Intimidad afectiva
Este es otro de los elementos pastorales rescatados en el libro de los Cantares. Desgraciadamente para el varón de nuestra cultura latina, intimar es algo así como «superficialidad», «trivialidad» o «algo de maricas». Una buena pastoral de la pareja debe revisar lo que es ser «hombre» según la Biblia.
Todos los varones estamos traumatizados, algunos más otros menos; hemos sido víctimas de mandatos y creencias de nuestros antepasados y de nuestra cultura actual.
Sí, no nos enseñaron lo que es ser varón, lo que es la masculinidad; o, mejor dicho, hemos sido golpeados con estereotipos que conciente o inconcientemente nos vendieron. Nos vendieron un catálogo sobre lo que es ser varón y mujer, y algunos creyentes confundidos hasta lo defendieron como «inspirado por el Espíritu Santo», siguiéndolo fielmente.
La amada
Ella no se queda corta en sus cumplidos a su amado. Al igual que la de él, su alabanza comienza con la expresión, ¡qué bello…! La palabra aparece catorce veces en Cantares, pero sólo aquí en su forma masculina y dirigida al amado. La expresión bello y dulce está cargada de ternura. Algunos se sorprenden de que en este contexto tan romántico, la mujer mencione un mueble propio del dormitorio, como es la cama. Sin embargo, la cama es símbolo de la relación sexual que corona el amor de la pareja. Al calificarla de frondosa, probablemente se esté refiriendo a una cama con baldaquino o dosel, y profusamente decorada con paneles tallados en maderas finas. Ella se conmueve con sólo pensar en el escenario de su amor. De igual modo, ella piensa en las vigas del techo de su casa y en los artesonados (adornos con molduras, que se ponen en los techos y bóvedas), que seguramente contemplará cuando se consume el acto de amor con su amado. La madera era escasa en Palestina, y sólo se usaba en los templos y palacios más lujosos. El cedro seguramente provenía del Líbano, mientras que los cipreses serían enebros fenicios. Para esta mujer, la cama no representaba un lugar de tortura ni de experiencias desagradables. Por el contrario, para ella era el lugar deleitoso.
Se ha dicho que la casa es una extensión del cuerpo de la mujer. Una casa bonita, bien decorada y arreglada, no puede ser otra cosa que el resultado de una mujer que se siente ella misma como la rosa de Sarón. Sarón es la región de la llanura de la costa al sur del monte Carmelo. Allí crecía abundantemente una rosácea silvestre de color carne con un tallo sin hojas. El lirio de los valles se refiere a una planta de seis hojas o una flor de seis pétalos que crecía en los valles fértiles y húmedos. La belleza que la mujer se reconoce es como la de las flores silvestres: sencilla en su aspecto, pero atractiva. ¡Cuánta belleza hay en la mujer hispanoamericana, sencilla, humilde, la más de las veces pobre, pero llena de valor, nobleza y pasión!
