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Introducción a la carta a los filipenses

Podemos considerarnos afortunados por lo menos en un aspecto de nuestro estudio de Filipenses: no se nos presentan problemas críticos; porque no hay ningún estudioso notable del Nuevo Testamento que haya dudado nunca de que sea una carta genuina y auténtica del apóstol Pablo.

Filipos

Cuando Pablo escogía un lugar para predicar el Evangelio tenía siempre la cualidad de un gran estratega. Siempre escogía los que no solo eran importantes por sí mismos sino también como centro de comunicaciones de una zona. Hasta nuestros días muchos de los lugares en los que predicó Pablo siguen siendo enlaces de grandes carreteras y líneas de ferrocarril. Ese es el caso de Filipos, que tenía por lo menos tres cualidades para ser importante.

(i) Había en sus aledaños minas de oro y de plata que se llevaban explotando desde tiempos de los fenicios. Es verdad que ya estaban agotadas cuando empezó la historia de la Iglesia; pero habían convertido Filipos en un gran centro comercial del mundo antiguo.

(ii) La ciudad había sido fundada por Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro Magno, de quien había tomado su nombre. Se había construido en el emplazamiento de una ciudad antigua llamada Krénídés, nombre que quería decir Los Pozos o Las Fuentes. Filipo había fundado Filipos en 368 a.C. porque no había un lugar más estratégico en toda Europa. Hay una cadena de montañas que divide Europa de Asia, el Oriente del Occidente, y hay cerca de Filipos un puerto en esa cordillera que era el paso obligado de una carretera importantísima, lo que hacía que esta ciudad controlara en tráfico entre Europa y Asia.

Esa fue la razón para que se librara en Filipos una de las grandes batallas de la Historia, en la que Antonio derrotó a Bruto y Casio, decisiva para el futuro del Imperio Romano.

(iii) No mucho después, Filipos recibió la distinción de ser una colonia romana. Eran las tales unas instituciones alucinantes. No eran colonia en el sentido de ser avanzadillas de la civilización en partes inexploradas del mundo. Habían empezado teniendo una importancia militar. Roma tenía la costumbre de enviar grupos de soldados veteranos, a los que se concedía la ciudadanía romana cuando se licenciaban, para que se instalaran en centros estratégicos de las carreteras. Lo corriente era que estos grupos consistieran en trescientos veteranos, con sus mujeres e hijos. Estas colonias eran focos del gran sistema romano de carreteras que permitía que pudieran llegar refuerzos rápidamente de una colonia a otra. Estaban establecidas para mantener la paz y controlar los puntos estratégicos del vasto Imperio Romano. En un principio se habían fundado en Italia; pero pronto se fueron extendiendo por todo el Imperio. Posteriormente se le concedía el título de colonia a cualquier ciudad que se quisiera honrar por algún servicio fiel.

Dondequiera que estuvieran, estas colonias eran reflejos de Roma, y el poseer la ciudadanía romana era su característica dominante. Se hablaba la lengua de Roma; se vestía como en Roma; se observaban las costumbres de Roma; sus magistrados tenían títulos romanos, y se llevaban a cabo las mismas ceremonias que en la misma Roma. Eran fanática e inalterablemente romanos, y no habrían aceptado el que se los asimilara con los pueblos circundantes. Podemos percibir el orgullo romano en la acusación que hicieron a Pablo y Silas en Hechos 16:20s: «Estos tipos son judíos, y están tratando de enseñar e introducir leyes y costumbres que no nos es lícito observar -¡porque somos romanos!»

«Vosotros sois una colonia del Cielo,» les escribió Pablo a los creyentes filipenses (Filipenses 3:20). Lo mismo que un ciudadano de una colonia romana no olvidaba nunca en ningunas circunstancias que era romano, así debían ellos recordar siempre que eran cristianos, estuvieran donde estuvieran. No había personas que estuvieran más orgullosas de ser romanas que las de esas colonias; y así eran los filipenses.

Pablo y Filipos

Fue en su segundo viaje misionero, hacia el año 52 d.C., cuando llegó Pablo a Filipos por primera vez. Motivado por la visión del varón macedonio con su petición de que pasara a Macedonia a ayudarlos, Pablo había navegado desde la Tróade Alejandrina de Asia Menor, había desembarcado en Europa en Neápolis, y pasado de allí a Filipos.

La historia de la estada de Pablo en Filipos se nos cuenta en Hechos 16; y es una historia bien interesante. Se centra en torno a tres personas: Lidia, la vendedora de púrpura; la muchacha esclava demente que usaban sus amos como adivina, para sacar dinero, y el carcelero romano. Es un corte transversal alucinante de la sociedad antigua. Estas tres personas tenían distintas nacionalidades. Lidia era asiática, y puede que su nombre no fuera tanto el suyo propio como el de su procedencia, «la señora de Lidia.» La muchacha esclava era griega de nacimiento. Y el carcelero era ciudadano romano. La totalidad del Imperio estaba representada en la iglesia cristiana. Pero no eran distintas estas tres personas solamente por su nacionalidad; también procedían de diferentes estratos sociales. Lidia era vendedora de púrpura, una de las sustancias más caras del mundo antiguo, y representaba la gran industria. La muchacha poseída era una esclava, y por tanto, para la ley, no era una persona, sino simplemente una herramienta viva. El carcelero era un ciudadano romano, perteneciente a la sólida clase media de la que procedían los funcionarios. En estos tres estaban representadas la clase más alta, la más baja y la media. No hay ningún otro capítulo de la Biblia que nos presente tan claramente como este el carácter comprensivo de la fe que Jesucristo trajo al mundo.

Persecución

Pablo tuvo que marcharse de Filipos tras una tormenta de persecución y un encarcelamiento ilegal. La persecución la heredó después la iglesia filipense. Pablo les dice que han compartido sus cadenas y su defensa del Evangelio (1:7). Los exhorta a que no se dejen atemorizar por los adversarios, porque ellos están pasando lo que él mismo pasó y sigue pasando (1:28-30).

Verdadera amistad

Se había desarrollado entre Pablo y la iglesia filipense un nexo de amistad como no lo tenía con ninguna otra iglesia. Se enorgullecía de no haber aceptado nunca ayuda de ninguna otra persona o iglesia, y que subvenía a sus necesidades con el trabajo de sus propias manos. Sólo accedió a aceptar ayuda de los filipenses. Después de salir de Filipos pasó a Tesalónica, adonde le mandaron un regalo (4:16). Cuando siguió adelante y llegó a Corinto pasando por Atenas, ellos fueron los únicos que se acordaron de él con sus dones (2 Corintios 11:9). «Hermanos míos, queridos y anhelados -los llama-, mi gozo y mi corona en el Señor» (4:1).

La ocasión de esta carta

Cuando Pablo escribió esta carta estaba preso en Roma, y la escribió con ciertos propósitos definidos.

(i) Es una carta de gracias. Habían pasado los años; era entonces el año 63 ó 64 d.C., y los filipenses le han vuelto a mandar un regalo (4:l0s).

(ii) Tiene que ver con Epafrodito. Parece que los filipenses le habían enviado no solo como portador del regalo, sino para que se quedara con Pablo y le fuera de ayuda. Pero Epafrodito cayó enfermo. Echaba de menos su casa, y estaba preocupado porque sabía que los suyos estaban preocupados por él. Pablo le envía de vuelta, pero tenía la preocupación de que los amigos filipenses pudieran tener la impresión de que Epafrodito les había fallado; así es que les sale al encuentro con su testimonio: «Recibidle con mucha alegría, y honrad a los que son como él, porque estuvo a punto de dar la vida en la causa de Cristo» (2:29s). Hay algo muy conmovedor en esta actitud de Pablo, preso y esperando la muerte, esforzándose por hacerle las cosas más fáciles a Epafrodito, que se había visto obligado a volver a casa inesperada e involuntariamente. Aquí tenemos el Everest de la cortesía cristiana.

(iii) Es una carta de aliento para los filipenses que están pasando pruebas (1:28-30). (iv) Es una llamada a la unidad. De esa situación surge el gran pasaje que nos habla de la humildad generosa de Jesucristo (2:1-11). Había en la iglesia de Filipos dos mujeres que se habían peleado y estaban poniendo en peligro la paz (4:2); y había falsos maestros que estaban tratando de seducir a los creyentes filipenses para apartarlos del camino recto (3:2). Esta carta es una llamada a mantener la unidad de la Iglesia.

El problema

Es precisamente aquí donde surge el problema de Filipenses. En 3:2 hay un cambio brusco en la carta. Hasta el 3:1 todo es serenidad, y la carta parece ir fluyendo tranquilamente hacia su final; y entonces, sin previo aviso, retumba el trueno: « ¡Cuidado con los perros! ¡Cuidado con los obreros malvados! ¡Cuidado con la mutilación!» Esto no tiene ninguna relación con lo precedente. Además, 3:1 parece el final: « Para terminar, hermanos -escribe Pablo-, regocijaos en el Señor.» Y habiendo dicho « para terminar,» ¡empieza otra vez de nuevo! (Cosa que no es ni mucho menos una práctica desgonocida entre predicadores).

En vista de este cambio brusco muchos estudiosos creen que Filipenses, tal como la tenemos, no es una carta sino dos que se han unido. Sugieren que 3:2 – 4:3 es una carta de gracias y de advertencia enviada poco después de la llegada de Epafrodito a Roma; y que 1:1 – 3:1 y 4:4-23 es otra carta que fue escrita considerablemente después y enviada con Epafrodito cuando volvió a Filipos. Eso es perfectamente posible. Sabemos que Pablo probablemente escribió más de una carta a Filipos, porque Policarpo, en su carta a la iglesia filipense, dice que Pablo, « cuando estaba ausente, os escribió cartas.»

La explicación

Y sin embargo nos parece que no hay razones de peso para dividir esta carta en dos. El cambio brusco entre 3:1 y 3:2 se puede explicar de dos maneras.

(i) Cuando Pablo estaba dictando la carta llegaron noticias recientes de problemas en Filipos; e ipso facto interrumpió su línea de pensamiento para salirle al paso a la nueva situación.

(ii) La explicación más sencilla es la siguiente. Filipenses es una carta personal que, como tal, no sigue el orden lógico de un tratado. En estos casos escribimos las cosas conforme se nos ocurren; es como si estuviéramos charlando con amigos; y una asociación de ideas que puede resultarnos suficientemente clara al autor y a los destinatarios de la carta puede que no se lo resulte a otros que lo lean en otro lugar y momento. El cambio de tono y de tema aquí es la clase de cosa que puede ocurrir en cualquier carta personal.

Una carta preciosa

Para muchos de nosotros Filipenses es la carta más preciosa de todas las que se conservan de Pablo. Se le han dado dos títulos: La carta de las cosas excelentes -cosa que es sin duda-, basándose especialmente en 4:8s; y La epístola del gozo, porque en ella aparecen una y otra vez las palabras gozo y gozaos y regocijaos y otra vez os digo que os gocéis. Aun estando en la cárcel y en una situación angustiosa, Pablo quería dirigir los corazones de sus amigos filipenses -y los nuestros- al gozo que nadie ni nada puede arrebatar.

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