Logo

Parábola del sembrador

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Parábola del sembrador

(i) Tenemos al oidor de mente cerrada. No tiene la Palabra más posibilidad de introducirse en la mente de algunas personas que la semilla que ha caído en un sendero endurecido por muchos pares de pies de penetrar en la tierra. Hay muchas cosas que pueden cerrar la mente de una persona. Los prejuicios pueden hacer que uno esté ciego a todo lo que no quiera ver. El espíritu que se niega a aprender puede levantar una barrera que no se pueda sobrepasar ni eliminar. Este espíritu puede proceder de dos cosas. Puede ser la consecuencia del orgullo que no quiere reconocer que necesita aprender; o del miedo a toda nueva verdad y el rechazo a aventurarse por el camino del pensamiento. A veces un carácter inmoral y la forma de vida de una persona pueden cerrarle la mente. Puede que haya una verdad que condene las cosas que ama, y que denuncie las cosas que hace; y muchos se niegan a escuchar o a reconocer la verdad que los condena, porque no hay peor ciego que el que no quiere ver.

(ii) Tenemos al oidor de mente tan superficial como el terreno que apenas cubre la roca. Es la persona que se niega a pensarse las cosas por sí y en serio. Algunas personas están a merced de las novedades. Recogen lo que sea sin pensárselo un momento, y lo dejan igual. Tienen que estar siempre a la moda. Empiezan cualquier pasatiempo nuevo o a adquirir alguna nueva técnica con entusiasmo, pero en cuanto les presenta la más mínima dificultad o simplemente se enfrían lo abandonan. Las vidas de algunas personas están llenas de restos de cosas que empezaron y que lo terminaron. Se puede ser así con la Palabra. Cuando uno la oye, se entusiasma; pero no se puede vivir de emociones pasajeras. Tenemos una mente, y la obligación moral de usarla y de tener una fe inteligente. El Cristianismo tiene sus exigencias, y hay que mirarlas de frente antes de aceptarlas. El ofrecimiento cristiano no es solo un privilegio, sino también una responsabilidad. Un entusiasmo repentino puede convertirse en cenizas tan rápidamente como un fuego moribundo.

(iii) Tenemos al oidor con tantos intereses en la vida que a menudo no le queda espacio para las cosas más importantes. Es característico de la vida moderna que cada vez se llena más y va más deprisa. Se está demasiado ocupado para orar; tan preocupado con muchas cosas que se olvida de estudiar la Palabra de Dios; se puede estar tan metido en juntas y comités y empresas y planes que no le dejan tiempo a uno para Aquel de Quien proceden el amor y el servicio. Los negocios le pueden tener a uno tan acogotado que está demasiado cansado para pensar en ninguna otra cosa.

No son las cosas manifiestamente malas las más peligrosas en este sentido. Muchas veces son cosas buenas, pero «lo bueno es siempre el enemigo de lo mejor.» No es que uno destierre deliberadamente de su vida la oración y el estudio de la Palabra de Dios y la iglesia; puede que piense en estas cosas con frecuencia y trate de tener tiempo para ellas; pero, por lo que sea, nunca dispone de él en su abarrotada vida. Debemos tener cuidado de no desplazar a Cristo del lugar supremo que Le corresponde.

(iv) Tenemos al oidor que es como la buena tierra. Recibe la Palabra en cuatro etapas. Tiene mente abierta. Siempre está dispuesto a aprender. Está listo para oír. No es demasiado orgulloso, ni está demasiado ocupado para escuchar. Muchos se habrían ahorrado muchos quebraderos de cabeza y de corazón si se hubieran detenido a escuchar la voz de un amigo sensato o de Dios. Entiende. Se lo ha pensado y sabe lo que quiere decir para él, y está preparado a aceptarlo. Traduce la audición en acción. Produce la buena cosecha de la buena semilla. El verdadero` oidor es el que escucha, entiende y obedece.

No hay que desesperar

Dijimos que esta parábola tenía un doble impacto. Ya hemos mirado al impacto que estaba diseñada para hacer en los que oyen la Palabra. Pero también estaba diseñada para hacer un impacto en los que predican la Palabra. No solo se pretendía que les dijera algo a las multitudes que formaban la audiencia; también al círculo más íntimo de los discípulos.

No es difícil ver que a veces debe de haber habido en los corazones de los discípulos un cierto desaliento. Para ellos Jesús lo era todo, el más sabio y el más poderoso. Pero, humanamente hablando, tenía poco éxito. Se Le estaban cerrando las puertas de la sinagoga. Los representantes de la religión oficial eran Sus más severos críticos, y no podía caber duda que estaban organizando Su destrucción. Cierto que las multitudes venían a escucharle; pero había tan pocos realmente cambiados, y tantos que acudían solo a cosechar los beneficios de Su poder sanador y que, cuando lo habían recibido, se marchaban y olvidaban. Había tantos que venían a Jesús solo por lo que pudieran recibir. Los discípulos se encontraban cara a cara con una situación en la que parecía que Jesús no suscitaba más que la hostilidad de los dirigentes de la iglesia, y nada más que una respuesta evanescente en las multitudes. No es nada sorprendente que hubiera a veces una profunda desilusión en los corazones de los discípulos. ¿Qué le dice esta parábola al predicador desanimado?

La lección está clara: la cosecha es segura. Para los predicadores de la Palabra que estén desanimados la lección está en el clímax de la parábola, en la descripción de la semilla que produjo una cosecha abundante. Algo de la semilla puede que caiga al borde del sendero y se la lleven los pájaros; algo de la semilla puede que caiga en la tierra superficial, y no llegue a madurar; algo de la semilla puede que caiga entre espinos que la ahoguen; pero, a pesar de todo, llega la cosecha. Ningún labrador espera que den fruto todos las semillas que siembra. Sabe muy bien que algunas se las llevará el viento, y otras caerán en lugares donde no podrán crecer; pero eso no hace que deje de sembrar. Ni que desespere de la cosecha. El labrador siembra con la confianza de que, aunque parte de la semilla se malogre, sin embargo es seguro que la cosecha llegará. Así que esta es una parábola de aliento para los que siembran la semilla del Evangelio.

En esta sección vemos a Jesús iniciando una nueva etapa. Ya no estaba enseñando en la sinagoga, sino a la orilla del lago. Había intentado llegar al pueblo de una manera ortodoxa; ahora tenía que seguir métodos menos convencionales.

Haremos bien el fijarnos en que Jesús estaba dispuesto a utilizar nuevos métodos. Estaba dispuesto a trasladar la predicación y la enseñanza fuera del ambiente convencional de la sinagoga al aire libre y entre las multitudes de hombres y mujeres corrientes. John Wesley fue durante muchos años un servidor fiel y ortodoxo de la Iglesia de Inglaterra. Su amigo George Whitefield estaba en Bristol predicando a los mineros, tantos como veinte mil a la vez, al aire libre; y en su audiencia se convertían a centenares. Mandó a buscar a John Wesley. Wesley dijo: «A mí me encanta un salón amplio, un cojín blandito y un púlpito bonito.» Lo de la predicación al aire libre más bien le escandalizaba. Se decía a sí mismo: «Difícilmente podía identificarme al principio con esos métodos extravagantes -habiendo sido toda mi vida, hasta bien tarde, tan cumplidor de todo lo relativo a la decencia y al orden-, hasta tal punto que habría creído que era casi un pecado salvar almas si no se hacía en la iglesia.» Pero Wesley vio que la predicación al aire libre ganaba almas, y dijo: « No puedo discutir una cuestiónide hechos.»

Tiene que haber habido muchos entre los judíos ortodoxos que consideraran esta nueva salida como acrobática y sensacionalista; pero Jesús era suficientemente sabio para saber cuándo hacían falta nuevos métodos, y era lo suficientemente aventurero como para usarlos. Sería bueno que la Iglesia fuera igualmente sabia y emprendedora. Esta nueva etapa requería un método nuevo; y el nuevo método que escogió Jesús consistía en hablarle a la gente por parábolas. Parábola quiere decir literalmente algo que se pone al lado de algo; es decir, una comparación. Es una historia terrenal con un sentido celestial. Algo de la Tierra se compara con algo del Cielo, para que la verdad celestial se pueda captar mejor a la luz de la ilustración terrenal. ¿Por qué escogió Jesús este método? ¿Y cómo llegó a serle tan característico que llegó a ser el Maestro de la parábola?

(i) La primera y principal razón es que Jesús eligió el método parabólico para hacer que la gente Le escuchara. Ya no Se estaba dirigiendo a una audiencia de personas religiosas en una sinagoga, que estaban más o menos obligadas a permanecer allí hasta que terminara el culto. Tenía una audiencia multitudinaria y diversa al aire libre, que tenía libertad para marcharse cuando quisiera. Por tanto, la prioridad esencial era despertar y mantener su interés. En caso contrario, sencillamente se marcharían. Sir Philip Sidney habla del secreto del poeta: «Con una historia peregrina viene a ti, con un cuento que hace que los niños dejen de jugar y los viejos abandonen la chimenea.» La mejor manera de despertar el interés de la gente es contarles historias, y Jesús lo sabía.

(ii) Además, cuando Jesús usaba el método parabólico estaba siguiendo un método que les era totalmente familiar a las audiencias y los maestros judíos. Hay parábolas en el Antiguo Testamento, la más famosa de las cuales es la historia de la corderita que Natán le contó a David cuando se había deshecho traicioneramente de Urías y tomado posesión de Betsabé (2 Samuel 12:1-7). Los rabinos usaban parábolas corrientemente en su enseñanza. Se decía de Rabí Meír que hablaba una tercera parte de cuestiones legales; otra tercera parte de explicaciones, y otra tercera parte en parábolas.

Aquí tenemos dos ejemplos de parábolas rabínicas. La primera es de Rabí Yehudá ha-Nasí, Judá el Príncipe (c. 190 d.C.). El emperador romano Antonino le preguntó cómo podía haber castigo en el más allá; porque, puesto que el cuerpo y el alma no podían haber cometido pecado después de separarse, podrían echarse las culpas mutuamente por los pecados cometidos en este mundo. El rabino le contestó con una parábola:

Un cierto rey tenía un hermoso huerto que daba una fruta excelente; y puso a cargo de él a dos vigilantes, uno ciego y el otro cojo. El cojo le dijo al ciego: «Veo una fruta exquisita en el huerto. Llévame allí para que la coja, y nos la comeremos entre los dos.» El ciego estuvo de acuerdo, y ambos se comieron la fruta. Después de algunos días llegó el amo del huerto, y les preguntó a los guardianes por la fruta. Entonces el cojo le dijo: «Como yo no tengo piernas, no podía llegar allí; así es que no es culpa mía.» Y el ciego le dijo: «Como yo soy ciego, ni siquiera podía ver la fruta; así es que no es culpa mía.» ¿Qué hizo el amo del huerto? Hizo que el ciego cargara con el cojo, y así demostró la culpabilidad de ambos. Así repondrá Dios las almas en sus cuerpos, y los castigará juntos por sus pecados. Cuando Abín, el hijo de Rabí Jiyya, murió a la temprana edad de veintiocho años, Rabí Zera pronunció la oración fúnebre utilizando una parábola: Un rey tenía una viña en la que empleó a muchos trabajadores, uno de. los, cuales era especialmente capaz y hábil. ¿Qué fue lo que hizo el rey? Retiró a ese trabajador de la faena, y estuvo paseando por toda la viña con él.

Cuando los obreros fueron a cobrar su sueldo por la tarde, el obrero habilidoso apareció entre ellos, y recibió del rey la totalidad del salario del día. Los otros trabajadores se enfadaron mucho, y dijeron: «Nosotros hemos trabajado todo el día, mientras que este no ha trabajado más que dos horas. ¿Por qué le da el rey a él el mismo sueldo que a nosotros?» El rey les contestó: «¿Por qué os enfadáis? Con su habilidad, él ha hecho más en las dos horas que vosotros en todo el día. » Así ha sucedido con Rabí Abín ben Jiyya: En los veintiocho años de su vida, él ha aprendido más que otros en cien años; así que él ha cumplido el trabajo de su vida, y se le ha permitido entrar en el Paraíso desde su trabajo en la Tierra antes que otros; y no se perderá nada de su recompensa. Cuando Jesús usaba el método parabólico de enseñanza estaba usando un método al que los judíos estaban acostumbrados y podían entender muy bien.

(iii) Y aún más: cuando Jesús usó el método parabólico de enseñanza estaba haciendo concretas las ideas abstractas. Pocas personas son capaces de captar las ideas abstractas; casi todos pensamos en imágenes. Podríamos pasar mucho tiempo hablando de la belleza, y ninguno sacaríamos nada en claro; pero reconocemos a una mujer bella. Podemos pasar mucho tiempo hablando de la bondad sin llegar a una definición; pero todos reconocemos una buena acción cuando la vemos. Hay un sentido en el que toda palabra tiene que hacerse carne; cada idea se tiene que encarnar en una persona. Cuando el Nuevo Testamento habla de la fe, pone el ejemplo de Abraham para que la idea de la fe se haga carne en la persona de Abraham. Jesús era un maestro sabio. Sabía que era inútil esperar que las mentes sencillas captaran las ideas abstractas; así es que incorporó las ideas abstractas en historias concretas; las mostró en acción; las presentó en personas, para que la gente las pudiera captar y comprender.

(iv) Por último, la gran virtud de la parábola es que obliga a la persona a pensar por sí misma.

Obliga a todo el mundo a hacer su propia deducción y a descubrir la verdad por sí. La peor manera de ayudar a un niño es hacerle los deberes. No le ayuda en absoluto el que le hagamos sus sumas, le escribamos sus redacciones, le resolvamos sus problemas y le hagamos sus traducciones. Sí le ayuda de veras que le ayudemos a hacer las cosas por sí mismo. Eso era lo que Se proponía Jesús. La verdad tiene siempre un doble impacto cuando es un descubrimiento personal. Jesús no quería ahorrarnos el sudor mental de pensar; quería hacernos pensar. No quiere hacer mentes perezosas, sino activas.

No quiere asumir la responsabilidad por nadie, sino que cada uno la asuma por sí. Así es que usó el método parabólico, no para pensar por nadie, sino para animar a cada uno a pensar por sí’mismo.
Presentaba la verdad de manera que, si hacía el debido esfuerzo con la debida actitud, cada uno podía descubrirla por sí, y por tanto poseerla de una manera que la hacía real y verdaderamente suya propia.

De la tierra al cielo

¡Escuchad! ¡Fijaos! El sembrador salió a sembrar. Cuando estaba sembrando, una parte de la semilla cayó a lo largo del sendero, y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte de la semilla cayó en terreno rocoso, donde no había mucha tierra; y brotó en seguida, porque no tenía profundidad de tierra, pero cuando salió el sol se agostó y se secó completamente porque no tenía raíz. Otra parte de la semilla cayó entre espinos; y los espinos la ahogaron hasta el punto de quitarle la vida, y no produjo nada. Y otra parte cayó en buena tierra; y como crepió y se desarrolló bien produjo fruto, dando treinta, sesenta y ciento por uno. -Y añadió Jesús- : El que tenga oídos para oír, que oiga.

Dejamos la interpretación de esta parábola para cuando lleguemos a la interpretación que nos da Marcos, y de momento la consideramos sólo como un ejemplo de la enseñanza parabólica de Jesús en acción. La escena es a la orilla del lago; Jesús está sentado en la barca, un poco separada de la orilla. La costa desciende suavemente hasta el borde del agua, y forma un anfiteatro natural para la multitud. Mientras está hablando, Jesús ve a un sembrador trabajando en su campo cerca del lago.

«¡Fijaos! -dijo-. El sembrador ha salido a sembrar.» Aquí encontramos toda la esencia del método parabólico.

(i) Jesús partió del aquí y ahora para llegar al allí y entonces. Partió de algo que estaba sucediendo en aquel preciso momento en la tierra a fin de conducir los pensamientos de Sus oyentes al Cielo. Partió de algo que todos podían ver para llegar a cosas que no eran visibles; partió de algo que todos conocían para llegar a algo que no se figuraban. Esa era la misma esencia de la enseñanza de Jesús. El no alucinaba a la gente empezando con cosas que fueran extrañas y abstrusas y rebuscadas; empezaba por cosas tan sencillas que hasta un niño las podía entender.

(ii) A1 hacerlo así, Jesús mostraba que creía que hay un parentesco real entre la Tierra y el Cielo.

Jesús no habría estado de acuerdo en que «La tierra es un valle de lágrimas.» Jesús creía que en las cosas normales y corrientes de cada día se podía ver a Dios. Como decía William Temple: «Jesús enseñó a la gente a ver la obra de Dios en lo regular y en lo normal -en la salida del sol y en la caída de la lluvia y en el crecimiento de la planta.» Hace mucho ya Pablo tuvo la misma idea cuando dijo que el mundo visible está diseñado para darnos a conocer las cosas invisibles de Dios (Romanos 1:20). Para Jesús este mundo no era un lugar malo y perdido, sino la vestidura del Dios viviente. Sir Christopher Wren fue enterrado en la catedral de San Pablo, la gran iglesia que su propio genio había planificado y construido. En su tumba hay una sencilla inscripción en latín que quiere decir: «Si quieres ver su monumento, mira a tu alrededor.» Jesús habría dicho: «Si quieres ver a Dios, mira a tu alrededor.»

Jesús encuentra en las cosas normales de la vida una mina inagotable de señales que conducen a las personas a Dios si quieren leerlas como es debido.

(iii) La verdadera esencia de las parábolas consiste en que eran espontáneas, improvisadas y no ensayadas. Jesús mira a Su alrededor buscando un punto de contacto con la multitud. Ve al sembrador, y al instante lo toma como su texto de predicación. Las parábolas no eran historias elaboradas en la tranquilidad de un estudio; no eran cuidadosamente pensadas y pulimentadas y ensayadas. Su suprema grandeza consiste en que Jesús compuso estas breves historias inmortales en un instante, ante la demanda de la ocasión y en el fragor del debate.

C. J. Cadoux dijo de las parábolas: «Una parábola es arte enjaezado para el servicio y el conflicto.
Aquí tenemos la razón de que las parábolas sean tan poco frecuentes. Requiere un grado considerable de arte, pero de arte ejercitado en condiciones difíciles. En tres parábolas típicas de la Biblia, el que las dijo se estaba jugando la vida. Jotam (Jueces 9:8-15) refirió su parábola de Los Árboles a los hombres de Siquem, e inmediatamente después salió huyendo. Natán (2 Samuel 12:1-7) con la parábola de La Corderita le declaró a un déspota oriental su pecado. Jesús, en la parábola de Los Viñadores Malvados usó Su propia sentencia de muerte como un argumento a Su favor …. En su utilización más característica, la parábola es un arma de controversia, no pulida como un soneto en la ininterrumpida concentración del despacho, sino improvisada en el conflicto para salir al paso de una situación imprevista. En su uso más elevado, muestra la sensibilidad del poeta; la iniciativa, rapidez e imaginación del protagonista, y el valor que permite a tal mente obrar, sin trabas en la refriega y el peligro de los conflictos mortales.»

Cuando tenemos presente que las parábolas de Jesús son repentinas o, improvisadas, su encanto se multiplica por cien.

(iv) Esto nos trae a un punto que debemos recordar siempre en nuestros intentos de interpretar las parábolas. No eran, en primera instancia, para ser leídas, sino para ser escuchadas. Es decir: en primera instancia nadie se podía sentar a estudiarlas frase por frase y palabra por palabra. Se dijeron, no para ser estudiadas extensa y tranquilamente, sino para producir un impacto y una reacción inmediatos. Es decir: las parábolas no se deben tratar nunca como alegorías. En una alegoría, cada escena y personaje y detalle de la historia encierra un significado. El Peregrino de Juan Bunyan es una alegoría; en él, todos los acontecimientos y las personas tienen un sentido simbólico. Una alegoría es para ser leída y estudiada y examinada; pero una parábola es algo que se oye una vez y sólo una vez. Por tanto, lo que debemos buscar en una parábola no es una situación en la que todos los detalles representan algo, sino una situación en la que se presenta una gran idea que reluce como un relámpago. Siempre es erróneo intentar hacer que todos los detalles de una parábola quieran decir algo. Siempre es correcto decir: « ¿Qué idea única resaltaría en la mente de una persona que oyera esta historia por primera vez?»

En esta parábola Jesús se vale de un ejemplo que todos sus oyentes reconocerían. Es probable que hasta estuvieran viendo entonces a algún sembrador que estaba sembrando su campo mientras Jesús hablaba. La parábola nos presenta cuatro clases de terreno.

(i) Las parcelas solían ser más bien alargadas, y estaban separadas por senderos o caminos por los que se podía pasar; cuando la semilla caía en esa parte pisoteada y endurecida no tenía posibilidad de penetrar en el suelo.

(ii) Estaba el suelo rocoso, que no quiere decir aquí un sitio lleno de piedras, sino un terreno que no era más que una capita de tierra por encima de una lancha de roca caliza. Allí no había humedad ni nutrientes, así es que la planta, si nacía, pronto se secaba y moría.

(iii) El terreno que se llenó de espinos parecía entonces estar bastante limpio. Se puede hacer que un terreno parezca limpio simplemente labrándolo; pero quedaban allí las semillas de los espinos y las raíces fibrosas de las malas hierbas. Las buenas y las malas semillas crecieron juntas; pero las malas eran más fuertes y ahogaron a las buenas.

(iv) El buen terreno era profundo, y estaba limpio y bien labrado. Los versículos 9 y 10 siempre han presentado problemas. Parece como si Jesús dijera que hablaba en parábolas para que la gente no le entendiera; pero no podemos creer que ocultara deliberadamente el sentido de su mensaje a sus oyentes. Se han propuesto algunas explicaciones.

Mateo 13:13 lo expresa de manera un poco diferente. Dice que Jesús hablaba en parábolas porque la gente no podía ver y entender correctamente. Mateo parece decir que las parábolas no eran para impedir que la gente viera y entendiera, sino para ayudarla a entender.

Mateo cita inmediatamente después el dicho de Isaías, 6: 9-10, que en efecto dice: «Les he hablado la Palabra de Dios, y el único resultado es que no han entendido ni una palabra.» Según esto, el dicho de Jesús puede indicar, no el objetivo de su enseñanza por parábolas, sino su resultado.

Lo que Jesús realmente quería decir es que la gente puede llegar a ser tan obtusa y dura de mollera que no pueden entender la Palabra de Dios cuando les llega. No es culpa de Dios; es que se han vuelto tan perezosos mentalmente hablando, tan cegados por los prejuicios, tan indispuestos a ver lo que no quieren ver, que son incapaces de asimilar la Palabra de Dios.

Esta parábola tiene dos interpretaciones.

(i) Se sugiere que quiere decir que la suerte de la Palabra de Dios depende del corazón en el que se siembra.

(a) El sendero endurecido representa la mente cerrada que se niega a recibir la Palabra.

(b) El terreno superficial representa a los que aceptan la Palabra, pero que no la meditan ni se dan cuenta de lo que implica, y que se retiran cuando llegan los problemas.

(c) El terreno espinoso representa a los que están tan ocupados con otras cosas que desplazan las cosas de Dios de su vida. Debemos recordar siempre que las cosas que le quitan el sitio a lo más alto no tienen que ser malas de necesidad. El peor enemigo de lo mejor es lo que es un poco menos bueno.

(d) El buen terreno representa al corazón bueno. El buen entendedor se caracteriza por tres cosas: la primera es que escucha con atención; la segunda, que guarda lo que oye en su mente y corazón, y lo medita hasta encontrar su sentido para su propia vida; la tercera, que lo lleva a la acción, que traduce lo que ha oído en obras.

(ii) Se sugiere que la parábola es en realidad una advertencia contra la desesperación. Consideremos la situación: a Jesús le han expulsado de las sinagogas; los escribas y los fariseos y los líderes religiosos estaban en contra suya, y era inevitable que los discípulos se desanimaran. A ellos dirige Jesús la parábola, y es como si les dijera: «Todos los campesinos saben que una parte de su semilla se perderá; no toda crecerá y dará fruto. Pero eso no los desanima hasta hacer que dejen de sembrar, porque saben que, a pesar de todo, la cosecha es segura. Sé que tenemos nuestros reveses y desánimos; sé que tenemos enemigos y adversarios; pero, no desesperéis: al final, la cosecha es segura.»

Esta parábola puede ser una advertencia acerca de cómo debemos oír y recibir la Palabra de Dios, y un estímulo para desterrar todo desánimo, en la seguridad de que las dificultades no podrán destruir la cosecha de Dios.

Deja una respuesta

Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

Comparte en tus Redes Favoritas

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Share on print

Sermones

Ilustraciones

Estudia La Biblia

Pide información sobre Nuestra Alianza

Al enviar esta solicitud aceptas los Términos y Condiciones de ACPI PR