(ii) Pero el mayor campo de persecución era, de hecho, el político. Pensemos en la situación. El imperio romano abarcaba a casi todo el mundo conocido, desde las Islas Británicas hasta el Éufrates, y desde Alemania hasta el Norte de África. ¿Cómo podía amasarse hasta cierto punto una amalgama tan vasta de pueblos? ¿Qué principio unificador se podía encontrar? En un principio se encontró en el culto de la diosa Roma, el espíritu de Roma. Este era un culto que los pueblos de las provincias daban de buena voluntad, porque Roma les había traído paz y buen gobierno, orden y justicia. Se limpiaron las carreteras de bandidos y los mares de piratas; los déspotas y tiranos fueron desterrados por la imparcial justicia romana. La gente de las provincias estaba muy dispuesta a ofrecer sacrificios al espíritu del Imperio que había hecho tanto por ella.
Pero del culto de Roma se pasó a otro objeto. Había un hombre que era la personificación del imperio romano, en quien podría decirse que Roma se encarnaba, y ese hombre era el emperador; así es que llegó a considerársele un dios, y se le empezaron a dar honores divinos y a levantarse templos a su divinidad. No fue el gobierno romano el que inició este culto; de hecho, en su principio, hizo todo lo posible para desanimarlo. El emperador Claudio, decía que lamentaba que se le dieran honores divinos a cualquier ser humano. Pero, con el paso de los años, el gobierno romano vio en el culto al emperador la única práctica que podía unificar el vasto imperio romano; ahí había un centro en el que se podían reunir todos sus habitantes. Así es que acabó por, no sólo aceptar, sino imponer el culto al emperador.
Una vez al año, todas las personas tenían que presentarse y quemar una pizca de incienso a la divinidad del césar y decir: «César es señor.» Y eso era precisamente lo que los cristianos se negaban a hacer. Para ellos, Jesucristo era el único Señor, y no le darían a ningún ser humano ese título que pertenecía exclusivamente a Cristo. Está claro que el culto al césar era una prueba de lealtad política más que ninguna otra cosa. De hecho, cuando un hombre había quemado su pizquita de incienso y repetido la fórmula, recibía un certificado, un libellus, de que lo había hecho, y luego podía ir y dar culto a cualquier dios, siempre que no fuera contra la decencia y el orden público. Los cristianos se negaron a someterse. A1 enfrentarse con el dilema «César o Cristo» no vacilaban en su elección: sólo Cristo. Se negaban en redondo a una componenda. El resultado era que, por muy bueno que fuera el hombre, aunque fuera un ciudadano excelente, quedaba fuera de la ley automáticamente.
En el vasto imperio romano no se podían tolerar bloques de desafectos, y eso era exactamente lo que las autoridades romanas consideraban ser las congregaciones cristianas. Un poeta ha hablado de «El agobiado, acurrucado rebañito cuyo crimen era Cristo.» El único crimen de los cristianos era que colocaban a Cristo por encima del césar; y por esa suprema lealtad murieron los cristianos a millares y arrostraron la tortura por causa de la exclusiva supremacía de Jesucristo.
Cuando vemos cómo surgió la persecución, estamos en posición de ver la verdadera gloria del sendero de los mártires. Puede que nos parezca extraordinario el hablar de la bienaventuranza de los perseguidos; pero para los que tengan ojos para ver más allá del presente inmediato, y una mente capaz de comprender la grandeza de las cuestiones implicadas, tiene que haber habido gloria en el sendero ensangrentado.
(i) El tener que sufrir persecución era una oportunidad de demostrar la fidelidad a Jesucristo. Uno de los mártires más famosos fue Policarpo, el anciano obispo de Esmirna. El populacho le arrastró al tribunal del magistrado romano. Se le presentó la disyuntiva de costumbre: ofrecer sacrificio a la divinidad del césar o morir. «Ochenta y seis años -fue su respuesta inmortal- he servido a Cristo, y jamás me ha hecho ningún mal. ¿Cómo voy a blasfemar a mi Rey, Que me salvó?» Así es que le llevaron al patíbulo, donde él hizo su última oración: « ¡Oh Señor Dios todopoderoso, Padre de Tu muy amado y siempre bendito Hijo, por medio de Quien hemos recibido Tu conocimiento… Te doy gracias por considerarme digno en Tu gracia de este día y hora.» Se le había concedido la oportunidad suprema de demostrar su lealtad a Jesucristo.
En la 1 Guerra Mundial, el poeta Rupert Brooke fue uno de los que murieron demasiado jóvenes. Antes de salir al combate, escribió: «Gloria sea a Dios, que nos ha tenido por dignos de esta hora.» Muchos de nosotros puede que no hayamos hecho nunca en nuestra vida nada que pudiera considerarse un verdadero sacrificio por Jesucristo. El momento en que parece probable que el Cristianismo nos cueste algo es el momento cuando tenemos la posibilidad de demostrar nuestra lealtad a Jesucristo de una manera que otros puedan ver. El tener que sufrir persecución es, como dijo el mismo Jesús, recorrer el mismo camino que recorrieron los profetas, y los santos, y los mártires. El sufrir por lo justo es ganarse un puesto en una gran sucesión.
La persona que tiene que sufrir algo por su fe puede levantar bien alta la cabeza y decir «Hermanos, vamos marchando por la senda que abrieron los santos.»
(iii) Tener que sufrir persecución es participar en una gran ocasión. Siempre resulta emocionante aunque sólo sea estar presente en las grandes ocasiones, el estar allí cuando algo memorable y crucial está teniendo lugar. Pero hay una emoción todavía mayor en tomar parte, aunque sea pequeña, en el acontecimiento. Ese era el sentimiento acerca del cual escribió Shakespeare un pasaje inolvidable de su Enrique V, en las palabra que puso en boca del rey antes de la batalla de Agincourt: «EL que viva este día y llegue a la vejez festejará a los suyos de este día la víspera, porque dirá: ‹Mañana es día de san Crispín›.» Mostrará remangado todas sus cicatrices, y dirá: «Estas heridas obtuve en san Crispín.» Caballeros ingleses que ahora están en la cama se tendrán por malditos porque aquí no estuvieron, y los tendrán por menos siempre que alguno hable que luchó con nosotros el día de san Crispín.»
Cuando uno es llamado a sufrir algo por el Evangelio, ese es siempre un momento crucial. Es la gran ocasión; es la colisión entre el mundo y Cristo; es un momento del drama de la eternidad. Tener un papel en tal escena no es un castigo, sino una gloria. «Alegraos de ese momento -dice Jesús- y estad contentos.» La palabra para estar contentos es el verbo griego agalliasthai, que procede de dos palabras que quieren decir dar un salto extraordinario. Es un gozo como para saltar de alegría. Como se ha dicho acertadamente, es el gozo del escalador que ha alcanzado la cima, y que salta de alegría porque ha conquistado la montaña.
(iv) Sufrir persecución es ponérselo más fácil a los que vendrán detrás: Hoy disfrutamos la bendición de la libertad gracias a las personas que estuvieron dispuestas a pagar por ella sangre, sudor y lágrimas. Nos lo pusieron más fácil; y mediante un firme e inalterable testimonio de Cristo nosotros también se lo pondremos más fácil a los que vengan detrás.
En la construcción del gran pantano de Hoover en América hubo hombres que perdieron la vida en aquel proyecto que había de volver una región polvorienta en tierra fértil. Cuando se completaron las obras, se pusieron los nombres de los que habían muerto en la empresa en una lápida que se colocó en el gran muro del pantano, con esta inscripción: «Estos murieron para que el desierto se regocijara y floreciera como la rosa.»
El que pelea la batalla por Cristo siempre hará las cosas más fáciles para los que vengan detrás. Para ellos habrá un obstáculo menos que superar en el camino.
(v) Además, otra cosa: no hay nadie que sufra persecución en solitario. Si un cristiano es llamado a sufrir pérdidas materiales, el fallo de los amigos, calumnia, soledad, hasta la muerte por amor, por sus principios… no se encontrará solo. Cristo estará más cerca de él que en ninguna otra situación de su vida.
La antigua historia del libro de Daniel nos cuenta que echaron en el horno, ardiente siete veces más de lo corriente, a Sadrac, Mesac y Abednego por no ceder en su lealtad a Dios. Los consejeros observaban. «¿No echaron al fuego a tres hombres atados? -preguntó el rey; y exclamó:- ¡Pues yo veo a cuatro, desatados, paseándose en medio del fuego, y no les ha pasado nada; y el aspecto del cuarto es de hijo de los dioses!» (Daniel 3:19-25).
Como dice Browning en Christmas Eve and Easter Day -Nochebuena y el Día de Resurrección- , poniendo estar palabras en boca de un mártir cristiano de las catacumbas: Nací débil, y no teniendo nada, un pobre esclavo; pero la miseria no podía guardarnos de la envidia del César a los que Dios había dado en Su gracia la perla de gran precio. Por tanto, con las fieras en el circo luché dos veces, y otras tres sus leyes crueles sobre mis hijos se ensañaron. Pero, por fin, mi libertad obtuve, aunque tardaron en quemarme vivo. Entonces una Mano descendió, y sacando mi alma de las llamas la condujo de Cristo a la presencia, a Quien ahora veo en plena gloria. Mi hermano Sergio es el que ha escrito en la pared este mi testimonio. En cuanto a mí, ya lo he olvidado todo.
Cuando un cristiano tiene que sufrir algo por su fe, es entonces cuando se encuentra en la más íntima compañía posible con Cristo. Sólo nos queda por hacer una pregunta: ¿Por qué es esta persecución tan inevitable? Lo es porque la Iglesia, cuando es realmente la Iglesia, no tiene más remedio que ser la conciencia de la nación y de la sociedad. La Iglesia debe alabar lo bueno; pero debe igualmente condenar lo malo, y se hará todo lo posible para silenciar la molesta voz de la conciencia. No es el deber del cristiano individual el descubrir las faltas, criticar y condenar; pero bien puede ser que su misma actitud y conducta sea una condena tácita de las vidas de los no cristianos, y él no podrá escapar a su odio.
No es probable que nos espere la muerte por nuestra lealtad a la fe cristiana; pero los insultos le esperan siempre al que es fiel al honor cristiano. Las burlas le esperan al que practica el amor y el perdón cristiano. Puede que al cristiano le espere una persecución real en la industria si insiste en cumplir fielmente con su trabajo diario. Cristo sigue necesitando Sus testigos; Necesita personas que estén dispuestas, no sólo a morir por Él, sino también a vivir por Él. La contienda cristiana y la gloria cristiana siguen existiendo como entonces.
El Sermón de la Llanura de Lucas se corresponde con el Sermón del Monte de Mateo (Mateo, capítulos 5 al 7). Los dos empiezan con una serie de bienaventuranzas. Hay algunas diferencias entre las versiones de Mateo y de Lucas, pero una cosa está clara: son una serie de bombas. Puede ser que las hayamos leído tantas veces que nos hemos olvidado de lo revolucionarias que son. Son completamente diferentes de las leyes que propondría un filósofo o un sabio típico. Cada una de ellas es un desafío. Como dijo Deissmann, «se pronunciaron en una atmósfera electrificada. No eran tranquilas estrellitas, sino descargas de relámpagos seguidos de truenos de sorpresa y sobrecogimiento.» Toman los patrones que todo el mundo acepta, y los ponen boca abajo. Los que Jesús llama afortunados son los que el mundo considera desgraciados, y los que Jesús llama desgraciados son los que el mundo considera afortunados. Figuraos que alguien dijera: « ¡Felices los pobres!» y «¡Pobres de los ricos!» Iría contra toda la escala de valores del mundo. ¿Dónde está la clave de todo esto? En el versículo que dice Jesús: «¡Pero, ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis todo lo bueno que vais a tener!» La palabra que usa Jesús para tener es la que se usa para saldar una cuenta. Lo que quiere decir es: «Si te propones y aplicas todas tus energías a obtener las cosas que valora el mundo, puede que las obtengas, pero eso es todo lo que vas a sacar.» Pero si, por el contrario, te propones y aplicas todas tus energías a ser totalmente leal a Dios y fiel a Cristo, te encontrarás con muchos problemas; a los ojos del mundo serás un desgraciado, pero no te perderás la mejor recompensa, que será la felicidad eterna.
Nos encontramos frente a frente con una decisión que empieza en la infancia y que no termina hasta el final de la vida. ¿Vas a escoger el camino fácil que produce un placer y un provecho inmediatos, o vas a escoger el camino difícil que produce trabajos y hasta sufrimiento a veces? ¿Quieres asir el placer y el provecho momentáneo, o estás dispuesto a fijar tu mirada más allá, y a sacrificarlos por un bien mayor? ¿Te vas a concentrar en las recompensas del mundo, o en Cristo? Si sigues el camino del mundo, tienes que abandonar los valores de Cristo; y si emprendes el camino de Cristo, tienes que abandonar los valores del mundo. Jesús no tenía la menor duda acerca de cuál conducía a la felicidad. F. R. Matby decía: «Jesús les prometió a sus discípulos tres cosas: que no le tendrían miedo absolutamente a nada; que serían felices a tope, y que siempre tendrían problemas.» G. K. Chesterton, cuyos principios siempre le estaban metiendo en líos, dijo una vez: «Me encanta meterme en aguas turbulentas. ¡Sale uno limpio!» Jesús enseña que la felicidad del Cielo compensará con creces los problemas de la Tierra. Como decía Pablo: «La ligera aflicción momentánea sirve para prepararnos una gloria consistente y eterna que no admite comparación» (2 Corintios 4:17).
El desafío de las bienaventuranzas es: ¿Quieres ser feliz a la manera del mundo, o a la manera de Cristo?
La regla de oro
Y a vosotros los que me prestáis atención, os digo: Amad hasta a vuestros enemigos, haced el bien hasta a los que os quieren mal, hablad bien de los que hablan mal de vosotros, pedidle a Dios por los que os calumnian. Si alguien te da una bofetada, ofrécele la otra mejilla. Si alguien te quiere quitar la camisa no te resistas a que te quite también la chaqueta. Si alguien te pide algo, dáselo, y al que te quite lo que es tuyo no le reclames que te lo devuelva. Trata a los demás como querrías que te trataran a ti. No amar nada más que a los que nos aman no tiene ninguna gracia; eso lo hacen hasta los más pecadores del mundo. Portarse bien con los que se portan bien con uno no tiene ninguna gracia; eso lo hacen hasta los más pecadores del mundo. Prestar ayuda a los que esperamos que nos la devuelvan no tiene ninguna gracia; los pecadores también les prestan a los pecadores cuando están seguros de que se lo van a devolver. Tenéis que amar hasta a vuestros enemigos; tenéis que ser amables con ellos; tenéis que prestar ayuda sin esperar que os la devuelvan. Si así lo hacéis recibiréis una generosa recompensa y seréis como el Altísimo, que es amable hasta con los desagradecidos y mezquinos. Debéis mostraros misericordiosos como vuestro Padre, que es misericordioso. No vayáis por ahí criticando a los demás, y no os criticarán tampoco a vosotros. No vayáis por ahí condenando a los demás, y no lo harán ellos con vosotros. Perdonad, y os perdonarán. Sed generosos, y veréis que los demás lo son con vosotros. Buena medida, apretada, sacudida y rebosante os echarán en la bolsa; porque con la medida que uséis con los demás os despacharán ellos a vosotros.
No hay mandamiento de Jesús que haya causado tanta discusión y polémica como el de amar a nuestros enemigos. Antes de cumplirlo tenemos que ser capaces de entenderlo. En griego hay tres palabras que se traducen por amar. Una de ellas es eran, que se refiere al amor apasionado de un hombre por una mujer. Está filein, que describe el amor a los nuestros, el cálido afecto del corazón. Ninguna de estas palabras es la que se usa aquí, sino agapan, que requiere todo un párrafo para traducirla. Agapan describe un sentimiento activo de benevolencia hacia otra persona; quiere decir que, no importa lo que esa persona nos haga, nunca nos permitiremos desearle más que lo mejor; y nos propondremos hacer todo lo posible para ser amables y buenos con ella. Una cosa se desprende de esto. El amor que les tenemos a nuestros seres queridos es algo que no podemos evitar. Hablamos de enamorarnos como de algo que nos sucede. Pero este amor a nuestros enemigos no es algo sólo del corazón, sino también de la voluntad. Es algo que por la gracia de Cristo podemos desear tener. Este pasaje contiene dos grandes hechos de ética cristiana.
(i) La ética cristiana es positiva. No consiste tanto en no hacer cosas, sino en hacerlas. Jesús nos ha dado la Regla de Oro que nos manda hacer a los demás lo que quisiéramos que ellos nos hicieran a nosotros. Esta regla aparece en muchos escritores de muchos credos, pero en la forma negativa.
Cierto hombre le pidió a Hillel, uno de los más grandes rabinos judíos, que le enseñara toda la ley en el tiempo que él pudiera mantenerse sobre una sola pierna. Y Hillel le contestó: «Lo que no quieras para ti, no se lo hagas a otro. Esa es toda la ley, y lo demás es comentario.» Filón, el gran filósofo judío de Alejandría, dijo: «Lo que no te gustaría sufrir, no se lo hagas a nadie.» El orador griego Sócrates, dijo: «Las cosas que te enfadan sufrir a manos de otros, no se las hagas tú a ellos.» Una de las reglas básicas de los estoicos era: «Lo que no quieres que te hagan a ti, no se lo hagas a otros.» Una vez le preguntaron a Confucio: « ¿Hay alguna palabra que le pueda servir a uno de regla de conducta para toda la vida?» Y él respondió: « ¿No crees que esa palabra podría ser «Reciprocidad»? Lo que no quieres que te hagan, no se lo hagas a nadie.» Todas estas formulaciones son negativas. No es excesivamente difícil guardarnos de tales acciones; pero es una cosa muy distinta el apartarnos de nuestro camino para hacerles a los demás lo que quisiéramos que nos hicieran a nosotros. La verdadera esencia de la conducta cristiana consiste, no en abstenernos de cosas malas, sino en hacer cosas buenas.
(ii) La ética cristiana se basa en la gracia. Jesús describe las maneras normales de la conducta sensata, y las califica diciendo que «eso no tiene ninguna gracia». A menudo la gente pretende ser tan buena como los demás. Es probable que lo sea; pero la pregunta de Jesús es: «¿Cuánto mejor eres tú que la mayoría?» No es con los prójimos con los que nos tenemos que comparar; así tal vez mereceríamos el aprobado; es con Dios con quien nos tenemos que comparar, y ahí no merecemos más que el suspenso.
(iii) ¿Cuál es la razón suprema de la conducta cristiana? Que nos hace semejantes a Dios, porque así es como Él actúa. Dios les manda su lluvia a los justos y a los injustos; es bueno con el que le produce alegría, lo mismo que con el que le hiere el corazón. El amor de Dios abraza por igual al santo y al pecador. Ese es el amor que debemos imitar; si de veras procuramos todo lo mejor hasta para nuestros enemigos, seremos de veras hijos de Dios. Lucas 8:38 contiene una frase extraña en la versión Reina-Valera: «Darán en vuestro regazo.» Den a otros, y Dios les dará a ustedes. Les dará en su bolsa una medida buena, apretada, sacudida y repleta. Con la misma medida con que ustedes den a otros, Dios les devolverá a ustedes.
Los judíos llevaban una ropa larga hasta los pies, sujeta con un cinturón. La ropa se podía remangar un poco por debajo del cinturón formando como una bolsa donde se podían llevar cosas. Como esto ya no se usa, lo hemos traducido más a la moderna: «os echarán en la bolsa.»
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