Entonces Pablo reclama para sí cuatro oficios.
(i) Es un heraldo de la historia de Jesucristo. Un heraldo es uno que hace un anuncio y que dice: «¡Esto es la verdad!» Es un hombre que trae una proclamación que no es suya propia, sino que le ha encargado el rey.
(ii) Es un testigo de la historia de Cristo. Un testigo es el que puede decir: «Esto es verdad, y yo lo sé» y también «produce resultados». Es uno que transmite, no solamente la historia de Cristo, sino también la historia de lo que Cristo ha hecho por él.
(iii) Es un enviado. Un enviado es uno cuyo deber es representar a su país en tierra extranjera. Un enviado en el sentido cristiano es por tanto uno que comunica la historia de Cristo a otros. Quiere comunicar la historia a otros para que represente tanto para ellos como representa para él.
(iv) Es un maestro. El heraldo es la persona que proclama los hechos; el testigo es la persona que proclama el poder de los hechos; el enviado es la persona que recomienda los hechos; el maestro es la persona que conduce a otros al significado de los hechos. No basta con conocer y saber que Cristo vivió y murió; debemos pensar a fondo lo que eso quiere decir. Una persona debe no sólo sentir la maravilla de la historia de Cristo; debe pensar a fondo en su significado para sí mismo y para el mundo.
Barreras para la oración
Así pues, es mi deseo que los hombres oren en todos los lugares elevando manos santas, sin ira en sus corazones ni dudas en sus mentes. De la misma manera es también mi deseo que las mujeres se adornen con modestia y discreción y ropa adecuada. Este adorno no debe consistir en peinados artificiosos y adornos de oro y perlas sino -como corresponde a mujeres que profesan reverenciar a Dios- deben adornarse con buenas obras. Que la mujer aprenda en silencio y con toda sumisión. Yo no permito enseñar o recibir el hombre de la mujer. Más bien mi consejo es que ésta mantenga silencio. Porque Adán fue formado primero y después Eva; y Adán no fue engañado, sino la mujer, que se vio envuelta en transgresión de esa manera. Pero las mujeres serán salvas criando hijos, si se mantienen en la fe y en el amor, y si se conducen con prudencia por el camino que conduce a la santidad.
La Iglesia Primitiva adoptó la actitud judía para la oración, que era de pie, con los brazos extendidos y las palmas hacia arriba. Más tarde Tertuliano había de decir que ésta reflejaba la postura de Jesús sobre la cruz.
Los judíos siempre habían sabido de ciertas barreras que impedían que las oraciones llegaran a Dios. Isaías oyó a Dios decirle a Su pueblo: «Cuando extendáis vuestros brazos, esconderé de vosotros Mis ojos; aunque elevéis muchas preces, no escucharé; vuestras manos están llenas de sangre» (Isaías 1:15). Aquí también se demandan ciertas condiciones.
(i) El que ore debe extender manos santas. Debe mantener elevadas hacia Dios manos que no toquen las cosas prohibidas. Esto no quiere decir ni por un momento que el pecador no tenga acceso a Dios; pero sí quiere decir que no hay realidad en las oraciones de la persona que sale a ensuciarse las manos con cosas prohibidas como si nunca hubiera orado. No se está pensando en el hombre que se encuentra en las garras de alguna pasión y desesperadamente luchando contra ella, amargamente consciente de su fracaso. Se está pensando en el hombre cuyas oraciones son un puro formulismo.
(ii) El que ore no ha de tener ira en su corazón. Se ha dicho que «el perdón es indivisible.» El perdón humano y el divino van de la mano. Una y otra vez Jesús subraya el hecho de que no podemos esperar recibir el perdón de Dios mientras estemos enemistados con nuestros semejantes. «Por tanto, si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y ve, reconciliate primero con tu hermano, y entonces vuelve y presenta tu ofrenda» (Mateo 5:23s). «Pero si no perdonáis sus ofensas a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mateo 6:15). Jesús cuenta que el siervo que se negó a perdonar se encontró con que a él tampoco se le perdonaba, y termina: «Así también Mi Padre celestial hará con cualquiera de vosotros que no perdone a su hermano de todo corazón»
(Mateo 18:35). Para ser perdonado uno tiene que ser perdonador. La Didajé, el primero de los libros cristianos sobre el culto público, que data de alrededor del año 100 d.C. dice: «Que no venga a nosotros ninguno que tenga una pelea con su prójimo hasta que se reconcilien.» El rencor en el corazón de una persona es una barrera que impide que sus oraciones lleguen a Dios.
(iii) El que hace oración no debe tener dudas en la mente. Esta frase puede querer decir dos cosas. La palabra que se usa es dialoguismós, que puede querer decir o discusión o duda. Si la tomamos en el sentido de discusión, simplemente repite lo que precede y reitera el hecho de que el rencor y las peleas y las discusiones envenenadas son un obstáculo para la oración. Es mejor tomar el sentido de duda. Antes de que la oración sea contestada tiene que haber fe en que Dios contestará. Si una persona ora de una manera pesimista y sin una fe verdadera en que tiene sentido, su oración cae a tierra porque no tiene alas para remontarse. Antes de que una persona pueda ser curada, debe creer que puede ser curada; antes que una persona pueda echar mano de la gracia de Dios debe creer en esa gracia. Debemos dirigir a Dios nuestras oraciones en completa confianza de que Él escucha y contesta la oración.
Las mujeres en la iglesia
La segunda parte de este pasaje trata del lugar de las mujeres en la Iglesia. No se puede leer fuera de su contexto histórico por surgir totalmente de la situación en la que se escribió.
(i)Se escribió desde un trasfondo judío. No ha habido nunca una nación que diera a las mujeres un lugar más importante en el hogar y en la familia que los judíos; pero oficialmente la posición de la mujer era muy inferior. Para la ley judía no era una persona sino una cosa; estaba totalmente a disposición de su padre o de su marido. Se le prohibía aprender la Ley; el instruir a una mujer en la Ley era echar perlas a los puercos. Las mujeres no tomaban parte en el culto de la sinagoga; estaban encerradas aparte en una sección de la sinagoga, como si dijéramos en «el gallinero» donde no se las podía ver. Un hombre iba a la sinagoga para aprender; pero, como mucho, una mujer iba para oír. La lección de la escritura la leían en la sinagoga los miembros de la congregación; pero nunca mujeres, porque eso habría sido «quitarle honor a la congregación.» Estaba prohibido el que una mujer enseñara en una escuela; ni siquiera a los niños más pequeños. Una mujer estaba exenta de las demandas concretas de la Ley. No le era obligatorio asistir a las fiestas y a los festivales sagrados. Las mujeres, los esclavos y los niños eran de la misma clase. En la oración judía de la mañana, un varón daba gracias a Dios porque no le había hecho «gentil, esclavo o mujer.» En los Dichos de los Padres Rabí Yosé Ben Yohanán se cita como diciendo: «Que tu casa esté siempre totalmente abierta, y que los pobres sean tu familia y no hables mucho con ninguna mujer.» De ahí que los sabios hubieran dicho: «Cualquiera que habla mucho con una mujer trae desgracia sobre sí mismo, se aparta de las obras de la Ley y por último hereda de gehena». Un estricto rabino no saludaba nunca a una mujer en la calle, aunque fuera su esposa o hija o madre o hermana. Se decía de la mujer: «Su misión es enviar los niños a la sinagoga; atender a las cuestiones domésticas; dejar libre a su marido para que estudie en las escuelas; y mantener la casa para él hasta que vuelva.»
