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Filipenses II: Las causas de la desunión

Si el estar en Cristo tiene algún poder para influir en vosotros, si el amor tiene alguna capacidad persuasivo para incentivaros, si de veras participáis del Espíritu Santo, si podéis sentir compasión y piedad, completad lo que le pueda faltar a mi gozo, porque mi deseo es que estéis totalmente de acuerdo, amando las mismas cosas, unidos en el alma, con la mente en la misma cosa. No hagáis nada movidos por un espíritu de ambición egoísta, ni para ganar una estimación huera, sino con toda humildad, considederando cada uno que los demás valen más que él. No estéis siempre pendientes cada uno de sus intereses particulares, sino igualmente preocupado por los intereses de los demás.

El único peligro que amenazaba a la iglesia filipense era el de la desunión. En cierto sentido, ese es el peligro que corre cualquier iglesia sana. Es cuando los miembros están realmente en serio y sus creencias les importan de veras cuando están propensos a enfrentarse. Cuanto más entusiasmo tienen, tanto mayor peligro tienen de chocar. Pablo quiere salvaguardar a sus amigos contra ese peligro.

En los versículos 3 y 4 nos da tres causas de desunión.

Está la ambición egoísta. Siempre hay peligro de que las personas hagan las cosas, no para que avance la obra, sino para promocionarse a sí mismas. Es un hecho extraordinario de la Historia que una y otra vez los grandes príncipes de la Iglesia casi huyeran de los cargos en la agonía del sentimiento de su propia indignidad. Ambrosio fue una de las grandes figuras de la Iglesia Primitiva. Era un gran erudito, gobernador de la provincia romana de Liguria y Emilia, y las gobernaba con un cuidado tan cariñoso que la gente le miraba como a un padre. Murió el obispo del lugar, y se planteó la cuestión de la sucesión. En medio de la discusión, de pronto se oyó la voz de un niño: «¡Ambrosio para obispo! ¡Ambrosio para obispo!» Y pronto lo coreó toda la multitud. Para Ambrosio aquello era inconcebible.

Salió huyendo aquella noche para eludir el puesto honorable que le ofrecía la iglesia; y sólo le hizo aceptar ser obispo de Milán la intervención y orden del Emperador.

Cuando John Rough convocó públicamente desde el púlpito al gran reformador escocés John Knox al ministerio, éste se sintió apabullado. En su propia Historia de la Reforma escribe: «Ante lo cual, el mencionado John, confuso, rompió a llorar abundantemente, y se retiró a su habitación. Su rostro y su comportamiento desde ese día hasta el día en que se le obligó a presentarse en público para predicar declaraban claramente la preocupación y angustia de su corazón. Nadie le notó ninguna señal-de alegría, ni se le vio en compañía de nadie durante mudos días.»

Lejos de estar llenos de ambición, los grandes hombres estaban llenos de un sentimiento de su propia indignidad para los cargos elevados.

Está el deseo de prestigio personal. El prestigio es para muchos una tentación aún mayor que la de la riqueza. El ser admirado y respetado, en sentarse en la plataforma, que se busque la opinión de uno, que se le conozca a uno de nombre y en persona, hasta el ser adulado son para muchos las cosas más deseables. Pero el propósito del cristiano no debe ser alardear, sino pasar inadvertido. Debe hacer buenas obras, no para que la gente le alabe, sino para que glorifique a su Padre Que está en el Cielo. El cristiano debe desear que la gente fije la mirada, no en él mismo, sino en Dios.

Está el concentrarse en el ego. Si una persona no se preocupa nunca nada más que de sus propios intereses, es inevitable que choque con otras personas. Si su idea de la vida es la de una contienda competitiva cuyos premios se esfuerza por ganar, siempre considerará a los demás como enemigos, o por lo menos como rivales de los que tiene que desembarazarse. El concentrarse en uno mismo induce inevitablemente a eliminar a los demás; y el objeto de la vida no puede ser ayudar a los demás, sino quitarlos de en medio.

La cura de la desunión

Ante el peligro de la desunión, Pablo establece cinco consideraciones que deberían prevenir la desarmonía.

(i) El hecho de que todos estamos en Cristo debería mantener la unidad. No se puede andar en desunión con los demás y en unión con Cristo. Si se tiene a Cristo de compañero de viaje, se es inevitablemente compañero de los otros viandantes. La relación de una persona con sus camaradas indica a ciencia cierta su relación con Jesucristo.

(ii) El poder del amor cristiano debe mantenernos en unidad. El amor cristiano es esa buena voluntad invencible, que no sucumbe jamás al rencor ni busca más que el bien supremo de los demás. No es una mera actitud del corazón, como el amor humano; es la victoria de la voluntad, lograda con la ayuda de Jesucristo. No quiere decir amar solo a los que nos aman; o a aquellos que nos gustan; ni a los que son amables. Quiere decir una buena voluntad invencible hasta hacia los que nos odian, los que no nos gustan y que son todo lo contrario de amables. Esta es la misma esencia de la vida cristiana; y nos afecta tanto en el tiempo como en la eternidad. Richard Tatlock escribe en En la casa de mi Padre: «El infierno es la condición eterna de los que han hecho imposible la relación con Dios y con sus semejantes con vidas que han destruido el amor… El Cielo, por el contrario, es la condición eterna de los que han encontrado la vida verdadera en la relación por medio del amor con Dios y con sus semejantes.»

(iii) El hecho de compartir el Espíritu Santo debería guardar a los cristianos de la desunión. El Espíritu Santo une al ser humano con Dios y con los demás seres humanos. Es el Espíritu Santo el Que nos permite vivir esa vida de amor que es la misma vida de Dios; si una persona vive en desunión con sus semejantes da señales inequívocas de no tener el don del Espíritu Santo.

(iv) La existencia de la compasión humana debería guardarnos de la desunión. Como dijo Aristóteles hace mucho tiempo, los hombres no fueron diseñados para ser como lobos gruñéndose unos a otros, sino para vivir en armonía. La desunión rompe la estructura esencial de la vida.

(v) La última exhortación de Pablo es personal. No puede haber felicidad para uno mientras sepa que hay desunión en la iglesia que le es tan querida. Si sus amigos quieren completar su gozo, que completen su comunión. No es con amenazas como Pablo se dirige a los cristianos de Filipos, sino con la exhortación del amor, que debería ser el acento del pastor, como fue el acento de su Señor.

La verdadera divinidad y la verdadera humanidad

Tened en vuestro interior la misma actitud mental que hubo en Jesucristo; porque Él era por naturaleza en la misma forma de Dios, y sin embargo no consideró el existir en igualdad con Dios como algo a lo que tenía que aferrarse, sino que Se vació de Sí mismo, y asumió la forma de un esclavo, haciéndose en todo como los hombres. Y cuando vino con una apariencia humana que todos podían reconocer, Se hizo obediente aun hasta el punto de aceptar la muerte, y nada menos que la muerte de Cruz. Y por esa razón Dios Le exaltó, y Le concedió el nombre que está por encima de todos los demás nombres, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los del Cielo, y de los de la Tierra, y de los de debajo de la Tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor a la gloria de Dios Padre. En muchos sentidos este es el pasaje más importante y conmovedor que Pablo escribió en todas sus cartas acerca de Jesús. Contiene uno de sus pensamientos favoritos. Su esencia se encuentra en la sencilla afirmación que hizo Pablo escribiendo a los corintios: Que Jesús, aunque era rico, por amor a nosotros se hizo pobre (2 Corintios 8:9). Aquí esa misma idea se expresa en una plenitud sin paralelo. Pablo está exhortando a los filipenses a que vivan en armonía, a que dejen a un lado sus discordias, a que se despojen de sus ambiciones personales y de su orgullo y de su deseo de sobresalir, y a que tengan en su corazón aquel deseo humilde, generoso, de servir que fue también la esencia de la vida de Jesús. Su exhortación final y suprema consiste en señalar al ejemplo de Cristo.

Este es un pasaje que debemos tratar de comprender plenamente, por lo mucho que contiene para despertarnos la mente a la meditación y el corazón a la adoración. Con este fin miraremos detenidamente algunas de sus palabras originales.

El griego es una lengua considerablemente más rica que el español. Muchas veces, cuando en español no tenemos más que una palabra para expresar una idea, en griego tenemos varias. En cierto sentido estas palabras son sinónimas; pero, como nos dicen los lingüistas, no existen en ninguna lengua palabras que quieran decir exactamente lo mismo y que se puedan usar indistintamente en todos los contextos. Eso es especialmente cierto en este pasaje. Cada una de las palabras que escogió Pablo meticulosamente nos muestran dos cosas: la realidad de la humanidad y la realidad de la divinidad de Jesucristo. Tomemos las frases una por una. Las presentaremos en la versión Reina-Valera y en nuestra propia traducción, y luego trataremos de penetrar en su sentido esencial.

Versículo 6: Siendo en forma de Dios – Él era por naturaleza en la misma forma de Dios. Dos palabras se escogieron cuidadosamente para mostrar la inalterable divinidad de Jesucristo. La palabra que la Reina-Valera traduce por siendo pertenece al verbo griego hypárjein, que no es la palabra corriente para ser. Describe lo que es una persona en su propia esencia y que no puede cambiarse. Describe esa parte de una persona que, en cualesquiera circunstancias, permanece inmutable. Así es que Pablo empieza diciendo que Jesús era esencial e inmutablemente Dios.

Luego pasa a decir que Jesús era en la forma de Dios. Hay dos palabras griegas para forma: morfé y sjéma. Tenemos que traducir las dos por forma porque no tenemos otro equivalente en español; pero no quieren decir la misma cosa. Morfé es la forma esencial que nunca cambia; sjéma es la fonna exterior que cambia con el tiempo y las circunstancias. Por ejemplo: la morfé de cualquier, ser humano es su humanidad, y eso no cambia; pero su sjéma está cambiando constantemente. Un bebé, un niño, un chico, un joven, un hombre adulto, un anciano siempre tienen la morfé de la humanidad; pero su sjéma exterior está cambiando todo el tiempo. Las rosas, los tulipanes, los crisantemos, las dalias, etc., tienen todas en común la morfé de flores; pero su sjéma es diferente. La aspirina y la penicilina tienen una morfé común de medicinas; pero tienen una sjéma diferente. La morfé no cambia nunca; la sjéma sí, continuamente. La palabra que usa Pablo para decir que Jesús es en la forma de Dios es morfé; es decir: Su esencia inalterable es la divinidad. Aunque Su sjéma exterior cambiara, seguía siendo de esencia divina.

Jesús no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse (Antigua versión: no tuvo por usurpación ser igual a Dios) -no consideró el existir en igualdad con Dios como algo a lo que tenía que aferrarse. La palabra para usurpación (rapiña en la Biblia del Oso), que hemos traducido por cosa a que aferrarse es harpagmós, que procede de un verbo que quiere decir agarrar, arrebatar. La frase puede querer decir una de dos cosas, que coinciden en el fondo.

(a) Puede querer decir que Jesús no tuvo necesidad de arrebatar la igualdad con Dios, como trató de hacer el primer Adán, porque la tenía por naturaleza.

(b) Puede querer decir que no Se aferró a la igualdad con Dios, como reteniéndola celosamente para Sí, sino se despojó de ella voluntariamente por amor a la humanidad. Comoquiera que lo tomemos, hace hincapié en la divinidad esencial de Jesús.

Versículo 7: Se despojó a Sí mismo (Antigua versión: se anonadó a sí mismo) – Se vació de Sí mismo. El verbo griego kenún quiere decir literalmente vaciar. Se puede usar de sacar el contenido de un contenedor hasta dejarlo vacío, o de derramar su contenido hasta que no queda nada dentro. Aquí usa. Pablo la palabra más gráfica posible para aclarar el sacrificio de la Encarnación. Jesús rindió de manera voluntaria la gloria de la divinidad para convertirse en un hombre. Se vació de Su divinidad para asumir Su humanidad. Es inútil preguntar cómo; no podemos más que permanecer henchidos de santo temor al contemplar por la fe al Que es Dios todopoderoso hambriento y cansado y en lágrimas. Aquí, en un último esfuerzo del lenguaje humano, se atesora la verdad salvadora de que el Que era rico Se hizo pobre por amor a nosotros.

Tomó la forma de siervo – asumió la forma de un esclavo. La palabra que usa Pablo aquí es otra vez morfé, que ya hemos visto que quiere decir la forma esencial. Pablo quiere decir que cuando Jesús Se hizo hombre no se limitó a representar un papel, sino la pura realidad. No fue como los dioses griegos, que a veces, según la mitología, se presentaban como hombres pero guardaban sus privilegios divinos. Jesús se hizo hombre de veras. Pero hay algo más aquí. Se hizo semejante a los hombres -haciéndose en todo como los hombres. La palabra que la Reina-Valera traduce por se hizo y nosotros por haciéndose es una parte del verbo griego guínesthai. Este verbo describe un estado que no es permanente. La idea es la de llegar a ser, hacerse, y describe una fase de cambio que es totalmente real, pero que pasa. Es decir: la condición humana de Jesús no era un estado Suyo permanente; fue absolutamente real, pero transitorio.

Versículo 8: Hallándose en la condición de hombre – Vino con una apariencia humana que todos podían reconocer. Pablo insiste en lo mismo. La palabra que la versión Reina-Valera traduce por condición, y que nosotros hemos traducido por apariencia es sjéma, que ya hemos visto que es una forma que cambia.

Los versículos 6-8 forman un pasaje muy breve; pero no hay otro pasaje en el Nuevo Testamento que nos presente la absoluta realidad de la divinidad y de la humanidad de Jesús de una manera tan conmovedora, ni de una manera tan viva el sacrificio que Él hizo cuando se despojó de Su divinidad y asumió Su humanidad. Cómo sucedió, no lo podemos decir; pero es el misterio de un amor tan grande que, aunque no lo podamos comprender plenamente, podemos experimentarlo benditamente, y adorarlo.

La humillación y la exaltación

Debemos tener presente siempre que cuando Pablo pensaba y hablaba acerca de Jesús, su interés y su intención no eran nunca primordialmente intelectuales o especulativos, sino siempre prácticos. Para él la teología y la acción siempre iban juntas. Todo sistema de pensamiento debe convertirse por necesidad en una manera de vivir. En muchos sentidos este pasaje es uno de los vuelos más altos del pensamiento teológico del Nuevo Testamento; pero su intención era persuadir a los filipenses para que vivieran una vida en la que la desunión, la discordia y la ambición personal no tuvieran lugar.

Así es que Pablo dice de Jesús que Se humilló a Sí mismo y Se hizo obediente hasta la muerte, hasta la muerte de cruz.

La gran característica de la vida de Jesús fue la humildad, la obediencia y la renuncia a Sí mismo. No deseaba dominar a los hombres, sino servir a los hombres; no deseaba seguir Su propio camino, sino el de Dios; no deseaba exaltarse a Sí mismo, sino renunciar a toda Su gloria por amor a los hombres. Una y otra vez el Nuevo Testamento se muestra seguro de que es solamente el que se humilla el que será exaltado (Mateo 23:12; Lucas 14:11; 18:14). Si la humildad, la obediencia y la autorrenuncia fueron las características supremas de la vida de Jesús, también deben ser las señales características del cristiano. El egoísmo, el buscar para uno mismo y el alardear de lo propio destruyen nuestra semejanza con El y nuestra relación con nuestros semejantes.

Pero la autorrenuncia de Jesucristo le condujo a una gloria aún mayor. Le aseguró que algún día, más tarde o más temprano, todas las criaturas del universo en el Cielo y en la Tierra y hasta en el infierno Le adorarán. Hay que fijarse con cuidado de dónde llega esa adoración. Viene del amor. Jesús Se ganó los corazones de las personas, no apabullándolas con manifestaciones de poder, sino mostrándoles un amor que no pudieron resistir. A la vista de esta Persona que Se despojó de Su gloria por los hombres y los amó hasta el punto de morir por ellos en la Cruz, los corazones humanos se derriten y se les quebranta toda resistencia. Cuando adoran a Jesucristo, caen a Sus pies maravillados de amor. No dicen: « No puedo resistir un poder semejante;» sino, con el himno: «Amor tan maravilloso, tan divino, demanda mi vida, mi alma, mi todo.» La adoración se basa, no en el temor, sino en el amor.

Además, Pablo dice que, como consecuencia de su amor sacrificial, Dios Le dio a Jesús el nombre que está por encima de todos los nombres. Una de las ideas características de la Biblia es que se da un nombre nuevo para señalar una etapa nueva en la vida de una persona. Abram fue llamado Abraham cuando recibió la promesa de Dios (Génesis 17:5). Jacob pasó a llamarse Israel cuando Dios inició una nueva relación con él (Génesis 32:28). La promesa del Cristo Resucitado tanto a Pérgamo como a Filadelfia es la de un nuevo nombre (Apocalipsis 2:17; 3:12).

Entonces, ¿cuál es el nuevo nombre que Dios Le dio a Jesucristo? No podemos estar del todo seguros de lo que Pablo tenía en mente, pero lo más probable es que el nombre nuevo fuera Señor.

El gran título por el que se conocía a Jesús en la Iglesia Primitiva era Kyrios, Señor, que tiene una historia iluminadora.

(i) Empezó significando amo o propietario.

(ii) Se tomó como el título oficial de los emperadores romanos.

(iii) Llegó a ser el título que se daba a los dioses paganos. Fue la traducción que dieron los judíos al tetragrámaton Jehová en la traducción al griego de sus Sagradas Escrituras. Así que, cuando los cristianos llamaban a Jesús Kyrios, Señor, Le reconocían como el Dueño y Propietario del universo; era el Rey de reyes y el Señor de señores, Rey y Señor por encima de toda realeza y señorío; Señor ante Quien los dioses paganos no eran más que ídolos mudos e impotentes. No era nada menos que divino.

Todo para Dios

Filipenses 2:11 es uno de los versículos más importantes en todo el Nuevo Testamento. En él leemos que el propósito de Dios es que un día toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor. Estas cuatro palabras fueron el primer credo de la Iglesia Cristiana. Ser cristiano era confesar que Jesucristo es el Señor (cp. Romanos 10:9). Era un credo sencillo, pero lo abarcaba todo.

Tal vez haríamos bien en volver a él. Luego se trató de definir más exactamente qué quería decir, y discutieron y se pelearon por ello llamándose unos a otros herejes y estúpidos. Pero sigue siendo verdad que si uno dice: «Para mí, Jesucristo es el Señor,» es cristiano. Si puede decirlo, quiere-decir que para él Jesucristo es único, y está dispuesto a obedecerle como a ningún otro. Puede que no sea capaz de expresar en palabras Quién y Qué es Jesús; pero, mientras exista en un corazón este amor admirado y en la vida esta obediencia incondicional, se es cristiano, porque el Cristianismo consiste menos en el entendimiento de la mente que en el amor del corazón.

Así llegamos al final de este pasaje; y, al llegar al final, volvemos a lo del principio. Llegará el día cuando la humanidad llamará a Jesús Señor, pero será a la gloria del Padre Dios. Todo el propósito de Jesús es, no Su propia gloria, sino la de Dios. Pablo tiene muy clara la exclusiva y suprema supremacía de Dios. En la primera carta a los corintios escribe que al final el mismo Hijo se sujetará al Que Le sometió todas las cosas (1 Corintios 15:28). Jesús atrae a Sí a todos los seres humanos para presentárselos a Dios. En la iglesia filipense había hombres que vivían para gratificar su propia ambición egoísta; el propósito de Jesús era servir a otros, sin importarle las simas de autorrenunciación que pudiera implicar ese servicio. En la iglesia filipense había algunos cuya finalidad era concentrar en sí mismos todas las miradas; la finalidad de Jesús era concentrar todas las miradas en Dios.

La cooperación en la salvación

Por tanto, queridos míos, como en todas las ocasiones habéis sido obedientes, no sólo cuando yo estaba presente, ahora mucho más, tal como están las cosas, en mi ausencia, llevad a su perfecta conclusión la obra de vuestra salvación con temor y temblor; porque es Dios Quien, para llevar a cabo Su buena voluntad, hace producir efecto en vosotros tanto el querer inicial como la acción efectiva. Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones, para mostraros intachables y puros, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación pervertida y retorcida, en medio de la cual resplandecéis como los luminares del mundo, reteniendo la Palabra que es la vida para que el Día de Cristo pueda tener la satisfacción de no haber corrido ni laborado en vano. Pero si mi propia vida se ha de derramar sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, para mí es un gozo, y me gozo con todos vosotros. Así que gozaos vosotros también compartiendo mi gozo.

Pablo exhorta a los filipenses mucho más que a vivir en unidad en una situación dada; los exhorta a vivir una vida que conduzca a la salvación de Dios en el tiempo y en la eternidad.

En ningún otro lugar del Nuevo Testamento se presenta la obra de la salvación de una manera tan sucinta como aquí. Como la antigua versión Reina-Valera ponía los versículos 12 y 13: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad.» Como siempre, Pablo escoge también aquí sus palabras cuidadosamente.

Ocupaos en vuestra salvación; la palabra que usa para ocupaos es katergázesthai, que contiene siempre la idea de llevar a su culminación. Es como si Pablo dijera: «¡No os paréis a mitad de camino! Seguid adelante hasta que la obra de vuestra salvación se realice plenamente en vosotros.» Ningún cristiano debería conformarse con nada menos que los beneficios totales del Evangelio.

«Porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad.» La palabra que usa Pablo para obrar y hacer es la misma, el verbo energuein. Hay aquí dos cosas significativas; siempre se usa de la acción de Dios, y de una acción efectiva. La obra de Dios no se puede frustrar, ni quedarse a medias; tiene que ser efectiva y completa.

Como hemos dicho, este pasaje presenta perfectamente la obra de la salvación.

(i) La salvación es cosa de Dios.

(a) Es Dios Quien obra en nosotros el deseo de ser salvos. Es verdad que « nuestros corazones están inquietos hasta que encuentran el reposo en Él,» y también lo es que «no habríamos podido ni siquiera empezar a buscarle si no fuera porque El ya nos ha encontrado.» (Agustín). El deseo de la salvación de Dios no lo alumbra ninguna emoción humana, sino Dios mismo. El principio del proceso de nuestra salvación lo despierta Dios.

(b) La continuación de ese proceso depende de Dios. Sin Su ayuda no podemos progresar en la bondad, ni conquistar ningún pecado, ni lograr ninguna virtud.

(c) El final del proceso de nuestra salvación está en Dios, porque es la amistad con Dios, cuando somos Suyos y Él es nuestro. La obra de nuestra salvación empieza, prosigue y termina en Dios.

(ii) Esto tiene otra cara. La salvación es cosa del ser humano. «Ocupaos de vuestra propia salvación,» pide Pablo. Sin la cooperación de la persona, hasta Dios es incapaz. Es un hecho que uno tiene que recibir un beneficio o un regalo. Uno puede estar enfermo, y el médico receta las medicinas que le pueden sanar; pero si no se las aplica y rechaza testarudamente toda ayuda, no tiene remedio. Así sucede con la salvación. Dios nos la ofrece; si no, no la conseguiríamos de ninguna manera. Pero nadie puede recibir la salvación a menos que responda al ofrecimiento de Dios y tome lo que Dios le da.

No puede haber salvación aparte de Dios; pero lo que Dios ofrece, el ser humano lo tiene que recibir. No es nunca Dios el que retiene la salvación, sino la persona la que se priva de ella.

Las señales de la salvación

Cuando examinamos la línea de pensamiento de este pasaje vemos que Pablo establece lo que podemos llamar cinco señales de la salvación.

(i) Está la señal de la acción efectiva. El cristiano debe dar evidencia constante en su vida diaria de que está ocupándose realmente de su propia salvación; día a día debe ir cumpliéndose más plenamente. La gran tragedia de muchos de nosotros es que no adelantamos nada nunca. Seguimos siendo víctimas de los mismos hábitos y esclavos de las mismas tentaciones y culpables de los mismos fracasos. Pero la verdadera vida cristiana debe ser un progreso continuo, porque es un viaje hacia Dios.

(ii) Está la señal del temor y temblor. No se trata del terror y del temblor del esclavo que tiene le tiene un miedo cerval a su amo, ni tampoco del miedo y el temblor ante la perspectiva del castigo. Procede de dos cosas. En primer lugar, de un sentimiento de nuestra propia criaturidad y de nuestra propia impotencia para enfrentarnos triunfalmente con la vida. Es decir: no es el temor y temblor que nos hace escondernos de Dios, sino más bien el temor y temblor que nos impulsa a arrojarnos en Sus brazos, con la seguridad de que sin Su ayuda no podemos enfrentarnos efectivamente con la vida. Procede, en segundo lugar, del horror de ofender a Dios. Cuando amamos de veras a una persona, tio tememos el mal que nos pueda hacer, sino el que le podamos hacer nosotros. El gran temor del cristiano es el crucificar a Cristo otra vez.

(iii) Está la señal de la serenidad y la certeza. El cristiano lo hace todo sin murmuraciones ni discusiones. La palabra que usa Pablo para murmuraciones es poco corriente, gonguysmós. En el griego de las Sagradas Escrituras tiene una conexión especial. Es la palabra que se usa para las murmuraciones rebeldes de los israelitas durante su peregrinación por el desierto. El pueblo murmuró contra Moisés (Éxodo 15:24; 16:2; Números 16:41). Gonguysmós es una palabra onomatopéyica: describe el murmullo en voz baja, amenazador, descontento, de una multitud que desconfía de sus dirigentes y que está al borde de la rebelión. La palabra que usa Pablo para discusiones es- dialoguismós, que describe las disputas inútiles, y a veces malintencionadas. La vida cristiana tiene la serenidad y la certeza de la perfecta confianza.

(iv) Está la señal de la pureza. Los cristianos, como dice la versión Reina-Valera, han de ser irreprochables, sencillos y sin mancha. Cada una de estas palabras hace una contribución a la idea de la pureza cristiana.

(a) La palabra traducida por irreprochables es amemptós, y expresa lo que es el cristiano para el mundo. Su vida es de tal pureza que no hay nadie que pueda encontrar en ella nada que reprochar. A menudo se dice en los tribunales de justicia que los procedimientos no sólo deben ser justos, sino también parecerlo, es decir, que se vea que lo son. El cristiano no solo debe ser puro, sino que la pureza de su vida debe estar a la vista de todo el que quiera ver.

(b) La palabra traducida por sencillo es akéraios, que expresa lo que el cristiano es en sí mismo. Akéraios quiere decir literalmente sin mezcla, no adulterado. Se usa, por ejemplo, del vino o la leche a los que no se les ha añadido agua, o del metal que no tiene aleaciones. Cuando se usa de las personas implica que no tienen motivos bastardos. La pureza cristiana debe desembocar en una sinceridad total de pensamiento y carácter.

(c) La palabra traducida por sin mancha es ámómos, que describe lo que es el cristiano a los ojos de Dios. Esta palabra se usa especialmente en relación con los sacrificios que son aptos para ofrecerse en el altar de Dios. La vida cristiana debe ser tal que se pueda ofrecer como sacrificio sin mancha a Dios. La pureza cristiana es irreprochable a los ojos del mundo, sincera para consigo y apta para soportar el escrutinio de Dios.

(v) Está la señal del esfuerzo misionero. El cristiano ofrece a todos la palabra de vida, es decir, la palabra que da la vida. Este esfuerzo misionero tiene dos aspectos.

(a) Es la proclamación del ofrecimiento del Evangelio con palabras claras e inconfundibles. (b) Es el testimonio de una vida que es absolutamente recta en un mundo retorcido y pervertido. Es el ofrecimiento de la luz en un mundo tenebroso. Los cristianos han de ser luces en el mundo. La palabra que se usa para luces (fóstéres) es la misma que se usa en la historia de la Creación del Sol y de la Luna, que Dios colocó en el firmamento de los cielos para que iluminaran la Tierra (Génesis 1:14-18). El cristiano ofrece y muestra rectitud en un mundo retorcido y luz en un mundo tenebroso.

Las ilustraciones de Pablo

Este pasaje concluye con dos ilustraciones gráficas típicas del pensamiento paulino.

(i) Anhela el progreso cristiano de los filipenses para, al final del día, poder tener el gozo de saber que no ha corrido ni laborado en vano. La palabra que usa para laborar es kopián. Hay aquí dos posibles imágenes.

(a) Puede que esté pintando el cuadro de una labor agobiante. Vopián quiere decir trabajar hasta el agotamiento.

(b) Puede que kopián describa el esfuerzo del atleta en la competición, y que lo que Pablo quiere decir sea que pide a Dios que toda la disciplina del entrenamiento que se ha impuesto no haya sido inútil.

Una de las características del estilo literario de Pablo es su amor a las ilustraciones de la vida del atleta. Y no nos sorprende.

En todas las ciudades griegas había un gimnasio, que era mucho más que un campo de deportes. Era en el gimnasio donde Sócrates discutía a menudo los problemas eternos; era en el gimnasio donde los filósofos y los sofistas y los maestros y predicadores ambulantes encontraban muchas veces sus audiencias. En cualquier ciudad griega, el gimnasio era no solamente el campo de entrenamiento para los deportistas, sino también el club intelectual de la ciudad. En el mundo griego había los grandes juegos ístmicos de Corinto, los grandes juegos pan jónicos de Efeso y, los más importantes de todos, los juegos olímpicos, que se celebraban cada cuatro años. Las ciudades griegas estaban enfrentadas a menudo y a veces en guerra; pero cuando llegaban los juegos olímpicos, no importaba lo seria que fuera la disputa, se declaraba un mes de tregua para que los juegos olímpicos se llevaran a cabo deportivamente. Los atletas no eran los únicos que iban, sino también los historiadores y los poetas para dar lectura a sus últimas obras, y los escultores de fama inmortal iban a hacer estatuas de los vencedores. No cabe duda que Pablo iría a ver estos juegos en Corinto y en Éfeso. Donde había multitudes, allí estaría Pablo tratando de ganar a los más posibles para Cristo. Pero, aparte de para predicar, había algo en aquellas contiendas atléticas que encontraba un eco en el corazón de Pablo. Conocía los combates de los boxeadores (1 Corintios 9:26). Conocía las carreras pedestres, las más famosas de todas las contiendas. Había visto al heraldo llamando a los corredores a la línea de salida (1 Corintios 9:27); había observado el esfuerzo de los corredores hacia la meta (Filipenses 3:14); había visto al juez conceder el galardón al final de la carrera (2 Timoteo 4:8); conocía la corona de laurel de los vencedores y su júbilo (1 Corintios 9:24; Filipenses 4:1). Conocía los rigores de la disciplina a la que tenía que someterse el atleta, y las reglas estrictas que tenía que observar (1 Timoteo 4:7s; 2 Timoteo 2:5).

Así es que su oración era que no le pasara lo que a un atleta que se hubiera estado entrenando sin escatimar esfuerzos y privaciones para no llegar a nada. Para él el mayor premio de la vida era saber que por medio de él otros habían llegado a conocer y amar y servir a Jesucristo.

(ii) Pero Pablo presenta otra ilustración en el versículo 17. Tenía el don de hablar de tal manera que todos le podían entender. Una y otra vez tomaba sus ilustraciones de las ocupaciones normales de las personas a las que se dirigía. Ya nos ha presentado una tomada de los juegos atléticos; ahora toma otra de los sacrificios paganos. Una de las formas más corrientes de sacrificios paganos era la libación, que era una copa de vino que se derramaba sobre una ofrenda a los dioses. Por ejemplo: todas las comidas paganas empezaban y acababan con una libación de éstas, como una manera de dar gracias al principio y al final de la comida. Pablo ve aquí la fe y el servicio de los filipenses como un sacrificio que ofrecían a Dios. Sabía que podía ser que su muerte no estuviera muy lejos, porque estaba escribiendo desde la cárcel y esperando ser juzgado. Así es que dice que está dispuesto a ser derramado en libación sobre el sacrificio y servicio de la fe de los filipenses. En otras palabras, lo que les está diciendo a los filipenses es esto: « Vuestra fidelidad y lealtad cristiana ya son un sacrificio a Dios; y si a mí me tocara morir por Cristo, estoy dispuesto y contento de que mi vida se derrame como una libación sobre el altar en el que se ofrece vuestro sacrificio.»

Pablo estaba totalmente dispuesto a ofrecer su vida en sacrificio a Dios; y, si sucedía así, para él sería un gozo extraordinario. Y les advierte a sus amigos filipenses que no se pongan en plan de duelo ante tal perspectiva, sino que se sumen a su gozo. Para él, cualquier llamada al sacrificio y al trabajo era una llamada a mostrar su amor a Cristo; y por tanto la recibía sin quejas ni pesares, sino con gozo.

El perfecto guardaespaldas

Espero en el Señor Jesús enviaros pronto a Timoteo, para enterarme de cómo os van las cosas y animarme. No tengo otro que tenga una actitud parecida, porque él es la clase de hombre que se ocupará genuinamente de vuestros asuntos; porque todos los demás no miran más que por lo que les interesa, y no por lo que Le interesa a Jesucristo. Ya conocéis su carácter probado y aprobado, y sabéis que ha compartido mi servicio en la obra del Evangelio como haría un hijo con su propio padre. Así es que espero enviárosle tan pronto como vea cómo me van las cosas. Aunque tengo confianza en el Señor de ir yo mismo a visitaros pronto.

Como Pablo no puede ir a Filipos en persona, tiene intención de enviarles a Timoteo como su representante. No tenía otro que estuviera tan de acuerdo con él en todo. Tenemos pocos detalles de Timoteo, pero el informe de su servicio con Pablo es muestra inequívoca de su fidelidad.

Era natural de Derbe o de Listra. Su madre, Eunice, era judía, y su abuela se llamaba Loida. Su padre era griego, y el hecho de que Timoteo no estuviera circuncidado parecería demostrar que fue educado a la manera griega (Hechos 16:1; 2 Timoteo 1:5). No podemos decir cuándo y cómo se convirtió al Evangelio; Pablo se le encontró en su segundo viaje misionero, y vio que le podía usar en el servicio de Jesucristo.

Desde aquel momento, Pablo y Timoteo fueron uña y carne. Pablo se refería a Timoteo como su hijo en el Señor (1 Corintios 4:17). Estuvo con Pablo en Filipos (Hechos 16); en Tesalónica y Berea (Hechos 17:1-14); y más tarde, en Corinto y Éfeso (Hechos 18:5; 19: 21 s); y en la cárcel de Roma (Colosenses 1:1; Filipenses 1:1). Estuvo asociado con Pablo al escribir no menos de cinco de sus cartas -1 y 2
Tesalonicenses, 2 Corintios, Colosenses y Filipenses; y cuando Pablo escribió a Roma, Timoteo se le unió al mandar saludos (Romanos 16:21).

La gran utilidad de Timoteo era que, siempre que Pablo quería información acerca de alguna iglesia o quería dar consejo o ánimo o reprensión, y no podía ir en persona, le enviaba a él. Así es que Timoteo fue enviado a Tesalónica (1 Tesalonicenses 3:6); a Corinto (1 Corintios 4:17; 16:1Os); a Filipos. Por último, también Timoteo estaba preso por la causa de Cristo (Hebreos 13:23). La gran valía de Timoteo era que siempre estaba dispuesto a ir a cualquier sitio; y en sus manos estaba tan seguro un mensaje como si Pablo mismo lo llevara. Otros podían ser presa de ambición egoísta, pero Timoteo no quería más que servir a Pablo y a Jesucristo. Es el santo patrón de todos los que están contentos con ocupar un segundo lugar con tal de que los dejen prestar algún servicio.

La cortesía de Pablo

He creído necesario enviaros a Epafrodito, mi hermano y colaborador y compañero de milicia, vuestro mensajero y servidor de mi necesidad, porque os echa mucho de menos, y está preocupado por todos vosotros, porque sabe que os habéis enterado de que estaba enfermo. ¡Y vaya si lo estuvo, y en peligro de muerte! Pero Dios tuvo misericordia de él, y no solo de él, sino también de mí, para que no se me echara encima una tristeza sobre otra. Así es que os le env~o con la presente, para que, al verle, recuperéis el gozo, y á mí se me quite un peso de encima. Recibidle en el Señor con el mayor gozo, y tened en el debido aprecio a los que son como él; porque estuvo a las puertas de la muerte por la obra de Cristo, jugándose la vida para suplir el servicio que vosotros no me podíais prestar.

Hay una historia dramática detrás de este pasaje. Cuando los cristianos filipenses se enteraron de que Pablo estaba preso, su amante corazón los movió a la acción. Le enviaron un donativo por conducto de Epafrodito. Lo que ellos mismos no podían hacer por Pablo personalmente a causa de la distancia, delegaron en Epafrodito para que lo hiciera por ellos. No querían que se limitara a ser el portador del regalo, sino también que se quedara en Roma con Pablo para prestarle la ayuda que necesitara. Está claro que Epafrodito era un valiente; porque el que estuviera dispuesto a ofrecerse a prestar ayuda a uno que estaba pendiente de juicio por un delito grave se exponía al riesgo consiguiente y considerable de verse envuelto en la misma acusación. Es verdad que Epafrodito se jugó la vida para ayudar a Pablo.

Epafrodito cayó enfermo en Roma, posiblemente con una de las famosas fiebres romanas que barrían la ciudad de cuando en cuando como un verdadero azote, y estuvo a las puertas de la muerte. Se enteró de que la noticia de su enfermedad había llegado a Filipos, y estaba preocupado porque sabía que sus amigos lo estarían por él; y por Pablo, que, lejos de recibir ayuda, tendría que ser él el que la prestara, y tuviera muchas molestias más, como si no tuviera ya bastantes. Dios, en Su misericordia, evitó la muerte de Epafrodito, y a Pablo le evitó más angustias. Pero Pablo sabía que ya era hora de que Epafrodito volviera a Filipos, y es de suponer que sería el portador de esta carta.

Pero había un problema. La iglesia filipense había enviado a Epafrodito para que se quedara con Pablo; y, si se volvía atrás, no faltarían quienes dijeran que era un rajao. Por eso Pablo le da aquí un testimonio estupendo para acallar cualquier crítica a su regreso.

Pablo escoge cada palabra en este testimonio. Epafrodito era su hermano, su colaborador y compañero de milicia. Como dice Lightfoot, Epafrodito era uno con Pablo en simpatía, en acometer trabajos y en asumir riesgos. Había estado en la línea de fuego. Luego Pablo pasa a llamarle vuestro mensajero y servidor en mi necesidad. Es imposible suplir el sabor de estas palabras en una traducción.

La palabra que usa Pablo para mensajero es apóstolos. Apóstolos quiere decir literalmente uno que es enviado a un recado, pero el uso cristiano había ennoblecido la palabra, y Pablo la usa aquí para colocar a Epafrodito a su misma altura y a la de los demás apóstoles de Cristo.

La palabra que utiliza para servidor es leiturgós. En el griego secular, esta era una palabra noble. En los antiguos días de las ciudades de Grecia había hombres que, por amor a su ciudad, se hacían cargo de los gastos de ciertos debes cívicos, como los de una embajada, o del montaje de uno de los dramas de sus grandes poetas, o del entrenamiento de los atletas que habían de representar a su ciudad en los juegos, o de aparejar un barco de guerra y pagar a la tripulación. Estos benefactores recibían el nombre de leiturgoi.

Pablo toma la gran palabra cristiana apóstolos y la gran palabra griega leiturgós, y se las aplica a Epafrodito. « Dadle a un hombre de su calibre la bienvenida que se merece -les dice-. Tenedle en el debido aprecio, porque se jugó la vida por Cristo.»

Pablo le está poniendo fácil a Epafrodito la vuelta a casa. Aquí hay algo muy precioso. Es conmovedor pensar en Pablo, él mismo en el valle de sombra de muerte, en la cárcel y en espera del juicio, dando muestras de tal consideración cristiana. Él mismo estaba arrostrando la muerte; pero lo que le preocupaba era que a Epafrodito le diera corte volver a Filipos. Pablo era un verdadero cristiano en su actitud hacia los demás; porque nunca estaba tan inmerso en sus propios problemas como para no pensar en los de sus amigos.

Ocurre una palabra en este pasaje que tuvo más tarde un uso emblemático. La versión Reina-Valera dice que Epafrodito puso o expuso su vida; nosotros lo hemos traaducido por jugarse la vida. La palabra original es el verbo parabóleúesthai; es un término de los juegos de azar, y quiere decir jugarse el todo por el todo a una baza. Pablo está diciendo que, por la causa de Jesucristo, Epafrodito se jugó la vida. En la Iglesia Primitiva había una asociación de hombres que se llamaban los parabolani, los jugadores. Se ofrecían a visitar a los presos y a los enfermos, especialmente los que tenían enfermedades infecciosas o contagiosas. En el año 252 d.C. se declaró una peste en Cartago; los paganos arrojaban los cadáveres y huían aterrados. Cipriano, el obispo cristiano, reunió a su congregación y los puso a enterrar a los muertos y a atender a los enfermos en la ciudad apestada; y así salvaron la ciudad, a riesgo de sus vidas, de la destrucción y la desolación. El cristiano debería tener ese coraje casi temerario que le predispusiera a jugarse la vida para servir a Cristo y a la humanidad.

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