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Filipenses 3: El gozo indestructible

En cuanto a todo lo demás, hermanos, ¡gozaos en el Señor! Yo no me canso de repetiros las mismas cosas, y para vosotros es lo más seguro.

Pablo establece dos cosas muy importantes.

(i) Establece lo que podríamos llamar la indestructibilidad del gozo cristiano. Debe de haberse dado cuenta de que estaba presentándoles un desafío muy alto a los cristianos de Filipos. Era posible que sufrieran la misma clase de persecución, y aun de muerte, que le amenazaba a él. Desde cierto punto de vista parecería que el Cristianismo era un flaco negocio. Pero en él y más allá de él todo lo que había era gozo. «Vuestro gozo -dijo Jesús cuando les anunció a Sus discípulos persecucionesno os lo podrá quitar nadie» (Juan 16:22).

Hay una cierta indestructibilidad en el gozo cristiano; y es así porque el gozo cristiano es en el Señor. Su base es que el cristiano vive constantemente en la presencia de Jesucristo.

Puede perder todas las cosas, y aun las personas, pero no puede perder nunca a Cristo. Y por tanto, hasta en circunstancias en las que el gozo parecería imposible, y parecería no haber nada más que problemas y dolor, el gozo cristiano permanece, porque todas las amenazas y los terrores y los problemas de la vida no pueden apartar al cristiano del amor de Dios en Jesucristo su Señor (Romanos 8:35-39).

En 1756, John Wesley recibió una carta de un padre que tenía un hijo pródigo. Cuando el avivamiento se extendió por Inglaterra, aquel hijo estaba en la cárcel de York. «Plugo a Dios -escribía el padre-, no talar su vida en sus pecados. Le dio tiempo para arrepentirse; y no solo eso, sino un corazón para arrepentirse.» El joven fue condenado a muerte por sus culpas; y la carta del padre proseguía: «Su paz fue en aumento diariamente, hasta que el sábado, el día de su ejecución, salió de la habitación de los condenados a muerte vestido con el sudario, y subió al carro. Conforme iba, la alegría y la compostura de su rostro sorprendían a todos los espectadores.» El joven había hallado un gozo que ni siquiera el patíbulo le podía quitar.

Sucede a menudo que las personas pueden soportar grandes dolores y pruebas de la vida, pero se desmoronan ante inconvenientes leves. Pero este gozo cristiano le permite a una persona aceptarlos hasta con una sonrisa. John Nelson fue uno de los más famosos primeros predicadores de Wesley. Él y Wesley llevaron a cabo una misión en Comwall, cerca de Land›s End, y Nelson es el que nos la cuenta: «Todo aquel tiempo, Mr. Wesley y yo estuvimos durmiendo en el suelo: él tenía mi gabán de almohada, y yo tenía como la mía las notas de Burkitt al Nuevo Testamento. Después de casi tres semanas, una madrugada a eso de las tres, Mr. Wesley se dio una vuelta, y al encontrarme despierto me dio~na palmadita diciendo: «Hermano Nelson, tengamos ánimo: ¡Todavía tengo entero todo un costado, porque no tengo despellejado nada más que el otro!»» Tenían poco también de comer. Una mañana Wesley había predicado con gran efecto: «Cuando volvimos, Mr. Wesley detuvo su caballo para coger algunas moras diciendo: «Hermano Nelson, deberíamos estar agradecidos de que haya tantas moras; ¡porque este es el mejor país para tener un estómago, pero el peor para conseguir comida!»» El gozo cristiano le capacitaba a Wesley para aceptar los grandes golpes de la vida, y también para recibir las incomodidades menores con un chiste.

Si el cristiano camina de veras con Cristo, camina con gozo.

(ii) Aquí también establece Pablo lo que podríamos llamar la necesidad de la repetición. Dice que se propone escribirles cosas que ya les ha escrito antes. Esto es interesante, porque debe querer decir que ya les había escrito otras cartas a los filipenses que no han llegado hasta nosotros. Esto no nos sorprende. Pablo estuvo escribiendo cartas desde el año 48 d.C. hasta el 64 d.C., dieciséis años, pero no se conservan más que trece. A menos que hubiera grandes períodos de su vida en los que no aplicara la pluma al papiro, tiene que haber escrito muchas más cartas que se han perdido.

Como cualquier gran maestro, Pablo no le tenía miedo a repetirse. Una de las palabras hebreas más corrientes para enseñar quiere decir literalmente repetir. Bien puede ser que una de nuestras faltas sea el prurito de ser novedosos. Las grandes verdades salvíficas del Cristianismo no cambian; y nunca se pueden oír demasiadas veces. No nos cansamos de los alimentos que son esenciales para la vida. Bebemos agua y comemos pan todos los días; y de la misma manera debemos escuchar una y otra vez las verdades que son el pan y el agua de vida. A ningún maestro debe resultarle molesto el repetir una y otra vez las grandes verdades básicas de la fe cristiana; porque esa es la manera de asegurarse de que se han enterado sus oyentes. Puede que nos agraden las chucherías, pero lo esencial para la vida son los alimentos básicos. Predicar y enseñar y estudiar los detalles curiosos puede que nos atraiga, y puede que tengan su lugar; pero uno no se puede pasar de repetir ni de escuchar las verdades fundamentales para nuestra propia seguridad.

Los maestros malvados

¡Guardaos de los perros, guardaos de los obreros malvados, guardaos de la secta de los mutiladores! Porque nosotros representamos la verdadera circuncisión, los que damos culto en el Espíritu de Dios, los que no estamos orgullosos nada más que de Jesucristo sin poner nuestra confianza en cosas puramente humanas. De pronto, el acento de Pablo cambia a un tono de advertencia. Dondequiera que él enseñaba, los judíos le seguían y trataban de deshacer su enseñanza. Pablo enseñaba que somos salvos únicamente por gracia, que la salvación es un don gratuito de Dios que no podemos ganar nunca, sino solamente aceptar en humildad y adoración lo que Dios nos ofrece; y además, que el ofrecimiento de Dios es para todas las personas de todas las naciones, y que nadie está excluido. Pero aquellos judíos enseñaban que, si uno quería ser salvo, tenía que merecerlo y ganárselo cumpliendo los incontables mandamientos de la ley judía; y además, que la salvación era para los judíos exclusivamente, y que, antes que Dios mostrara el más mínimo interés en él, el hombre tenía que circuncidarse, es decir, hacerse judío. Aquí Pablo acorrala a aquellos maestros judíos que estaban intentando deshacer su trabajo. Los llama tres cosas, especialmente escogidas para devolverles sus pretensiones.

(i) « ¡Guardaos de los perros!», les dice a los hermanos. Entre nosotros el perro es un apreciado animal de compañía, pero no era así en el Oriente antiguo. Los perros eran animales parias que vagaban por las calles y los campes, a veces en jaurías, que rebuscaban su alimento en los montones de basura y ladraban y gruñían a todos los que se encontraban. J. B. Lightfoot habla de «los perros que rondan por las ciudades orientales, sin amo ni hogar, comiendo basura y porquerías de las calles, luchando entre ellos, y atacando a los que pasan.»

En la Biblia los perros representan lo más bajo que se pueda imaginar. Cuando Saúl estaba tratando de matarle, David le preguntó: «¿Contra quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¿A un perro muerto? ¿A una pulga?» (1 Samuel 24:14; cp. 2 Reyes 8:13; Salmo 22:16,20). En la parábola del Rico y Lázaro, parte de la tortura de Lázaro era que los perros callejeros le molestaban chupándole las heridas (Lucas 16:21). En Deuteronomio, la Ley relaciona el precio de un perro con la paga de una prostituta para decir que ninguna de las dos cosas es apta para ofrecérsela a Dios (Deuteronomio 23:18). Y en Apocalipsis la palabra perro representa a los que son tan impuros que están excluidos de la Santa Ciudad (Apocalipsis 22:15). Lo santo no debe darse a los perros (Mateo 7:6). Y el pensamiento griego está de acuerdo; el perro representa todo lo desvergonzadamente sucio.

Los judíos les daban ese nombre a los gentiles. Hay un dicho rabínico: «Las naciones gentiles son como perros.» Y Pablo les aplica el mismo nombre a los maestros judíos. Es como si les dijera: «En vuestra orgullosa autojustificación llamáis perros a los otros hombres; pero sois vosotros los que sois perros, porque pervertís desvergonzadamente el Evangelio de Jesucristo.» Toma el nombre que los maestros judíos les habrían aplicado a los gentiles impuros, y se lo lanza de vuelta a ellos mismos. Todos debemos asegurarnos de no ser culpables de los mismos pecados que atribuimos a otros.

(ii) Los llama obreros malvados, realizadores de malas acciones. Los judíos estarían muy seguros de ser obradores de justicia. Estaban convencidos de que el cumplir las innumerables reglas y preceptos de la Ley era obrar justicia; pero Pablo estaba seguro de que la única clase de justicia que existe viene de rendirnos incondicionalmente a la gracia de Dios. La consecuencia de la enseñanza de ellos era alejar a las personas cada vez más de Dios en vez de acercárselas. Creían que estaban haciendo el bien, pero de hecho estaban obrando maldad. Todo maestro debe estar más profundamente interesado en escuchar a Dios que en propagar sus propias ideas y opiniones, so pena de correr el riesgo de ser un obrero del mal hasta cuando se tiene por obrador de justicia.

La única circuncisión verdadera

(iii) Por último, los llama la secta de los mutiladores. Hay aquí un juego de palabras en griego que no se puede reproducir en español. Hay dos verbos griegos que son muy semejantes: peritémnein, que quiere decir circuncidar, y katatémnein, que quiere decir mutilar, como aparece en Levítico 21:5, que describe las automutilaciones tales como el castrarse. Pablo dice: «Vosotros los judíos creéis que estáis circuncidados, cuando lo que estáis es mutilados.»

¿Qué quería Pablo resaltar? Según la creencia judía, la circuncisión se instituyó en Israel como una señal y símbolo de que era el pueblo con el que Dios había entrado en una relación especial. La historia del principio de ese signo se encuentra en Génesis 17:9-10. Cuando Dios hizo un pacto especial con Abraham, estableció la circuncisión como su señal eterna. Ahora bien: la circuncisión no es más que un signo en la carne, algo que se hace en el cuerpo de un hombre. Pero, si un hombre ha de tener una relación especial con Dios, necesita mucho más que una marca en su cuerpo. Debe tener una cierta clase de mentalidad y de carácter y de corazón. Aquí era donde por lo menos algunos de los judíos cometían una equivocación.

Consideraban que la circuncisión, en sí, era suficiente para apartarlos especialmente para Dios. Mucho, mucho antes de esto, los grandes maestros y profetas se habían dado cuenta de que la circuncisión en la carne no era en sí misma ni mucho menos suficiente, y que lo-que se necesitaba era una circuncisión espiritual. En Levítico, el santo Legislador dice que los corazones incircuncisos de Israel deben ser humillados para aceptar el castigo de Dios (Levítico 26:41). La exhortación del autor del Deuteronomio es: « Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz» (Deuteronomio 10:16). Dice que el Señor les circuncidará el corazón para hacer que Le amen (Deuteronomio 30:6). Jeremías habla del oído incircunciso, que se niega a escuchar la Palabra de Dios (Jeremías 6:10). El autor del Éxodo habla de labios incircuncisos (Éxodo 6:12).

Así es que lo que dice Pablo es: « Si no tenéis nada que mostrar más que la circuncisión de la carne, no sois circuncidados de verdad -no estáis más que mutilados. La verdadera circuncisión es la devoción del corazón y de la mente y de la vida a Dios.»

Por tanto, dice Pablo, son los cristianos los que están circuncidados de veras. Están circuncidados, no con una marca exterior en la carne, sino con la circuncisión interior de la que hablaron los grandes legisladores y maestros y profetas.

Entonces, ¿cuáles son las señales de esa circuncisión verdadera? Pablo establece tres.

(i) Nosotros adoramos en el Espíritu de Dios; o, nosotros adoramos a Dios en el Espíritu. El culto cristiano no es un mero ritual, ni la observancia de los detalles de la Ley; es algo del corazón. Es perfectamente posible que uno cumpla una liturgia elaborada, y que su corazón esté sin embargo lejos de Dios. Es perfectamente posible que observe todas las reglas externas de la religión, y sin embargo tenga el corazón lleno de odio y rencor y orgullo. El verdadero cristiano da culto a Dios, no con fórmulas y normas externas, sino con la verdadera devoción y la sinceridad real de su corazón. Su culto es amor a Dios y servicio a los hombres.

(ii) Sólo estamos orgullosos de Jesucristo. El cristiano no se jacta de nada que haya hecho por sí mismo, sino sólo de lo que Cristo ha hecho por él. De lo único que puede presumir es de ser una persona por la que Cristo murió. Eso era lo que Pablo quería decir con su famoso proclama: « ¡Lejos esté de mí el gloriarme en otra cosa que no sea la Cruz de nuestro Señor Jesucristo!» (Gálatas 6:14).

(iii) No ponemos nuestra confianza en cosas meramente humanas. Los judíos ponían su confianza en el emblema físico de la circuncisión y en el cumplimiento de los deberes externos de la Ley. El cristiano pone su confianza solamente en la misericordia de Dios y en el amor de Jesucristo. El judío, en esencia, confiaba en sí mismo; el cristiano, en esencia, confía en Dios.

La verdadera circuncisión no es una marca en la carne; es ese culto verdadero, esa gloria real, y esa confianza auténtica en la gracia de Dios en Jesucristo.

Los privilegios de pablo

Y sin embargo, que quede claro que yo también tengo todos los motivos imaginables para poner mi confianza en mis condiciones meramente humanas. Si alguien tiene motivos para creer que tiene base para poner su confianza en su herencia y logros humanos, más tengo yo. Fui circuncidado al octavo día de nacer; soy de la raza de Israel, de la tribu de Benjamín, un hebreo de pura cepa. Por lo que se refiere a la Ley, soy fariseo; en cuanto al celo, fui perseguidor de las iglesias; en cuanto a la justicia que confiere la Ley, intachable. Pero tales cosas, que yo podría considerar ganancias según la contabilidad humana, he llegado a la conclusión de que no eran más que pérdidas en relación con Jesucristo.

Pablo acaba de atacar a los maestros judíos, y de insistir en que somos los cristianos, y no los judíos, los que tenemos la verdadera circuncisión y somos el pueblo del pacto. Sus Woponentes podrían haber intentado objetarle: « Pero tú eres cristiano, y no sabes de lo que estás hablando; tú no sabes lo que es ser judío.» Así es que Pablo presenta sus credenciales, no para presumir, sino para mostrar que había disfrutado de todos los privilegios de un judío, y había alcanzado todas las prerrogativas a que cualquier judío pudiera aspirar. Sabía lo que era ser judío en el más alto sentido de la palabra, pero había renunciado a todo ello a sabiendas por causa de Jesucristo. Cada frase de este catálogo de los privilegios de Pablo tiene un sentido especial; veámoslas una a una.

(i) Había sido circuncidado a los ocho días de nacer. Ese había sido el mandamiento que le había dado Dios a Abraham: «A los ocho días de edad será circuncidado todo varón entre vosotros» (Génesis 17:12); y ese mandamiento se había repetido como una ley de Israel de carácter permanente (Levítico 12:3). Pablo deja bien claro que no es un ismaelita, que se circuncidaban a los trece años (Génesis 17:25), ni un prosélito que hubiera llegado más tarde a la fe judía y se hubiera circuncidado en la madurez. Subraya el hecho de que había nacido en la fe judía, y había conocido sus privilegios y observado sus ceremonias desde su nacimiento.

(ii) Era de la raza de Israel. Cuando los judíos querían hacer hincapié en su relación especial con Dios en su sentido más único usaban la palabra israelita. Israel fue el nombre que Dios le dio a Jacob después de su lucha con Él (Génesis 32:28). Era de Israel de quien de una manera especial recibían su herencia. De hecho, también los ismaelitas eran descendientes de Abraham, porque Ismael fue el hijo que tuvo Abraham de Agar; los edomitas también eran descendientes de Isaac, porque Esaú, el fundador de .su nación, era hijo de Isaac; pero los israelitas eran los únicos que podían trazar su descendencia desde Jacob, a quien Dios había puesto el nombre de Israel. Al llamarse israelita, Pablo subrayaba la pureza absoluta de su ascendencia.

(iii) Era de la tribu de Benjamín. Es decir, no sólo era israelita, sino que pertenecía a la elite de Israel. La tribu de Benjamín ocupaba un lugar especial en la aristocracia de Israel. Benjamín había sido hijo de Raquel, la esposa predilecta de Jacob, y fue el único de los Doce Patriarcas que nació en la Tierra Prometida (Génesis 35:17s). Fue de la tribu de Benjamín de la que procedió el primer rey de Israel (1 Samuel 9:1 s), y sin duda fue del recuerdo de ese rey, Saúl, de donde procedía el primer nombre de Pablo, Saulo. Cuando el reino se dividió bajo Roboam, diez de las tribus se separaron con Jeroboam, y Benjamín fue la única tribu que permaneció fiel con Judá (1 Reyes 12:21). Cuando volvieron del exilio, fue de las tribus de Benjamín y de Judá de las que se formó el núcleo de la nación renacida (Esdras 4:1). La tribu de Benjamín ocupaba el puesto de honor en la formación guerrera de Israel, y el grito que guerra de Israel era: « ¡En pos de ti, Benjamín!» (Jueces 5:14; Oseas 5:8). La gran fiesta de Purim, que se celebraba todos los años con gran regocijo, conmemoraba la liberación que es el tema del Libro de Ester, y la figura central de esa historia fue Mardoqueo, un benjaminita. Cuando Pablo afirmaba que era de la tribu de Benjamín quería decir que no era un israelita de tantos, sino que pertenecía a la aristocracia de Israel.

Así es que Pablo afirmaba que era fiel a la Ley judía desde su nacimiento; que su linaje era de tal pureza que no cabía más, y que pertenecía a la tribu más aristocrática de Israel.

Los logros de Pablo

Hasta ahora, Pablo ha expuesto los privilegios que tenía de nacimiento; ahora pasa a exponer sus logros en la fe judía.

(i) Era un hebreo nacido de padres hebreos. Esto no es lo mismo que decir que era un verdadero israelita. El detalle es el siguiente. Los judíos habían sido dispersados por todo el mundo. Había judíos en todas las naciones, las ciudades y los pueblos del mundo. Había docenas de millares de ellos en Roma; y en Alejandría eran más de un millón. Se negaban testarudamente a ser asimilados por las naciones donde vivían; retenían fielmente su propia religión y costumbres y leyes. Pero ocurría a menudo que olvidaban su lenguaje ancestral. Hablaban griego por necesidad porque vivían y se movían en ambientes griegos. Un hebreo era un judío que era no sólo de pura ascendencia racial sino que había conservado, a menudo laboriosamente, la lengua hebrea. Un judío de esos hablaría la lengua de su país de residencia, pero también el hebreo, que era su lenguaje ancestral. Pablo no era sólo un judío de pura raza, sino que además hablaba hebreo. Había nacido en la ciudad gentil de Tarso, pero había ido a Jerusalén para educarse a los pies de Gamaliel (Hechos 22:3), y podía, cuando se le presentaba la ocasión, hablar a los judíos de Jerusalén en su propia lengua (Hechos 21:40).

(ii) Por lo que se refería a la Ley, se había educado para ser fariseo. Esa era una cualidad a la que Pablo se refiere más de una vez (Hechos 22:3; 23:6; 26:5). No había muchos fariseos, nunca más de seis mil; pero eran los atletas espirituales del judaísmo. Su nombre quería decir Los separados. Se habían apartado de la vida corriente y de todas las tareas ordinarias para hacer que su único objetivo fuera guardar la Ley en todos sus más mínimos detalles. Pablo declara que era, no solamente un judío que había conservado la religión ancestral, sino que había dedicado toda su vida a su más rigurosa observancia. Nadie sabía mejor que él por experiencia personal lo que era la religión judía en sus demandas más elevadas y minuciosas.

(iii) En cuanto a su celo religioso en el judaísmo había sido un perseguidor de la Iglesia. Para un judío, el celo era la cualidad más elevada de la vida religiosa. Finees había salvado al pueblo de la ira de Dios, y había recibido un sacerdocio a perpetuidad porque había demostrado tener celo por su Dios (Números 25:11-13). Y el salmista proclama: «Me consumió el celo de Tu Casa» (Salmo 69:9). Un celo ardiente por Dios era la cima de la religión judía. Pablo había sido un judío tan celoso que había hecho todo lo posible por destruir a los que creía los enemigos del judaísmo. Eso era algo que él nunca olvidó. Una y otra vez habla de ello (Hechos 22:2-21; 26:423; 1 Corintios 15:8-10; Gálatas 1:13). No se avergonzaba de confesar su vergüenza, y de decir que antes había odiado al Cristo al Que ahora amaba, y había tratado de raer la Iglesia que ahora servía. Pablo pretendía conocer el judaísmo en su ardor más intenso y hasta fanático.

(iv) En cuanto a la justicia que la Ley podía producir, era irreprochable. La palabra original es ámemptos, y J. B. Lightfoot especifica que el verbo mémfesthai, del que deriva, quiere decir reprochar de pecado u omisión. Pablo pretende que no había ninguna demanda de la Ley que él no hubiera tratado de cumplir.

Así es que Pablo enumera sus logros. Había sido un judío tan leal que no había perdido la lengua hebrea; era no solamente un judío religioso, sino que formaba parte de la denominación más estricta y disciplinada; había tenido en su corazón un celo ardiente por lo que creía que era la causa de Dios, y había cumplido la Ley de tal manera que nadie le podía reprochar ni lo más mínimo.

Todas estas cosas Pablo podría haber pretendido poner en su haber; pero cuando se encontró con Cristo, las pasó a la otra hoja como nada más que malas deudas. Las cosas que había creído que eran sus glorias eran de hecho inútiles. Todo logro humano tenía que descartarse para poder aceptar la gracia gratuita de Cristo. Tenía que despojarse de toda pretensión humana de honor para poder aceptar con completa humildad la misericordia de Dios en Jesucristo.

De este modo demuestra Pablo a esos judíos que tenía derecho a hablar. No está condenando el judaísmo desde fuera. Lo había experimentado al nivel más alto; sabía que no era nada comparado con el gozo que Cristo le había dado. Sabía que el único camino a la paz era abandonar el camino de los logros humanos y aceptar el camino de la gracia.

La inutilidad de la ley y el valor de Cristo

Sí, y aún considero que todo tiene un valor negativo comparado con el valor incalculable de lo que quiere decir conocer a Jesucristo, mi Señor. Por Su causa he tenido que llegar a un abandono total de todas las cosas, y no las considero mejores en nada que la basura que se destina al vertedero -a fin de obtener a Cristo, y que quede claro a todos que estoy en Él, no por ninguna justicia mía propia, esa justicia que se deriva de la Ley, sino por la justicia que nos viene por medio de Jesucristo, cuya fuente está en Dios mismo y cuya base es la fe.

Pablo acaba de decir que había llegado a la conclusión de que todos sus privilegios y logros judíos no eran nada más que una pérdida total. Pero, se podría argüir, que eso era una decisión precipitada, que tal vez más tarde lamentaría o invertiría. Así es que aquí dice: «Llegué a aquella conclusión -y sigo pensando lo mismo. No fue una decisión que hiciera en un momento de emoción, sino que todavía la mantengo.»

En este pasaje, la palabra clave es justicia. Dikaiosyné es siempre difícil de traducir en las cartas de Pablo. El problema no está en saber lo que quería decir, sino en encontrar una palabra española que abarque todo lo que incluye. Tratemos de ver lo que Pablo estaba pensando cuando hablaba acerca de la justicia.

El gran problema básico de la vida es llegar a estar en la debida relación con Dios, en paz y en amistad con Él. La forma de llegar a esa relación es por medio de la justicia, por medio de la clase de vida y de espíritu y de actitud hacia Él que Dios desea.

Por eso justicia, casi siempre para Pablo, tiene el sentido de la debida relación con Dios. Teniendo esto en mente, tratemos de parafrasear este pasaje para expresar, no tanto lo que Pablo dice, sino lo que quería decir.

Dice: « Me he pasado la vida tratando de llegar a la debida relación con Dios. Traté de encontrarla mediante la estricta sumisión a la ley judía; pero encontré que la ley y todos los procedimientos eran menos que inútiles para lograr tal fin. Me resultó una pura… skybala. » Skybala tiene dos significados. En etimología popular se consideraba que derivaba de kysi ballomena, que quiere decir lo que se les echa a los perros; en el argot de la medicina quiere decir excremento (estiércol en la antigua Reina-Valera; basura desde la revisión de 1960. Ya se comprende que hay una palabra todavía más corriente que estas en español). Así es que Pablo está diciendo: «Encontré que la Ley y todos sus procedimientos no me eran más útiles para nada que los desechos que se arrojan al montón de basura para ayudarme a entrar en la debida relación con Dios. Así es que renuncié a tratar de crear una bondad que fuera mía propia; llegué a Dios con fe humilde, como me dijo Jesús que lo hiciera, y encontré esa relación que yo había estado buscando toda la vida.»

Pablo había descubierto que la debida relación con Dios no se basa en la Ley, sino en la fe en Jesucristo. No la alcanza ninguna persona, sino la da Dios; no se gana por obras, sino se acepta en confianza.

Así es que dice: «Por propia experiencia os digo que el método judío es erróneo e inútil. No vais a llegar nunca a entrar en la debida relación con Dios por vuestros propio esfuerzo en guardar la Ley. Podéis entrar en ella solamente tomándole la palabra a Jesucristo, y aceptando lo que Dios mismo os ofrece.»

La idea básica de este pasaje es la inutilidad de la Ley y la suficiencia del conocimiento de Cristo y de aceptar el conocimiento de la gracia de Dios. El mismo lenguaje que usa Pablo para describir la Ley -excremento- muestra el desagrado total hacia la Ley que sus propios esfuerzos frustrados para vivir de acuerdo con ella le habían reportado. Y el gozo que brilla en todo este pasaje muestra lo triunfalmente adecuada que encontró la gracia de Dios en Jesucristo.

Lo que quiere decir conocer a Cristo

Mi única meta es conocerle; y lo que quiero decir con eso es conocer el poder de Su Resurrección, y participar de Sus sufrimientos, mientras sigo haciéndome como Él en Su muerte, si de alguna manera lograra llegar a la Resurrección de los muertos.

Pablo ya ha hablado del valor incalculable del conocimiento de Cristo. Ahora vuelve a ese pensamiento, y define más exactamente lo que quiere decir. Es importante que nos fijemos en el verbo que usa para conocer. Es parte del verbo guinóskein, que casi siempre se refiere a un conocimiento personal. No es meramente un conocimiento intelectual, el conocimiento de ciertos hechos o principios. Es tener una experiencia personal de otra persona. Podemos ver la profundidad de esta palabra por su uso en el Antiguo Testamento. En él se usa conocer para expresar la relación más íntima entre marido y mujer. «Adán conoció a Eva su mujer; y ella concibió y dio a luz a Caín» (Génesis 4:1). El verbo hebreo yada se traduce en griego por guinóskein. Este verbo indica el conocimiento más íntimo de otra persona. Pablo no considera su meta saber cosas acerca de Cristo, sino conocerle personalmente. Conocer a Cristo quiere decir para él ciertas cosas.

(i) Quiere decir conocer el poder Su Resurrección. Para Pablo, la Resurrección no era simplemente un acontecimiento pasado de la Historia, por muy maravilloso que fuera. No era simplemente algo que Le había sucedido a Jesús, por muy importante que fuera para Él. Era un poder dinámico que actuaba en la vida de cada cristiano. No podemos saber todo lo que Pablo quería decir con esta frase; pero la Resurrección de Cristo es la gran dinámica, por lo menos en tres direcciones diferentes.

(a) Es la garantía de la importancia de este vida y de este cuerpo en los que vivimos. Fue en el cuerpo como Cristo resucitó, y es este cuerpo el que santifica (1 Corintios 6:13ss).

(b) Es la garantía de la vida por venir (Romanos 8:11; 1 Corintios 15:14ss). Porque Él vive, nosotros también viviremos; Su victoria es nuestra victoria.

(c) Es la garantía de que en la vida y en la muerte y más allá de la muerte la presencia del Señor Resucitado está siempre con nosotros. Es la prueba de que Su promesa de estar con nosotros siempre hasta el fin del mundo es verdadera. La Resurrección de Cristo es la garantía de que vale la pena vivir esta vida y de que el cuerpo físico es sagrado; es la garantía de que la muerte no es el final de la vida y de que hay un mundo feliz más allá; es la garantía de que nada en la vida o en la muerte nos puede separar de Él.

(ii) Quiere decir conocer la participación en Sus sufrimientos. Una y otra vez Pablo vuelve a la idea de que, cuando el cristiano tiene que sufrir, está participando de alguna extraña manera en el sufrimiento del mismo Cristo, y hasta completándolo (2 Corintios 1:5; 4:IOs; Gálatas 6:17; Colosenses 1:24). El sufrir por la fe no es un castigo, sino un privilegio, porque así participamos de la obra del mismo Cristo.

(iii) Quiere decir estar tan unidos a Cristo que día a día vamos participando más y más de Su muerte, para finalmente participar de Su Resurrección. El conocer a Cristo quiere decir compartir con Él Su camino; compartir la Cruz que Él llevó; compartir Su muerte, y finalmente participaremos de la vida que El vive para siempre.

Conocer a Cristo no es ser experto en ningún conocimiento teorético o teológico; es conocerle con tal intimidad que al final estamos tan unidos con Él como lo estamos con los que amamos en la Tierra; y que, de la misma manera que participamos de las experiencias de ellos, así también participamos de las Suyas.

Prosiguiendo hacia la meta

No es que yo lo haya obtenido ya, ni que ya esté totalmente completo; sino que prosigo tratando de agarrar aquello para lo que Cristo me agarró a mí. Hermanos, yo no me hago la cuenta de haberlo alcanzado ya; sino lo único que hago -olvidando todas las cosas que voy dejando atrás, y estirándome hacia las cosas que tengo por delante-, prosigo hacia la meta con el propósito de ganar el premio que me está ofreciendo la llamada hacia arriba de Dios en Jesucristo.

Todos vosotros que os habéis graduado en la escuela de Cristo, tened la misma actitud mental ante la vida. Y si alguno tiene otra actitud al respecto, también esta se la revelará Dios. Lo importante es que sigamos conduciéndonos siempre de acuerdo con el nivel que ya hemos alcanzado. [En diversos manuscritos no aparece: sintamos una misma cosa. Nota de la versión Reina-Valera›95].

Es vital para la comprensión de este pasaje la interpretación correcta de la palabra griega téleios, que la versión ReinaValera traduce por perfecto (versículos 12 y 15). Téleios tiene en griego una variedad de significados interrelacionados. Con mucho los más de ellos no significan lo que podríamos llamar una perfección abstracta, sino una especie de perfección funcional, de acuerdo con algún propósito dado. Quiere decir completamente desarrollado para distinguirlo de subdesarrollado; por ejemplo, se usa de un hombre plenamente desarrollado en contraposición a un joven en desarrollo. Se usa con el sentido de maduro de mente, y por tanto quiere decir uno que está cualificado en una materia como opuesto a un mero aprendiz. Cuando se usa de ofrendas, quiere decir sin tacha y aptas para ser ofrecidas a Dios. Cuando se refiere a los cristianos, a menudo quiere decir personas bautizadas que son miembros de la iglesia en plenitud de derechos y obligaciones, como opuesto a los que están todavía recibiendo instrucción. En los días de la Iglesia Primitiva se usaba a menudo téleios para describir a los mártires. Un mártir se dice que ha sido perfeccionado por la espada, y el día de su muerte se decía que era el día de su perfeccionamiento. La idea es que la madurez cristiana de un hombre no puede ir más allá de su martirio.

Así es que, cuando Pablo usa la palabra en el versículo 12 – e n una forma derivada, teteleíomai- está diciendo que él no es, de ninguna manera, un cristiano completo, sino que sigue avanzando. Entonces usa dos ilustraciones gráficas.

(i) Dice que está tratando de agarrar aquello para lo que Cristo le agarró a él. Este es un pensamiento maravilloso. Pablo sentía que, cuando Cristo le detuvo en el camino de Damasco, tenía una visión y un propósito para él; y Pablo sentía que toda su vida estaba obligado a proseguir adelante, no fuera que Le fallara a Jesús y frustrara Su sueño. Toda persona es agarrada por Cristo con algún propósito; y, por tanto, toda persona debe proseguir durante toda su vida hasta agarrar aquel propósito para el que Cristo la agarró a ella.

(ii) Con ese fin, Pablo dice que hace dos cosas. Él está olvidando las cosas que va dejando atrás. Es decir, nunca se gloriará de ninguno de sus logros ni los usará como disculpa para ‹relajar su esfuerzo. Lo que Pablo está diciendo es que el cristiano debe olvidar todo lo que ha hecho, y tener presente solo lo que todavía tiene por hacer. En la vida cristiana no hay sitio para los que se quieren dormir en los laureles. También está estirándose a las cosas que tiene por delante. La palabra que usa para estirarse (epekteinómenos) es muy gráfica y se usa de un corredor que se estira hacia la cinta. Lo de$cribe con ojos que no se concentran nada más que en la metal: Describe a la persona que va a por todas hacia el final. Así es que Pablo dice que en la vida cristiana debemos olvidar cualquier logro pasado, y tener presente solo la meta que tenemos por delante.

Sin duda, Pablo está hablando aquí a los antínomos. Eran los que negaban que hubiera ninguna ley que afectara a la vida cristiana. Declaraban que estaban bajo la gracia de Dios; y que, por tanto, no importaba lo que hicieran con el cuerpo.

Dios lo perdonaría. No hacía falta ninguna disciplina ni ningún esfuerzo más. Pablo insiste en que, hasta que alcancemos el final, la vida cristiana es como la de un atleta que se esfuerza en proseguir hacia la meta que tiene siempre por delante.

En el versículo 15 usa de nuevo téleios, y dice que esta debe ser la actitud de los que son téleioi. Lo que quiere decir es: «Todo aquel que haya llegado a ser maduro en la fe y que conozca lo que es el Cristianismo debe conocer la disciplina y el esfuerzo y la agonía de la vida cristiana.» Puede que piense de otra manera; pero, si es sincero, Dios le aclarará que no debe nunca relajar el esfuerzo o bajar el listón, sino que debe continuar esforzándose hasta llegar a la meta que siempre tendrá por delante mientras esté en este mundo.

Pablo veía que el cristiano es el atleta de Cristo.

Residentes en la tierra pero ciudadanos del cielo

Hermanos, seguid mi ejemplo, y poned los ojos en los que viven según el ejemplo que habéis visto en nosotros. Porque hay muchos que se conducen de tal manera ya os he hablado de ellos a menudo, y ahora lo hago con lágrimas que demuestran ser enemigos de la Cruz de Cristo. Acabarán perdiéndose; no tienen más dios que su vientre; de lo que presumen deberían avergonzarse. ¡Hombres que tienen la mente solamente en la Tierra! Pero nuestra ciudadanía está en el Cielo, de donde también esperamos anhelantes al Señor Jesucristo como Salvador, porque Él reciclará el cuerpo que tenemos en este estado de humillación, y lo hará como Su propio cuerpo glorioso por la acción de ese poder Suyo con el que puede sujetar a Sí mismo todas las cosas.

Pocos predicadores se atreverían a hacer el llamamiento con el que Pablo empieza esta sección. J. B. Lightfoot lo traduce: «Competid entre vosotros en imitarme.» La mayor parte de los predicadores empiezan por tener que decir: «No hagáis lo que hago yo, sino lo que yo os digo.» Pablo podía decir, no sólo: «Escuchad mis palabras,» sino también «Seguid mi ejemplo.» Vale la pena notar en este pasaje lo que Bengel, uno de los más grandes intérpretes de la Escritura que haya habido nunca, traduce esto de una manera diferente: «Sed mis co-imitadores en imitar a Jesucristo.» Pero es mucho más probable -casi todos los demás intérpretes coinciden- que Pablo podía invitar a sus amigos, no simplemente a escucharle, sino también a imitarle.

Había en la iglesia de Filipos hombres cuya conducta era un escándalo manifiesto, y que, en sus vidas, daban señales de ser enemigos de la Cruz de Cristo. Quiénes eran, no estamos seguros; pero está claro que llevaban vidas glotonas e inmorales, y usaban su llamado cristianismo para justificarse. Sólo podemos suponer quiénes eran.

Puede que fueran gnósticos. Y los gnósticos eran herejes que trataban de intelectualizar el Cristianismo convirtiéndolo en una especie de filosofía. Empezaban por el principio de que, desde el principio del tiempo, había habido siempre dos realidades: el espíritu y la materia. El espíritu, decían, es totalmente bueno, y la materia es totalmente mala. Fue porque el mundo fue creado a partir de esa materia defectuosa por lo que el pecado y el mal están en él. Así que, si la materia es esencialmente mala, el cuerpo también lo es, y seguirá siendo malo hagas lo que hagas con él. Por tanto, haz lo que te dé la gana; puesto que es malo de todas maneras, es lo mismo lo que se haga con él. Así es que estos gnósticos enseñaban que la glotonería, el adulterio, la homosexualidad y las borracheras no tenían ninguna importancia, porque no afectaban nada más que al cuerpo, que no tenía ninguna importancia.

Había otro grupo de gnósticos que mantenían una posición diferente. Argüían que una persona no podía llegar a ser completa hasta que hubiera experimentado todo lo que la vida puede ofrecer, tanto bueno como malo. Por tanto, decían, una persona tenía el deber de sumergirse en las simas del pecado lo mismo que escalar las cimas de la virtud.

Dentro de la Iglesia había dos clases de personas a las que se podían aplicar estas acusaciones. Estaban los que tergiversaban el principio de la libertad cristiana, que decían que en el Cristianismo ya no existía ninguna ley, y que el cristiano tenía libertad para hacer lo que quisiera. Convertían la libertad cristiana en una licencia descristianizada, y presumían de dar rienda suelta a sus pasiones. Estaban los que tergiversaban la doctrina cristiana de la gracia. Decían que, puesto que la gracia era suficientemente amplia para cubrir cualquier pecado, uno podía pecar todo lo que quisiera sin preocuparse; todo daba lo mismo ante un Dios que lo perdonaba todo.

Así es que los que Pablo ataca puede que fueran intelectuales gnósticos que presentaban argumentos para justificar su vida de pecado, o cristianos confusos que tergiversaran las cosas más preciosas para justificar sus pecados más feos.

Quienesquiera que fueran, Pablo les recuerda una gran verdad: «Nuestra ciudadanía-les dice-está en el Cielo.» Esa era una figura que los filipenses podían entender. Filipos era una colonia romana. Por todas partes, en puntos militarmente estratégicos, los romanos establecían sus colonias. En tales lugares, los ciudadanos eran mayormente soldados que se habían licenciado después de cumplir los veintiún años de servicio, a los que Roma recompensaba con la ciudadanía plena. La característica principal de estas colonias era que, dondequiera que estuvieran, eran auténticas réplicas de Roma. Se vestía en ellas a lo romano; gobernaban magistrados romanos; se hablaba latín; se administraba justicia romana; se observaba la moral romana. Hasta los fines de la tierra se mantenían inalterablemente romanas. Pablo les dice a los filipenses: «Lo mismo que los de las colonias romanas no se olvidan nunca de que pertenecen a Roma, vosotros no debéis olvidar nunca que sois ciudadanos del Cielo, y vuestra conducta debe corresponder a vuestra ciudadanía.»

Para terminar, Pablo habla de la esperanza cristiana. El cristiano espera anhelante la venida de Cristo, cuando todo cambiará. Aquí la versión Reina-Valera fue cambiando en sucesivas revisiones de el cuerpo de nuestra bajeza (1862, 1909), a el cuerpo de la humillación nuestra (1960), a nuestro cuerpo mortal (1995). En el estado en que nos encontramos ahora, nuestros cuerpos están sujetos a cambios y desgaste, a enfermedad y muerte, cuerpos de un estado de humillación comparado con el estado glorioso del Cristo Resucitado; pero llegará el día cuando dejaremos a un lado este cuerpo mortal que ahora poseemos, y seremos semejantes a Jesucristo mismo. La esperanza del cristiano es que llegará un día en que su humanidad se transformará en nada menos que la divinidad de Cristo, y en el que la necesaria bajeza de la mortalidad se cambiará en el esplendor esencial e la vida inmortal.

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