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Filipenses II: Las causas de la desunión

Además, Pablo dice que, como consecuencia de su amor sacrificial, Dios Le dio a Jesús el nombre que está por encima de todos los nombres. Una de las ideas características de la Biblia es que se da un nombre nuevo para señalar una etapa nueva en la vida de una persona. Abram fue llamado Abraham cuando recibió la promesa de Dios (Génesis 17:5). Jacob pasó a llamarse Israel cuando Dios inició una nueva relación con él (Génesis 32:28). La promesa del Cristo Resucitado tanto a Pérgamo como a Filadelfia es la de un nuevo nombre (Apocalipsis 2:17; 3:12).

Entonces, ¿cuál es el nuevo nombre que Dios Le dio a Jesucristo? No podemos estar del todo seguros de lo que Pablo tenía en mente, pero lo más probable es que el nombre nuevo fuera Señor.

El gran título por el que se conocía a Jesús en la Iglesia Primitiva era Kyrios, Señor, que tiene una historia iluminadora.

(i) Empezó significando amo o propietario.

(ii) Se tomó como el título oficial de los emperadores romanos.

(iii) Llegó a ser el título que se daba a los dioses paganos. Fue la traducción que dieron los judíos al tetragrámaton Jehová en la traducción al griego de sus Sagradas Escrituras. Así que, cuando los cristianos llamaban a Jesús Kyrios, Señor, Le reconocían como el Dueño y Propietario del universo; era el Rey de reyes y el Señor de señores, Rey y Señor por encima de toda realeza y señorío; Señor ante Quien los dioses paganos no eran más que ídolos mudos e impotentes. No era nada menos que divino.

Todo para Dios

Filipenses 2:11 es uno de los versículos más importantes en todo el Nuevo Testamento. En él leemos que el propósito de Dios es que un día toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor. Estas cuatro palabras fueron el primer credo de la Iglesia Cristiana. Ser cristiano era confesar que Jesucristo es el Señor (cp. Romanos 10:9). Era un credo sencillo, pero lo abarcaba todo.

Tal vez haríamos bien en volver a él. Luego se trató de definir más exactamente qué quería decir, y discutieron y se pelearon por ello llamándose unos a otros herejes y estúpidos. Pero sigue siendo verdad que si uno dice: «Para mí, Jesucristo es el Señor,» es cristiano. Si puede decirlo, quiere-decir que para él Jesucristo es único, y está dispuesto a obedecerle como a ningún otro. Puede que no sea capaz de expresar en palabras Quién y Qué es Jesús; pero, mientras exista en un corazón este amor admirado y en la vida esta obediencia incondicional, se es cristiano, porque el Cristianismo consiste menos en el entendimiento de la mente que en el amor del corazón.

Así llegamos al final de este pasaje; y, al llegar al final, volvemos a lo del principio. Llegará el día cuando la humanidad llamará a Jesús Señor, pero será a la gloria del Padre Dios. Todo el propósito de Jesús es, no Su propia gloria, sino la de Dios. Pablo tiene muy clara la exclusiva y suprema supremacía de Dios. En la primera carta a los corintios escribe que al final el mismo Hijo se sujetará al Que Le sometió todas las cosas (1 Corintios 15:28). Jesús atrae a Sí a todos los seres humanos para presentárselos a Dios. En la iglesia filipense había hombres que vivían para gratificar su propia ambición egoísta; el propósito de Jesús era servir a otros, sin importarle las simas de autorrenunciación que pudiera implicar ese servicio. En la iglesia filipense había algunos cuya finalidad era concentrar en sí mismos todas las miradas; la finalidad de Jesús era concentrar todas las miradas en Dios.

La cooperación en la salvación

Por tanto, queridos míos, como en todas las ocasiones habéis sido obedientes, no sólo cuando yo estaba presente, ahora mucho más, tal como están las cosas, en mi ausencia, llevad a su perfecta conclusión la obra de vuestra salvación con temor y temblor; porque es Dios Quien, para llevar a cabo Su buena voluntad, hace producir efecto en vosotros tanto el querer inicial como la acción efectiva. Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones, para mostraros intachables y puros, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación pervertida y retorcida, en medio de la cual resplandecéis como los luminares del mundo, reteniendo la Palabra que es la vida para que el Día de Cristo pueda tener la satisfacción de no haber corrido ni laborado en vano. Pero si mi propia vida se ha de derramar sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, para mí es un gozo, y me gozo con todos vosotros. Así que gozaos vosotros también compartiendo mi gozo.

Pablo exhorta a los filipenses mucho más que a vivir en unidad en una situación dada; los exhorta a vivir una vida que conduzca a la salvación de Dios en el tiempo y en la eternidad.

En ningún otro lugar del Nuevo Testamento se presenta la obra de la salvación de una manera tan sucinta como aquí. Como la antigua versión Reina-Valera ponía los versículos 12 y 13: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad.» Como siempre, Pablo escoge también aquí sus palabras cuidadosamente.

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