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Romanos 3: La fidelidad de Dios y la infidelidad humana

Además, este pasaje contiene dos grandes verdades humanas universales.

(i) La desobediencia es la raíz de todo pecado. La raíz del pecado de los judíos fue la desobediencia a la Ley de Dios que conocían. Como escribió Milton, fue « la primera desobediencia humana» la responsable del «paraíso perdido». Cuando el orgullo enfrenta la voluntad humana con la de Dios, se produce el pecado. Si no hubiera desobediencia no habría pecado.

(ii) Una vez que ha cometido un pecado, el ser humano despliega una habilidad extraordinaria para justificarse. Aquí tenemos un razonamiento que se presenta con frecuencia en el pensamiento religioso: el de que el pecado le da a Dios la oportunidad de demostrar al mismo tiempo su justicia y su misericordia, y es por tanto una cosa buena. Es un razonamiento tergiversado. Se podría decir-y, de hecho, sería el mismo razonamiento- que está bien el quebrantarle el corazón a una persona, porque así se le da la oportunidad de demostrar lo mucho que nos ama. Cuando uno peca, lo que necesita no es ingenio para justificarse, sino humildad para reconocerlo y arrepentirse.

Un mundo sin Cristo

-Entonces, ¿qué pasa? ¿Tenemos los judíos alguna ventaja? -¡Claro que no! Porque ya hemos acusado a todos los judíos y griegos de que están bajo el poder del pecado, como está escrito: «No hay nadie que sea justo, ni uno. Nadie se da por enterado. Nadie busca al Señor. Todos se han desviado, y se han echado a perder. No hay nadie que haga cosas buenas, ni uno. Tienen una boca que parece una tumba abierta. Cultivan el fraude con sus lenguas. Tienen veneno de víboras en los labios, y las bocas cargadas de maldiciones y hiel. Sus pies son rápidos para correr a cometer asesinatos. La destrucción y la desgracia están en sus caminos, pero ni conocen el camino de la paz. No tienen nunca el temor de Dios ante los ojos.

En el pasaje anterior Pablo insistía en que, a pesar de todo, los judíos ocupan una posición especial en el plan de Dios. No nos sorprende que entonces el objetor pregunte si eso quiere decir que los judíos les llevan ventaja a los demás pueblos. Y la respuesta de Pablo es que tanto los judíos como los gentiles, si están sin Cristo, están bajo el dominio del pecado. La frase griega que usa es muy sugestiva: hypo hamartían. En este sentido, hypo quiere decir en el poder de, bajo la autoridad de. En Mateo 8:9, el centurión dice: < Tengo soldados hypo emautón, por debajo de mí.» Es decir, a mis órdenes. Un escolar está hypo paidagógon, bajo la dirección del pedagogo, un esclavo al que se le ha confiado. En su estado natural, sin Cristo, el ser humano está bajo el control del pecado, y es incapaz de evadirse.

Hay otra palabra interesante en este pasaje, la del versículo 12, que hemos traducido «se han echado a perder.» La palabra griega es ajeiroó, que quiere decir literalmente dejar inútil. Se usa en relación con la leche que se ha estropeado. La naturaleza humana sin Cristo es una cosa corrompida e inútil.

Pablo hace aquí lo que solían hacer los rabinos. En los versículos 10-18 ensarta una serie de textos del Antiguo Testamento, no citándolos literalmente sino de memoria; incluye versículos de los Salmos 14:1-3; 5: 9; 140: 3; 10:7; Isaías 59:7s, y Salmo 36:1. Era frecuente en la predicación de los rabinos el ensartar textos así. Lo llamaban jaraz, que quería decir precisamente eso: ensartar perlas.

Es una descripción terrible de la naturaleza humana en su estado sin Cristo. Vaughan señala que estos textos del Antiguo Testamento describen tres cosas:

(a) El carácter cuyas notas distintivas son la ignorancia, la indiferencia, la tortuosidad y la inutilidad.

(b) La lengua que se caracteriza por sus cualidades destructivas, mentirosas y maliciosas. (c) La conducta que se manifiesta en la opresión, la injuria, la implacabilidad. Estos son los resultados de no tener en cuenta a Dios.

Nadie ha visto tan claramente como Pablo la maldad de la naturaleza humana; pero advertimos que esto no era para él una llamada a la desesperación, sino un desafío a la esperanza. Cuando decimos que Pablo creía en el pecado original y en la depravación de la naturaleza humana no debemos concluir que desesperara de la naturaleza humana ni que la mirara con un desprecio cínico. Una vez, cuando William Jay de Bath ya era anciano, dijo: «Me va fallando la memoria; pero hay dos cosas de las que no me olvido nunca: Que soy un gran pecador, y que Jesucristo es un gran Salvador.»

Pablo nunca le quitaba importancia al pecado humano, ni grandeza al poder redentor de Jesucristo. Una vez, cuando el gran independiente de Lancashire William Roby era joven, estaba predicando en Malvem. Tenía tan poco éxito que estaba desanimado y a punto de dejar la obra, cuando recibió una reprensión en sazón de un cierto señor Moody, que le preguntó: «Entonces, ¿es que son demasiado malos para salvarse?» El desafío le hizo volver a William Roby a la labor. Pablo creía que la gente sin Cristo era mala, pero no demasiado mala para salvarse. Estaba convencido de que lo que Cristo había hecho por él lo podía hacer por cualquier otro.

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