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1 Timoteo 2: La universalidad del Evangelio

(ii) Se escribió desde un trasfondo griego. El trasfondo griego ponía las cosas doblemente difíciles. El lugar de la mujer en la religión griega era bajo. El Templo de Afrodita en Corinto tenía mil sacerdotisas que eran prostitutas sagradas, y todas las tardes cumplían su función en las calles de la ciudad. El Templo de Diana en Éfeso tenía centenares de sacerdotisas que se llamaban melissae, que quiere decir abejas, cuya función era la misma. Una mujer griega respetable llevaba una vida muy recluida. Vivía en una parte de la casa a la que no accedía nada más que su marido. No estaba presente ni en las comidas.

Nunca se la veía sola en la calle; nunca asistía a ninguna reunión pública. El hecho es que si en un pueblo griego las mujeres cristianas hubieran tomado una parte activa y hubieran hecho uso de la palabra, la Iglesia habría ganado inevitablemente la reputación de ser una guarida de mujeres livianas.

Además, en la sociedad griega había mujeres que no vivían más que para vestirse y peinarse elaborada y lujosamente. Plinio nos cuenta que hubo una novia en Roma, Lollia paulina, cuyo vestido de boda costó el equivalente de 100 millones de pesetas o un millón de dólares. Hasta los griegos y los romanos se escandalizaban del amor a los vestidos y las joyas que caracterizaba a algunas de sus mujeres. Las grandes religiones griegas se llamaban misterios o religiones misteriosas, que tenían precisamente las mismas reglas acerca del vestir que Pablo expone aquí. Hay una inscripción que dice: « Una mujer consagrada no ha de tener adornos de oro, ni colorines, ni polvos, ni diademas, ni pelo enrevesado, ni zapatos, excepto los que se hacen de piel de ante o de las pieles de animales sacrificados.» La Iglesia Primitiva no establecía estas reglas con carácter permanente, sino como cosas necesarias en la situación en que se encontraba.

En cualquier caso hay mucho que decir de la otra parte. En la antigua historia había una mujer que fue creada en segundo lugar y que sucumbió a la seducción del tentador de la serpiente tentadora; pero fue María de Nazaret la que dio a luz y crió al niño Jesús; fue María de Magdalena la primera persona que vio al Señor resucitado; fueron cuatro mujeres de entre todos los discípulos las que se mantuvieron al pie de la cruz.

Priscila, con su marido Aquila, eran maestros apreciados en la Iglesia Primitiva, que condujeron a Apolos al conocimiento pleno de la verdad (Hechos 18:26). Evodia y Síntique, a pesar de sus desavenencias, eran mujeres que trabajaban en el Evangelio (Filipenses 4:2s). El evangelista Felipe tenía cuatro hijas que eran profetisas (Hechos 21:9). Las mujeres de más edad tenían que enseñar (Tito 2:3). Pablo consideraba a Lidia y Eunice dignas del más alto honor (2 Timoteo 1:5); y hay muchos nombres de mujer en el cuadro de honor de los servidores de la Iglesia en Romanos 16.

Todo lo de este capítulo son reglas meramente temporales para satisfacer una situación dada. Si queremos saber el punto de vista definitivo de Pablo en esta cuestión, vayamos a Gálatas 3:28: « No hay diferencia entre judíos o griegos, esclavos o libres, varones o mujeres, porque todos vosotros sois una cosa en Jesucristo.» En Cristo se borran en la Iglesia las diferencias de lugar y honor y cargos.

Y sin embargo este pasaje termina con una verdad indudable. Las mujeres, dice, se salvarán criando hijos. Esto puede querer decir dos cosas. Es posible que sea una referencia al hecho de que María, una mujer, fue la madre de Jesús, y que eso quiera decir que las mujeres se salvarán -como también los hombres- por ese acto supremo de dar a luz al Mesías.

Pero es mucho más probable que el sentido sea mucho más sencillo; y que aquí se quiera decir que las mujeres encontrarán la salvación, no en hablar en las reuniones, sino en la maternidad, que es su corona. Aparte de todos los otros sentidos posibles, la mujer es la reina del hogar.

No debemos leer este pasaje como una barrera para el trabajo de las mujeres en la Iglesia, sino a la luz de su trasfondo judío y griego. Y debemos buscar el punto de vista permanente de Pablo en el pasaje en que nos dice que las diferencias se han borrado, y que hombres y mujeres, esclavos y libres, judíos y gentiles, son todos igualmente elegibles en el servicio de Cristo.

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