Es importante notar en Zacarías el papel que desempeña el Espíritu. En este capítulo, como en el capítulo 4, hace referencia al ministerio del Espíritu en dos puntos doctrinales que están respaldados por la enseñanza neotestamentaria. En el capítulo 4 la enseñanza es respecto al poder del Espíritu; el pueblo no debía confiar en ninguna fuerza humana o poderío militar; su dependencia debía ser exclusivamente del poder del Espíritu de Jehová.
Antes de su ascensión, el Señor Jesucristo enseñó que su iglesia debía depender del poder del Espíritu para cumplir con la misión que le estaba encomendando. El apóstol Pedro, en su segunda carta, dice que los profetas hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo. Esta es otra de las enseñanzas del profeta Zacarías. Los antiguos profetas recibieron la palabra de Jehová bajo la influencia del Espíritu; por lo tanto predicaron la palabra con convicción y poder. Sin embargo, el pueblo endureció su corazón, con la dureza como de un diamante, para no oír. Fue una actitud de rebeldía, pecaron con conocimiento y voluntad haciendo todo lo contrario a lo que Dios les pedía.
El castigo no se hizo esperar: la ira de Dios se desencadenó, y el pueblo sufrió un cautiverio de 70 años. La tierra de promisión siempre ha tenido tiempos efímeros de paz; la invasión y las guerras han sido los males que persiguen al pueblo judío por causa de su rebeldía. Lo mismo les ocurrió cuando cayó Samaria en el año 722 a. de J.C.; los judíos fueron constantemente hostigados hasta la caída de Jerusalén en el año 587 a. de J.C.
En el cautiverio ellos alzaron su voz en oración, pero Jehová no los escuchó, no atendió a la oración, y la tierra de las delicias fue convertida en tierra de desolación. Triste condición fue ver la tierra de promisión convertida en tierra de desesperación; en vez de leche y miel eran hiel y amargura. Más tarde, cuando Nehemías supo de la desgracia de Jerusalén, se sentó, lloró e hizo duelo por Jerusalén, la ciudad santa.
