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1 Timoteo 2: La universalidad del Evangelio

Los dones de Dios

La Iglesia pedía ciertas cosas para los que estaban en autoridad.

(i) Pedía para ellos «una vida tranquila y reposada.» Ésa era la oración por liberación de guerra, de rebelión y de cualquier cosa que inquietara o disturbara la paz del reino. Ésta es la oración de un buen ciudadano.

(ii) Pero la Iglesia pedía mucho más que eso. Pedía «una vida que se vive en piedad y reverencia». Aquí se nos presentan dos grandes palabras que son clave en las Epístolas Pastorales y describen cualidades que debe ambicionar no solamente el gobernante sino todo cristiano.

La primera es la piedad, eusébeia. Esta es una de las grandes y casi intraducibles palabras griegas. Describe reverencia tanto para con Dios como para con el hombre, esa actitud de la mente que respeta al hombre y honra a Dios. Eusebio la definía como «reverencia hacia el solo y único Dios, y la clase de vida que Él quiere que vivamos.» Para los griegos, el gran ejemplo de eusébeia fue Sócrates, a quien Jenofonte describe con los siguientes términos: «Tan piadosa y devotamente religioso que no daría un paso fuera de la voluntad del cielo; tan justo y recto que no cometería nunca ni aun la injuria más insignificante a ningún alma viviente; tan controlado, tan templado, que nunca en ninguna ocasión escogió lo más dulce en lugar de lo más amargo; tan sensible y sabio y prudente que nunca erraba al distinguir lo mejor de lo peor» (Jenofonte: Memorabilia, 4, 8,11). Eusébeia está muy cerca de la gran palabra latina pietas, que Warde Fowler describe así: « La cualidad conocida por los latinos como pietas se eleva a pesar de pruebas y peligros por encima de los engaños de la pasión individual y de la facilidad egoísta. La pietas de Eneas era un sentimiento del deber para con la voluntad de los dioses, tanto como para su padre, su hijo y su pueblo; y este deber nunca le abandona.» Está claro que eusébeia es una cosa tremenda. Nunca olvida la reverencia que le es debida a Dios; nunca olvida los derechos que se deben a los hombres; nunca olvida el respeto que se debe a uno mismo. Describe el carácter de la persona que nunca falla a Dios al hombre o a sí misma.

Segundo, está la reverencia, semnótés. Aquí nos encontramos otra vez en el reino de lo intraducible. El adjetivo correspondiente, semnós, se aplica constantemente a los dioses. R. C. Trench dice que el que es semnós «tiene una gracia y una dignidad que no presta la Tierra.» Dice que es el que, «sin pedirla, inspira reverencia.» Aristóteles fue el gran maestro griego de ética. Tenía una manera de describir cualquier virtud como el término medio entre dos extremos. A un lado estaba el extremo por exceso y al otro, por defecto; y entre los dos estaba el término medio en el que se encontraba la virtud. Aristóteles dice que semnótés es el término medio entre areskía, servilismo, y authadía, arrogancia. Bien se puede decir que para el que es semnós toda la vida es un acto de culto; toda la vida se vive en la presencia de Dios; se mueve por el mundo, como ha dicho alguien, como si fuera el templo del Dios vivo. Nunca olvida la santidad de Dios ni la dignidad del hombre.

Estas dos son grandes cualidades regias que cada uno debe codiciar y pedir para sí en oración.

Un solo Dios y un solo Salvador

Pablo concluye con la afirmación de las grandes verdades de la fe cristiana.

(i) Hay un solo Dios. No vivimos en un mundo como el que los gnósticos inventaron con sus teorías de dos dioses hostiles entre sí. No vivimos en un mundo como el que suponían los paganos con su horda de dioses, a menudo rivales entre sí. Los misioneros nos dicen que uno de los grandes alivios que trae el Cristianismo a los paganos en la convicción de que no hay más que un solo Dios. Viven constantemente aterrados con los dioses y es para ellos una emancipación el descubrir que no hay más que un solo Dios cuyo nombre es Padre y cuya naturaleza es amor.

(ii) Hay un solo Mediador. Aun los judíos habrían dicho que hay muchos mediadores entre Dios y el hombre. Un mediador es uno que se coloca entre dos partes y actúa como intermediario. Para los judíos, los ángeles eran mediadores.

El Testamento de Dan (6;2) dice: «Acércate a Dios, y al ángel que intercede por ti, porque él es un mediador entre Dios y el hombre.» Para los griegos había toda clase de mediadores.

Plutarco decía que era un insulto a Dios el concebir que estuviera de alguna manera involucrado directamente en el mundo; estaba en relación con el mundo solamente a través de ángeles y demonios y semidioses que eran, por así decirlo, sus relaciones públicas.

El hombre no tenía acceso directo a Dios, ni según el pensamiento judío ni según el griego. Pero por medio de Jesucristo, el cristiano tiene ese acceso directo, que nada puede interrumpir. Además, no hay más que un solo mediador. E. F. Brown nos dice que eso es, por ejemplo, lo que los hindúes encuentran tan difícil creer. Ellos dicen: « Vuestra religión está bien para vosotros y la nuestra para nosotros.» Pero a menos que haya un solo Dios y un solo mediador no podrá haber tal cosa como fraternidad humana. Si hay muchos dioses y muchos mediadores compitiendo por la lealtad y el amor de los humanos, la religión se convierte en algo que divide a los hombres en lugar de unirlos. Es precisamente porque hay un solo Dios y un solo mediador por lo que los hombres son hermanos entre sí.

Pablo pasa a llamar a Jesús el Que dio Su vida en rescate por todos. Eso quiere decir simplemente que Le costó a Dios la vida y la muerte de Su hijo el recuperar para Sí a los hombres. Hubo un hombre que había perdido un hijo en la guerra. Había vivido una vida de lo más descuidada y aun impía; pero la muerte de su hijo le colocó cara a cara con Dios como nada nunca antes. Llegó a ser un hombre cambiado. Cierto día estaba parado ante una lápida conmemorativa de la guerra, mirando en ella el nombre de su hijo. Y dijo muy humildemente: «Supongo que él tuvo que rebajarse hasta ese punto para elevarme a mí.» Eso es lo que hizo Jesús; dio Su vida para revelarnos el amor de Dios y traernos de vuelta a casa.

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