El camino de la oración
Aquí se agrupan cuatro palabras diferentes para la oración. Es verdad que no se deben distinguir abruptamente; pero cada una de ellas tiene algo que decirnos acerca del camino de la oración.
(i) La primera es déésis, que hemos traducido comcapeticiones. No es exclusivamente una palabra religiosa; se puede referir indistintamente a una petición que se hace a otra persona o a Dios; pero su idea fundamental es un sentimiento de necesidad. Nadie hace una petición a menos que se le haya despertado el deseo un sentimiento de necesidad. La oración empieza por ese sentimiento, con la convicción de que no podemos enfrentarnos con la vida solos. Ese sentimiento de debilidad humana es la base de que acudamos a Dios.
(ii) La segunda es proseujé, que hemos traducido por oración. La diferencia básica entre déésis y proseujé es que deésis se puede dirigir a un hombre o a Dios, pero proseujé nunca se usa nada más que en relación con Dios. Hay ciertas necesidades que sólo Dios puede satisfacer. Hay una fuerza que sólo Él puede dar; un perdón que sólo Él puede conceder; una certeza que Él sólo puede infundir. Bien puede ser que nuestra debilidad nos persiga porque presentamos nuestras necesidades donde no nos las pueden satisfacer.
(iii) La tercera es énteuxis, que hemos traducido como ruegos. De las tres palabras ésta es la más interesante. Tiene una historia alucinante. Es el nombre correspondiente al verbo entynjánein, que originalmente quería decir encontrarse o dar con una persona; de ahí paso a significar tener una conversación íntima con una persona; luego adquirió un significado especial, el de entrar a la presencia de un rey para someterle una petición. Eso nos dice mucho acerca de la oración. Nos dice que el acceso a Dios está abierto para todos y que tenemos derecho a presentarle nuestras peticiones a Uno Que es el Rey. No hay nada que
sea demasiado grande o imposible para pedírselo a Tal Rey.
(iv) La cuarta es eujaristía, que hemos traducido como acción de gracias. La oración no es sólo pedirle cosas a Dios; también quiere decir darle gracias a Dios por cosas. Porque muchos de nosotros practicamos la oración como un ejercicio de quejas, cuando debería ser un ejercicio de gratitud. Epicteto, que no era un cristiano sino un filósofo estoico, decía: «¿Qué puedo hacer yo, que soy un hombrecillo viejo y cojo, sino alabar a Dios?» Tenemos derecho a presentarle nuestras
necesidades a Dios; pero tenemos también el deber de presentarle nuestras acciones de gracias.
Orando por las autoridades
Este pasaje nos manda especialmente orar por los reyes y emperadores y todos los que están en autoridad. Éste era un principio cardinal de la oración cristiana en comunidad. Los emperadores puede que fueran perseguidores, y los que estaban en autoridad podrían estar decididos a erradicar el Cristianismo; pero la Iglesia Cristiana nunca, ni siquiera en los tiempos cuando la estaban persiguiendo con el más cruel sadismo, dejó de orar por ellos.
Es extraordinario seguir el rastro por los primeros días, días de cruel persecución, cuando la Iglesia consideraba un deber absoluto el orar por el emperador, y los reyes y gobernadores a él subordinados. «Temed a Dios -dice Pedro-. Honrad al emperador» (1 Pedro 2:17). Y debemos recordar que aquel emperador era nada menos que Nerón, un monstruo de crueldad. Tertuliano insiste en que los cristianos piden a Dios para el emperador «una larga vida, un dominio seguro, un hogar pacífico, un senado fiel, un pueblo íntegro y un mundo en paz» (Apología 30). «Pedimos por nuestros gobernantes – e scribía-, por el estado del mundo, por la paz de todas las cosas y por el aplazamiento del fin» (Apología 39).
También escribía: «El cristiano no es enemigo de nadie, y menos del emperador; porque sabemos que, puesto que ha sido elegido por Dios, es necesario que le amemos, y reverenciamos, y honremos, y deseemos su seguridad, lo mismo que la de todo el Imperio Romano. Por tanto sacrificamos por la seguridad del emperador» (Ad Scapulam 2). Cipriano, escribiendo a Demetriano, habla de la Iglesia Cristiana «sacrificando y aplacando a Dios noche y día por vuestra paz y seguridad» (Ad Demetrianum 20). En el año 311 el emperador Galerio pidió expresamente las oraciones de los cristianos, y les prometió misericordia e indulgencia si oraban por el Estado. Taciano escribe: «¿Que el emperador nos manda dar tributo? Lo ofrecemos de buena voluntad. ¿El gobernador nos manda prestar servicio o servidumbre? Reconocemos nuestra servidumbre.
Pero un hombre debe ser respetado como corresponde a un hombre, pero sólo hay que reverenciar a Dios» (Apología 4). Teófilo de Antioquía escribe: «El honor que yo le doy al emperador es tanto más grande, porque yo no le doy culto, sino oro por él. No adoro más que al verdadero y único Dios, porque sé que Él ha escogido al emperador… Los que le dan al emperador el verdadero honor son los que están bien dispuestos hacia él, a obedecerle, y que oran por él» (Apología 1:11).
Justino Mártir escribe: «Adoramos solamente a Dios, pero en todas las otras cosas te servimos alegremente, estamos contentos de servirte, reconociendo a los reyes y a los gobernadores de los hombres, y orando para que sean hallados actuando conforme a la verdadera razón con su poder real» (Apología 1:14,17).
La más grande de todas las oraciones por el emperador se encuentra en la Primera Carta a la Iglesia de Corinto que escribió Clemente de Roma hacia el año 90 d.C. cuando el salvajismo de Domiciano estaba todavía reciente en el recuerdo: «Tú, Señor y Maestro, has dado a nuestros gobernantes y autoridades el poder de soberanía en Tu poder excelente e indiscutible, para que nosotros, conociendo la gloria y el honor que Tú les has dado, nos sometamos a ellos en todo aquello que no se oponga a Tu voluntad. Concédeles, por tanto, oh Señor, salud, paz, concordia, estabilidad, para que administren sin falta el gobierno que Tú les has dado. Porque Tú, oh Dueño soberano, Rey de los siglos, das a los hijos de los hombres gloria y honor y poder sobre todas las cosas que están sobre la Tierra. Dirige, Señor, su consejo de acuerdo con lo que consideras bueno y agradable, para que, administrando el poder que Tú les has dado en paz y benevolencia con piedad, obtengan Tu favor. Oh Tú, que eres el único capaz de hacer estas cosas, y cosas incalculablemente mejores que estas por nosotros, te alabamos mediante el Sumo Sacerdote y Guardián de nuestras almas, Jesucristo, por medio de Quien la gloria y la majestad sean dadas a Ti tanto ahora como por todas las generaciones y por siempre jamás. Amén» (1 Clemente 61).
La Iglesia siempre consideró un deber inexcusable el orar por los que ocupaban puestos de autoridad en los reinos de la Tierra; y traía incluso a sus perseguidores ante el trono de la gracia como Jesucristo nos ha mandado: «Orad por los que os ultrajan y os persiguen» (Mateo 5:44).
