Pablo ve que existe la otra cara de la moneda. Les dice a los padres que no hagan rabiar a sus hijos. Bengel, considerando por qué este mandamiento se dirige tan expresamente a los padres, dice que las madres tienen una especie de paciencia divina, pero que « los padres son más propensos a dejarse llevar por la ira.»
Es curioso que Pablo repita esta misma disposición, aún más expresamente, en Colosenses 3:21: « Padres -dice-, no provoquéis a vuestros hijos, no sea que se desanimen.» Bengel dice que la plaga de la juventud es «un espíritu quebrantado,» desanimado por la crítica y las regañinas continuas y por la disciplina demasiado estricta. David Smith cree que Pablo escribía inspirado por una experiencia personal amarga. Escribe: «Hay aquí una nota trémula de emoción personal, y da la impresión de que el corazón del anciano cautivo estaba volviendo al pasado y rememorando los años de una infancia falta de cariño. Criado en la atmósfera austera de la ortodoxia tradicional, había experimentado escasa ternura y excesiva severidad, y había conocido esa «plaga de la juventud, el espíritu quebrantado.»»
Hay tres maneras de ser injustos con los hijos.
(i) Podemos olvidar que las cosas sí cambian, y que las costumbres de una generación no tienen por qué ser las de la siguiente. Elinor Mordaunt cuenta que una vez impidió a su hijita hacer algo diciéndole: « A mí no se me permitía hacer eso cuando tenía tu edad.» Y la niña respondió: «Pero tienes que acordarte, Mamá, de que tú estabas entonces, y yo estoy ahora.»
(ii) Podemos ejercer tal control que es un insulto a la educación de nuestros hijos. El mantener a un hijo demasiado tiempo en las andaderas equivale a decirle que no nos fiamos de-él, lo que equivale a decir que no tenemos confianza en la manera como le hemos criado. Es mejor equivocarse por exceso de confianza que por defecto de confianza.
(iii) Podemos olvidar el deber que tenemos de animarlos. El padre de Lutero era muy estricto, hasta el borde de la crueldad. Lutero solía decir: « «Retén la vara, y echa a perder al niño» -eso es verdad; pero ten preparada una manzana al lado de la vara para dársela cuando se porte bien.» Benjamín West nos cuenta cómo llegó a ser pintor. Cierto día su madre se marchó dejándole a cargo de su hermanita Sally. Durante lá ausencia de su madre descubrió algunos frascos de tintas de colores, y se puso a pintar el retrato de Sally, manchando sin querer de tinta un montón de cosas. Cuando volvió su madre, vio el estropicio pero no dijo nada. Al echar mano al papel vio el dibujo: « ¡Oye! -dijo- ¡Es Sally!» Y se inclinó y le dio un beso. Después de aquello Benjamín West solía decir: «El beso de mi madre me hizo un pintor.» Ese estímulo hizo más de lo que hubiera podido lograr la regañina. Anna Buchan cuenta que su abuela tenía una frase preferida hasta cuando era muy vieja: «Nunca desanimes a un joven.»
Pablo comprendía que los hijos deben honrar a sus padres, y que los padres no deben desanimar a los hijos.
Amos y esclavos
Esclavos: obedeced a vuestros amos humanos con temor y temblor, con sinceridad de corazón, como serviríais a Cristo mismo. No hagáis las cosas solo cuando os están viendo. No hagáis nada para congraciaros con la gente.
Hacedlo todo como esclavos de Cristo, cumpliendo de corazón la voluntad de Dios. Ofreced vuestro servicio de buena voluntad, como a Cristo, y no como a las personas. Estad seguros de que cada uno de nosotros, ya sea esclavo o libre, será recompensado por el Señor por todo lo que haya hecho bien. En cuanto a vosotros, amos, portaos igualmente con vuestros esclavos. Dejaos de amenazas. Porque debéis saber muy bien que ellos y vosotros tenéis un Amo en el Cielo que no hace discriminación entre unos y otros.
Cuando Pablo escribía a los esclavos de la Iglesia Cristiana, tenía numerosos destinatarios.
Se ha calculado que había 60,000,000 esclavos en el imperio romano. En los días de Pablo, una terrible especie de pereza se cernía sobre los ciudadanos de Roma. Roma era el ama del mundo, y por tanto estaba por debajo de la dignidad de un romano el trabajar. Casi todos los trabajos los hacían los esclavos. Hasta los médicos y los maestros, los amigos más íntimos de los emperadores, los secretarios que estaban a cargo de su correspondencia y sus finanzas, eran esclavos.
