber lo que debe hacer, y hacer lo contrario; sentir la mano de Dios sobre su hombro, y encogerlo y retirarlo, y seguir el camino que conduce al país lejano cuando Dios la está llamando para que vuelva a casa.

¡Que Dios nos libre de tener un corazón entenebrecido!

EL CULTO DE LOS DETALLES Y EL OLVIDO DE LO ESENCIAL

Lucas 11:37-44

Cuando Jesús acabó de hablar, un fariseo le invitó a comer con él.

Jesús entró en la casa, y se reclinó a la mesa; y el fariseo se sorprendió mucho de que no se hubiera lavado las manos antes de comer. Entonces Jesús le dijo:

-El hecho es que vosotros los fariseos limpiáis los vasos y los platos por fuera, y por dentro los dejáis llenos de codicia y maldad. ¡Tontos! ¿Es que Dios no ha hecho el interior lo mismo que el exterior? Compartid lo que tenéis con los necesitados, y veréis como todo se os vuelve limpio. ¡Pobres de vosotros, fariseos! Porque consagráis a Dios el diezmo de la menta, y de la ruda, y de todas las hortalizas, y pasáis por alto la equidad y el amor de Dios. El cumplir en lo pequeño no os da derecho a olvidar lo mayor. ¡Pobres de vosotros, fariseos, porque os encanta ocupar los asientos más importantes de la sinagoga, y que os saluden ceremoniosamente en las plazas,! ¡Pobres de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que sois como tumbas tan disimuladas por fuera que uno las puede pisar sin darse cuenta!

El fariseo se sorprendió de que Jesús no se lavara las manos antes de comer. No era cuestión de limpieza, sino de leyes ceremoniales. Se tenían que cumplir los detalles más insignificantes. Se tenían grandes vasijas de agua especialmente para ese fin, porque el agua ordinaria podía estar contaminada; había que usar por lo menos la cuarta parte de un log, es decir, lo suficiente para llenar una cáscara de huevo y media. Primero había que verter el agua en la mano empezando por la punta de los dedos de forma que corriera hasta la muñeca; luego había que limpiar cada palma restregándola con el puño de la otra mano; y por último se vertía agua en la mano otra vez, ésta empezando por la muñeca para que corriera hasta la punta de los dedos. Para el fariseo, el omitir el más mínimo de estos detalles era pecado; y el comentario de Jesús fue que, si tuvieran el mismo cuidado en mantener limpio el corazón como en limpiarse las manos, serían mejores personas.

Había algunos impuestos que un judío practicante no se olvidaría de pagar jamás.

(a) Los primeros frutos o primicias de la tierra. Se ofrecían en el templo siete clases de primeros frutos: los de los trigales, de la cebada, de la viña, de la higuera, del granado, del olivo y de la colmena.

(b) Estaba la «terumá». Los primeros frutos se ofrecían a Dios, pero la terumá era la contribución al mantenimiento de los sacerdotes, y eran las primicias de todo lo que se cultivaba; había que dar la quincuagésima parte de la producción.

(c) Estaba el diezmo. Este se pagaba directamente a los levitas, que a su vez pagaban a los sacerdotes el diezmo de todo lo que recibían. Era la décima parte de «todo lo que se puede usar como alimento y se cultiva o crece en la tierra.» Hasta qué punto eran meticulosos en el diezmo los fariseos se ve en que diezmaban hasta la ruda, que la ley decía que no había que diezMarcos No les importaba cómo fueran sus corazones o sus sentimientos, ni si dejaban de cumplir con la equidad u olvidaban el amor; pero no omitían los diezmos.

Los asientos más importantes de la sinagoga eran los que estaban al frente, de cara al auditorio. Los mejores asientos de la congregación eran los de la primera fila, e iban disminuyendo en honor hacia atrás. ¡La ventaja de los asientos principales era que todo el mundo los podía ver!

Cuanto más exageradas eran las muestras de respeto que recibían los fariseos de los que los saludaban en las calles y plazas, mejor para ellos.

El detalle del versículo 44 está en que en Num_19:16 se establece que «cualquiera que tocare sobre la faz del campo una tumba, siete días será inmundo.» Los inmundos no podían asistir a los cultos. Y podía ser que alguien pisara una tumba sin darse cuenta; pero quedaba inmundo lo mismo. Jesús dijo que los fariseos son exactamente así: aunque no se diera cuenta la gente, su influencia era nociva. El que entrara en contacto con ellos, aunque no se diera cuenta de su corrupción, se contaminaba de ideas falsas acerca de Dios y de lo que Él nos manda.

Dos cosas sobresalían en los fariseos, y por ellas los condenaba Jesús.

(i) Se limitaban a lo externo. Mientras se cumpliera eso, lo demás no importaba. Podían tener el corazón tan negro como el infierno, absolutamente falto de caridad y equidad; pero, mientras cumplieran con todos los detalles rituales a su debido tiempo, creían que eran buenos a los ojos de Dios.

Una persona puede que asista regularmente a la iglesia; que estudie la Biblia meticulosamente; que eche mucho dinero en las colectas… Pero si hay en su corazón orgullo y desprecio, si no hay amor en sus relaciones cotidianas con los demás, si es injusto con sus subordinados o fraudulento en su trabajo, no es una persona cristiana. No se puede ser cristiano cuando se cumplen meticulosamente las convenciones de la religión y se olvidan sus realidades.

(ii) Se limitaban a los detalles. Comparados con el amor, la amabilidad, la equidad y la generosidad, el lavarse las manos con meticulosidad y el pagar los diezmos con exactitud matemática son detalles sin importancia. Una vez vino un hombre al doctor Johnson con una historia tétrica: trabajaba en una fábrica de papel, y se había quedado con un trocito de papel y con una cuerdecita, y estaba convencido de que había cometido un pecado mortal, y no hacía más que hablar de ello. Por último, el doctor Johnson le interrumpió: «¡Hombre, deje ya de preocuparse del papelillo y de la guita cuando todos estamos viviendo en un mundo que está a reventar de pecado y de dolor!» ¡Qué a menudo los tribunales y los funcionarios de las iglesias se pierden en detalles de gobierno y de administración eclesiástica que no tienen la menor importancia, y hasta discuten y se pelean sobre ellos, y olvidan las grandes realidades de la vida cristiana!

LOS PECADOS DE LOS LEGALISTAS

Lucas 11:45-54

Uno de los intérpretes de la ley le interpeló:

-¡Maestro, que cuando hablas así nos ofendes a nosotros también!

-¡Pobres de vosotros también, intérpretes de la ley! -le respondió Jesús-. A los demás les imponéis cargas insoportables, pero vosotros no les echáis una mano… ¡ni siquiera un dedo! ¡Pobres de vosotros, que erigís monumentos funerarios a la memoria de los profetas a los que asesinaron vuestros antecesores! Bien se ve que sois sus dignos sucesores: porque ellos los mataron, y vosotros les erigís el memorial. Por eso dijo Dios en su sabiduría: «Les enviaré profetas y apóstoles; pero ellos matarán a algunos, y a otros los perseguirán,» hasta que se les pida cuenta a los de este tiempo de la sangre de todos los profetas que se ha derramado desde el principio de la Historia, es decir, desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, al que mataron entre el altar y el templo; sí, os lo aseguro: de toda esa sangre se le pedirá cuenta a la actual generación. ¡Pobres de vosotros, intérpretes de la ley, que habéis escondido la llave del conocimiento espiritual! No habéis entrado en él vosotros, y a los que querían entrar se lo habéis impedido.

A partir de entonces, los escribas y los fariseos le iban estrechando más y más el cerco, y le provocaban para que diera su opinión de muchas cosas, acechándole para cogerle alguna palabra por la que pudieran acusarle de herejía o blasfemia.

Aquí se exponen tres cargos contra los escribas.

(i) Eran expertos en la ley; les imponían a los demás mil y una cargas de la ley ceremonial, pero ellos no las cumplían, porque eran expertos en la exención. Veamos algunas de sus exenciones.

Lo máximo que se permitía recorrer el sábado eran 2.000 codos, algo menos de un kilómetro, desde su lugar de residencia. Pero si se ataba la cuerda al final de la calle, ése se consideraba su residencia, y podía alejarse de allí un kilómetro; si el viernes por la tarde dejaba en algún sitio alimentos suficientes para dos comidas, ese sitio se consideraba técnicamente como su residencia, y podía recorrer otro kilómetro a partir de allí. ¡Y así sucesivamente!

Uno de los trabajos prohibidos en sábado era hacer nudos, ya fueran de marino, o de camellero, o nudos en sogas. Pero una mujer se podía atar un nudo en el cinturón. ¡Así que, si había que atar el cubo para sacar agua del pozo, se ataba con el cinturón de una mujer, y en paz!

Estaba prohibido llevar cargas; pero estaba escrito en las leyes codificadas que « el que lleva algo, ya sea en la mano derecha o en la izquierda, o en el seno, o al hombro, es culpable; pero el que lleva algo en el reverso de la mano, o con el pie, o en la boca, o al codo, o en la oreja, o en el pelo, o en la bolsa del dinero puesta al revés, o entre la bolsa del dinero y la camisa, o en el forro de la camisa, o en el zapato o la .sandalia, no es culpable, porque no lo lleva como se lleva corrientemente.»

Es increíble que pudieran pensar que Dios había hecho leyes semejantes, y que el tener en cuenta esos detalles era un deber religioso, y el cumplirlos era una cuestión de vida o muerte; pero ésa era la religión de los escribas. No nos sorprende que Jesús se metiera con los escribas, y que ellos le consideraran hereje e impío.

(ii) La actitud de los escribas con los profetas era paradójica. Les profesaban una profunda admiración a los de tiempos pasados; pero, si se encontraran con uno, tratarían de matarlo. Honraban a los profetas muertos con monumentos memoriales, pero deshonraban a los profetas vivos con persecución y muerte.

«Aborrezco en el alma -dice Isaías= vuestras lunas nuevas y vuestras fiestas solemnes» (1:14). « Dios te ha enseñado, oh hombre -dice Miqueas -, dónde está el bien; ¿qué espera Dios de ti sino que obres la justicia, y que ames la misericordia, y que te conduzcas humildemente con tu Dios?» (6:8). Esa era la esencia del mensaje profético, y era la antítesis de la enseñanza de los escribas. No nos sorprende que los escribas, tan dados a los detalles externos, odiaran a los profetas -y Jesús estaba en la línea de los profetas. El asesinato de Zacarías se nos describe en 2Ch_24:20-21 .

(iii) Los escribas bloqueaban el acceso a la Sagrada Escritura. Sus interpretaciones eran tan fantásticas que a la gente corriente le era imposible entenderlas. En manos de los escribas la Escritura se había convertido en un libro de enigmas. En su errado virtuosismo rehusaban ver el mensaje de las Escrituras para ellos mismos, y no se lo dejaban ver a nadie más. Ellos las habían convertido en algo exclusivo de los expertos y en un misterio tenebroso para todos los demás.

No pensemos que esto son sólo cosas del pasado. Sigue habiendo quienes les imponen a los demás unas obligaciones que ellos mismos no se sienten obligados a cumplir. Todavía existen personas para quienes religión no es más que legalismo. Y también hay supuestos eruditos que hacen la Palabra de Dios tan difícil que desconciertan a las personas corrientes, que ya no saben lo que deben creer ni cómo agradar a Dios.

Lucas 11:1-54

11.1-4 Note el orden en esta oración. Primero, Jesús alaba a Dios; luego, presenta sus peticiones. Alabar primero a Dios nos ubica en el marco adecuado para pedir por nuestras necesidades. Por lo general, nuestras necesidades se parecen a una lista de compras antes que a un diálogo con Dios.

11.2-13 Estos versículos enfocan tres aspectos de la oración: su contenido (11.2-4), nuestra persistencia (11.5-10) y la fidelidad de Dios (11.11-13).

11.3 La provisión de Dios es diaria, no es una sola vez y para siempre. No podemos almacenarla y cortar la comunicación con Dios, ni nos arriesgaremos a sentirnos autosatisfechos.

Si usted corre con pocas energías, pregúntese: ¿Cuán lejos estoy de la Fuente?

11.4 Cuando Jesús enseñó a sus discípulos a orar, estableció el perdón como piedra angular en su relación con Dios. Dios ha perdonado nuestros pecados, por lo tanto, debemos ahora perdonar a quienes nos ofendieron. Seguir sin perdonar muestra que no se ha entendido que nosotros mismos, junto con todos los demás seres humanos, necesitamos ser perdonados. Piense en algunas personas que le han faltado en cierta manera. ¿Las ha perdonado de verdad? ¿Cómo actuaría Dios si lo tratara en la forma que usted lo hace con los demás?

11.8 La persistencia en la oración supera nuestra insensibilidad, no la de Dios. Practicar la persistencia es más que cambiar nuestro corazón que el de El, nos permite comprender y expresar la intensidad de nuestra necesidad. La oración persistente nos ayuda a reconocer la obra de Dios.

11.13 Buenos padres cometen errores y aun así tratan bien a sus hijos. ¡Cuánto mejor nuestro perfecto Padre celestial trata a sus hijos! El don más perfecto que ha dado es el Espíritu Santo (Act_2:1-4), que prometió dar a todos los creyentes después de su muerte, resurrección y ascensión (Joh_15:26).

11.14-23 Un acontecimiento similar, pero aislado, se da a conocer en Mat_12:22-45 y en Mar_3:20-30. El hecho descrito por Lucas sucedió en Judea mientras que el otro ocurrió en Galilea. Según Lucas, Jesús habló a las multitudes; en Mateo y Marcos acusó a los fariseos.

11.15-20 Hay dos interpretaciones comunes a estos versículos: (1) Algunos de los seguidores de los fariseos echaron fuera demonios. Si así fue, las acusaciones de los fariseos eran más desesperadas que antes. Acusar a Jesús de que Beelzebú, el príncipe de los demonios (o Satanás mismo), le dio poder porque echaba fuera demonios, era decir a su pueblo que ellos también realizaban una obra de Satanás. Jesús replicó la acusación de los líderes con duras palabras. (2) Otra posibilidad es que los seguidores de los fariseos no echaban fuera demonios; e incluso si lo intentaron, no tuvieron éxito. Jesús primero rechaza la afirmación de ellos como absurda (¿cómo podría el demonio echar fuera a sus demonios?). Luego incluye una pequeña ironía («¿vuestros hijos por quién los echan?»). Al final, declara que su labor de echar fuera demonios confirma que el Reino de Dios había llegado.

Ahora Jesús y el reino de los cielos dominaban y superaban en poder a Satanás, quien controló el reino de este mundo por miles de años. El reino de Jesús empieza a tener poder, crece al resistir las tentaciones en el desierto, se establece mediante sus enseñanzas y sanidades, florece en victoria en su resurrección y en el Pentecostés, y vendrá a ser permanente y universal en su Segunda Venida. Aunque estas dos interpretaciones difieren, llegan a la misma conclusión: el Reino de Dios llegó con el advenimiento de Jesucristo.

11.21, 22 Quizás Jesús hizo referencia a Isa_49:24-26. A pesar del poder de Satanás, Jesús es mucho más poderoso y lo atará y lo eliminará para siempre (véase Rev_20:2, Rev_20:10).

MARTA

Muchos hermanos mayores tienen la tendencia irritante de querer mandar, hábito que se desarrolla a través del crecimiento. Podemos notarlo en Marta, la hermana mayor de María y Lázaro. Acostumbraba imponer su autoridad. El hecho de que se recuerden a Marta, María y Lázaro por su hospitalidad tiene mayor significado cuando notamos que este era un requisito social en la cultura judía de ese tiempo. Se consideraba vergonzoso cerrar la puerta a alguien. Al parecer, esta familia cumplía muy bien con esto.

A Marta le preocupaban los detalles. Le encantaba agradar, servir, hacer las cosas bien, pero muchas veces hacía que la gente que la rodeaba se sintiera incómoda. Tal vez, al ser la mayor, temía la afrenta si su hogar no satisfacía las expectativas. Procuraba hacer todo lo que le era posible para evitarlo. Como resultado, le era difícil descansar y disfrutar de la presencia de sus invitados. Incluso le fue difícil aceptar la falta de cooperación de su hermana María en todos los preparativos. Sus sentimientos eran tan intensos que, al final, pidió a Jesús que interviniera en el asunto. El, con amabilidad, corrigió su actitud y le mostró que si bien es cierto que sus prioridades eran buenas, no eran las mejores. Era más importante prestar atención a los visitantes que lo que tratara de hacer por ellos.

Más tarde, después de la muerte de su hermano Lázaro, Marta apenas pudo contenerse. Cuando oyó que Jesús al fin venía, corrió a su encuentro y le expresó su conflicto interno de insatisfacción y esperanza. Jesús señaló que su esperanza era muy limitada. El no solo era Señor más allá de la muerte, sino sobre la muerte. ¡El era la resurrección y la vida! Momentos más tarde, Marta una vez más habló sin pensar, señalando que un cuerpo después de cuatro días de fallecido estaba en camino a la descomposición. Algunas veces su preocupación por los detalles no le permitía ver el cuadro completo. Pero Jesús actuó con suma paciencia con ella.

En nuestro último cuadro de Marta la hallamos una vez más sirviendo una cena a Jesús y a sus discípulos. Nunca dejaba de servir. Pero esta vez la Biblia narra su silencio. Empezaba a aprender lo que su hermana menor ya sabía: la adoración empieza callando y escuchando.

Puntos fuertes y logros :

— Un ama de casa hospitalaria

— Creía en Jesús con fe creciente

— Tenía el deseo ferviente de hacer bien las cosas

Debilidades y errores :

— Esperar que todos estén de acuerdo con sus prioridades

— Le preocupaban mucho los detalles

— Tendía a autocondolerse cuando sus esfuerzos no se reconocían

— Limitó los poderes de Jesús a esta vida

Lecciones de su vida :

— Permitir que los detalles nos atrapen puede motivarnos a olvidar las razones principales por las que actuamos

— Hay un tiempo apropiado para escuchar a Jesús y otro para trabajar por El

Datos generales :

— Dónde: Betania

— Familiares: Hermana: María. Hermano: Lázaro

Versículo clave :

«Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile pues que me ayude» (Luk_10:40).

La historia de Marta se narra en Luk_10:38-42 y Joh_11:17-45.

11.23 ¿Cómo se relaciona este pasaje con 9.50: «El que no es contra nosotros, por nosotros es»? En otro pasaje anterior, Jesús habló acerca de una persona que echaba fuera demonios en su nombre. Los que luchan contra el mal, El decía, están del mismo lado que uno que echa fuera demonios en el nombre de Jesús. Aquí por contraste se refería al conflicto entre Dios y el diablo. Si en esta batalla una persona no está del lado de Dios, está a favor de Satanás. No hay terreno neutral. Ya que Dios ganó la batalla, ¿por qué escoger el bando perdedor? Si usted no está activamente a favor de Cristo, está en su contra.

11.24-26 Jesús ilustró una funesta tendencia humana: nuestro deseo de reformas, a menudo, no permanece. En la historia de Israel, en cuanto un buen rey derribaba ídolos, uno malo los volvía a levantar. No es suficiente con despojarse de lo malo, debemos llenarnos con poder del Espíritu Santo para lograr el propósito de Dios en nuestra vida (véanse Mat_12:43-45; Gal_5:22).

11.27, 28 Jesús se dirigía a gente que valoraba grandemente la relación familiar. Sus genealogías eran garantías importantes de que eran parte del pueblo escogido de Dios. El valor de un hombre provenía de sus ancestros y el de una mujer de los hijos que engendraba. La respuesta de Jesús a la mujer significa que la obediencia a Dios es más importante que su lugar en el árbol genealógico. El trabajo paciente de constante obediencia es incluso más importante que el abolengo de un hijo respetado.

11.29, 30 ¿Cuál fue la señal de Jonás? Dios le pidió a Jonás que predicara el arrepentimiento a los gentiles (no judíos). Jesús confirmó su mensaje. La salvación no es solo para judíos, sino para todos. Mat_12:40 agrega otra explicación: Jesús moriría y resucitaría al tercer día, igual que Jonás fue rescatado después de permanecer tres días en el vientre del gran pez.

11.29-32 Los crueles guerreros de Nínive, capital de Asiria, se arrepintieron cuando Jonás les predicó y este no tenía interés en ellos. La idólatra reina de Sabá alabó al Dios de Israel cuando oyó hablar de la sabiduría de Salomón y este cometió muchas faltas. En cambio Jesús, el perfecto Hijo de Dios, vino en busca de gente a la cual amó profundamente, pero lo rechazaron. Este pueblo escogido de Dios llegó a ser más culpable de juicio que una nación notoriamente malvada o una poderosa reina pagana. Compárese con Luk_10:12-15 donde Jesús dice que las perversas ciudades de Sodoma, Tiro y Sidón recibirán un juicio menos severo que las ciudades de Judea y Galilea que rechazaron su mensaje.

11.31, 32 Los ninivitas y la reina de Sabá se volvieron a Dios con mucho menos evidencias de las que Jesús daba a sus oyentes y muchas menos de las que poseemos hoy. Tenemos la narración de testigos presenciales de la resurrección de Jesús, el poder continuo del Espíritu Santo derramado en el Pentecostés, fácil acceso a la Biblia y conocimiento de dos mil años sobre cómo Cristo ha venido actuando mediante su Iglesia en la historia. Con todo este conocimiento disponible, nuestra respuesta a Cristo debería ser más completa y sincera.

11.33-36 La luz es Cristo, el ojo representa la comprensión y el discernimiento espiritual. Los malos deseos hacen que el ojo sea menos sensible y empañan la luz de la presencia de Cristo. Si no le es fácil ver la obra de Dios, revise su visión. ¿Hay algún deseo pecaminoso que le impide ver a Cristo?

11.37-39 Este lavado no era por higiene, sino como símbolo de pureza moral. Los fariseos no solo convirtieron esta práctica en un espectáculo público, sino que también ordenaron a todos seguir con esta tradición que en un principio se proyectó solo para los sacerdotes.

11.41 A los fariseos les encantaban pensar que eran puros, pero su mezquindad hacia Dios y los pobres demostró que no eran tan puros como pensaban. ¿Cómo usa usted los recursos que Dios le ha confiado? ¿Es generoso con las necesidades que hay a su alrededor? La generosidad revela mucho acerca de la pureza de su corazón.

11.42 Es fácil racionalizar para no ayudar a otros con la excusa de que ya hemos dado a la iglesia, sin embargo uno que sigue a Jesús debe compartir con los necesitados. Aunque el diezmo es importante para la vida de la iglesia, nuestra compasión no debe detenerse allí. Siempre que podamos, debemos ayudar.

11.42-52 Jesús criticó a los fariseos y los intérpretes de la Ley porque: (1) lavaban sus manos pero no sus corazones, (2) recordaban pagar el diezmo pero olvidaban la justicia, (3) amaban las alabanzas de la gente, (4) hacían imposible las demandas de la religión, (5) no aceptaban la verdad acerca de Jesús, y (6) evitaban que otros creyeran. Se equivocaron al enfocarse en las apariencias y pasar por alto la condición interna de sus corazones. Hacemos lo mismo cuando el motivo de nuestro servicio es el deseo de que lo vean, antes que un corazón puro y amor hacia los demás. Es posible engañar a otros, pero a Dios no. No sea cristiano solo en lo externo. Ponga su vida interna bajo el control de Dios y su vida externa lo reflejará de manera espontánea.

11.44 La Ley del Antiguo Testamento dice que una persona que toca un cadáver se considera inmunda (Num_19:16). Jesús acusó a los fariseos de convertir a otros hombres en inmundos por su podredumbre espiritual. Como cadáveres ocultos en la tierra, corrompían a cada persona que entraba en contacto con ellos.

11.46 Estas «cargas» eran los detalles que los fariseos agregaban a la Ley de Dios. Al mandamiento: «Acuérdate del día de reposo para santificarlo» (Exo_20:8), por ejemplo, le agregaron instrucciones relacionadas con la distancia que podía recorrer una persona en el día de reposo, qué clases de nudos atar y qué peso llevar. Sanar a una persona se consideraba obra ilegítima en el día de reposo, en cambio se permitía rescatar al animal atrapado (Exo_14:5). No hay que sorprenderse de que Jesús condenara las añadiduras de la Ley.

11.49 A través de la historia, a los profetas de Dios se les persiguió y asesinó. Pero esta generación rechazaba a alguien que era más que un profeta, rechazaba a Dios mismo. Esta referencia no es del Antiguo Testamento. Jesús profetizaba un mensaje de Dios.

11.51 La muerte de Abel se narra en Gen_4:8. Si desea más información acerca de Abel, véase Gen_4:8 y su perfil en Génesis 6. La muerte del profeta Zacarías se describe en 2Ch_24:20-22 (el último libro del canon hebreo). ¿Por qué estos pecados se adjudican en contra de esta generación en particular? Porque rechazó a Cristo en la carne, a quien toda su historia y profecía apuntaban.

11.52 ¿Cómo estos intérpretes de la Ley quitaron «la llave de la ciencia»? Mediante las interpretaciones erróneas de las Escrituras y las cosas que añadían lograron que la verdad de Dios fuera difícil de comprender y practicar. Más aún, eran malos ejemplos al defender argumentos que pusieron en lugar de otros. Atrapados en una religión de su manufactura, ya no podían guiar al pueblo hacia Dios. Le cerraron a la gente la puerta del amor de Dios y tiraron lejos la llave.

11.53, 54 Los escribas y los fariseos esperaban arrestar a Jesús por blasfemia, herejía y por quebrantar la Ley. Estaban furiosos por lo que Jesús decía de ellos, pero no podían arrestarlo por esto. Tenían que hallar una forma legal para prenderlo.

Lucas 11:1-4

Estos versículos contienen la oración llamada generalmente «Oración dominical.» Hay quizá pocos pasajes en la Escritura que sean mejor conocidos que este. Aun el romanista más ignorante puede decirnos que hay una oración que se llama el «Pater Noster;» y cualquier niño de Inglaterra, por pocos alcances que tenga, sabe qué es el Padre Nuestro.

Podemos percibir la importancia de dicha oración por el simple hecho de que nuestro Señor Jesucristo la pronunció dos veces y con alteraciones muy leves. El que nunca pronunció una sola palabra sin tener buenas razones para ello, consideró conveniente enseñar esta oración en dos ocasiones distintas. Dos veces escribió Dios los diez mandamientos en tablas de piedra (Deu_9:10; Deu_9:10 4) j y dos veces pronunció Jesús la Oración dominical.

Las circunstancias en que repitió el Señor por segunda vez el Padre Nuestro, fueron muy interesantes. Uno de los discípulos le dijo: «Enséñanos a orar.» La oración pronunciada en concesión de esa súplica es la que tenemos a la vista.

No sabemos cual fue el discípulo a quien se refiere el pasaje; pero lo que hizo estará impreso en la memoria de los creyentes, de generación en generación, hasta el fin del mundo. Felices los que experimenten emociones semejantes a las suyas, y exclamen a menudo: « Señor, enséñanos a orar..

La sustancia de la Oración dominical es una mina de tesoros espirituales. Explanarla completamente, en una obra como la presente, es imposible. De una oración sobre la cual se han escrito libros enteros no puede tratarse adecuadamente en unas pocas páginas. Por ahora bástenos notar sus divisiones cardinales, así como también las ideas principales que nos sugiera para la meditación privada.

La primera parte de la Oración dominical se refiere al Dios a quien adoramos, En ella se nos enseña a acercarnos a El como a nuestro Padre que está en el cielo: Padre, sin duda, en el sentido de «Creador,» pero también en el de «Padre» reconciliado, mediante la intercesión de Jesucristo; Padre cuya morada está en los cielos y a quien ningún templo sobre la tierra puede encerrar dentro de sus paredes. Hacemos, pues, mención de tres cosas importantes: el nombre, el reino y la voluntad de nuestro Padre.

Se nos enseña también a pedir que el nombre del Señor sea santificado: «Santificado sea tu nombre.» Al hacer uso de estas palabras no queremos decir que el nombre del Señor sea susceptible de diversos grados de santidad, o que nuestras oraciones puedan hacerlo más santo de lo que es. Lo que hacemos es expresar sinceramente nuestros deseos de que la naturaleza, las perfecciones y atributos de Dios sean mejor conocidos, venerados y glorificados por todas sus criaturas racionales. En efecto, esta es la misma petición que nuestro Señor Jesucristo dirigió en otra ocasión: «Padre, glorifica tu nombre.» Joh_12:28.

En seguida se nos enseña a orar que venga el reino de Dios: « Venga tu reino.» Al pronunciar estas palabras expresamos nuestro deseo de que el poder que Satanás ha usurpado sea pronto aniquilado; de que toda la humanidad reconozca a Dios como a su rey legítimo; y de que todos los reinos de este mundo vengan a estar de hecho, como ya lo están en virtud de la promesa, bajo el poder de Dios y de su Cristo, formando un solo reino. La organización de este reino ha sido prometida desde la caída de Adán. Toda la creación la aguarda con gemidos. La última oración de la Biblia se refiere a ella. Casi puede decirse que el canon de la Escritura termina con las palabras: «Ven, Señor Jesús.» Rev_11:15; Gen_8:15; Rom_7:22; Rev_22:20.

Se nos enseña en tercer lugar a pedir que se haga la voluntad divina: «Sea hecha tu voluntad como en el cielo así también en la tierra.» Al decir estas palabras expresamos el deseo vehemente de que el número de los convertidos y de los que obedezcan a Dios se aumente rápidamente; de que sus enemigos, que aborrecen sus leyes, sean disminuidos y abatidos; y de que llegue pronto el tiempo en que todos los hombres rindan obediencia voluntaria a Dios, sobre la tierra, como los ángeles lo hacen en el cielo.

Tal es la primera parte de la oración del Señor. Su maravillosa riqueza y su profundidad no pueden exagerarse.

Bienaventurados, en verdad, son los cristianos que han llegado a conocer que el nombre del Señor merece más honor que el de cualquiera potentado de la tierra; que el reino de Dios es el único reino que permanecerá para siempre; y que su ley es la única norma a quo deben ajustarse todas las demás leyes. Una nación será tanto más feliz cuanto mejor comprendidas y más firmemente creídas sean estas verdades en ella. El día en que todos las reconozcan se «verá un cielo en la tierra.» La segunda parte de la oración dominical se refiere a nuestras necesidades diarias. En ella se nos enseña a hacer mención de dos cosas que necesitamos todos los días: la una espiritual la otra temporal; la una es pan, la otra es el perdón de los pecados.

Se nos enseña a pedir pan así: « El pan nuestro de cada día dánoslo hoy.»En la palabra «pan» se incluye, sin duda, todo lo que el cuerpo necesita ; y en todas las palabras citadas reconocemos que dependemos de Dios para obtener sustento, vida y todo lo necesario ; y le pedimos que nos acoja bajo su protección y nos suministre todo lo que hemos menester en este mundo. Es, en forma distinta, aquella oración de Salomón: « Mantenme del pan que he menester.» Pro_30:8.

Se nos enseña en seguida a pedir perdón: «Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben.» Con estas palabras confesamos que somos criaturas caídas, culpables y depravadas; y que pecamos mucho cada día. No nos disculpamos, ni alegamos nada en nuestro favor: lo que hacemos simplemente es implorar la libre y plena misericordia de nuestro Padre en Cristo Jesús, y agregar la única protesta que contiene la Oración dominical.

Protestamos que perdonamos a todos los que nos deben.

Esa combinación de sencillez y de riqueza de la segunda parte de la Oración dominical, no podrá jamás ser ensalzada de una manera adecuada. ¡En cuan corto tiempo se pueden pronunciar las palabras, y, sin embargo, cuánto expresan! Pan diario y misericordia diaria son las cosas principales que necesitan los mortales. Aquel que las posea es rico. El que no se avergüence de orar por ellas todos los días, es sabio. El hijo de Dios está, sin duda, plenamente justificado ante Dios, y todas las cosas redundan en su provecho. Pero esa es la vitalidad de la verdadera fe, acudir cada día para que se provea a todas nuestras necesidades. Cierto es que se nos han hecho promesas, mas nuestro Padre quiere que sus hijos se las recordemos. Aunque lavados, necesitamos lavarnos los pies cada día. Joh_12:10.

La tercera parte de la Oración dominical se refiere a nuestros peligros diarios. En ella se nos enseña a que hagamos mención da las cosas que debemos temer todos los días y a las cuales estaremos siempre expuestos en este mundo: la una es la « tentación,» la otra es el «mal..

Contra la tentación debemos orar así: «No nos metas en tentación.»Con esto no queremos decir que Dios sea autor del mal que tiente al hombre a pecar. Lo que hacemos es suplicar a Aquel que dirige todas las cosas en el cielo y en la tierra y cuya voluntad nada puede acontecer, que de tal manera gobierne nuestras vidas, que no seamos tentados más fuertemente de lo que podamos resistir. Confesamos también cuan débiles somos y cuan prontos estamos a caer en el pecado; suplicamos a nuestro Padre que no nos someta a pruebas o que nos señale el curso que debamos seguir para salir victoriosos; pedimos, en fin, que se nos guarde de la senda del mal y de acarrear deshonra a nuestra religión y perdición a nuestras almas.

Contra el mal, finalmente, oramos con esas palabras: «Líbranos de mal.» Con la palabra «mal» denotamos todo lo que pueda dañarnos (ya sea en el cuerpo, ya en el alma), y especialmente los ataques del autor del mal, el diablo. Confesamos que, desde la caída, «todo el mundo está puesto en el maligno,» 1Jo_5:19; que el mal está en nosotros, cerca de nosotros, al rededor de nosotros, en todas partes; y que no tenemos poder para librarnos de él. Acudimos al « Fuerte por fuerza;» nos ponemos bajo su protección; y, en una palabra, pedimos lo que nuestro Señor Jesucristo pidió por nosotros cuando dijo: «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del malo.» Joh_18:15.

Tal es la última parte de la Oración dominical. En importancia no es nada inferior a las otras dos partes de que ya hemos tratado. Coloca al hombre exactamente en la posición que debe ocupar; y pone en sus labios palabras de humildad. El peor estado en que podemos encontrarnos es aquel en que no vemos ni sentimos nuestro peligro espiritual.

Ahora bien, que la Oración dominical nos sirva para descubrir en qué estado nos encontramos con respecto al Creador.

Las palabras que contiene se han desprendido de nuestros labios quizá millares de veces. Pero ¿hemos sentido lo que hemos dicho? ¿Deseamos verdaderamente que sus peticiones sean concedidas? ¿Es Dios realmente nuestro Padre? ¿Hemos «nacido otra vez» y hechos sus hijos por medio de la fe en Jesucristo? ¿Honramos su nombre y obedecemos su voluntad? ¿Deseamos sinceramente que venga el reino de Dios? ¿Sentimos diariamente la necesidad de obtener bendiciones temporales y el perdón del pecado? ¿Tomemos caer en tentación? ¿Tememos el mal sobre todas las cosas? Estas son preguntas serias y merecen seria consideración.

Procuremos que la Oración dominical nos sirva siempre de modelo al dirigirnos a Dios. Que ella nos sugiera lo que hemos do demandar y contra qué cosas pedir amparo; que nos enseñe el lugar y la importancia que hemos de asignar a cada tema en nuestras oraciones. Cuanto más analicemos la Oración dominical y cuánto más meditemos en ella, tanto más instructiva nos parecerá.

Lucas 11:5-13

En estos versículos nuestro Señor Jesucristo nos adoctrina en la oración. Tema es este al cual conviene que se nos llame mucho la atención. La oración se encuentra en la base misma de las prácticas cristianas. Es parte de los deberes diarios de nuestra vida religiosa. Razón tenemos, por lo tanto, para dar gracias a Dios que sobre ningún asunto habló nuestro Señor Jesucristo tanto y tantas veces como sobre la oración.

Estos versículos nos enseñan primeramente, por medio de la parábola llamada generalmente del Amigo a medianoche, cuan importante es perseverar en la oración. En ella se nos hace presente cuánto puede lograr un hombre de otro a fuerza de importunidad. Aunque egoístas é indolentes por naturaleza, podemos, sin embargo ser estimulados a ponernos en actividad por medio de súplicas repetidas. El hombre que no quería dar tres panes a media noche en obsequio de la amistad, los dio al fin para evitar que se le molestara con más súplicas. La aplicación que puede hacerse de la parábola es clara y sencilla: si la importunidad puede tanto entre los hombres, cuántas mercedes no deberá de acarrearnos cuando la empleemos en nuestras oraciones.

Bueno será que recordemos la lección que en este lugar se nos inculca. Es más fácil dar principio al hábito de orar, que perseverar en él. Muchos que profesan ser cristianos han sido enseñados a orar en su juventud, y cuando entran en años abandonan la práctica. Millares hay que se acostumbran a orar por corto tiempo, después que han recibido un favor, ó, acaso, una visitación del cielo; y luego, poco a poco, su fervor se entibia, hasta que, por ultimo, dejan de orar completamente. Se desliza secretamente en la mente de los hombres la idea de que es inútil orar. No perciben que de ello resulta ningún beneficio palpable, y al fin se persuaden de que les irá igualmente bien sin orar. La indolencia y la incredulidad se apoderan de sus ánimos, y al cabo « disminuyen la oración delante del Señor.» Job_15:4.

Resistámonos a aceptar esa idea, en cuanto la sintamos asomar en nuestra alma. Resolvámonos a que, mediante la gracia de Dios, continuaremos orando, por deficientes y débiles que nos parezcan nuestras oraciones. No es sin objeto que la Biblia nos manda con tanta frecuencia «velar y orar,» y «orar sin cesar,» y «continuar en la oración,» y «orar siempre y no desmayar,» y «ser constantes en la oración.» Todas estas expresiones tienen el mismo significado: todas ellas nos aperciben de un peligro y nos prescriben un deber. Cuándo y de qué manera se han de contestar nuestras oraciones es asunto que debemos dejar a Dios; pero no tenemos por qué dudar que toda petición que hagamos sea contestada.

Expongamos ante Dios nuestras necesidades y nuestros deseos, de día en día, de semana en semana, de mes en mes.

Acaso la contestación no venga pronto como les sucedió a Ana y a Zacarías, 1Sa_1:27; Luk_1:13; pero aunque tarde, oremos sin cesar. Cuando sea llegada la hora la obtendremos sin tardanza.

También se nos enseña en estos versículos cuan amplias y halagüeñas son las promesas que Jesús hace a los que oraren.

Las palabras notables que las expresan nos son bien conocidas: «Pedid, y se os dará; buscad y hallareis; tocad y os será abierto.» La solemne aseveración que sigue a estas palabras parece dar mayor certidumbre a lo ya prometido: «Porque todo aquel que pide recibe; y el que busca, halla; y al que toca es abierto.» El argumento penetrante con que termina el pasaje no deja excusa alguna a los infieles o incrédulos: « Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que le pidieren de él?.

Hay pocas promesas en la Biblia tan amplias é ilimitadas como la que contiene este admirable pasaje. La última especialmente merece notarse. La iluminación del Espíritu Santo es sin duda el mayor don que Dios puede conceder al hombre. Si tenemos ese don, lo tenemos todo: vida, luz, esperanza y gloria. Si poseemos don, poseemos también el amor ilimitado de Dios Padre, la fe expiatoria de Dios Hijo, y plena comunión con todas las es personas de la santísima Trinidad. Si poseemos este don, tenemos también gracia y paz en la vida presente, y gloria y honra en el mundo venidero.

Y, sin embargo, ¡Jesús lo ofrece como un galardón que puede obtenerse por medio de la oración! Vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo pidieren a él..

Pocos pasajes hay en la Biblia que tan completamente como este dejen sin excusa al impenitente. Este dice que es débil y se halla desamparado; pero ¿pide que le den fuerza? Dice que es «malo y depravado;» pero ¿ruega que Dios lo haga bueno? Dice «que por sí mismo no puede hacer nada»; pero ¿toca a la puerta de la misericordia y suplica se le dé la gracia del Espíritu Santo? Preguntas son estas a las cuales es de temerse que muchos no pueden contestar afirmativamente; pues son lo que son, porque no quieren arrepentirse y convertirse. Nada obtienen, porque nada piden. No vienen a Cristo para conseguir la vida eterna; y, por lo tanto, permanecen «muertos en sus culpas y pecados..

Preguntémonos si sabemos qué es orar de veras. ¿Oramos algunas veces? ¿Oramos en nombre de Jesús y como pecadores menesterosos? ¿Sabemos qué es « pedir,» y «buscar,» y « tocar a la puerta» y luchar por medio de la oración como hombres que saben que en ello les va la vida y que han menester una respuesta? ¿O es que nos contentamos con repetir ciertas fórmulas y palabras, en tanto que nuestra mente divaga y nuestro corazón se encuentra frió? ¿Hemos aprendido, a la verdad, algo muy importante cuando sabemos que repetir oraciones o «rezar» no es orar? Si oramos, propongámonos firmemente no abandonar esa práctica, no acortar jamás nuestras oraciones. La oración es el instrumento que muestra el estado en que se encuentra el hombre para con Dios. Tan luego como empecemos a descuidar nuestras oraciones privadas podemos estar seguros de que adolecemos de algún mal moral. Cuando tal cosa sucede podemos saber que hay escollos a proa, que estamos en peligro inminente de un naufragio.

Lucas 11:14-20

La conexión que existe entre estos versículos y los que les preceden es notable a la vez que instructiva. En los anteriores versículos nuestro Señor Jesucristo había estado demostrando la eficacia y la importancia de la oración. En los versículos que tenemos a la vista, se nos dice como libró a un hombre de un espíritu mudo. Sin duda el objeto del milagro fue aclarar los preceptos que Jesús había estado dando. El mismo Salvador que nos estimula a orar es el que aniquila el poder que Satanás tiene sobre nuestros miembros y nos vuelve el uso del habla.

Notemos primeramente de cuántas maneras manifiesta Satanás los deseos que tiene de perder al hombre. Se nos dice que un hombre tenía un espíritu mudo. Algunas veces el Evangelio menciona «demonios inmundos.» Otros, «demonios furiosos é iracundos.» Muchas son las artimañas de Satanás. Es insensato suponer que siempre obre de la misma manera.

Solo una cosa puede percibirse que sea común a todas sus acciones: que se complace en perjudicar y causar daño.

Hay algo muy instructivo en el incidente de que venimos hablando. ¿Hemos de suponer que, porque la posesión corporal de los espíritus satánicos no sea tan manifiesta ahora como lo fue en otros tiempos, el grande adversario no sea ahora tan activo como entonces en causar males? ¿Hemos de suponer que no exista hoy que se parezca a un espíritu mudo? Si tal cosa hemos de suponer, mejor es que procedamos con cautela. ¿Qué diremos de los que nunca se dirigen a Dios, que nunca abren los labios en la oración y la alabanza, que nunca emplean el órgano que es la «gloria» del hombre en servicio de su Creador? ¿Qué diremos de aquellos que a todos pueden hablar excepto a Dios? ¿Qué, sino que Satanás los ha despojado del uso del habla? ¿Qué, sino que están poseídos de un espíritu mudo? Si se nos permite la paradoja, el hombre que no ora está muerto en vida. Sus miembros están en rebelión contra el Dios que los hizo. Los « demonios inmundos» no han dejado este planeta todavía.

Velemos y oremos para que nunca quedemos abandonados al influjo de un espíritu mudo. Loado sea Dios que todavía vive el mismo Jesús que podía hacer oír a los sordos y hablar a los mudos. Acudamos a él por socorro y pongámonos bajo su protección. No basta evitar la relajación que escandaliza y los pecados que de todos son conocidos. Ni basta que nos conduzcamos como gentes morales, decorosas y honradas. Todo esto no es otra cosa que bondad negativa. ¿Hay algo de positivo en nuestra religión? ¿Presentamos nuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia? Teniendo ojos ¿vemos el reino de Dios? Teniendo oídos ¿oímos la voz de Cristo? Teniendo labios, ¿los usamos en loor de Dios? Estas son preguntas de un carácter muy serio. El número de personas que son sordas y mudas ante Dios es mayor de lo que generalmente se cree.

Notemos, en segundo lugar, cuan grande influjo ejerce la preocupación en el corazón de los hombres no convertidos.

Cuando nuestro Señor arrojó al espíritu mudo hubo quienes dijeran: « Por Beelzebú príncipe de los demonios, echa fuera los demonios.» Ellos no podían negar el milagro, pero sí rehusaron conceder que fuea obra del poder divino. Lo que tenían a la vista era claro é innegable. Se propusieron, pues, desacreditar al que había hecho el milagro y mancillar su reputación diciendo que estaba en liga con el demonio.

La preocupación es un vicio peligroso, y, por desgracia, no es raro. Nunca faltan hombres que se empeñan en no ver nada bueno en los siervos de Jesús, y en creer todo lo malo que se diga de ellos. Tales hombres parecen no acatar lo que les enseña oí sentido común; y rehúsan aceptar las pruebas que se les presentan o los argumentos que se les hacen. ¡Parecen resueltos a creer, quo todo lo que un cristiano hace es malo y lo que dice falso! ¡Si hago bien alguna vez, debe de ser con fines inmorales! ¡Si habla la verdad, debe de ser con miras siniestras! ¡Si hace alguna obra de misericordia, debe ser por interés! ¡Si lanza los demonios, es por virtud de Belcebú! Hombres preocupados de esa manera se encuentran en toda congregación; y ¡cuánto no hacen sufrir a loa ministros del Evangelio! Procuremos ser siempre justos, imparciales y francos al juzgar a los hombres y las religiones. Estemos prontos a abandonar antiguas opiniones, por queridas que nos sean, tan luego como alguno nos señale un « camino más excelente.» Un corazón bueno y recto es un gran tesoro. El ánimo preocupado es, permítasenos la expresión, la ictericia del alma.

Afecta la vista intelectual del hombre y le hace ver todo como al través de un prisma. ¡Líbrenos Dios de ánimo semejante! Notemos, finalmente, cuan desastrosas son las disensiones religiosas. Esta es una verdad que nuestro Señor nos enseña, en la contestación que dio a sus enemigos. El les manifestó cuan necia era esta acusación de que lanzaba los demonios por virtud de Belcebú, Citó el dicho de que una casa dividida contra sí misma tiene que caer; dedujo que era absurdo decir que Satanás arrojase a Satanás, que el diablo lanzara a sus mismos agentes; y enseñó así a los cristianos una lección que han tardado lastimosamente en aprender en todas las épocas de la iglesia. Esa lección es, el pecado y la insensatez que en sí envuelven esas divisiones innecesarias.

Mientras que existan doctrinas falsas a que se adhieran los es, habrá sectas o partidos religiosos. Pues ¿qué comunión a de haber entre la luz y las tinieblas? ¿Cómo pueden dos individuos seguir el mismo camino a menos que estén de acuerdo? ¿Qué unidad puede haber en donde no existe la del espíritu? Disentir y separarnos de los que abracen doctrinas anti- bíblicas y falsas es un deber y no un pecado.

Pero hay disidencias de otra especie que sí son de lamentarse, son, por ejemplo, las que tienen lugar entre hombres que convienen en los puntos cardinales; disidencias en materias que no son necesarias para la salvación; disidencias acerca de ritos y ceremonias y disciplina eclesiástica, cosas sobre las cuales la Escritura, dice poco o nada. Disidencias de esta clase han de ser evitadas por todos los verdaderos cristianos. Su existencia es la prueba del triste del estado caído del hombre, y de la corrupción de su entendimiento y voluntad. Ellas son causa de escándalos y de malestar en la iglesia.

«Todo reino dividido contra sí mismo es asolado..

¿Qué correctivos pueden usarse para contenerlas? La humildad, la condescendencia y un conocimiento extenso de la Sagrada Escritura. Debemos aprender a distinguir en religión las cosas esenciales de las que no lo son: las necesarias para la salvación de las que son innecesarias; las muy importantes de las que lo son menos. Respecto a las primeras debemos ser firmes como un roble: « Más si nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro Evangelio del que habéis recibido, sea maldito.» Gal_1:8. Respecto de las otras, debemos ser flexibles y blandos como el sauce: «Me he hecho todo para todos, para que de todo punto salve a algunos.» 1Co_9:22. Para hacer distinciones tan difíciles se necesita no poca sabiduría; mas esta puede obtenerse por medio de la oración « Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios.» Jam_1:5. Cuando los cristianos dan pábulo a disensiones inútiles, se muestran más insensatos que el mismo Satanás.

Lucas 11:21-26

El asunto a que se refieren estas palabras de Cristo es misterioso a la vez que importante: son concernientes a Satanás y los medios de que usa para llevar a cabo sus designios. Nuestro Señor explica la naturaleza del poder de Satanás y de sus operaciones. Sus palabras merecen marcada atención de los que deseen emprender con buen éxito la campaña del cristiano. Después de sus partidarios y aliados, el soldado ha de conocer bien a sus adversarios. Menester es que no ignoremos los ardides de Satanás.

Observemos en estos versículos qué cuadro tan espantoso del poder de Satanás presenta el Señor. Hay cuatro puntos en la descripción .que da que son señaladamente instructivos. Cristo se refiere a Satanás como «á un hombre fuerte.» Satanás ha demostrado bien su fuerza por medio de los triunfos que ha obtenido sobre el hombre. El que tentó a Adán y Eva para que rebelasen, y trajo el pecado al mundo; el que hizo cautiva a la mayor parte del género humano, y la privó del cielo ese malvado es en verdad un adversario poderoso. El que se llama « Príncipe de este mundo « no es enemigo de despreciarse. El demonio es muy fuerte.

Cristo se refiere a Satanás como a un «hombre fuerte y armado.» Satanás está bien provisto de armas defensivas. No se deja vencer en pequeñas contiendas y ante débiles esfuerzos. El que quisiere batirlo tiene que emplear toda su fuerza.

«Esta generación no sale sino por medio de la oración y del ayuno.» Más Satanás está asimismo bien provisto de armas ofensivas. Nunca le faltan los medios de causar perjuicio al hombre. El tiene asechanzas é instrumentos de diferentes clases; y sabe exactamente cual es el mejor modo de atacar la gente de cada edad, rango, clase y nación. El diablo está bien armado.

Cristo habla del corazón del hombre considerándolo como el «palacio de Satanás.» El corazón no convertido es la morada predilecta del demonio, y todas sus funciones y facultades son siempre de éste y cumplen su voluntad. Siéntase en el trono que Dios debiera ocupar y domina el interior del hombre. El diablo es el espíritu que obra en los «hijos de la desobediencia.» Efes. 2:2.

Cristo dice de Satanás que «en paz está lo que posee.» En tanto que el hombre está «muerto en sus culpas y pecados» mi corazón está tranquilo respecto de los asuntos espirituales. El porvenir no lo arredra; el bienestar de su alma no lo inquieta: no tiene temor de ir al infierno. Esta paz es falsa, sin duda. Es un sueño que no puede durar mucho tiempo, y del cual habrá algún día un terrible despertar. Pero que tal paz existe es un hecho innegable. Una insensibilidad torpe, inconsiderada y fría acerca do la eternidad, es uno de los peores síntomas que se presentan cuando el diablo domina el alma de un hombre.

Evitemos la frivolidad cuando pensemos en Satanás. La práctica común de hablar en chanza de Satanás es un mal muy grave. El prisionero que se chancea con el verdugo y hace burla del patíbulo debe de estar muy empedernido. El corazón del que habla livianamente del infierno y del demonio, debe de encontrarse en un estado lamentable.

Loado sea Dios que hay un Ser que es más poderoso aun que Satanás: Jesús, el Hijo de Dios. Poderoso como es el diablo, fue vencido por Jesús en la cruz. Fuerte como es, Cristo puede arrebatar los cautivos de sus manos y quebrantar las cadenas que los aprisionen. No descansemos hasta que sepamos por experiencia propia lo que es esa libertad, y hasta que hayamos sido emancipados por el Hijo de Dios.

Observemos, además, en estos versículos, de qué manera tan convincente enseña nuestro Señor que la neutralidad es imposible. El dice: «El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no coge, derrama..

Todos los que hacen una profesión decidida de religión debieran tener presente este principio. Por lo general a todos nos gusta un Cristianismo cómodo. Nos desagradan las disputas y las disensiones; nos gusta estar de paz con todos; los extremos nos arredran; no queremos ser demasiado escrupulosos; tememos ir demasiado lejos. Todas estas ideas son muy peligrosas para el alma. Si dejamos que dominen nuestro ánimo pueden causarnos un daño considerable. Nada hay que ofenda tanto a Jesucristo como la tibieza en materias religiosas. El que es completamente indiferente é ignorante, aunque culpable, se hace digno de compasión; pero el que conoce la verdad y no obstante duda y vacila, comete uno de los más graves pecados.

Propongámonos firmemente que, de servir a Cristo, lo haremos de todo corazón. Hagamos a un lado la reserva, los partidos medios, la diversión de los afectos y toda la intención de conciliar en religión a Dios con las riquezas.

Resolvamos que, mediante la ayuda de Dios, nos consagraremos al servicio de Cristo y estaremos a su lado, dejando que el mundo diga y haga lo que quiera. Al principio nos será difícil; pero, con el tiempo, obtendremos la recompensa. Sin tomar una resolución firme no hay felicidad posible en religión. Cuanto más decididamente sigamos a Jesús, tanto menores serán los tropiezos que encontremos. Sin, una resolución firme en materias religiosas no podemos ser útiles a nuestros semejantes. El que es cristiano a medias no atrae a nadie por la bondad de su conducta, ni se granjea la estimación del mundo.

Notemos, finalmente, cuan arriesgado es contentarse con cualquiera cambio religioso que no alcance a ser una conversión completa. Esta es una verdad que nuestro Señor nos enseña haciéndonos la pintura de un hombre de quien un espíritu inmundo había sido echado; pero en cuyo corazón no había penetrado el Espíritu Santo. El dice que el espíritu buscó descanso, pero no lo pudo hallar; y agrega también como se propuso volver al corazón que había habitado; cómo llevó a efecto su designio; cómo encontró el corazón destituido de todo bien y como casa barrida y adornada; y cómo entró otra vez, con siete espíritus peores que él y fijó allí su habitación; y termina toda la descripción con estas palabras: « Y son las postrimerías de tal hombre peores que las primeras..

No podemos menos de percibir, al leer estas terribles palabras, que Jesús estaba hablando de cosas que nosotros no comprendemos sino muy débilmente. Es que en esos momentos levantaba una punta del velo que cubre el mundo invisible. Sus palabras, sin duda, daban a conocer el estado en que se encontraban las cosas en la nación judaica en aquel entonces. Pero también dan a conocer algo que nos concierne a nosotros, es a saber el peligro en que se encuentran nuestras propias almas. En ellas se nos previene de una manera solemne que no nos satisfagamos con la reforma religiosa que no va acompañada de la conversión del corazón.

Solo en ser verdaderos y sinceros cristianos puede encontrarse completa seguridad. Abandonar nuestros pecados escandalosos, de nada sirve si la gracia no reina en nuestros corazones. Dejar de obrar mal es poca cosa si al mismo tiempo no aprendemos a hacer el bien No es suficiente que la casa haya sido barrida y blanqueada: es necesario que otro habitante la ocupe para que el antiguo no vuelva a presentarse. No basta que la vida exterior se adorne con las colgaduras de las formas religiosas: es necesario que en el interior se experimente el influjo de una religión vital. No basta que es eche fuera al demonio: preciso es que el Espíritu Santo tome su lugar. Cristo ha de morar en nuestros corazones por medio de la fe. No solo debemos estar moralizados, sino también espiritualizados. No solo debemos reformarnos: preciso es que experimentemos aquel renacimiento de que hablan las Escrituras.

Meditemos bien sobre estas verdades. Es de temerse que muchos que se llaman cristianos se están engañando a sí mismo.

No son lo que antes eran, y por lo tanto se imaginan que son lo que debieran ser. No profanan el domingo ni cometen otros pecados escandalosos, y por esto se imaginan que son cristianos. No perciben que no han hecho otra cosa que cambiar un mal por otro. Están poseídos de un espíritu farisaico decente en apariencia, en vez de un espíritu inmundo, violento y audaz. Pero ese morador es siempre el diablo, y sus «postrimerías serán peores que sus primeras.» ¡Plegué al cielo librarnos de cambio semejante! Que nuestras creencias religiosas, cualesquiera que fueren, sean decididas. No seamos como casas barridas y adornadas donde no mora el Espíritu. No seamos como sepulcros blanqueados. Que nuestra oración diaria sea: «Examíname, Oh Dios y ve si hay en mí camino de perversidad; y guíame en el camino del mundo.» Psa_139:24

Lucas 11:27-32

En este pasaje se hace mención de una mujer de cuyo nombre é historia no sabemos nada. Se nos dice que, cuando nuestro Señor habló, «una mujer de la multitud, levantando la voz le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo y los pechos que mamaste.» Al punto nuestro Señor, tomando por base esas palabras, enseña una importante lección. En su sabiduría perfecta sabía valerse de cualquiera incidente para inculcar alguna lección provechosa.

Debemos observar al leer estos versículos cuan grandes son los privilegios de los que oyen y guardan la palabra de Dios.

Cristo los estima tanto como si fueran sus parientes más cercanos. Es mayor bien creer en el Señor que lo hubiera sido pertenecer a su familia.

Es mayor honra para la Virgen María que Cristo morara en su corazón por medio de la fe, que haber sido su madre y haberlo recostado en su seno. Nosotros no aceptamos de muy buen grado verdades como estas. Nos figuramos que haber visto a Cristo, haberlo oído, haber vivido cerca de él, y haber sido pariente suyo, habría tenido un efecto poderoso en nuestras almas. Por naturaleza estamos inclinados a darle mucha importancia a la religión de la vista, del oído y del tacto.

Nos gusta mucho más una religión material, tangible, que podamos percibir por los sentidos, que la religión de la fe; y necesitamos que se nos recuerde que ver no siempre es creer. Millares de hombres hubo que vieron a Cristo cuando habitó sobre la tierra, y que sin embargo permanecieron asidos de sus pecados. Aun sus hermanos «no creyeron en él» al principio Joh_7:5. Un conocimiento de Cristo meramente carnal no salva a nadie. Las siguientes palabras de Pablo son muy instructivas: «Y si aun a Cristo conocimos según la carne, ahora empero ya no lo conocemos más.» 2Co_5:16.

Las palabras ya citadas de nuestro Señor Jesucristo nos enseñan que los privilegios más elevados a que pueda aspirar el alma están cerca de nosotros y a nuestro alcance, con la sola condición de creer. No hay para que abrigar el vano deseo de haber vivido cerca de Capernaúm, o junto a la casa de José en Nazaret. Ni hay para que pensar que habríamos sentido un amor más profundo y una devoción más completa, si en efecto hubiéremos estrechado su mano u oído su voz; o si hubiéramos sido contados en el número de sus parientes. Nada de esto nos habría sido de tanto provecho entonces como una fe sencilla puede sernos ahora. ¿Oímos la voz de Cristo y lo seguimos? Lo aceptamos como a nuestro único Salvador y a nuestro único Protector y, abandonando toda otra esperanza, nos acogemos a El. Si esto fuere así, nada nos faltará. Ni necesitamos de un privilegio más alto, ni podemos obtenerlo hasta que Cristo venga al mundo por segunda vez. Ninguno puede ser más querido para Cristo que el creyente. También es de notarse en estos versículos cuan grande era la incredulidad de los Judíos en la época en que nuestro Señor vivió sobre la tierra. Se nos dice que aunque se agolpaban a oír predicar a nuestro Señor, todavía decían que aguardaban una señal; Parece que querían mayores pruebas para poder creer, y nuestro Señor dijo que la reina de Sabá y los ninivitas harían ruborizar a los Judíos en el último día. La reina de Sabá tenia una fe tan grande que viajó una gran distancia para oír los sabios discursos de Salomón. Y sin embargo, Salomón con toda su sabiduría era un rey imperfecto y falible. Los ninivitas tenían tal fe que creyeron el mensaje que Jonás les trajo por mandato de Dios, y se arrepintieron. Y, con todo, Jonás era un profeta débil y voluble. Los judíos que fueron contemporáneos de nuestro Señor, gozaban do mayor luz intelectual y de enseñanzas más claras de las que podían comunicar Salomón o Jonás. Ellos tenían en su seno al Rey do reyes, a un profeta mayor que Moisés. Y con todo ni se arrepintieron ni creyeron.

No debemos sorprendernos si vemos que abunda la incredulidad, tanto en la iglesia como fuera de ella. Lejos de maravillarnos de que haya habido hombres como Paine, Hobbes, Rousseau y Voltaire, debemos admirarnos de que su número haya sido tan reducido. Lejos de maravillarnos de que la mayor parte de los cristianos que han hecho profesión de fe no se conmuevan ni enternezcan cuando oyen predicar el Evangelio, debemos maravillarnos de que haya algunos que crean algo, ¿Por qué hemos de extrañar que esa antigua enfermedad que empezó con Adán y Eva inficione a todos sus hijos? ¿Qué razón tenemos para querer ver más fe hoy que en los días de Jesús? Tanta incredulidad y endurecimiento como presenciamos todos los días pueden causarnos pena y dolor, pero no deben sorprendernos.

Rindamos gracias a Dios si hemos recibido el don de la fe. Es un gran consuelo y un gran bien creer en toda la Biblia.

Nosotros no nos formamos ni una idea aproximada de la corrupción de la naturaleza humana. Nosotros no percibimos toda la gravedad del mal que aflige a los hijos de Adán, ni sabemos cuan pocos son los que se salvan. ¿Tenemos fe, aunque sea débil y pequeña? Demos gracias a Dios por ese bien. ¿Quiénes somos nosotros para que Dios nos haya favorecido así? Velemos para no caer en la incredulidad. Aun después de que el árbol haya sido cortado, machas veces queda dentro de nosotros la raíz. Guardemos la fe con santo celo. Es el escudo del alma. Es la virtud que Satanás se empeña más en destruir. Acojámosla con ardor. ¡Bienaventurados los que creen!

Notemos por último, que nuestro Señor Jesucristo reafirma la verdad de la resurrección y de la vida venidera. Menciona a la reina austro, cuya morada y cuyo nombre nos son desconocidos, y dice que se levantará en juicio. Menciona también a los Ninivitas, pueblo que ha desaparecido, y dice asimismo de ellos: «Se levantarán en juicio..

Hay algo sobre manera solemne é instructivo en estas palabras. Nos recuerdan que este mundo no lo comprende todo; y que la presente no es la vida que debe preferentemente ocupar nuestros pensamientos. Los reyes de la antigüedad resucitarán algún día y tendrán que presentarse ante el tribunal de Dios. Las muchedumbres inmensas que en otros tiempos se agolparon a los palacios de Nínive, han de salir de sus sepulcros a dar cuenta de sus obras. A nosotros nos parece que han desaparecido para siempre. Llenos de admiración leemos descripciones de sus salones vacíos, y hablado ellos como si hubieran perecido del todo. Sus habitaciones se encuentran desiertas; sus cadáveres se han convertido en polvo; mas, para Dios, todos ellos viven todavía. La reina del Austro y los Ninivitas resucitarán algún día. Todavía podremos vernos cara a cara.

Que esa realidad que se llama la resurrección esté siempre fija en nuestra mente. Que la vida futura ocupe constantemente nuestro pensamiento. No vayamos a creer que todo acaba cuando el hombre exhala el último suspiro, y el sepulcro recibe el cadáver.

Acaso gentes extrañas habiten nuestras casas y gocen de nuestro dinero. Tal vez nuestros mismos nombres sean arrojados al olvido. Sin embargo, no todo ha acabado., dentro de corto tiempo todos viviremos de nuevo: «Y la tierra echará los muertos» Isa. 26.19. Ni es de sorprenderse que muchos a semejanza de Félix, tiemblen cuando piensen en estas cosas.

Pero los que viven por la fe en el Hijo de Dios, como S. Pablo, deben levantar la cerviz llenos de gozo.

Lucas 11:33-36

Estas palabras de nuestro Señor nos enseñan cuan importante no es hacer buen uso de nuestros conocimientos y privilegios religiosos. Se nos recuerda que es lo que los hombres hacen cuando encienden una vela; que no la ponen en oculto ni debajo do un almud, sino sobre un candelero para que sea útil y alumbre. Cuando el hombre tiene delante de sí el Evangelio es como si Dios le hubiera presentado una vela encendida. No basta que lo oiga, y lo apruebe, y lo admire, y acepte las verdades que contiene: ha de recibirlo en el corazón y practicarlo en su conducta diaria. En tanto que no haga esto su alma no recibirá más provecho que la de un pagano de África que jamás haya oído el Evangelio. Tiene delante de sí una vela encendida, pero no hace buen uso de ella. Tal conducta es muy culpable. El haber descuidado la luz que Dios ofrece será una acusación grave en el último día.

Pero aun el que profesa apreciar la luz en su verdadero valor debe tener cuidado de no ser egoísta al usarla. Es su deber procurar que esa luz refleje hacia todos los que lo rodeen, y que otros lleguen al conocimiento de la verdad que él ha hallado tan benéfica. Su luz ha de resplandecer de tal modo en medio de los hombres que ellos vean a quién se la entregado y a quién sirve, y sean así inducidos a seguir su ejemplo y a hacerse discípulos del Señor.

Esa luz ha de ser para él como cosa prestada y por la cual es responsable. Ha de colocarla de tal manera que todos puedan verla, alumbrar y creer.

Guardémonos de menospreciar la luz que poseemos. El pecado que muchos cometen sobre este particular es mucho mayor ellos de lo que ellos suponen. Hay muchos hombres que se lisonjean que sus almas no se encuentran en muy mal estado porque no cometen actos escandalosos o bajos de inmoralidad, y son decentes y decorosos en su conducta. Mas ¿menosprecian el Evangelio? ¿Van a la iglesia tranquilamente año tras año, y no toman resolución alguna respecto al servicio de Cristo? Si así fuere, necesario es que sepan que su maldad es muy grande a los ojos de Dios. Poseer la luz, y no «caminar en la luz» es de suyo un gran pecado, Es desdeñar y tratar con indiferencia al Rey de reyes.

Evitemos ser egoístas en materias religiosas aun después que haber aprendido a apreciar la luz, es decir, la verdad en su intrínseco valor. Esforcémonos por que nuestros semejantes vean que hemos encontrado la «perla de gran precio» y queremos que ellos en la encuentren. Hay razón para abrigar sospechas respecto a las convicciones religiosas de un hombre cuándo este se muestra satisfecho de ir solo al cielo. El verdadero cristiano tiene siempre un corazón noble. Si es padre, anhela la salvación de sus hijos. Si es amo de casa, desea que sus criados se conviertan. Si es dueño de tierras, quiere que sus arrendatarios entren con él en el reino de Dios. ¡He aquí la verdadera religión! El cristiano que se contenta guardar para sí todo lo que sabe, todo lo que siente, todo lo cree, se encuentra en un estado espiritual muy débil y peligroso.

Estos versículos nos enseñan, en segundó lugar, cuánto vale un corazón sencillo y consagrado del todo al deber. Para ejemplificar esta lección nuestro Señor se sirve de las funciones del ojo en el cuerpo humano; y nos trae a la memoria que cuando el ojo es «sencillo» o está completamente sano, la acción del cuerpo recibe un influjo benéfico; y que, por el contrario, cuando el ojo es «malo,» o está viciado, afecta de una manera desagradable el bienestar y la actividad del hombre. En un país oriental, como la Palestina donde las enfermedades de los ojos son desgraciadamente muy comunes, el ejemplo tenia de suyo fuerza, especial.

Pero ¿en qué caso puede decirse que el corazón de un hombre sea sencillo en asuntos religiosos? ¿En qué se distingue el corazón sencillo? La cuestión es de inmensa importancia. Bueno sería para la iglesia y para el mundo si los corazones sencillos abundaran más.

Es corazón sencillo el que no solo ha experimentado el arrepentimiento y la conversión y ha sido renovado, sino que está ordinariamente y de la manera más poderosa y completa bajo el influjo del Espíritu Santo. El que posee tal corazón aborrece la indecisión, la duda y la tibieza en todo lo relativo a la religión. Contempla un gran espectáculo: Cristo muriendo por amor a los pecadores. Anímalo una grande aspiración: glorificar a Dios y hacer su voluntad. Le sostiene un gran deseo: agradar a Dios y obtener su aprobación. En comparación con ese espectáculo, esa aspiración, ese deseo, el hombre de corazón sencillo no conoce nada quo valga la pena de nombrarse. La alabanza y los beneficios de los hombres no valen nada para él. El reproche y la desaprobación pública son para él trivialidades ligeras como el viento.

«Una cosa deseo–una cosa hago–por una cosa vivo:» he aquí las palabras del hombre de corazón sencillo. Psa_27:4; Luk_10:42; Filip. 3:13. Tales fueron Abrahán y Moisés, David y Pablo, Lutero y Latimer. Todos ellos tuvieron sus debilidades y flaquezas, y sin duda cometieron algunos errores, mas todos ellos tuvieron este rasgo distintivo: que eran hombres completamente consagrados a su causa. En otras palabras, tenían corazones sencillos, y eran incuestionablemente siervos de Dios.

Las bendiciones que resultan de un corazón sencillo son casi incalculables. El que lo posee puede hacer muchísimo bien a la humanidad. Es como un faro en medio de un mundo tenebroso. Refleja luz sobre centenares de personas a quienes no conoce. Todo su cuerpo es resplandeciente. En cada acto suyo puede percibirse el influjo de su maestro. Su piedad se manifiesta en toda su conducta. Su familia, sus criados, sus parientes, sus vecinas, sus amigos, sus enemigos, todos conocen sus inclinaciones, y todos tienen que confesar, de grado o por fuerza, que su religión es Dios.

Se hace sentir, y lo que es todavía mejor, el hombre, sencillo recibe un premio de no pequeño precio en las emociones internas de su alma. Se alimenta de algo que el mundo no conoce. Experimenta en creer un gozo y una tranquilidad que cristianos poco fervorosos jamás sienten. Tiene la faz vuelta hacia el sol y por esto su corazón jamás se entibia.

Oremos y trabajemos por que nuestro ojo sea sencillo y nuestro corazón ardiente. Si profesamos ser religiosos, seámoslo del todo, cristianos, seámoslo de una manera decidida. De esto depende nuestra paz interior así como también los buenos frutos de nuestras vidas. Nuestro ojo ha de ser sencillo si queremos que nto cuerpo sea resplandeciente.

Lucas 11:37-44

Notemos en este pasaje que nuestro Señor Jesucristo estaba pronto, cuando era necesario, a mezclarse en la sociedad de los no convertidos. Se nos refiere que le rogó un fariseo que comiese con él., Dicho hombre no pertenecía al número de sus discípulos; y sin embargo «Jesús entró y su sentó a la mesa..

La conducta que nuestro Señor observó en esta y otras ocasiones ha sido descrita para que sirva de ejemplo a todos los cristianos. Cristo es nuestro modelo, así como también nuestra propiciación. Hay circunstancias en que el siervo de Cristo tiene que hallarse en contacto con los irreligiosos y los hijos de este mundo. Ocasiones hay en que tal vez sea un deber relacionarse con ellos en el trato social, aceptar sus invitaciones y sentarse con ellos a la mesa. Nada, por supuesto, debe inducir al cristiano a tomar parte en los pecados que cometan en sus diversiones frívolas. Más no debe ser descortés: no debe separarse completamente de la sociedad de los no convertidos, y tornarse así en un ermitaño o asceta. Ha de tener presente que tanto en la sala de recibo, como en el pulpito, puede hacerse bien a nuestros semejantes.

Es preciso, no obstante, que no perdamos de vista una circunstancia cuando imitemos a nuestro Señor en este particular: cuidemos de que al mezclarnos en la sociedad de los no convertidos, estemos animados del mismo espíritu que animó a Jesús. Recordemos con cuanta libertad hablaba él de las cosas divinas. Recordemos la fidelidad con que denunciaba el pecado. No exceptuaba ni las faltas de los que le daban hospitalidad, si ocurría algo que la llamasen la atención hacia ellas. Entremos en sociedad animados de buenas intenciones, seguros de que nuestras creencias religiosas no sufrirán menoscabo ninguno. Si sentimos interiormente algún temor en imitar a Cristo en el círculo social, mejor es que no salgamos nuestras casas.

Notemos en segundo lugar, que la necedad es inseparable de la hipocresía. El fariseo a cuya mesa se sirvió la comida, se maravilló que Nuestro Señor no se hubiese lavado antes de comer. El creyó, como uno muchos de sus cofrades, que había algo de profanación en no lavarse, y que tal omisión indicaba impureza moral. Nuestro Señor, por su parte, le hizo saber que era insensatez dar tanta importancia al aseo del cuerpo, cuando se pasaba por alto la purificación del corazón; y le recordó que Dios contempla más nuestro interior, los secretos del alma, que nuestro cuerpo; y le hizo esta pregunta: «¿El que hizo lo de fuera no hizo también lo de dentro? El mismo Dios que hizo nuestros cuerpos perecederos fue nos dio corazón y alma.

No perdamos jamás de vista el hecho de que el estado de nuestros corazones es el asunto que preferentemente exige nuestro examen si queremos inquirir lo que somos en materias religiosas. Baños, ayunos, genuflexiones, posturas determinadas, flagelaciones de la carne, todo esto es completamente vano si el corazón es malo. La devoción externa, la cara seria, la cerviz inclinada hacia abajo, y oraciones en voz alta son abominables a los ojos de Dios, en tanto que nuestros corazones no hayan sido limpiados de su maldad y renovados por el Espirito Santo. No olvidemos esta admonición. La idea, de que el hombre puede ser verdaderamente devoto antes de convertirse, es un gran engaño del diablo contra el cual debemos estar alerta. Hay dos pasajes muy significativos que versan sobre este asunto. Uno es: «Del corazón mana la vida» Pro_4:23. El otro dice: «El hombre ve lo que está delante de sus ojos, mas Jehová ve el corazón.» Hay una pregunta siempre debiéramos hacernos al acercarnos a Dios: « ¿Qué ama nuestro corazón?.

Notemos, en tercer lugar, en este pasaje, cuan grosera es la inconsecuencia que a menudo manifiestan los hipócritas.

Nuestro Señor dijo a los fariseos: « Vosotros diezmáis la menta y la ruda, y toda hortaliza; mas el juicio y el amor de Dios pasáis de largo.» Ellos llevaban hasta el exceso el celo por pagar los diezmos para el servicio del templo, y sin embargo descuidaban los más claros deberes para con Dios y para con su prójimo. Eran escrupulosos en demasía respecto a todas las pequeñeces de la ley ceremonial; y, con todo, hacían a un lado los más sencillos principios de justicia para con el hombre y de amor para con Dios. Respecto de ciertos deberes tenían sumo cuidado de hacer aun más de lo necesario; respecto de otros no querían hacer nada absolutamente. En lo secundario eran celosos y fanáticos; mas en lo primordial no aventajaban a los paganos.

Tal conducta, por desgracia no puede atribuirse, solo a los fariseos. No han faltado hombres que, habiendo profesado el Cristianismo, hayan exaltado las cosas secundarias sobre las primarias, y que en su celo por la práctica de aquellas hayan descuidado estas completamente. Millares de personas hay el día de hoy que se afanan por concurrir diariamente a los servicios divinos, por guardar la cuaresma, por comulgar con frecuencia, por volverse hacia el Levante al entrar en la iglesia, y por que se celebren oraciones pomposas y se hagan rogativas públicas–pero eso es todo. Poco o nada saben de la práctica de deberes como la humildad, la caridad, la mansedumbre, la espiritualidad; la lectura de la Biblia, la devoción privada y el desprecio de los goces mundanos. Toman parte con ardor en todo pasatiempo. Se encuentran en toda diversión mundana: en las carreras, en la ópera, en el teatro y en el baile. En su vida diaria no manifiestan que los mueva el mismo ánimo que movía a Jesús. ¿Qué es esto sino seguir las huellas de los fariseos? Bien dice el sabio: «Nada hay nuevo debajo del sol.» Ecc_1:9. La generación de los que diezmaban la yerbabuena, pero pasaban por alto el juicio y el amor de Dios, no ha pasado todavía.

Vigilemos y roguemos para que Dios nos ayude a dar a cada deber religioso la atención que le corresponde. Guardémonos de darles a las cosas secundarias un lugar que no merecen, y de pasar por alto las cosas primarias. Por mucha importancia que demos al culto extenso del Cristianismo, no olvidemos la fe y las buenas obras. Cualquiera enseñanza que nos haga desdeñar estas, tiene en sí algo que es radicalmente deficiente.

Notemos, finalmente, qué falsedad y simulación caracterizan hipócritas. Nuestro Señor comparó a los fariseos con «sepulturas no parecen y los hombres que andan encima no lo saben.» y jactanciosos maestros de los Judíos estaban llenos de corrupción é impureza interiormente y en un grado que sus engañados oyentes no sabían.

El cuadro que se nos presenta a la vista causa cierto dolor y disgusto. Sin embargo, que representa los hechos tales como son, lo prueba la conducta de los hipócritas en todos los siglos de iglesia. ¿Qué diremos de las vidas de los frailes y las monjas que fueron descubiertas en la época de la reforma? Millares de los que se llamaban santos estaban sumergidos en toda clase de .corrupción. ¿Qué diremos de las vidas de ciertos jefes de sectas y herejías que han profesado un sistema de doctrinas señaladamente puras? No pocas veces ha acontecido que los mismos que proclamando libertad a los demás, han resultado ser siervos de la corrupción. La anatomía de la naturaleza humana es un estudio harto desagradable.

Constantemente se han hallado juntas la hipocresía y la inmoralidad de conducta.

Terminemos la consideración de este pasaje haciendo la firme resolución de velar y orar contra la hipocresía.

Cualesquiera que sean nuestras convicciones como cristianos, seamos ingenuos, sinceros y fervorosos. Huyamos de todo fingimiento, afectación y doblez en las cosas divinas, sabiendo que todo eso es aborrecible a los ojos de Cristo. Acaso seamos débiles, frágiles y flacos, y no alcancemos a cumplir nuestros deseos y aspiraciones; pero, de todos modos, si profesamos creer en Jesucristo, seamos sinceros.

Lucas 11:45-54

EL pasaje que tenemos a la vista ofrece un ejemplo de la fidelidad con que nuestro Señor trabajaba en bien de las almas de los hombres. Lo vemos intrépida y duramente reprender por sus pecados a los Judíos que explicaban la ley de Dios.

Esa caridad mal entendida que apellida malévolo al que dice a otro que está equivocado, no fue recomendada por nuestro Señor. Llama cada cosa por su nombre y sabía que enfermedades graves necesitan remedios heroicos. El quiso darnos a entender que nuestro mejor amigo no es el hombre que siempre está diciendo palabras cariñosas y dando asenso a todo lo que decimos, sino el que nos dice la verdad con mayor claridad.

Las palabras de nuestro Señor arriba trascritas nos enseñan, en primer lugar, cuan grande es el pecado de pretender enseñar a otros lo que nosotros mismos no practicamos. El dijo a los doctores de la ley: «Vosotros cargáis a los hombres con cargas que no pueden llevar; mas vosotros ni aun con un dedo tocáis la carga. «Ellos exigían que otros se sometiesen a cansadas ceremonias religiosas descuidaban. Tenían el descaro de imponer a las conciencias de los hombres yugos que ellos mismos se eximían de palabra, tenían una regla de conducta para sus creyentes y otra distinta para sí.

La severa amonestación que pronunció nuestro Señor tiene aplicación especial a determinadas clases de las personas que forman el gremio de la iglesia. Va dirigida a todos los que tengan a a su cargo la instrucción de la juventud; a todos los amos de casa; a todos los padres y las madres de familia, y sobre todo, a todos los clérigos y ministros del Evangelio. Que todos ellos noten bien las palabras de Jesús. Que se guarden de decir a otros que se empeñan en adoptar una línea de conducta que ellos mismos no siguen. Tal de proceder es, a lo menos, una inconsecuencia, No hay duda que en este mundo no podemos llegar a ser perfectos. Si nadie hubiera de prescribir reglas, o enseñar, o predicar en tanto que tuviese falta alguna, todo el edificio de la sociedad se tornaría confusión y ruinas. Pero sí tenemos derecho de exigir que haya alguna armonía o correspondencia entre las palabras del individuo y sus obras; entre sus doctrinas y sus hechos; entre su predicación y sus acciones.

Enséñanos, asimismo, este pasaje, cuánto más fácil es venerar a los que han muerto que a los que viven. Jesús dijo a los doctores de la ley: « Vosotros edificáis los sepulcros de los profetas, y aron vuestros padres.» Pretendían honrar la memoria de los profetas al mismo tiempo que hacían lo que los profetas habían reprobado. Desacataban abiertamente sus consejos y su enseñaza, y sin embargo, pretendían venerar sus sepulcros. No han faltado más tarde quienes imiten esta práctica en el espíritu si no en la letra. En todos los siglos de la historia de la millares de hombres malos han intentado engañarse a sí mismos y engañar a otros, haciendo ruidosas protestas de respeto hacia los justos después de su fallecimiento. De este modo han procurado tranquilizar al mundo y a su conciencia y alucinar al mundo. Sus esfuerzos se han dirigido a hacer que los demás digan para sí: «Si estos hombros reverencian tanto la memoria de los buenos, sin duda deben ser de su mismo modo de pensar. «Se han olvidado que aun un niño sabe que los muertos no pueden hablar, y que venerar a un hombre cuando no puede amonestarnos, ni darnos a conocer por medio de su conducta cuan lejos estamos de parecernos a él, es ciertamente cosa muy fácil.

¿Queremos saber cuáles son realmente las convicciones religiosas de un hombre? Preguntémosle que opina de los verdaderos cristianos que viven todavía. ¿Los ama, es adicto a ellos y los venera como hombres buenos? ¿O les huye, los aborrece, y los considera como fanáticos, exaltados, santurrones y demasiado escrupulosos? Las contestaciones que se den a esta pregunta son buena prueba del verdadero carácter de un hombre. Cuando un hombre no puede ver nada bueno en los cristianos que viven, pero sí mucho en los que han muerto, es señal de que su alma so encuentra en muy mal estado. Nuestro Señor Jesucristo expresó ya su reprobación de tal conducta. El hombre que la sigue es un hipócrita ante los ojos de Dios.

También nos hace saber nuestro Señor en este pasaje que indefectiblemente llegará el día en que los perseguidores tendrán que dar cuenta de su conducta. Dice que la sangre de los profetas será demandada.

Hay algo singularmente solemne en estas palabras. El número de los que, en todos los siglos, han sido muertos por la fe, es muy grande. Millares de hombres y mujeres han preferido dar su vida a negar a su Salvador, y han derramado su sangre en aras de la verdad. a la hora de su muerte no parecía haber quienes los socorriesen. A semejanza de Zacarías, y Santiago, y Esteban, y Juan Bautista, é Ignacio, y Huss, y Hooper, y Latimer, murieron sin resistirse. Pronto fueron enterrados y olvidados, y sus enemigos creyeron haber obtenido un completo triunfo; pero Dios no se ha olvidado de su muerte ni de la sangre que derramaron. Las persecuciones de Herodes, Nerón, Diocleciano, María la sanguinaria, y Carlos XI no han sido relegadas al olvido. Algún día habrá un gran juicio, y entonces el mundo verá que «preciosa es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos.» Psa_116:15.

Pensemos con frecuencia en el día del juicio. Muchas cosas acontecen en el mundo que ponen a prueba nuestra fe. Los repetidos triunfos de los perversos nos llenan de confusión. Los descalabros de los buenos presentan un problema de difícil solución.

Pero alguna vez llegará el día en que todo se aclare. En el gran trono blanco y en los libros de Dios todo ocupará el lugar que le corresponde. Los intricados designios de la Providencia serán revelados. Cada lágrima que los malos hayan hecho verter a los justos será tomada en cuenta. Cada gota de sangre cristiana que haya sido derramada, será al fin demandada.

Por último, nuestro Señor nos enseña en el pasaje citado cuan grabe falta es estorbar que otros adquieran conocimientos en materias religiosas. El dijo a los doctores de la ley: « Os alzasteis con la llave de la ciencia: vosotros no entrasteis, y a los que entraban impedisteis.» El pecado a que se refieren estas palabras es demasiado común. Lo cometen muchas más clases de personas de lo que generalmente se cree. Lo comete el sacerdote romanista que prohíbe al pobre leer la Biblia. Lo cometen algunos clérigos protestantes que previenen a sus oyentes contra «las ideas exaltadas» y hacen burla de la conversión. Lo comete el hombre irreligioso y calavera a quien le disgusta que su esposa piense en cosas serias.

Lo comete la madre irreverente que no puede sufrir que su hija piense en las cosas espirituales y se deje de teatros y de bailes, Todas estas personas, advertida o inadvertidamente se hacen acreedoras al « ¡Ay!» que con tanta solemnidad pronunció nuestro j Señor. Están impidiendo que otros entren en el cielo! Oremos a Dios que nos libre de este pecado.

Cualesquiera que sean nuestras creencias religiosas, guardémonos de desanimar á; otros cuando empiecen a pensar seriamente en la salvación de sus almas. Nunca sirvamos de rémora a nadie en sus prácticas religiosas, y especialmente en la lectura dé la Biblia, la asistencia a la iglesia y la oración privada. Bien al contrario, animémoslos, alentémoslos, ayudémosles, y demos gracias a Dios si son mejores que nosotros. «Libértame de homicidios, oh Dios,» fue una de las oraciones de David. Es de temerse que, en el último día, muchos tendrán que dar cuenta de la sangre de sus parientes; porque habiéndolos visto prontos a entrar en el reino del cielo, se lo estorbaron.

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