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1 de Crónicas 29: La ofrenda para el templo

El primer libro de Crónicas ilustra vívidamente la importancia de mantener una relación con Dios. Las genealogías de los capítulos 1-9 enfatizan la necesidad de una herencia espiritual. La segunda parte del libro detalla la vida de David. Pocos hombres o mujeres de la Biblia estuvieron tan cerca de Dios como David. Su contacto diario con Dios incrementó su capacidad de adoración y fortaleció su deseo de construir el templo de Dios. La vida de David nos muestra la importancia de permanecer cerca de Dios: por medio del estudio y la obediencia a su Palabra y la comunicación diaria con El. El segundo libro de Crónicas, por otro lado, revela cuán rápido pueden deteriorarse nuestras vidas (en lo espiritual, mental y social) cuando no podemos permanecer en contacto con Dios.

Principios por los cuales vivir

El rey David dio a su hijo Salomón los principios para guiarlo a lo largo de su vida. Estas mismas ideas son las que cualquier padre cristiano quisiera presentar a su hijo:

1. Conocer a Dios personalmente.
2. Aprender los mandamientos de Dios y descubrir lo que El quiere que usted haga.
3. Adorar a Dios con corazón perfecto.
4. Servir a Dios con un ánimo voluntario.
5. Ser fiel.
6. No desalentarse.

La ofrenda para el templo

El discurso de David ante la asamblea respecto a la construcción del templo está basado estrechamente en la misma clase de discurso hecho por Moisés durante la construcción del tabernáculo. Esta similitud no es de pura casualidad. El Cronista quiere demostrar no tan sólo la continuidad entre el tabernáculo y el templo, sino también desea comprobar que David está en la misma tradición sagrada que la de Moisés. Hay una diferencia muy sobresaliente, no obstante. Si bien Moisés ayudó con conceptos, ánimo e inspiración en la construcción del tabernáculo, no tenía gran cosa material (riqueza) con la cual contribuir personalmente. No así con David, pues éste pone a la disposición del pueblo los recursos de toda su tesorería real. Desde luego, por la elección de Dios, también David contribuía a su propio hijo para que éste dirigiera y auspiciara la construcción del templo. David reconoce la importancia de la elección de Dios en el caso de Salomón. Pese a esta convicción muy firme de David, no puede menos que reconocer que el material humano de Salomón dejaba mucho que desear. Su juventud, su inexperiencia, su inmadurez, todas militaban en su contra, pero lo que Salomón no podía hacer, Dios sí lo podía. La edificación sería para Dios y no para los hombres. Cuando vamos a edificar un templo para la adoración a nuestro Dios, ¿cuántas veces reconocemos que el que construye es Dios, y nosotros somos sólo los obreros? Más de una iglesia se ha dividido sobre la construcción de un templo. Más de un pastor se ha tenido que ir de una congregación a otra debido a problemas suscitados en la edificación de un nuevo templo. ¿La razón? ¿No será porque no reconocemos en realidad quién es el que edifica y para quién se edifica?

En el mismo versículo 1 se emplea un término que se traduce en el texto de RVA como templo. Hay una nota al pie que indica que otra traducción es “ciudadela”. Otros traducen el término habbirah como “palacio”. Se sabe que la palabra es de origen persa, aunque la forma bíblica es hebrea, una especie de transliteración. El término persa se aplicaba al palacio o castillo de residencia de los potentados persas. Es obvio que este término no llegó al vocabulario hebreo hasta el período posexílico. El término sólo se usa en los escritos posexílicos (Crónicas, Ester, Nehemías) y también en el libro de Daniel. En todos los casos se emplea para referirse al templo. Claro, el “potentado” en este caso es Dios y ningún rey persa.

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