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Apocalipsis 17 La caída de roma

Uno de los siete ángeles, los que tenían las siete copas, se acercó a mí y me dijo: -Ven aquí, y te mostraré el juicio de la gran Ramera que está asentada sobre muchas aguas, con la que los reyes de la tierra han cometido fornicación, y con el vino de cuyo adulterio se han emborrachado los habitantes de la tierra. Y me llevó en el Espíritu a un lugar desierto, donde vi a una mujer sentada sobre una bestia es carlata, que estaba llena de nombres que eran insultos a Dios, y que tenía siete coronas y diez cuernos. La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y engalanada con oro y joyas y perlas. Tenía en la mano una copa de oro llena de abominaciones y cosas impuras de su fornicación. Y tenía escrito en la frente un nombre cuyo sentido era secreto excepto para los que estaban iniciados en él: «Babilonia la Grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra.» Y vi que la mujer estaba ebria con .la sangre de los consagrados a Dios y con la sangre de los mártires de Jesús. Cuando la vi quedé impactado de un gran asombro. Y el ángel me dijo: -¿De qué te asombras? Te diré el sentido secreto de la mujer y de la bestia que la sostiene y tiene las siete cabezas y los diez cuernos. La bestia que has visto era, pero ya no es, y está a punto de surgir del abismo, y va de camino a la destrucción; y los habitantes de la tierra cuyos nombres no estén escritos en el Libro de la vida desde la fundación del mundo estarán impactados de admiración cuando vean a la bestia, porque era, y no es, y vendrá. 9 Aquí se necesita una mente con sabiduría: Las siete cabezas son las siete colinas en las que se asienta la mujer. También son siete reyes. Cinco ya han caído; uno existe en el presente; otro no ha llegado todavía; y, cuando venga, permanecerá por un breve tiempo. La bestia que era y no es es el octavo. Procede de la serie de los siete y va de camino a la destrucción. »Las diez cabezas que has visto son diez reyes, que todavía no han recibido la autoridad regia, pero que han de recibirla por una hora en compañía con la 13 bestia. Tienen todos una misma mentalidad, y le entregan el poder y la autoridad ala bestia. »Estos Le harán la guerra al Cordero, y el Cordero los vencerá, porque es el Señor de los señores y el Rey de los reyes, y los llamados, escogidos y leales participarán de Su victoria. Y siguió diciéndome: Las aguas que has visto, en las que se asienta la ramera, son pueblos y comunidades y naciones y lenguas. »Los diez cuernos que has visto, y la bestia, aborrecerán a la ramera, y la dejarán desolada y desnuda y le devorarán las carnes y la quemarán en el fuego; porque es Dios mismo Quien ha puesto en sus mentes el llevar a cabo Su propósito, y estar de acuerdo en darle su poder real a la bestia hasta que se cumplan las palabras de Dios. »Y la mujer que has visto es la gran ciudad que tiene dominio sobre los reyes de la tierra.

La mujer sobre la bestia

La mujer es Babilonia, es decir, Roma. La mujer se dice (versículo 1) que está asentada sobre muchas aguas. En este escenario de Roma, Juan está usando muchas de las cosas que habían dicho los profetas sobre la antigua Babilonia. Jeremías se dirige a Babilonia como «TÚ, la que moras entre muchas aguas» (Jeremías 51:13). El río Éufrates corría de hecho por en medio de Babilonia, y ella era el centro de un sistema de canales de riego que se extendían en todas direcciones: Cuando esta descripción se aplica a Roma, no tiene sentido. Más tarde, en el versículo 15, Juan se da cuenta de esto y da una interpretación simbólica a las muchas aguas como las muchas naciones y lenguas y pueblos sobre los que Roma ejerce dominio. Para encontrar el origen de esta manera de hablar debemos buscarlo en el Antiguo Testamento. Cuando Isaías anuncia la invasión asiria de Palestina, escribe: « He aquí, por tanto, que el Señor hace subir sobre ellos aguas de ríos, impetuosas, abundantes: el rey de Asiria con todo su poder. Él rebasará todos sus ríos y desbordará todas sus riberas; y pasando por Judá, inundará y seguirá creciendo hasta llegar a la garganta» (Isaías 8:7s). De nuevo, cuando Jeremías está profetizando la invasión que se les echa encima, usa la misma alegoría: «Suben aguas del Norte, y se harán un torrente; inundarán la tierra y todo lo que contiene» (Jeremías 47:2).

En el versículo 4, la mujer se dice que está vestida de púrpura y escarlata, y engalanada con toda clase de adornos. Esto es simbólico del lujo de Roma y de las maneras cortesanas y lujuriosas a que está acostumbrada, el retrato de una cortesana lujosa, decorada con toda clase de joyas para seducir a los hombres.

La mujer se dice que tiene en la mano una copa de oro llena de abominaciones. Aquí tenemos otra descripción de Babilonia, tomada directamente de la condenación profética del Antiguo Testamento. Jeremías decía: «Una copa de oro que embriagó a toda la tierra fue Babilonia en la mano del Señor. De su vino bebieron los pueblos; se aturdieron las naciones» (Jeremías 51:7).

Así también se dice de Roma que sostiene una copa de oro en la que está todo el poder de seducción que ha difundido la inmoralidad por toda la tierra.

La mujer se dice que tiene un nombre en la frente (versículo 5). En Roma, las prostitutas de los burdeles públicos llevaban en la frente una cinta en la que ponía su nombre. Este es otro detalle gráfico del retrato de Roma como la gran prostituta corruptora de las naciones.

En el versículo 6, la mujer se dice que está ebria con la sangre de los consagrados a Dios y con la sangre de los mártires. Esta es una referencia a la persecución de los cristianos en el Imperio Romano. Pero hace más que simplemente marcar a Roma como la gran perseguidora. Está ahíta de matanza; y se ha refocilado en esa matanza como una borracha con el vino.

En el versículo 16 ella ha de ser destruida por la invasión de los diez reyes. Esto lo discutiremos más plenamente cuando lleguemos al simbolismo de la bestia. Baste por ahora decir que pronostica la destrucción de Roma en el levantamiento de sus naciones súbditas. Es como si dejera que la gran prostituta acabará por ser destruida por sus propios amantes, que se volverán contra ella.

La bestia

Es mucho más difícil definir el significado de la bestia que el de la mujer, principalmente porque el significado de la bestia no se está quieto, es decir, no es unívoco. La bestia tiene una serie de significados interconexos cuyo punto de unión es que todos ellos están relacionados de alguna manera con Roma y con su imperio.

(i) La mujer está sentada en la bestia, y la bestia está llena de nombres blasfemos que son todos ellos un insulto a Dios (versículo 3). Si la mujer es Roma, está claro que la bestia es el Imperio Romano. Está llena de nombres blasfemos. Esto incluye dos cosas. Primera, es una referencia a los muchos dioses de los que estaba lleno el Imperio Romano. Todos estos nombres son insultos a Dios, porque son apropiaciones indebidas de Su autoridad suprema y única. Nadie tiene derecho al nombre de dios fuera del único Dios verdadero. Segunda, es una referencia a muchos de los títulos del emperador. El emperador era Sebastos, o Augustus, que quiere decir ser reverenciado; y la reverencia solo pertenece a Dios. El emperador era divus o theios, el primero en latín y el segundo en griego, que quieren decir divino; y ese calificativo pertenece exclusivamente a Dios. Muchos de los emperadores se llamaban también sótér, salvador, que es exclusivamente el título de Jesucristo. El más corriente de todos, el emperador era, en latín, dominus, y en griego kyrios, Señor, que es el mismo nombre de Dios.

(ii) La bestia tiene siete cabezas y diez cuernos (versículo 3). Esto es una repetición de lo que se dijo de la bestia en 13:1, y dentro de muy poco volveremos a. su significado.

(iii) La bestia era y no es y está a punto de venir (versículo 8). Esto se remonta a 13:3,12,14, y está claro que es una referencia a la leyenda del Nero redivivus, que nunca se aleja demasiado de la mente de Juan. Ya hemos visto que la idea del Nerón resucitado y del Anticristo se habían interconectado inseparablemente. Por tanto, en este pasaje la bestia representa al Anticristo.

(iv) La bestia tiene siete cabezas. Estas se explican de dos maneras.

(a) En el versículo 9 las siete cabezas son las siete colinas. Aquí tenemos una identificación fácil. Roma era una ciudad construida sobre siete colinas; esto identifica la bestia como Roma.

(b) La segunda identificación es uno de los acertijos del Apocalipsis (versículos 10 y 11). También (las cabezas) son siete reyes. Cinco ya han caído; uno existe en el presente; otro no ha llegado todavía; y, cuando venga, permanecerá por un breve tiempo. La bestia que era y no es es el octavo. Procede de la serie de los siete y va de camino a la destrucción.

Cinco ya han caído. El Imperio Romano empezó con Augusto; y los primeros cinco emperadores fueron Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. Entonces, estos son los cinco que ya han caído. Ya hemos visto que después de la muerte de Nerón hubo dos años de caos en los que se siguieron Galba, Otón y Vitelio en rápida sucesión. No fueron emperadores en ningún sentido real, y no se los cuenta.

Uno existe en el presente. Este debe de ser Vespasiano, el primer emperador que devolvió la estabilidad al imperio después del caos que siguió a la muerte de Nerón; reinó entre 6979 d.C.

Otro no ha llegado todavía; y, cuando venga, permanecerá por un breve tiempo. A Vespasiano le sucedió Tito, que no reinó más que dos años, 79-81 d.C.

La bestia que era y no es es el octavo. Procede de la serie de los siete y va de camino a la destrucción. Esto sólo puede querer decir que el emperador que siguió a Tito se identifica con Nero redivivus y el Anticristo; y ese emperador fue Domiciano.

¿Puede identificarse razonablemente Domiciano con la fuerza maligna que personificaba Nero redivivus? Volvamos a la vida de Domiciano escrita por el biógrafo latino Suetonio, teniendo presente que Suetonio no era cristiano. Domiciano, nos dice Suetonio, fue objeto del odio y del terror de todos. Obtenemos un cuadro tenebroso de él al principio de su reinado: «Solía pasar horas recluido todos los días, no haciendo más que cazar moscas y apuñalarlas con un estilete afilado.» Cualquier psicólogo encontraría esa escena curiosamente reveladora. Era locamente celoso y suspicaz. Formó una pareja homosexual con un famoso actor llamado Paris. Uno de los alumnos de Paris se parecía tanto a Paris que no era razonable suponer que no fuera su hijo; el joven fue asesinado repentinamente. El historiador Hermógenes escribió cosas que no le gustaron a Domiciano; fue ejecutado, y el escriba que había copiado el manuscrito fue crucificado. Los senadores eran asesinados en toda la línea. El gobernador de Britania Salustio Lucelo fue ejecutado porque permitió que un nuevo tipo de lanza se llamara lucelana. Domiciano recobró la antigua forma de ejecución de desnudar a la víctima, sujetarle el cuello a una horca de madera y azotarla con varas hasta que muriera. Contuvo una guerra civil que estalló en las provincias. Suetonio continúa: «Después de su victoria en la guerra civil se volvió todavía más cruel; y, para descubrir a los conspiradores que estuvieran escondidos, torturó a muchos del partido contrario con una forma nueva de inquisición, metiéndoles fuego en el cuerpo a sus soldados y cortándoles las manos a algunos de ellos.»

Al principio de su reinado aparecía llevando una corona de oro con las figuras de Júpiter, Juno y Minerva, con el sacerdote de Júpiter sentado a su lado. Cuando recibió de vuelta a su esposa divorciada, anunció que ella había vuelto al lecho divino. Cuando entraba en el anfiteatro, le encantaba que le recibieran con el grito: « ¡Que la buena fortuna acompañe siempre a nuestro señor y a su señora!» Empezaba los edictos oficiales con: «Nuestro señor y dios ordena que se haga lo siguiente.» Al poco tiempo aquella fue la única manera de dirigirse a él.

Era tan suspicaz que nunca entregaba los prisioneros para que los interrogaran en privado; y, hasta cuando los oía con sus guardias presentes, estaban encadenados. Hasta tal punto temía por su propia vida que tenía los pasadizos y las columnadas por los que se movía recubiertos de piedra flengita, que es como un espejo, para poder ver a cualquiera que anduviera detrás de él.

Por último, el 18 de septiembre del año 96 d.C., le asesinaron en las circunstancias más macabras. A todo esto podemos añadir un hecho final: fue Domiciano el primero que hizo obligatorio el culto al césar, y fue por tanto responsable de que se abrieran las compuertas de la persecución contra la Iglesia Cristiana.

Bien puede ser que Juan viera en Domiciano la reencarnación de Nerón. A ‹otros también se les ocurrió. Juvenal escribió que Roma estaba «esclavizada a un Nerón calvo» (Domiciano era calvo), y fue exiliado, y finalmente asesinado, por su temeridad.

Tertuliano llamó a Domiciano « un hombre con el tipo de crueldad de Nerón,» un veredicto que repitió Eusebio. La única dificultad que se puede sugerir es que esto haría que Juan hubiera escrito en el reinado de Vespasiano; y sabemos que fue de hecho en el de Domiciano. Esto lo pueden explicar dos hipótesis. Puede que Juan escribiera esta visión particular años antes, en el reinado de Vespasiano, viviera para verlo cumplido y lo incorporara en su esquema final del Apocalipsis. O puede que lo escribiera todo en el reinado de Domiciano, y se retrotrajera al reinado de Vespasiano para trazar retrospectivamente la línea terrible que había seguido la historia.

Comoquiera que lo expliquemos, la escena queda clara si mantenemos que Juan vio en Domiciano la reencarnación de Nerón, la suprema encarnación de la maldad romana y el desafío a Dios; no tenemos que llegar a decir que identificó a Domiciano con el Anticristo.

Todavía nos queda un problema de identificación que es menos susceptible que los otros de recibir una solución definiva. En los versículos 12-17 se dice que los diez cuernos son diez reyes que todavía no han recibido el poder. Lo recibirán, y entonces sucederán dos cosas. Estarán unánimemente de acuerdo en entregarle su poder a la bestia; y con ella se levantarán contra la ramera y Le harán la guerra al Cordero, y finalmente serán derrotados.

Con mucho la interpretación más probable de esto es que los diez reyes son los sátrapas de los ejércitos partos, que harán causa común con Nero redivivus y bajo él pelearán la última batalla en la que Roma será destruida y el Cordero someterá todas las fuerzas hostiles del universo.

La ciudad que se hizo ramera

En estos dos versículos Roma se describe como la gran ramera. Más de una vez en el Antiguo Testamento se describen como rameras las ciudades paganas y desobedientes. Así describe Nahúm a Nínive cuando habla de la multitud de las fornicaciones de la ramera de hermosa gracia (Nahúm 3:4). Así es como Isaías describe a Tiro (Isaías 23:16s). Hasta Jerusalén puede ser así descrita: « ¡Cómo te has convertido en ramera, tú, la ciudad fiel! » lamenta Isaías (Isaías 1: 21). Y Ezequiel dice en su carga: «Confiaste en tu belleza, te prostituiste» (Ezequiel 16:15).

Es una manera de hablar que resulta extraña a los oídos modernos; pero encierra un gran simbolismo.

(i) Detrás de ella está la idea de Dios como el Enamorado de las almas de su pueblo. Primarius, un comentador latino antiguo, dice que se llama ramera a Roma porque «dejó a su Creador y se prostituyó con los demonios.» Cuando volvemos la espalda a Dios, no es tanto un pecado contra la Ley, sino contra el amor.

(ii) Hay otra idea detrás de esto. Beckwith sugiere que se llama la gran ramera a Roma porque ella es cuna seductora a la impiedad y a la inmoralidad.» El pecado de la ramera no es sólo que peca ella, sino que persuade a otros a pecar. Dios no dará por inocente al que induce a otros al pecado.

La visión en el desierto

Juan dice que fue llevado por el Espíritu a un lugar desierto. El profeta es un hombre que vive en el Espíritu. « El Espíritu -dice Ezequiel- me elevó y me llevó» (Ezequiel 3:14). «El Espíritu me alzó entre el cielo y la tierra y me llevó en visiones de Dios a Jerusalén» (Ezequiel 8:3). «Luego me levantó el Espíritu y me volvió a llevar en visión del Espíritu de Dios a la tierra de los caldeos, adonde estaban los cautivos» (Ezequiel 11:24). No es que el Espíritu mueva físicamente a una persona de un lugar a otro; pero, cuando se vive en el Espíritu, los horizontes se ensanchan; puede que viva en el tiempo, pero llega a ser un espectador de la eternidad. Los profetas podían ver anticipadamente adónde se dirigía la Historia porque vivían en el Espíritu.

Una de las características recurrentes de la historia bíblica es que fue en el desierto donde los grandes hombres de Dios tuvieron visiones. Fue en el desierto donde Moisés se encontró con Dios (Éxodo 3:1). Fue cuando se había adentrado en el desierto la distancia de un día de marcha cuando Elías se encontró con Dios y recuperó el coraje y la fe (1 Reyes 19:4). Fue en el desierto donde Juan el Bautista adquirió su madurez y recibió su mensaje de Dios (Lucas 1:80). Fue al desierto adonde se retiró Jesús para decidir el camino que había de seguir antes de lanzarse a predicar y a enseñar y a morir por la humanidad y por Dios (Mateo 4:1).

Bien puede ser que no haya suficiente tranquilidad en nuestras vidas para que podamos recibir el mensaje que Dios está ansioso por comunicar.

La gran ramera

Estos versículos nos presentan gráficamente a la gran ramera. Viste de púrpura y escarlata, los colores reales, los colores del lujo y del esplendor. Está adornada con oro y piedras preciosas y perlas. Tiene una copa de oro con la que emborracha a sus amantes. Tiene la banda frontal de las prostitutas con su nombre. Su nombre es un misterio. En griego, un mystérion no es necesariamente algo misterioso; es algo que es totalmente ininteligible para los no iniciados, pero que está tan claro como el agua para los iniciados. El misterio en este caso es que Babilonia quiere decir Roma; lo que el extraño no sabe, pero sí el lector cristiano, es que mientras se dice la historia como refiriéndose a Babilonia, todo tiene relación con Roma.

(i) Puede que Juan haya obtenido esta figura de las prostitutas de los templos de Asia Menor. Una de las características extrañas de la religión antigua era que muchos templos tenían adscritas prostitutas sagradas; había, por ejemplo, mil de ellas que pertenecían al templo de Afrodita en Corinto. El tener contacto con ellas era un acto de culto que rendía homenaje a la fuerza vital.

(ii) Es posible que Juan tuviera en mente a la más famosa de todas las emperatrices romanas, Mesalina. Era la esposa del débil y medio imbécil Claudio; y se cuenta de ella que bajaba por las noches a los burdeles públicos y se comportaba como una de tantas prostitutas. Juvenal nos describe la situación con vivos colores: « Oíd lo que aguantaba Claudio. Tan pronto como su mujer se daba cuenta de que su marido estaba dormido, esta augusta ramera era suficientemente desvergonzada como para preferir el camastro del prostíbulo al lecho imperial. Poniéndose una capucha de noche, y acompañada solo por una asistenta, se echaba a la calle; luego, ocultando sus bucles de cuervo bajo una mantilla de color claro, ocupaba su puesto en un burdel hediondo de colchas sobre-usadas. Entrando en una habitación que tenía reservada, esperaba sus clientes, bajo el nombre supuesto de Licisca, con los pezones descubiertos y decorados, y a la vista el vientre que te había traído al mundo a ti, oh nombre Británnicus. Aquí recibía generosamente a todos los que llegaran, pidiéndole a cada uno su paga; y cuando al fin la madre despedía a las chicas, ella se quedaba la última para cerrar su habitación, y todavía rugiendo de pasión ardiente se marchaba entristecida. Y entonces, harta de hombres pero insatisfecha, con las mejillas pringosas, y aromada del humo de las lámparas, se llevaba a la almohada imperial los olores de su propia salsa.» (Sátira 6:114-132).

Cuando toda una emperatriz se rebajaba hasta eso, ¿nos sorprende que Juan considerara a Roma una ramera? La copa de la ramera Roma estaba llena de cosas inmundas. Para que no se piense que este es el veredicto de algún cristiano fanático, recuérdese que el pagano Tácito llamaba a Roma « el lugar al que fluyen de todo el mundo y adquieren popularidad las cosas más atroces y vergonzosas.» Y Séneca la llamaba «la atarjea asquerosa.» El cuadro que nos presenta Juan es moderado en comparación con algunos de los que los romanos mismos pintaban. Esta era la civilización a la que llegó el Cristianismo; y de ella se convirtieron muchas personas a la castidad. ¡Bien podemos hablar de los milagros de la Cruz!

Ebria de la sangre de los santos y de los mártires

Como ya indicamos en la introducción generala este capítulo, la manera que tiene Juan de describir la persecución romana es muy significativa. Dice que Roma está borracha de la sangre de los santos y de los mártires. Lo que se implica es que Roma no se limitó a perseguir a los cristianos por necesidad política, sino que encontró una complacencia diabólica en asediarlos hasta la muerte.

Sin duda Juan está pensando en la persecución que tuvo lugar bajo Nerón. La persecución nerónica se produjo a continuación del gran fuego del año 64 d.C. que ardió durante una semana y arrasó Roma. Los habitantes de Roma estaban convencidos de que aquel fuego no había sido un accidente; también estaban convencidos de que se había impedido la labor de los que habían tratado de extinguirlo, y de que, cuando se iba apagando, lo iniciaban otra vez; y también estaban convencidos de que el instigador del fuego había sido el propio emperador. Nerón era un apasionado de las construcciones, y la gente creía que había incendiado la ciudad deliberadamente para construirla de nuevo.

Nerón tenía que encontrar un chivo expiatorio para desviar de sí mismo las sospechas de la gente; y se fijó en los cristianos. Esta fue la primera gran persecución, y en muchos sentidos la más salvaje. Citamos la descripción de Tácito porque es una de las pocas páginas de la literatura latina en las que aparece el nombre de Cristo (Tácito, Anales 1 S: 44): Ni la ayuda humana en forma de regalos imperiales, ni los intentos de apaciguar a los dioses, podían acallar la sospecha siniestra de que el fuego había sido debido a las órdenes del mismo Nerón. Así es que, con la espe ranza de disipar el rumor, Nerón desvió engañadoramente la culpabilidad e infligió las más exquisitas torturas a una clase aborrecida por sus abominaciones, llamados por el populacho «Los cristianos. » El fundador de la secta, un tal Cristo, había sido ejecutado por Poncio Pilato en el reinado de Tiberio; y la nociva superstición, aunque sofocada de momento, brotó otra vez, no solo en Judea, cuna original de aquella peste, sino hasta en Roma, donde todas las cosas abominables y vergonzosas de todas las partes del mundo encuentran su centro y se hacen populares. En consecuencia, primero se hizo un arresto de todos los que se declaraban culpables; luego, por sus declaraciones, se acusó a una inmensa multitud, no tanto por el crimen de incendiar la ciudad como por odiar a la humanidad. Burlas de todas clases se añadieron a sus muertes. Cubiertos con pieles de bestias, fueron descuartizados por sabuesos hasta perecer, o fueron clavados en cruces, o condenados a las llamas y quemados vivos sirviendo de iluminación nocturna después de la puesta del sol… De ahí que, aunque fueran criminales que merecieran un castigo ejemplar, suscitaron un sentimiento de compasión; porque no era, como se presentaba, para el bien público por lo que se los torturaba y mataba, sino para saciar la crueldad de un hombre.

La encarnación del mal

En la introducción a este capítulo ya hemos visto que la explicación más probable es que Juan esté proyectándose hacia atrás al tiempo de Vespasiano. Los cinco que han sido son Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón; el que es es Vespasiano; el que ha de venir y que va a permanecer breve tiempo es Tito; el equivalente a la cabeza herida de muerte y restablecida, que ha de ser Nerón otra vez, es Domiciano, el hombre de una crueldad salvaje. Tras toda esta imaginería hay tres verdades permanentes.

(i) Aun cuando Nerón había muerto, su maldad seguía viviendo, y Juan la ve resurgir en Domiciano, el nuevo Nerón. Todo el mundo deja algo de sí mismo en el mundo. Puede que sea un recuerdo que ayuda a todos al bien, o puede que sea una mala influencia que deja un rastro de problemas para muchas generaciones por venir. La vida de todo el mundo señala hacia algo. Nuestro deber es que señale a la bondad y a Dios.

(ii) En el versículo 8 leemos que aquellos cuyos nombres no estén escritos en el Libro de la Vida se deslumbrarán a la llegada del malvado. Siempre hay algunos a los que deslumbra el mal. La única manera de evitar su fascinación es mantener nuestros ojos en Jesucristo. Entonces se ve el mal tal como es.

(iii) En el versículo 11 leemos que la bestia va camino de la destrucción. Por muy grande que sea el éxito del mal, lleva en sí el germen de la autodestrucción. El que se asocia con el mal está siempre en el bando perdedor.

Los propósitos del hombre y los de Dios

Este pasaje habla de diez reyes a los que representan los diez cuernos. Es probable que sean los sátrapas de Oriente y de Partia a los que el Nerón resucitado, el Anticristo, va a conducir contra Roma. O puede que representen sencillamente todos los poderes del mundo que acabarán por volverse contra Roma y destruirla. Notemos ciertas cosas en este pasaje.

(i) En el versículo 14 leemos que estos poderes mundanales hacen guerra contra el Cordero, pero el Cordero los destruye; y los llamados, escogidos y leales participan de la victoria del Cordero. Una de las grandes concepciones del pensamiento judío era que los santos y los mártires participarían del triunfo final de Dios. « Los pecadores -dice Henoc- serán entregados a las manos de los justos» (Henoc 91:12). « ¡Tened confianza, justos -dice Henoc otra vez-, porque los pecadores perecerán repentinamente ante vosotros, y tendréis dominio sobre ellos de acuerdo con vuestros deseos» (Henoc 96:1). En un pasaje tenebroso del mismo libro se dice: « ¡Ay de vosotros, los que amáis las obras de injusticia…! Sabed que seréis entregados en manos de los justos, que os cortarán el cuello y os matarán y no tendrán piedad de vosotros» (Henoc 98:12). En la Sabiduría de Salomón se hace la misma promesa a los que han vivido y sufrido y muerto por Dios: « Habiendo soportado un pequeño castigo, recibirán,gran bondad, porque Dios los juzgó y consideró dignos de El. Como al oro en el crisol los probó, y como un holocausto los aceptó. Y en el tiempo de su visitación resplandecerán, y como chispas entre la hojarasca volarán de acá para allá. Juzgarán a las naciones y tendrán dominio sobre los pueblos» (Sabiduría 3:5-8). No cabe duda que esta creencia estaba en las mentes de Santiago y de Juan cuando se dirigieron a Jesús para pedirle puestos a Su derecha y a Su izquierda cuando viniera a Su Reino (Mateo 20:21; Marcos 10:37).

Esta idea judía tiene dos aspectos, uno noble y otro subcristiano. El subcristiano es que había momentos en que esto no era otra cosa que sed de venganza; pero, ¿quién se atreve a criticar al perseguido por desear el día en que se cambien las tornas del mundo en la eternidad? La idea noble es que los santos y los mártires ayudarán a Cristo a triunfar y participarán de Su gloria. Es una afirmación de que también para nosotros después de la Cruz viene la corona.

(ii) El versículo 16 presenta la escena de los diez cuernos levantándose violentamente contra la ramera que había sido su querida. Devorarán sus carnes. En el Antiguo Testamento eso es lo que se dice que hará un enemigo salvaje y poderoso. El salmista se queja de que los malvados se juntaron para devorar sus carnes (Salmo 27:2). Los malvados de Israel, con su opresión codiciosa, le comían las carnes al pueblo de Dios (Miqueas 3:3). Esta es una figura de venganza terrible. La quemarán en la hoguera. Ese es el castigo del pecado más repugnante (Levítico 20:14), y principalmente de la hija de un sacerdote que cayera en la inmoralidad sexual (Levítico 21:9).

Se ha de notar que los amantes anteriores de la ramera se volvieron contra ella. El mal conlleva un poder divisivo.

(iii) En los versículos 12 y 13 leemos que los diez reyes hacen causa común con la bestia; y en el 17, que Dios pone esto en sus corazones para que se lleven a cabo Sus propósitos y se cumplan Sus palabras. Aquí tenemos una cosa extraña. Estos poderes malignos creían que estaban cumpliendo sus propios propósitos, pero de hecho estaban cumpliendo los propósitos de Dios. R. H. Charles dice: «Hasta la ira de los hombres conduce a la alabanza de Dios.» La verdad detrás de esto es que Dios no pierde nunca el control de los asuntos humanos. En último análisis Dios hace que todas las cosas contribuyan al bien.

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