Dios convence a David de su pecado
Natán usa una parábola
Dios trae al arrepentimiento a personas en distintas maneras. Natán fue enviado de Dios para hacerle ver su culpabilidad. Muy sabiamente, Natán presentó a David un caso de estudio para que David diese su juicio al respecto. La injusticia del rico, en la parábola, era clara y repugnante: el rico había actuado con avaricia, con injusticia, sin ninguna compasión y sin ninguna justificación por el hecho. David se enfureció tremendamente ante la conducta de aquel rico y demandó que el rico pagase al pobre con cuatro ovejas, porque así lo requería la ley. La indignación de David para con el hombre rico fue tan grande que llegó a pensar que éste merecía la pena de muerte. (Es más fácil reconocer la injusticia en otros, que en uno mismo.) Al reconocer la injusticia en la acción de aquel hombre rico, David estaba en la posición que Natán quería. Natán había conseguido la reacción que buscaba en David, ahora podía confrontarle directamente.
Describir el caso no era suficiente, era necesaria una confrontación directa: Tú eres ese hombre. David era culpable de una acción que sí merecía la muerte. David, aunque fuese el rey, no escapaba al juicio de Dios. Las personas en su naturaleza humana tratan de esconder y encubrir su propio pecado; pero, la palabra de Dios se encarga de descubrir el pecado, aun en los ricos y poderosos. La palabra de Dios se encarga de derribar las barreras que las personas construyen a su alrededor, penetrando hasta lo más profundo del corazón de la persona. La sentencia “tú eres ese hombre” es una sentencia universal: Porque todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios. Cada ser humano lleva grabada en su frente la sentencia: “tú eres ese hombre”, porque cada ser humano lleva sobre sí mismo la naturaleza del pecado y la condenación que viene a causa del pecado. Solamente un hombre, Jesucristo, ha recibido una sentencia diferente: i ¡Verdaderamente, este hombre era justoi !es por su justicia que cada persona puede ser salva de la condenación y recibir su justicia por medio de la fe.
Natán trae un mensaje de Dios
Dios habla a David como un padre. La confrontación de parte del profeta Natán se transformó en una confrontación divina, una confrontación personal de parte de Dios. El mensaje de Dios para David, por medio de Natán, le demostraría de nuevo (como en el caso del templo en el capítulo anterior) el significado del señorío y la paternidad de Dios en su vida. Dios habla a David con todo el derecho de un padre y señor; usa el pronombre personal “yo” y enumera lo que ha hecho en la vida de David: Dios le había hecho rey, le había dado la casa de Saúl y las mujeres de Saúl, y le había dado Israel y Judá. El que Dios se muestre como el dador de las mujeres de Saúl, no se debe tomar como una afirmación divina de la práctica de la poligamia; sino como una afirmación de la paternidad divina sobre la vida de David, una afirmación de que todo lo que David poseía, lo debía a Dios. Según la costumbre de aquel tiempo, al morir un rey, el sucesor heredaba también su harén. David tuvo el derecho de tomar la esposa y la concubina de Saúl, pero no hay evidencias en el texto de que David las tomó para sí.
La afirmación de que Dios había dado a David la casa de Israel y de Judá, se refiere a la riqueza que David poseía; no se refiere a las mujeres vírgenes de Israel y Judá, que David pudo tomar para su harén (como lo afirman ciertos comentaristas). David había despreciado toda la riqueza del reino que Dios le había dado, por el solo deseo de tener a Betsabé; por esto se añade que si su riqueza había sido poco para David, Dios le hubiese dado más cosas.
David poseía todo lo que una persona pudiera desear, más especial que todo era la seguridad de la aprobación divina, la confirmación divina que Dios había declarado a David; sin embargo, David había despreciado toda esa bendición, por satisfacer un deseo carnal que le estaba prohibido.
