Hemos dejado para el final el pecado contra naturaleza: los homosexuales. Esta condición se había extendido como un cáncer por toda Grecia, y había invadido Roma. Apenas nos podemos dar cuenta de hasta qué punto había plagado el mundo antiguo. Hasta una persona tan elevada como Sócrates lo practicaba; el diálogo El banquete, de Platón, que ha originado la expresión «amor platónico», se refiere a esta clase de «amor». Catorce de los quince primeros césares practicaban este vicio contra naturaleza. Por aquel tiempo, Nerón era el emperador, y se había apoderado de un chico llamado Esporo, al que había castrado, y luego se había casado con él en una ceremonia completa de boda y le había conducido en procesión a su palacio para tenerle como «esposa». Con una aberración increíble, el mismo Nerón se había casado también con un tal Pitágoras, al que tenía por su «marido». Cuando eliminaron a Nerón y Otón ocupó su puesto, una de las primeras cosas que hizo fue tomar posesión de Esporo. Mucho más tarde, el nombre de Adriano estuvo involucrado con el del joven bitinio Antonous, con el que vivió inseparablemente y, cuando murió, le deificó y llenó el imperio de estatuas suyas e inmortalizó su pecado dándole su nombre a una estrella. Por lo que se refiere a este vicio, en los tiempos de la Iglesia Primitiva el mundo había perdido la vergüenza, lo que fue una de las causas principales de la degeneración y colapso final de su civilización. Después de este horrible catálogo de vicios, naturales y antinaturales, Pablo proclama el triunfo del Evangelio: « ¡Y eso es lo que erais algunos de vosotros!» La demostración del Cristianismo está en su poder para tomar la escoria de la humanidad y convertirla en seres humanos regenerados, para tomar gente que había perdido totalmente la vergüenza y hacerlos hijos de Dios.
Había en Corinto, y en todo el mundo, personas que eran pruebas del poder re-creador de Cristo.
El poder de Cristo sigue siendo el mismo. Una persona no puede cambiar; pero Cristo sí puede cambiarla. Hay un contraste alucinante entre las literaturas pagana y cristiana de aquel tiempo. Séneca, contemporáneo de Pablo, exclama que lo que la gente necesita «es que se les tienda una mano para sacarlos del cieno.» «Las personas -declaraba- son demoledoramente conscientes de su propia debilidad en las cosas necesarias.» «Los hombres aman sus vicios -decía con una especie de desesperación- y los odian al mismo tiempo.» Se llamaba a sí mismo homo non tolerabilis, alguien a quien no se podía aguantar. A este mundo, consciente de un diluvio de decadencia que no se podía parar, llegó el poder radiante del Evangelio, que era victoriosamente capaz de hacer todas las cosas nuevas.
Comprados por precio
Es verdad que todo me está permitido; pero no todo me conviene. Todo me está permitido, pero yo no me voy a dejar dominar por nada. La comida es para el estómago, y el estómago para la comida; pero Dios le ha establecido un límite a los dos. El cuerpo no se hizo para la promiscuidad, sino para el Señor, como el Señor es para el cuerpo. Dios resucitó al Señor, y nos resucitará a nosotros también por Su poder. ¿Es que no os dais cuenta de que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?¿Voy a trasplantar un miembro de Cristo para incorporarlo a una prostituta? ¿No os dais cuenta de que el que tiene comercio sexual con una prostituta forma un cuerpo con ella? Porque los dos, dice la Escritura, llegan a ser una sola carne. Pero el que se une con el Señor es un solo espíritu con Él. Poned el máximo empeño siempre en evitar la promiscuidad sexual. Los otros pecados que se cometen son externos al cuerpo; pero el que comete fornicación peca contra su propio cuerpo. ¿O no os habéis enterado de que vuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo que mora en vosotros, Que habéis recibido de Dios? Así que no os pertenecéis a vosotros mismos, porque habéis sido comprados mediante el pago de un precio; así que glorificad a Dios con vuestro cuerpo.
En este pasaje Pablo se enfrenta con toda una serie de problemas. Termina con un llamamiento: «¡Glorificad a Dios con vuestro cuerpo!» Este es aquí el grito de guerra de Pablo.
Los griegos despreciaban el cuerpo. Tenían un proverbio: « El cuerpo es una tumba.» Epicteto decía: « Yo soy una pobre alma aherrojada en un cuerpo.» Lo importante de la persona era el alma, el espíritu; el cuerpo era algo sin importancia. Eso producía dos actitudes: o se decantaba por un ascetismo de lo más riguroso en el que todo se hacía para humillar y sojuzgar los deseos e instintos del cuerpo; o, lo que era más corriente en Corinto: puesto que el cuerpo no importaba, se podía hacer lo que se quisiera con él; se le podían conceder todos sus gustos. Lo que complicaba la cosa era la doctrina de la libertad cristiana que Pablo predicaba. Si el cristiano es el más libre de los humanos, ¿no es libre para hacer lo que le dé la gana, especialmente con ese cuerpo que es la parte menos importante de sí mismo?
Así es que los corintios defendían, de una manera que consideraban de lo más elevada, dejar que el cuerpo se saliera con la suya. El estómago está hecho para la comida, y la comida para el estómago; son tal para cual. Pues lo mismo pasa con los otros instintos: el cuerpo está hecho para el acto sexual, y el acto sexual para el cuerpo; por tanto, hay que satisfacer todos los deseos del cuerpo.
