Pero la experiencia humana era que un sacrificio animal no podía producir ese efecto. «A Ti no Te complacen los sacrificios; si yo Te ofreciera holocaustos, a Ti no Te agradaría» (Salmo 51:16). «¿Con qué me presentaré al Señor, y daré culto al Dios Altísimo? ¿Con holocaustos, con becerros de un año? ¿Le agradarán al Señor millares de carneros, o miríadas de arroyos de aceite? ¿Tendré que dar mi primogénito en compensación por mi transgresión, o el fruto de mis entrañas para expiar el pecado de mi alma?» (Miqueas 6:6s). Los hombres sabían instintivamente que, una vez que habían pecado, toda la parafernalia de los sacrificios terrenales no podría arreglar las cosas.
Por eso dice Pablo: «Jesucristo, con su vida de obediencia y su muerte por amor, Le ofreció a Dios el único sacrificio que puede expiar el pecado real y verdaderamente.» E insiste en que lo que sucedió en la Cruz nos abre la puerta para que volvamos a estar en la debida relación con Dios, cosa que no puede hacer ningún otro sacrificio.
(iii) Pablo pone el ejemplo de la esclavitud. Habla de la liberación que ha obrado Jesucristo. La palabra apolytrósis significa rescate, redención, liberación. Esto quiere decir que la humanidad estaba en poder del pecado, y Jesucristo es el único que la podía libertar.
Por último, Pablo dice que Dios hizo todo esto porque es justo, y acepta como justo al que cree en Jesús. Es lo más sorprendente que se puede decir jamás. Bengel lo llamaba « la suprema paradoja del Evangelio.» Pensemos un poco: quiere decir que Dios es justo, y que acepta al pecador como si fuera justo. Lo natural habría sido decir: «Dios es justo; y, por tanto, condena al pecador como a un criminal.» Pero aquí tenemos la gran paradoja: Dios es justo, y, de alguna manera, con esa Gracia increíble, milagrosa, que Jesús vino a traer al mundo, acepta a los pecadores, no como criminales, sino como hijos a los que sigue amando a pesar de todo.
¿Qué es todo esto en esencia? ¿En qué consiste la diferencia entre esto y el antiguo sistema de la Ley? La diferencia fundamental es esta: que el método de la obediencia a la Ley se refiere a lo que el hombre puede hacer por sí mismo; mientras que el método de la Gracia consiste en lo que Dios ha hecho por él. Pablo hace hincapié en que nada que nosotros podamos hacer puede ganar el perdón de Dios; solamente lo que Dios ha hecho por nosotros puede ganarlo. Por tanto, el camino que conduce a la perfecta relación con Dios no es un intento agotador y desesperado para ganar el perdón de Dios por nuestra cuenta, sino la humilde y arrepentida aceptación del Amor y de la Gracia que Dios nos ofrece en Jesucristo.
El final del camino de los logros humanos
¿Dónde queda entonces la base de nuestra jactancia? Ha quedado completamente descartada. ¿Por qué clase de ley?
¿La que nos mandaba hacer obras para agradar a Dios? No, sino por medio de la ley que nos invita a poner nuestra fe en Jesucristo. Así es que, entonces, nos damos cuenta de que llegamos a la perfecta relación con Dios mediante la fe, y completamente aparte de las obras que mandaba la Ley. Porque, ¿es que Dios es sólo el Dios de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? ¡Pues claro que sí! Si, como es en verdad, no hay más que un Dios, Él es el Dios que traerá a los que están circuncidados a la perfecta relación con Él mediante la fe, y a los que no sabían nada de la circuncisión también mediante la fe. ¿Cancelamos entonces completamente toda ley mediante la fe? ¡De ninguna manera!, sino que confirmamos la Ley.
Pablo desarrolla aquí tres puntos.
(i) Si el camino a Dios es el de la fe y la aceptación, queda descartada toda presunción por méritos humanos. Había cierto tipo de religiosidad judía que pretendía llevar una cuenta de debe y haber con Dios, y el que la llevaba -naturalmente, el hombre- llegaba al convencimiento de que Dios estaba en deuda con él. Pablo partía de la base de que todos los seres humanos somos pecadores y estamos en deuda con Dios, y que nadie puede llegar por su propio esfuerzo a estar en paz con Dios; por tanto, no hay la menor base para estar satisfecho o presumir de ningún mérito propio. Y después de conocer a Cristo, «todo lo bueno que haya podido hacer no he sido yo sino la Gracia de Dios obrando en mí» (1 Corintios 15:10).
(ii) Pero un judío podría objetar: «Eso está muy bien para un gentil que no conoce la Ley; pero no para un judío que la conoce.» A eso Pablo contestaría con la frase que es la base del credo de Israel y con la que empiezan todas sus devociones privadas y públicas: «Oye, Israel: El SEÑOR nuestro Dios es el Unico Dios» (Deuteronomio 6:4). No hay un Dios para los judíos y otros para los gentiles. Dios no hay más que Uno. El camino a Dios es el mismo para judíos y gentiles; y no es el de los méritos humanos, sino el de la confianza y la aceptación creyente.
(iii) «Pero -podría decir el judío-, ¿quiere eso decir que la Ley no cuenta para nada?» Y podríamos esperar que Pablo contestara que sí; pero contesta: « No.» Dice que, por el contrario, lo que hace es dar más valor a la Ley. Lo que Pablo quiere decir es que, hasta ahora, los judíos han procurado ser buenos y cumplir los mandamientos porque le tenían miedo a Dios y les aterraba el castigo que les reportaría el quebrantar la Ley. Pero esa actitud ya no tiene la menor justificación, porque lo único que tiene ahora suprema importancia es el amor de Dios.

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Irisbelia Otero
Amén