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2 de Reyes 23: La reforma de Josías

Una vez enterado de las palabras proféticas, Josías mandó convocar a todos los líderes religiosos y civiles de Judá y de Jerusalén presentes para una reunión sobre el pacto. Luego del tercer mandamiento, todos los representantes importantes del pueblo fueron al templo donde el rey les leyó el libro del pacto encontrado en el templo. Al finalizar, junto a la columna se comprometió ante Jehová a obedecer con lealtad y sinceridad todo el pacto. También el pueblo aceptó el compromiso, y como consecuencia el libro de la ley se convirtió en el libro del pacto.

La profundidad espiritual de Josías se manifestó en parte por su respuesta a la profecía. Sin preocuparse por una recompensa de Dios, le sirvió fielmente. Aunque no podía remediar en nada la sentencia del pueblo, su celo por su Dios le llevó a una reforma espiritual de su amada patria. De esta manera su fe trascendió su deseo de ganancias. Para él un pacto con Dios no fue un arreglo religioso o una empresa comercial con la esperanza de ganancia personal; fue un asunto de fidelidad y confianza, sin consideración de las consecuencias de recompensa o de castigo.

Una vez obtenido el apoyo de los líderes religiosos y de la comunidad, Josías procedió a mandar a sacar del templo todos los objetos usados en la idolatría y destruirlos. Este fue su cuarto mandato. Para lograr esto encargó a las tres divisiones de los sacerdotes. También quitó los sacerdotes idólatras de los lugares altos y eliminó los puestos sacerdotales nombrados por otros reyes para rendir culto a Baal, a Asera, al sol, a la luna, a los planetas y a los astros. La imagen de madera de Asera representaba una madre diosa cananea que era la compañera de Baal. Luego procedieron a quemar todos los objetos de cultos idólatras en los campos y el arroyo de Quedrón, que se encontraba al este de la ciudad y que descendía directamente del área del templo. Era un lugar conveniente para un vertedero. Después llevaron las cenizas a Betel, o las esparciaron sobre la fosa común donde eran enterrados los pobres que no tenían su propia tumba. El lugar del vertedero fue profanado mientras que lo que quedaba fuera era profanado por la asociación con los muertos. La reducción de Asera a polvo fue un gesto de destrucción absoluta, la de volver lo que tuviera forma al caos. Además, derrumbó los edificios usados para la prostitución pagana entre hombres. Se trataba de funcionarios del culto que practicaban la magia mímica en relación con el culto de la fertilidad. Los tejidos hechos por las mujeres se usaban para cortinas para dividir los ritos obscenos, o para túnicas para los sacertotes de Asera, o para cubrir las imágenes.

Josías centralizó los sacerdotes de todo el país en Jerusalén en conformidad con el libro de Deuteronomio y redujo sus responsabilidades y su autoridad. Modificó estas, porque evidentemente tuvo que obligarlos a ir y los privó de servicio en el altar. Profanó todos los lugares altos en todo el país desde Geba en el norte (cerca de Betel) hasta Beerseba en el sur, donde había un santuario para los peregrinos. Además, derribó los altares de los demonios en la puerta de Josué. Antes los sacerdotes quemaban incienso y comían el pan sin levadura sin subir hasta Jerusalén.

Además, Josías profanó el Tófet en el valle del hijo de Hinom, el quemadero que probablemente se trataba de un hoyo excavado en la tierra, donde sacrificaban los hijos a Moloc. Más tarde, el nombre del lugar, que se encontraba al sur de la ciudad capital, fue modificado a Gehena, una de varias palabras traducidas como infierno. Destruyó todos los objetos usados en la adoración al sol y la habitación del encargado. Los carros y las figuras o estatuas de los caballos jugaban un papel importantísimo en su adoración, porque se creía que el dios sol viajaba de un lado del cielo al otro en su carro. Además, derribó y destrozó todos los altares restantes en la azotea de la Sala de Acaz y en los patios del templo y arrojó los escombros al arroyo Quedrón.

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