Con mucho la interpretación más probable de esto es que los diez reyes son los sátrapas de los ejércitos partos, que harán causa común con Nero redivivus y bajo él pelearán la última batalla en la que Roma será destruida y el Cordero someterá todas las fuerzas hostiles del universo.
La ciudad que se hizo ramera
En estos dos versículos Roma se describe como la gran ramera. Más de una vez en el Antiguo Testamento se describen como rameras las ciudades paganas y desobedientes. Así describe Nahúm a Nínive cuando habla de la multitud de las fornicaciones de la ramera de hermosa gracia (Nahúm 3:4). Así es como Isaías describe a Tiro (Isaías 23:16s). Hasta Jerusalén puede ser así descrita: « ¡Cómo te has convertido en ramera, tú, la ciudad fiel! » lamenta Isaías (Isaías 1: 21). Y Ezequiel dice en su carga: «Confiaste en tu belleza, te prostituiste» (Ezequiel 16:15).
Es una manera de hablar que resulta extraña a los oídos modernos; pero encierra un gran simbolismo.
(i) Detrás de ella está la idea de Dios como el Enamorado de las almas de su pueblo. Primarius, un comentador latino antiguo, dice que se llama ramera a Roma porque «dejó a su Creador y se prostituyó con los demonios.» Cuando volvemos la espalda a Dios, no es tanto un pecado contra la Ley, sino contra el amor.
(ii) Hay otra idea detrás de esto. Beckwith sugiere que se llama la gran ramera a Roma porque ella es cuna seductora a la impiedad y a la inmoralidad.» El pecado de la ramera no es sólo que peca ella, sino que persuade a otros a pecar. Dios no dará por inocente al que induce a otros al pecado.
La visión en el desierto
Juan dice que fue llevado por el Espíritu a un lugar desierto. El profeta es un hombre que vive en el Espíritu. « El Espíritu -dice Ezequiel- me elevó y me llevó» (Ezequiel 3:14). «El Espíritu me alzó entre el cielo y la tierra y me llevó en visiones de Dios a Jerusalén» (Ezequiel 8:3). «Luego me levantó el Espíritu y me volvió a llevar en visión del Espíritu de Dios a la tierra de los caldeos, adonde estaban los cautivos» (Ezequiel 11:24). No es que el Espíritu mueva físicamente a una persona de un lugar a otro; pero, cuando se vive en el Espíritu, los horizontes se ensanchan; puede que viva en el tiempo, pero llega a ser un espectador de la eternidad. Los profetas podían ver anticipadamente adónde se dirigía la Historia porque vivían en el Espíritu.
Una de las características recurrentes de la historia bíblica es que fue en el desierto donde los grandes hombres de Dios tuvieron visiones. Fue en el desierto donde Moisés se encontró con Dios (Éxodo 3:1). Fue cuando se había adentrado en el desierto la distancia de un día de marcha cuando Elías se encontró con Dios y recuperó el coraje y la fe (1 Reyes 19:4). Fue en el desierto donde Juan el Bautista adquirió su madurez y recibió su mensaje de Dios (Lucas 1:80). Fue al desierto adonde se retiró Jesús para decidir el camino que había de seguir antes de lanzarse a predicar y a enseñar y a morir por la humanidad y por Dios (Mateo 4:1).
Bien puede ser que no haya suficiente tranquilidad en nuestras vidas para que podamos recibir el mensaje que Dios está ansioso por comunicar.
La gran ramera
Estos versículos nos presentan gráficamente a la gran ramera. Viste de púrpura y escarlata, los colores reales, los colores del lujo y del esplendor. Está adornada con oro y piedras preciosas y perlas. Tiene una copa de oro con la que emborracha a sus amantes. Tiene la banda frontal de las prostitutas con su nombre. Su nombre es un misterio. En griego, un mystérion no es necesariamente algo misterioso; es algo que es totalmente ininteligible para los no iniciados, pero que está tan claro como el agua para los iniciados. El misterio en este caso es que Babilonia quiere decir Roma; lo que el extraño no sabe, pero sí el lector cristiano, es que mientras se dice la historia como refiriéndose a Babilonia, todo tiene relación con Roma.
(i) Puede que Juan haya obtenido esta figura de las prostitutas de los templos de Asia Menor. Una de las características extrañas de la religión antigua era que muchos templos tenían adscritas prostitutas sagradas; había, por ejemplo, mil de ellas que pertenecían al templo de Afrodita en Corinto. El tener contacto con ellas era un acto de culto que rendía homenaje a la fuerza vital.
(ii) Es posible que Juan tuviera en mente a la más famosa de todas las emperatrices romanas, Mesalina. Era la esposa del débil y medio imbécil Claudio; y se cuenta de ella que bajaba por las noches a los burdeles públicos y se comportaba como una de tantas prostitutas. Juvenal nos describe la situación con vivos colores: « Oíd lo que aguantaba Claudio. Tan pronto como su mujer se daba cuenta de que su marido estaba dormido, esta augusta ramera era suficientemente desvergonzada como para preferir el camastro del prostíbulo al lecho imperial. Poniéndose una capucha de noche, y acompañada solo por una asistenta, se echaba a la calle; luego, ocultando sus bucles de cuervo bajo una mantilla de color claro, ocupaba su puesto en un burdel hediondo de colchas sobre-usadas. Entrando en una habitación que tenía reservada, esperaba sus clientes, bajo el nombre supuesto de Licisca, con los pezones descubiertos y decorados, y a la vista el vientre que te había traído al mundo a ti, oh nombre Británnicus. Aquí recibía generosamente a todos los que llegaran, pidiéndole a cada uno su paga; y cuando al fin la madre despedía a las chicas, ella se quedaba la última para cerrar su habitación, y todavía rugiendo de pasión ardiente se marchaba entristecida. Y entonces, harta de hombres pero insatisfecha, con las mejillas pringosas, y aromada del humo de las lámparas, se llevaba a la almohada imperial los olores de su propia salsa.» (Sátira 6:114-132).
