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1 Corintios 6: La manía de los pleitos

La respuesta de Pablo es clara. El estómago y la comida son cosas temporales, y llegará el día en que dejen de existir. Pero el cuerpo, que representa a la personalidad, el ser humano en su conjunto, no está hecho para desaparecer, sino para estar unido a Cristo en este mundo y, aún más íntimamente, en el por venir. ¿Qué sucede cuando se comete fornicación? Que se le da el cuerpo a una prostituta, porque la Escritura dice que en el acto sexual dos personas llegan a ser un solo cuerpo (Génesis 2:24).

Es decir: un cuerpo que Le pertenece a Cristo por derecho propio se ha prostituido con otra persona.

Recordemos que Pablo no está escribiendo un tratado sistemático, sino predicando, conversando con el corazón inflamado y la lengua dispuesta a usar cualquier razonamiento que le venga a mano. Dice que, de todos los pecados, la fornicación es el que afecta al cuerpo y lo prostituye. Eso no es estrictamente cierto, porque lo mismo se podría decir del abuso del alcohol y de otras drogas. Pero Pablo no está escribiendo para obtener el aprobado en lógica, sino para salvar a los corintios en cuerpo y alma; por eso insiste en que otros pecados son externos a la persona, mientras que en el sexo indebido se peca contra el propio cuerpo, que está diseñado y destinado para la comunión con Cristo.

Y entonces hace una última llamada. Precisamente porque el Espíritu de Dios habita en nosotros, somos templo de Dios, y nuestros cuerpos son sagrados. Y más: Cristo murió para salvar, no sólo una parte de la persona, sino toda la persona humana, alma y cuerpo. Cristo dio Su vida para darnos un alma redimida y un cuerpo puro. Por esa razón, un cristiano no tiene un cuerpo para hacer con él lo que quiera, sino que ese cuerpo pertenece a Cristo; así que cada cual debe usarlo, no para satisfacer su concupiscencia, sino para la gloria de Cristo.

Aquí hay dos grandes pensamientos.

(i) Pablo insiste en que, aunque un cristiano es libre para actuar con independencia, no debe dejarse dominar por nada. El gran hecho de la fe cristiana es que nos hace libres, no para pecar, sino para no pecar. ¡Es tan fácil dejar que los hábitos nos esclavicen…! Pero la fuerza cristiana nos permite dominarlos. Cuando uno experimenta de veras el poder de Cristo llega a ser, no esclavo, sino dueño de su cuerpo. A menudo se dice: « Haré lo que me dé la gana,» cuando uno se refiere a un hábito o una pasión que le tiene esclavizado; es sólo cuando una persona tiene la fuerza de Cristo cuando puede decir de veras: « Haré lo que quiera,» y no: « Daré gusto a las cosas que me tienen en su poder.»

(ii) Pablo insiste en que no nos pertenecemos a nosotros mismos. No hay tal cosa en el mundo como una persona que se haya hecho a sí misma. El cristiano es uno que considera, no sus derechos, sino sus deberes. No puede hacer lo que quiera, sencillamente porque no se pertenece a sí mismo; sino que ha de hacer lo que Cristo quiera, porque para eso le compró al precio de Su sangre.

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