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Apocalipsis 17 La caída de roma

Cuando toda una emperatriz se rebajaba hasta eso, ¿nos sorprende que Juan considerara a Roma una ramera? La copa de la ramera Roma estaba llena de cosas inmundas. Para que no se piense que este es el veredicto de algún cristiano fanático, recuérdese que el pagano Tácito llamaba a Roma « el lugar al que fluyen de todo el mundo y adquieren popularidad las cosas más atroces y vergonzosas.» Y Séneca la llamaba «la atarjea asquerosa.» El cuadro que nos presenta Juan es moderado en comparación con algunos de los que los romanos mismos pintaban. Esta era la civilización a la que llegó el Cristianismo; y de ella se convirtieron muchas personas a la castidad. ¡Bien podemos hablar de los milagros de la Cruz!

Ebria de la sangre de los santos y de los mártires

Como ya indicamos en la introducción generala este capítulo, la manera que tiene Juan de describir la persecución romana es muy significativa. Dice que Roma está borracha de la sangre de los santos y de los mártires. Lo que se implica es que Roma no se limitó a perseguir a los cristianos por necesidad política, sino que encontró una complacencia diabólica en asediarlos hasta la muerte.

Sin duda Juan está pensando en la persecución que tuvo lugar bajo Nerón. La persecución nerónica se produjo a continuación del gran fuego del año 64 d.C. que ardió durante una semana y arrasó Roma. Los habitantes de Roma estaban convencidos de que aquel fuego no había sido un accidente; también estaban convencidos de que se había impedido la labor de los que habían tratado de extinguirlo, y de que, cuando se iba apagando, lo iniciaban otra vez; y también estaban convencidos de que el instigador del fuego había sido el propio emperador. Nerón era un apasionado de las construcciones, y la gente creía que había incendiado la ciudad deliberadamente para construirla de nuevo.

Nerón tenía que encontrar un chivo expiatorio para desviar de sí mismo las sospechas de la gente; y se fijó en los cristianos. Esta fue la primera gran persecución, y en muchos sentidos la más salvaje. Citamos la descripción de Tácito porque es una de las pocas páginas de la literatura latina en las que aparece el nombre de Cristo (Tácito, Anales 1 S: 44): Ni la ayuda humana en forma de regalos imperiales, ni los intentos de apaciguar a los dioses, podían acallar la sospecha siniestra de que el fuego había sido debido a las órdenes del mismo Nerón. Así es que, con la espe ranza de disipar el rumor, Nerón desvió engañadoramente la culpabilidad e infligió las más exquisitas torturas a una clase aborrecida por sus abominaciones, llamados por el populacho «Los cristianos. » El fundador de la secta, un tal Cristo, había sido ejecutado por Poncio Pilato en el reinado de Tiberio; y la nociva superstición, aunque sofocada de momento, brotó otra vez, no solo en Judea, cuna original de aquella peste, sino hasta en Roma, donde todas las cosas abominables y vergonzosas de todas las partes del mundo encuentran su centro y se hacen populares. En consecuencia, primero se hizo un arresto de todos los que se declaraban culpables; luego, por sus declaraciones, se acusó a una inmensa multitud, no tanto por el crimen de incendiar la ciudad como por odiar a la humanidad. Burlas de todas clases se añadieron a sus muertes. Cubiertos con pieles de bestias, fueron descuartizados por sabuesos hasta perecer, o fueron clavados en cruces, o condenados a las llamas y quemados vivos sirviendo de iluminación nocturna después de la puesta del sol… De ahí que, aunque fueran criminales que merecieran un castigo ejemplar, suscitaron un sentimiento de compasión; porque no era, como se presentaba, para el bien público por lo que se los torturaba y mataba, sino para saciar la crueldad de un hombre.

La encarnación del mal

En la introducción a este capítulo ya hemos visto que la explicación más probable es que Juan esté proyectándose hacia atrás al tiempo de Vespasiano. Los cinco que han sido son Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón; el que es es Vespasiano; el que ha de venir y que va a permanecer breve tiempo es Tito; el equivalente a la cabeza herida de muerte y restablecida, que ha de ser Nerón otra vez, es Domiciano, el hombre de una crueldad salvaje. Tras toda esta imaginería hay tres verdades permanentes.

(i) Aun cuando Nerón había muerto, su maldad seguía viviendo, y Juan la ve resurgir en Domiciano, el nuevo Nerón. Todo el mundo deja algo de sí mismo en el mundo. Puede que sea un recuerdo que ayuda a todos al bien, o puede que sea una mala influencia que deja un rastro de problemas para muchas generaciones por venir. La vida de todo el mundo señala hacia algo. Nuestro deber es que señale a la bondad y a Dios.

(ii) En el versículo 8 leemos que aquellos cuyos nombres no estén escritos en el Libro de la Vida se deslumbrarán a la llegada del malvado. Siempre hay algunos a los que deslumbra el mal. La única manera de evitar su fascinación es mantener nuestros ojos en Jesucristo. Entonces se ve el mal tal como es.

(iii) En el versículo 11 leemos que la bestia va camino de la destrucción. Por muy grande que sea el éxito del mal, lleva en sí el germen de la autodestrucción. El que se asocia con el mal está siempre en el bando perdedor.

Los propósitos del hombre y los de Dios

Este pasaje habla de diez reyes a los que representan los diez cuernos. Es probable que sean los sátrapas de Oriente y de Partia a los que el Nerón resucitado, el Anticristo, va a conducir contra Roma. O puede que representen sencillamente todos los poderes del mundo que acabarán por volverse contra Roma y destruirla. Notemos ciertas cosas en este pasaje.

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