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Apocalipsis 17 La caída de roma

Otro no ha llegado todavía; y, cuando venga, permanecerá por un breve tiempo. A Vespasiano le sucedió Tito, que no reinó más que dos años, 79-81 d.C.

La bestia que era y no es es el octavo. Procede de la serie de los siete y va de camino a la destrucción. Esto sólo puede querer decir que el emperador que siguió a Tito se identifica con Nero redivivus y el Anticristo; y ese emperador fue Domiciano.

¿Puede identificarse razonablemente Domiciano con la fuerza maligna que personificaba Nero redivivus? Volvamos a la vida de Domiciano escrita por el biógrafo latino Suetonio, teniendo presente que Suetonio no era cristiano. Domiciano, nos dice Suetonio, fue objeto del odio y del terror de todos. Obtenemos un cuadro tenebroso de él al principio de su reinado: «Solía pasar horas recluido todos los días, no haciendo más que cazar moscas y apuñalarlas con un estilete afilado.» Cualquier psicólogo encontraría esa escena curiosamente reveladora. Era locamente celoso y suspicaz. Formó una pareja homosexual con un famoso actor llamado Paris. Uno de los alumnos de Paris se parecía tanto a Paris que no era razonable suponer que no fuera su hijo; el joven fue asesinado repentinamente. El historiador Hermógenes escribió cosas que no le gustaron a Domiciano; fue ejecutado, y el escriba que había copiado el manuscrito fue crucificado. Los senadores eran asesinados en toda la línea. El gobernador de Britania Salustio Lucelo fue ejecutado porque permitió que un nuevo tipo de lanza se llamara lucelana. Domiciano recobró la antigua forma de ejecución de desnudar a la víctima, sujetarle el cuello a una horca de madera y azotarla con varas hasta que muriera. Contuvo una guerra civil que estalló en las provincias. Suetonio continúa: «Después de su victoria en la guerra civil se volvió todavía más cruel; y, para descubrir a los conspiradores que estuvieran escondidos, torturó a muchos del partido contrario con una forma nueva de inquisición, metiéndoles fuego en el cuerpo a sus soldados y cortándoles las manos a algunos de ellos.»

Al principio de su reinado aparecía llevando una corona de oro con las figuras de Júpiter, Juno y Minerva, con el sacerdote de Júpiter sentado a su lado. Cuando recibió de vuelta a su esposa divorciada, anunció que ella había vuelto al lecho divino. Cuando entraba en el anfiteatro, le encantaba que le recibieran con el grito: « ¡Que la buena fortuna acompañe siempre a nuestro señor y a su señora!» Empezaba los edictos oficiales con: «Nuestro señor y dios ordena que se haga lo siguiente.» Al poco tiempo aquella fue la única manera de dirigirse a él.

Era tan suspicaz que nunca entregaba los prisioneros para que los interrogaran en privado; y, hasta cuando los oía con sus guardias presentes, estaban encadenados. Hasta tal punto temía por su propia vida que tenía los pasadizos y las columnadas por los que se movía recubiertos de piedra flengita, que es como un espejo, para poder ver a cualquiera que anduviera detrás de él.

Por último, el 18 de septiembre del año 96 d.C., le asesinaron en las circunstancias más macabras. A todo esto podemos añadir un hecho final: fue Domiciano el primero que hizo obligatorio el culto al césar, y fue por tanto responsable de que se abrieran las compuertas de la persecución contra la Iglesia Cristiana.

Bien puede ser que Juan viera en Domiciano la reencarnación de Nerón. A ‹otros también se les ocurrió. Juvenal escribió que Roma estaba «esclavizada a un Nerón calvo» (Domiciano era calvo), y fue exiliado, y finalmente asesinado, por su temeridad.

Tertuliano llamó a Domiciano « un hombre con el tipo de crueldad de Nerón,» un veredicto que repitió Eusebio. La única dificultad que se puede sugerir es que esto haría que Juan hubiera escrito en el reinado de Vespasiano; y sabemos que fue de hecho en el de Domiciano. Esto lo pueden explicar dos hipótesis. Puede que Juan escribiera esta visión particular años antes, en el reinado de Vespasiano, viviera para verlo cumplido y lo incorporara en su esquema final del Apocalipsis. O puede que lo escribiera todo en el reinado de Domiciano, y se retrotrajera al reinado de Vespasiano para trazar retrospectivamente la línea terrible que había seguido la historia.

Comoquiera que lo expliquemos, la escena queda clara si mantenemos que Juan vio en Domiciano la reencarnación de Nerón, la suprema encarnación de la maldad romana y el desafío a Dios; no tenemos que llegar a decir que identificó a Domiciano con el Anticristo.

Todavía nos queda un problema de identificación que es menos susceptible que los otros de recibir una solución definiva. En los versículos 12-17 se dice que los diez cuernos son diez reyes que todavía no han recibido el poder. Lo recibirán, y entonces sucederán dos cosas. Estarán unánimemente de acuerdo en entregarle su poder a la bestia; y con ella se levantarán contra la ramera y Le harán la guerra al Cordero, y finalmente serán derrotados.

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