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Tito 2: El carácter cristiano

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El obrero cristiano

Incúlcales a los esclavos el deber de obedecer a sus amos. Impúlsalos a hacer lo posible por dar satisfacción en todas sus tareas, sin discutir, sin sisar, sino desplegando una fidelidad total con corazones de buena voluntad, aprovechando todas las oportunidades para adornar la enseñanza que les ha confiado Dios nuestro Salvador. En la Iglesia Primitiva, el problema del esclavo cristiano era muy agudo. Se presentaba en dos sentidos.

Si el amo era pagano, la responsabilidad que se le imponía al esclavo era muy grave, porque probablemente sería solo por medio de su conducta como el amo podría llegar alguna vez a saber lo que era el Cristianismo. El esclavo tenía la tarea de mostrarle al amo cómo era un cristiano; y esa responsabilidad todavía sigue recayendo sobre el obrero cristiano. Hay muchas personas que probablemente nunca pisan voluntariamente el umbral de una iglesia; un pastor no tiene oportunidad de hablar con ellos: ¿Cómo puede el Evangelio establecer contacto con ellos? La única manera posible es que un compañero de trabajo les muestre lo que es el Cristianismo. Hay una historia famosa de san Francisco. Un día le dijo a uno de sus frailes jóvenes: «Bajemos a lá aldea a predicarle a la gente.» Y bajaron. Pararon para hablar con uno y con otro. Pidieron un mendrugo de pan en esta puerta y en la de más allá. Francisco se detuvo para jugar con los niños, y cruzaron un saludo con algunos viandantes. Y luego se volvieron a casa. «Pero, padre -dijo el novicio-, ¿cuándo vamos a predicar?» «¿Predicar? -sonrió Francisco-. Cada paso que hemos dado, cada palabra que hemos dicho, cada cosa que hemos hecho ha sido un sermón.»

El problema tenía otra cara. Si el amo era cristiano, al esclavo le asaltaba otra tentación: la de sacarle partido a su cristianismo. Podría pensar que, como él era cristiano, podría esperar algunas ventajas. Podría esperar salirse con la suya en ciertos casos ya que su amo y él eran miembros de la misma iglesia. Tendría la tentación de comerciar con su cristianismo -y no hay peor publicidad para el Cristianismo que el que alguien haga eso. Pablo lista las cualidades del esclavo, es decir, del obrero cristiano.

Es obediente. El cristiano no es nunca una persona que está por encima de recibir órdenes. Su Cristianismo le enseña a servir. Es eficiente. Está decidido a cumplir con su deber de manera satisfactoria. El empleado cristiano no puede nunca contribuir con menos de lo mejor a cualquier tarea que se le encargue. Es respetuoso. No piensa que su Cristianismo le da derecho a ser indisciplinado. El Cristianismo no borra los esquemas necesarios de autoridad en el mundo de la industria y el comercio. Es honrado. Otros puede que se rebajen a las trampas de las que el mundo está lleno. Tiene las manos limpias. Es fiel. Su superior puede depender de su lealtad.

Bien puede suceder que el que lleva su Cristianismo al trabajo se meta en problemas; pero, si lo mantiene, acabará por ganarse el respeto de todos.

E. F. Brown cuenta una cosa que sucedió en la India. «A un siervo cristiano en la India le mandó una vez su amo con un mensaje verbal que él sabía que no era cierto. Se negó a comunicarlo. Aunque su amo se puso furioso entonces, a partir de entonces respetó a su siervo más que antes, porque se convenció de que siempre podía confiar en él.»

La verdad es que a fin de cuentas el mundo llega a ver que el obrero cristiano es el que más vale la pena tener. En un sentido, es difícil ser cristiano en el trabajo; pero en otro, es más fácil de lo que pensamos, porque no hay amo bajo el sol que no esté buscando desesperadamente obreros de cuya honradez, lealtad y eficacia se pueda fiar.

El poder moral de la encarnación

Porque la gracia de Dios, que trae la Salvación a todos los seres humanos, se ha manifestado, discipulándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanales de cosas prohibidas, y a vivir en este mundo prudente, justa y reverentemente, porque esperamos anhelantes la realización de nuestra bendita esperanza -quiero decir la gloriosa aparición de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, Que Se dio a Sí mismo por nosotros para redimirnos del poder de toda injusticia, y purificarnos como pueblo especial de Su propiedad, un pueblo anhelante de hacer buenas obras.

Este es uno de los pasajes del Nuevo Testamento que nos presentan con mayor claridad el poder moral de la Encarnación. Hace hincapié supremamente en el milagro del cambio moral que Jesucristo puede realizar en los que ponen su confianza en Él. Este milagro se expresa aquí repetidamente de la manera más interesante y significativa. Isaías exhortó una vez a su pueblo: «Dejad de hacer lo malo, aprended a hacer el bien» (Isaías 1:16s). Primeramente está el lado negativo de la bondad: el abandonar lo que es malo y la liberación de todo lo que es bajo; y en segundo lugar el lado positivo: la adquisición de las virtudes luminosas que caracterizan la vida cristiana.

Primero, está la renuncia a toda impiedad y a los deseos mundanales. ¿Qué quería decir Pablo con esto de los deseos mundanales? Crisóstomo decía que las cosas mundanales son las que no podemos llevarnos al Cielo, sino que se desintegran con todo lo del mundo presente. Uno es muy miope si pone todo su corazón y aplica todo su esfuerzo a cosas que debe dejar atrás cuando salga de este mundo. Pero una interpretación aún más sencilla de los deseos mundanales es que son los de cosas que no podemos mostrarle a Dios. Solo Cristo puede hacer que no solo nuestra vida exterior sino también lo más íntimo de nuestro corazón lleguen a ser aptos para que Dios los vea con agrado.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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