Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

Logo

Introducción a la carta a los filipenses

La historia de la estada de Pablo en Filipos se nos cuenta en Hechos 16; y es una historia bien interesante. Se centra en torno a tres personas: Lidia, la vendedora de púrpura; la muchacha esclava demente que usaban sus amos como adivina, para sacar dinero, y el carcelero romano. Es un corte transversal alucinante de la sociedad antigua. Estas tres personas tenían distintas nacionalidades. Lidia era asiática, y puede que su nombre no fuera tanto el suyo propio como el de su procedencia, «la señora de Lidia.» La muchacha esclava era griega de nacimiento. Y el carcelero era ciudadano romano. La totalidad del Imperio estaba representada en la iglesia cristiana. Pero no eran distintas estas tres personas solamente por su nacionalidad; también procedían de diferentes estratos sociales. Lidia era vendedora de púrpura, una de las sustancias más caras del mundo antiguo, y representaba la gran industria. La muchacha poseída era una esclava, y por tanto, para la ley, no era una persona, sino simplemente una herramienta viva. El carcelero era un ciudadano romano, perteneciente a la sólida clase media de la que procedían los funcionarios. En estos tres estaban representadas la clase más alta, la más baja y la media. No hay ningún otro capítulo de la Biblia que nos presente tan claramente como este el carácter comprensivo de la fe que Jesucristo trajo al mundo.

Persecución

Pablo tuvo que marcharse de Filipos tras una tormenta de persecución y un encarcelamiento ilegal. La persecución la heredó después la iglesia filipense. Pablo les dice que han compartido sus cadenas y su defensa del Evangelio (1:7). Los exhorta a que no se dejen atemorizar por los adversarios, porque ellos están pasando lo que él mismo pasó y sigue pasando (1:28-30).

Verdadera amistad

Se había desarrollado entre Pablo y la iglesia filipense un nexo de amistad como no lo tenía con ninguna otra iglesia. Se enorgullecía de no haber aceptado nunca ayuda de ninguna otra persona o iglesia, y que subvenía a sus necesidades con el trabajo de sus propias manos. Sólo accedió a aceptar ayuda de los filipenses. Después de salir de Filipos pasó a Tesalónica, adonde le mandaron un regalo (4:16). Cuando siguió adelante y llegó a Corinto pasando por Atenas, ellos fueron los únicos que se acordaron de él con sus dones (2 Corintios 11:9). «Hermanos míos, queridos y anhelados -los llama-, mi gozo y mi corona en el Señor» (4:1).

La ocasión de esta carta

Cuando Pablo escribió esta carta estaba preso en Roma, y la escribió con ciertos propósitos definidos.

(i) Es una carta de gracias. Habían pasado los años; era entonces el año 63 ó 64 d.C., y los filipenses le han vuelto a mandar un regalo (4:l0s).

(ii) Tiene que ver con Epafrodito. Parece que los filipenses le habían enviado no solo como portador del regalo, sino para que se quedara con Pablo y le fuera de ayuda. Pero Epafrodito cayó enfermo. Echaba de menos su casa, y estaba preocupado porque sabía que los suyos estaban preocupados por él. Pablo le envía de vuelta, pero tenía la preocupación de que los amigos filipenses pudieran tener la impresión de que Epafrodito les había fallado; así es que les sale al encuentro con su testimonio: «Recibidle con mucha alegría, y honrad a los que son como él, porque estuvo a punto de dar la vida en la causa de Cristo» (2:29s). Hay algo muy conmovedor en esta actitud de Pablo, preso y esperando la muerte, esforzándose por hacerle las cosas más fáciles a Epafrodito, que se había visto obligado a volver a casa inesperada e involuntariamente. Aquí tenemos el Everest de la cortesía cristiana.

(iii) Es una carta de aliento para los filipenses que están pasando pruebas (1:28-30). (iv) Es una llamada a la unidad. De esa situación surge el gran pasaje que nos habla de la humildad generosa de Jesucristo (2:1-11). Había en la iglesia de Filipos dos mujeres que se habían peleado y estaban poniendo en peligro la paz (4:2); y había falsos maestros que estaban tratando de seducir a los creyentes filipenses para apartarlos del camino recto (3:2). Esta carta es una llamada a mantener la unidad de la Iglesia.

El problema

Es precisamente aquí donde surge el problema de Filipenses. En 3:2 hay un cambio brusco en la carta. Hasta el 3:1 todo es serenidad, y la carta parece ir fluyendo tranquilamente hacia su final; y entonces, sin previo aviso, retumba el trueno: « ¡Cuidado con los perros! ¡Cuidado con los obreros malvados! ¡Cuidado con la mutilación!» Esto no tiene ninguna relación con lo precedente. Además, 3:1 parece el final: « Para terminar, hermanos -escribe Pablo-, regocijaos en el Señor.» Y habiendo dicho « para terminar,» ¡empieza otra vez de nuevo! (Cosa que no es ni mucho menos una práctica desgonocida entre predicadores).

  • Páginas:
  • 1
  • 2
  • 3

Deja el primer comentario

Otras Publicaciones que te pueden interesar