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Filipenses II: Las causas de la desunión

(iv) Está la señal de la pureza. Los cristianos, como dice la versión Reina-Valera, han de ser irreprochables, sencillos y sin mancha. Cada una de estas palabras hace una contribución a la idea de la pureza cristiana.

(a) La palabra traducida por irreprochables es amemptós, y expresa lo que es el cristiano para el mundo. Su vida es de tal pureza que no hay nadie que pueda encontrar en ella nada que reprochar. A menudo se dice en los tribunales de justicia que los procedimientos no sólo deben ser justos, sino también parecerlo, es decir, que se vea que lo son. El cristiano no solo debe ser puro, sino que la pureza de su vida debe estar a la vista de todo el que quiera ver.

(b) La palabra traducida por sencillo es akéraios, que expresa lo que el cristiano es en sí mismo. Akéraios quiere decir literalmente sin mezcla, no adulterado. Se usa, por ejemplo, del vino o la leche a los que no se les ha añadido agua, o del metal que no tiene aleaciones. Cuando se usa de las personas implica que no tienen motivos bastardos. La pureza cristiana debe desembocar en una sinceridad total de pensamiento y carácter.

(c) La palabra traducida por sin mancha es ámómos, que describe lo que es el cristiano a los ojos de Dios. Esta palabra se usa especialmente en relación con los sacrificios que son aptos para ofrecerse en el altar de Dios. La vida cristiana debe ser tal que se pueda ofrecer como sacrificio sin mancha a Dios. La pureza cristiana es irreprochable a los ojos del mundo, sincera para consigo y apta para soportar el escrutinio de Dios.

(v) Está la señal del esfuerzo misionero. El cristiano ofrece a todos la palabra de vida, es decir, la palabra que da la vida. Este esfuerzo misionero tiene dos aspectos.

(a) Es la proclamación del ofrecimiento del Evangelio con palabras claras e inconfundibles. (b) Es el testimonio de una vida que es absolutamente recta en un mundo retorcido y pervertido. Es el ofrecimiento de la luz en un mundo tenebroso. Los cristianos han de ser luces en el mundo. La palabra que se usa para luces (fóstéres) es la misma que se usa en la historia de la Creación del Sol y de la Luna, que Dios colocó en el firmamento de los cielos para que iluminaran la Tierra (Génesis 1:14-18). El cristiano ofrece y muestra rectitud en un mundo retorcido y luz en un mundo tenebroso.

Las ilustraciones de Pablo

Este pasaje concluye con dos ilustraciones gráficas típicas del pensamiento paulino.

(i) Anhela el progreso cristiano de los filipenses para, al final del día, poder tener el gozo de saber que no ha corrido ni laborado en vano. La palabra que usa para laborar es kopián. Hay aquí dos posibles imágenes.

(a) Puede que esté pintando el cuadro de una labor agobiante. Vopián quiere decir trabajar hasta el agotamiento.

(b) Puede que kopián describa el esfuerzo del atleta en la competición, y que lo que Pablo quiere decir sea que pide a Dios que toda la disciplina del entrenamiento que se ha impuesto no haya sido inútil.

Una de las características del estilo literario de Pablo es su amor a las ilustraciones de la vida del atleta. Y no nos sorprende.

En todas las ciudades griegas había un gimnasio, que era mucho más que un campo de deportes. Era en el gimnasio donde Sócrates discutía a menudo los problemas eternos; era en el gimnasio donde los filósofos y los sofistas y los maestros y predicadores ambulantes encontraban muchas veces sus audiencias. En cualquier ciudad griega, el gimnasio era no solamente el campo de entrenamiento para los deportistas, sino también el club intelectual de la ciudad. En el mundo griego había los grandes juegos ístmicos de Corinto, los grandes juegos pan jónicos de Efeso y, los más importantes de todos, los juegos olímpicos, que se celebraban cada cuatro años. Las ciudades griegas estaban enfrentadas a menudo y a veces en guerra; pero cuando llegaban los juegos olímpicos, no importaba lo seria que fuera la disputa, se declaraba un mes de tregua para que los juegos olímpicos se llevaran a cabo deportivamente. Los atletas no eran los únicos que iban, sino también los historiadores y los poetas para dar lectura a sus últimas obras, y los escultores de fama inmortal iban a hacer estatuas de los vencedores. No cabe duda que Pablo iría a ver estos juegos en Corinto y en Éfeso. Donde había multitudes, allí estaría Pablo tratando de ganar a los más posibles para Cristo. Pero, aparte de para predicar, había algo en aquellas contiendas atléticas que encontraba un eco en el corazón de Pablo. Conocía los combates de los boxeadores (1 Corintios 9:26). Conocía las carreras pedestres, las más famosas de todas las contiendas. Había visto al heraldo llamando a los corredores a la línea de salida (1 Corintios 9:27); había observado el esfuerzo de los corredores hacia la meta (Filipenses 3:14); había visto al juez conceder el galardón al final de la carrera (2 Timoteo 4:8); conocía la corona de laurel de los vencedores y su júbilo (1 Corintios 9:24; Filipenses 4:1). Conocía los rigores de la disciplina a la que tenía que someterse el atleta, y las reglas estrictas que tenía que observar (1 Timoteo 4:7s; 2 Timoteo 2:5).

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