Así erais vosotros
¿Es que no os dais cuenta de que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis, que ni los promiscuos, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los sensuales, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los estafadores ni los rapaces van a heredar el Reino de Dios. Y eso es lo que erais algunos de vosotros; pero, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios, ya estáis lavados, y consagrados, y en la debida relación con Dios.
Pablo se arranca con un terrible catálogo de pecados, que son un cuadro tenebroso de la civilización corrompida en medio de la cual estaba creciendo la iglesia corintia. Hay algunas cosas de las que no le gusta hablar a nadie; pero tendremos que fijarnos un poco en este catálogo para entender el entorno de la iglesia cristiana primitiva, y ver que la naturaleza humana no ha cambiado tanto después de todo.
Estaban los promiscuos y los adúlteros. Ya hemos visto que el libertinaje sexual era parte del trasfondo de la vida pagana, y que la virtud de la castidad era casi desconocida. La palabra para promiscuos es especialmente desagradable: quiere decir prostituto. Tiene que haber sido difícil ser cristiano en el ambiente pestilente de Corinto. También estaban los idólatras. El edificio más grandioso de Corinto era el templo de Afrodita, la diosa del amor, en el que florecían juntas la idolatría y la inmoralidad. La idolatría es un triste ejemplo de lo que sucede cuando tratamos de hacer más fácil la religión. Un ídolo no empezó siendo un dios, sino solamente un símbolo de un dios; su cometido era hacer más fácil el culto del dios proveyendo algún objeto en el que se localizaba o representaba la presencia del dios. Pero la gente empezó muy pronto a darle culto al ídolo mismo en vez de al dios que representaba. Es uno de los peligros crónicos de la vida este de dar culto al símbolo más bien que a la realidad que pueda haber detrás de él.
Estaban los sensuales. La palabra (malakós) designa a los que son amanerados y afeminados, que han perdido la virilidad y viven para los placeres rebuscados. Describe lo que podríamos llamar regodearse en el lujo en el que se ha perdido toda clase de resistencia al placer. Cuando Ulises y sus marineros llegaron a la isla de Circe se encontraron en una tierra en la que crecía la flor de loto, que hacía olvidarse de su patria y de su familia al que la comiera, y no desear otra cosa que el vivir toda la vida en aquella tierra « en la que siempre era la hora de la siesta.» Ya no sentían el ímpetu viril de «elevarse a la cresta de la ola turgente.» Esa era la clase de vida que apelaba a los sensuales.
Estaban los ladrones y los bandidos. Eran una maldición en el mundo antiguo. Era fácil minar las casas de entonces. Los rateros frecuentaban especialmente dos sitios: los gimnasios y los baños, donde robaban la ropa de los que se estaban bañando o ejercitando. Era corriente el raptar esclavos que tenían cualidades fuera de lo corriente. Las leyes dan señales de lo grave que era este problema. Había tres clases de robo que se castigaban con la pena de muerte:
(i) El de una cantidad de dinero superior a las 50 dracmas;
(ii) El de ropa que se sustrajera de los baños, gimnasios, puertos y playas que valiera más de 10 dracmas, y
(iii) El robo con nocturnidad. Los cristianos vivían en medio de aquella población acostumbrada al robo y al fraude indiscriminado.
Estaban los borrachos. La palabra que se usa aquí viene de una, methos, que quiere decir beber sin control. Hasta los niños pequeños bebían vino; el desayuno se llamaba akrátisma, y consistía en pan mojado en vino. El uso generalizado del vino se debía en parte a la inadecuada provisión de agua. Por lo general los griegos eran sobrios, porque bebían una mezcla de tres partes de vino por dos de agua. Pero en el lujoso Corinto abundaba el exceso incontrolado en la bebida.
Estaban los estafadores y los rapaces. Las dos palabras son interesantes. La palabra para estafadores es pleonéktés. Describe lo que los griegos definían como «el espíritu que siempre se esfuerza por conseguir más y apoderarse de lo que no le corresponde por derecho.» Es un apoderarse agresivo. No es el espíritu del avaro, porque procura obtener para gastar, para vivir con más lujos y placeres; y no le importa de quién aprovecharse con tal de obtener. La palabra que traducimos por rapaces es hárpax. Viene de codiciar. Es interesante que se usa de cierta clase de lobos, y también de los arpeos que se usaban para abordar barcos en las batallas navales. Es el espíritu que ansía con ferocidad salvaje cosas a las que no tiene derecho.
