Es debido a Su bondad. La palabra original es jréstótés, que quiere decir benignidad. Quiere decir ese espíritu que, por pura bondad, está siempre dispuesto a dar todo lo que sea necesario. Jréstótés es la amabilidad que todo lo abarca y abraza, que se manifiesta no solo en un sentimiento cálido sino también en una actitud siempre generosa.
Es debido al amor de Dios a los hombres. La palabra original es filanthrópía, que se define como el amor al ser humano en cuanto tal. Los griegos apreciaban mucho esta hermosa palabra. La usaban refiriéndose a la amabilidad de un hombre bueno hacia sus semejantes, a la generosidad de un rey bueno hacia sus súbditos, a la activa compasión de un hombre caritativo hacia los que estaban en cualquier angustia, y especialmente a la compasión que movía a un hombre a redimir a un semejante que había caído cautivo.
Detrás de todo esto no hay mérito alguno por parte del hombre, sino solo la benigna amabilidad y el amor universal del corazón de Dios.
(iii) El amor y la gracia de Dios se transmiten a la humanidad por medio de la Iglesia. Nos llegan a través del sacramento del Bautismo. Esto no es decir que no puedan venir de otra manera, porque Dios no Se encuentra limitado por Sus sacramentos; pero la puerta al amor y a la gracia siempre está abierta en Su Iglesia. Cuando pensamos en el Bautismo de los primeros días de la Iglesia debemos recordar que los que eran bautizados eran hombres y mujeres hechos y derechos que llegaban directamente del paganismo. Dejaban deliberadamente una forma de vida para asumir otra. Cuando Pablo escribe a la iglesia corintia dice: «Ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados» (1Corintios 6: Il ). En la carta a los efesios les dice que Jesucristo tomó por Esposa a la Iglesia «para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la Palabra» (Efesios 5:26). En el Bautismo venía el poder purificador, recreador, de Dios.
En relación con esto Pablo usa dos palabras. Habla del nuevo nacimiento (palinguenesía). Aquí tenemos una palabra que tenía muchas asociaciones. Cuando se recibía un prosélito en la comunidad judía, después de ser bautizado se le trataba como si fuera un bebé. Era como si acabara de nacer otra vez, y la vida empezara para él de nuevo. Los pitagóricos usaban esta palabra frecuentemente. Creían en la reencarnación, en que los hombres vuelven a la vida de muchas maneras hasta que son aptos para ser liberados. Cada retorno era un nuevo nacimiento. Los estoicos también usaban esta palabra. Creían que el mundo se destruía en una gran conflagración cada tres mil años para renacer después de nuevo, un mundo nuevo. Cuando se entraba en las religiones misteriosas se decía que se había «nacido de nuevo para la eternidad.» Lo importante es que cuando uno acepta a Cristo como Salvador y Señor, la verdadera vida empieza para él. Hay una calidad nueva en la vida que solo se puede expresar diciendo que se ha experimentado un nuevo y superior nacimiento.
Habla de una renovación. Es como si la vida estuviera desgastada; y, cuando una persona descubre a Cristo, tiene lugar un acto de renovación, que no se consuma en un momento de tiempo sino que se repite cada día.
Causa y efecto
(iv) El amor y la gracia de Dios se transmiten a la humanidad por medio de la Iglesia, porque en ella actúa todo el poder del Espíritu Santo. Toda la obra de la Iglesia, todas sus palabras, todos sus sacramentos serían inoperantes si no fuera por el poder del Espíritu Santo. Por muy excelentemente que esté organizada una iglesia, por muy espléndidas que sean sus ceremonias, por muy hermosos que sean sus edificios, todo sería ineficaz sin ese poder. La lección está clara. El avivamiento no viene a la Iglesia de una creciente eficacia en la organización, sino de esperar en Dios. No es que la eficacia no sea necesaria; pero no hay eficacia que pueda insuflar vida en un cuerpo del que se ha apartado el Espíritu.
(v) El efecto de todo esto es triple. Trae el perdón de los pecados pasados. En Su misericordia, Dios no nos los tiene en cuenta. Una vez había un hombre lamentándole lúgubremente sus pecados a Agustín. « ¡Pero, hombre -le dijo Agustín-, deja ya de contemplar tus pecados, y pon tu mirada en Dios!» No es que uno no deba estar arrepentido de sus pecados toda su vida, sino que su mismo recuerdo debería moverle a maravillarse de la misericordia perdonadora de Dios.
(vi) El efecto es también la vida presente. El Cristianismo no limita su oferta a las bendiciones del mundo venidero; ofrece a cada cual aquí y ahora una vida de una calidad que no había conocido antes. Cuando Cristo entra en la vida, empieza a vivir de veras por primera vez.
(vii) Por último, está la esperanza de cosas aún mayores. Los cristianos son personas para las que lo mejor está todavía por venir; saben que, por muy maravillosa que sea la vida presente con Cristo, la vida venidera lo será incalculablemente más. Los cristianos conocen la maravilla de que sus pecados hayan sido perdonados, la emoción de la vida presente con Cristo, y la esperanza de una vida más plena por venir.
La necesidad de la acción y el peligro de la discusión
Este es un hecho que estamos abocados a creer y quiero que sigas afirmando estas cosas-: que los que han puesto su fe en Dios deben pensar y planificar cómo practicar las buenas obras. Estas son cosas hermosas y útiles a las personas.
Pero no tengas nada que ver con las especulaciones estúpidas y las genealogías y las peleas contenciosas y legalistas, porque no le hacen bien a nadie ni sirven para nada práctico. Evita al contencioso y testarudo después de advertírselo una o dos veces; porque debes darte buena cuenta de que se trata de una persona pervertida que no es más que un pecador autocondenado.
