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Efesios 6: Padres e hijos

A menudo había lazos de profundo aprecio y afecto entre amo y esclavo. Plinio escribe a un amigo diciéndole que estaba profundamente afectado porque algunos de sus bien amados esclavos habían muerto. Tiene dos consuelos, aunque no son suficientes para aliviar su dolor: «Siempre he estado dispuesto a manumitir a mis esclavos (porque su muerte no parece totalmente intempestiva cuando han vivido lo suficiente para recibir la libertad); el otro consuelo es que les he permitido hacer una especie de testamento, que yo cumplo tan a rajatabla como si fuera legal.» Así hablaba un amo amable.

Pero básicamente la vida del esclavo era hosca y terrible. Ante la ley no era una persona, sino una cosa. Aristóteles establece que no puede haber nunca verdadera amistad entre amo y esclavo, porque no tienen nada en común, «porque un esclavo es una herramienta viva, de la misma manera que una herramienta es un esclavo inanimado.» Varrón, escribiendo sobre agricultura, divide los aperos en tres clases: los articulados, los inarticulados y los mudos. Los articulados comprenden a los esclavos; los inarticulados, al ganado, y los mudos, los vehículos y las herramientas. El esclavo no es mejor que una bestia por el hecho de poder hablar. Catón aconseja a uno que se va a hacer cargo de una granja que pase revista y se descarte de todo lo que ya no sirva. Que se deshaga también de los esclavos viejos dejándolos morirse de hambre en el montón de basura. Cuando algún esclavo se ponga enfermo, es un derroche absurdo mantenerle sus raciones normales.

La ley era absolutamente clara. El abogado romano Gayo, en sus Instituciones, establece: « Queremos advertir que se acepta universalmente el hecho de que el amo tiene poder de vida y muerte sobre el esclavo.» Si el esclavo intentaba escaparse, en el mejor de los casos se le marcaba en la frente con un hierro candente una F de fugitivus, y en el peor se le mataba.

Lo terrible de la condición del esclavo era que estaba totalmente a merced de los caprichos de su amo. Augusto crucificó a un esclavo porque mató su perdiz amaestrada. Vedio Polión arrojó a un esclavo vivo a las feroces lampreas de su estanque porque se le había caído y roto una copa de cristal.

Juvenal cuenta que una matrona romana mandó matar a un esclavo simplemente porque se enfureció con él. A las protestas de su marido, respondió: «¿Es que consideras persona a un esclavo? ¿Dices que no ha hecho nada malo? Bien; pues lo mando porque me da la gana: mi voluntad es razón suficiente.» A las esclavas que estaban al servicio de sus señoras a menudo estas les arrancaban el pelo a tirones y les arañaban las mejillas con sus uñas. Juvenal habla de un amo « al que le encanta el sonido de los azotes cruelmente administrados, considerándolo más dulce que el canto de las sirenas,» o «que alucina al escuchar el tintineo de las cadenas,» o «que llama al torturador a marcar con hierro candente a los esclavos porque dice que le faltan dos toallas.» Un escritor latino establece: « Lo que quiera que un amo le haga a un esclavo inmerecidamente, por ira, voluntariamente, involuntariamente, por despiste, después de cuidadosa investigación, a sabiendas, por desconocimiento -es juicio, justicia y ley.»

Es sobre ese terrible trasfondo como se ha de leer el consejo de Pablo a los amos y a los esclavos.

El consejo de Pablo a los esclavos nos ofrece el Evangelio del obrero cristiano.

(i) No les dice que se ‹rebelen; les dice que sean cristianos donde y como estén. El gran mensaje del Cristianismo a todas las personas es que es donde Dios nos ha colocado donde debemos vivir la vida cristiana. Las circunstancias puede que nos sean contrarias, pero eso solo hace mayor el desafío. El Evangelio no nos ofrece una evasión de las circunstancias, sino la posibilidad de conquistarlas.

(ii) Les dice a los esclavos que no deben hacer bien su trabajo solamente cuando los están mirando; deben hacerlo sabiendo que Dios los ve. Cualquier parte del trabajo que realice un cristiano debe ser suficientemente buena para ofrecérsela a Dios. El problema que el mundo ha tenido que arrostrar siempre, y no menos hoy, no es fundamentalmente económico, sino religioso. Nunca haremos que los hombres sean buenos trabajadores simplemente mejorando sus condiciones de trabajo. Es un deber cristiano el tener en cuenta estas cosas; pero por sí no producirán nunca mejores resultados. Y aún menos lograremos buenos trabajos aumentando la vigilancia y multiplicando las sanciones. El secreto de una buena labor es que se haga para Dios.

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