Joya bíblica
Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Ve si hay en mí camino de perversidad y guíame por el camino eterno (Deuteronomio 139:23-24).
Ve si hay en mí camino de perversidad, lit. “camino de pesadumbre” o “camino dañino”. El salmista puede estar reclamando su inocencia frente a una acusación. Pero, parece que la oración va más profundo. Al pensar en el mal de los enemigos de Dios, el salmista reconoce su propia vieja naturaleza. Aun en un siervo de Dios, como era el salmista, puede quedar algo profundo que desagrada a Dios. La oración del salmista debe ser la nuestra siempre: Examíname… y conoce mis pensamientos… y guíame por el camino eterno. Este Salmo no deja ningún lugar para la hipocresía; nos desafía a ser humildes, francos y abiertos delante de Dios en todo momento.
Cristiano, ¿qué haces tú aquí?
En la Sagrada Escritura se encuentran páginas admirables y figuras grandiosas, que deben inspirarnos en nuestra vida de creyentes. Son héroes verdaderos; no son hombres ni mujeres perfectos, ni retratos idealizados; son hombres y mujeres de carne y hueso, sujetos a las mismas pasiones y necesidades espirituales que nosotros, hombres y mujeres creyentes del siglo XX.
Uno de estos héroes de la fe es el profeta Elías, prototipo de nuestra vocación (lat. vocatio, “llamada”), con sus arriesgadas experiencias y frecuentes cambios de ánimo, y su ejemplo es de gran importancia para nosotros, que vivimos en un tiempo de profunda crisis vocacional.
Elias ha llegado al monte Horeb. Amenazado de muerte por el rey y perseguido por la incredulidad de Israel, Elías se esconde en una cueva y desea morir, desvanecidos los grandes recuerdos de su sensacional victoria que obtuvo en la cumbre de otro monte, en el Carmelo, sobre más de 400 profetas de Baal; el enfrentamiento con el rey Acab; su oración en súplica de lluvia, y tantas otras experiencias poderosas. Es aquí donde Elías se encuentra con Dios. Y es aquí donde Dios le hace dos veces una pregunta penetrante: “¿Qué haces aquí, Elías?”
Entonces le habló Dios: “ Salmo fuera y ponte sobre el monte en presencia del Señor.” Y sobrevino una fuerte tormenta que desgarró los montes y cuarteó las peñas. Pero el Señor no estaba en la tormenta. Tras la tormenta vino un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terrmoto. Luego del terremoto cayeron rayos y fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego llegó el susurro de una suave brisa. Cuando Elías lo oyó escondió su rostro bajo el manto, y salió y se puso a la entrada de la cueva, y el Señor le dijo: “Anda y vuélvete por el mismo camino… Yo me reservaré en Israel siete mil varones, todas las rodillas que nunca se han doblado ante Baal y todas las bocas que no lo han besado.”
Las contradicciones de la sociedad en que vivimos tienden a crear dudas e inseguridad en los cristianos, terribles inhibiciones en el servicio al Señor, pavorosas huidas al desierto, agudizando la falta de objetivos concretos en la vida. ¿Dónde estamos nosotros? ¿Qué hacemos en nuestro particular monte Horeb?
