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Filipenses 3: El gozo indestructible

En el versículo 15 usa de nuevo téleios, y dice que esta debe ser la actitud de los que son téleioi. Lo que quiere decir es: «Todo aquel que haya llegado a ser maduro en la fe y que conozca lo que es el Cristianismo debe conocer la disciplina y el esfuerzo y la agonía de la vida cristiana.» Puede que piense de otra manera; pero, si es sincero, Dios le aclarará que no debe nunca relajar el esfuerzo o bajar el listón, sino que debe continuar esforzándose hasta llegar a la meta que siempre tendrá por delante mientras esté en este mundo.

Pablo veía que el cristiano es el atleta de Cristo.

Residentes en la tierra pero ciudadanos del cielo

Hermanos, seguid mi ejemplo, y poned los ojos en los que viven según el ejemplo que habéis visto en nosotros. Porque hay muchos que se conducen de tal manera ya os he hablado de ellos a menudo, y ahora lo hago con lágrimas que demuestran ser enemigos de la Cruz de Cristo. Acabarán perdiéndose; no tienen más dios que su vientre; de lo que presumen deberían avergonzarse. ¡Hombres que tienen la mente solamente en la Tierra! Pero nuestra ciudadanía está en el Cielo, de donde también esperamos anhelantes al Señor Jesucristo como Salvador, porque Él reciclará el cuerpo que tenemos en este estado de humillación, y lo hará como Su propio cuerpo glorioso por la acción de ese poder Suyo con el que puede sujetar a Sí mismo todas las cosas.

Pocos predicadores se atreverían a hacer el llamamiento con el que Pablo empieza esta sección. J. B. Lightfoot lo traduce: «Competid entre vosotros en imitarme.» La mayor parte de los predicadores empiezan por tener que decir: «No hagáis lo que hago yo, sino lo que yo os digo.» Pablo podía decir, no sólo: «Escuchad mis palabras,» sino también «Seguid mi ejemplo.» Vale la pena notar en este pasaje lo que Bengel, uno de los más grandes intérpretes de la Escritura que haya habido nunca, traduce esto de una manera diferente: «Sed mis co-imitadores en imitar a Jesucristo.» Pero es mucho más probable -casi todos los demás intérpretes coinciden- que Pablo podía invitar a sus amigos, no simplemente a escucharle, sino también a imitarle.

Había en la iglesia de Filipos hombres cuya conducta era un escándalo manifiesto, y que, en sus vidas, daban señales de ser enemigos de la Cruz de Cristo. Quiénes eran, no estamos seguros; pero está claro que llevaban vidas glotonas e inmorales, y usaban su llamado cristianismo para justificarse. Sólo podemos suponer quiénes eran.

Puede que fueran gnósticos. Y los gnósticos eran herejes que trataban de intelectualizar el Cristianismo convirtiéndolo en una especie de filosofía. Empezaban por el principio de que, desde el principio del tiempo, había habido siempre dos realidades: el espíritu y la materia. El espíritu, decían, es totalmente bueno, y la materia es totalmente mala. Fue porque el mundo fue creado a partir de esa materia defectuosa por lo que el pecado y el mal están en él. Así que, si la materia es esencialmente mala, el cuerpo también lo es, y seguirá siendo malo hagas lo que hagas con él. Por tanto, haz lo que te dé la gana; puesto que es malo de todas maneras, es lo mismo lo que se haga con él. Así es que estos gnósticos enseñaban que la glotonería, el adulterio, la homosexualidad y las borracheras no tenían ninguna importancia, porque no afectaban nada más que al cuerpo, que no tenía ninguna importancia.

Había otro grupo de gnósticos que mantenían una posición diferente. Argüían que una persona no podía llegar a ser completa hasta que hubiera experimentado todo lo que la vida puede ofrecer, tanto bueno como malo. Por tanto, decían, una persona tenía el deber de sumergirse en las simas del pecado lo mismo que escalar las cimas de la virtud.

Dentro de la Iglesia había dos clases de personas a las que se podían aplicar estas acusaciones. Estaban los que tergiversaban el principio de la libertad cristiana, que decían que en el Cristianismo ya no existía ninguna ley, y que el cristiano tenía libertad para hacer lo que quisiera. Convertían la libertad cristiana en una licencia descristianizada, y presumían de dar rienda suelta a sus pasiones. Estaban los que tergiversaban la doctrina cristiana de la gracia. Decían que, puesto que la gracia era suficientemente amplia para cubrir cualquier pecado, uno podía pecar todo lo que quisiera sin preocuparse; todo daba lo mismo ante un Dios que lo perdonaba todo.

Así es que los que Pablo ataca puede que fueran intelectuales gnósticos que presentaban argumentos para justificar su vida de pecado, o cristianos confusos que tergiversaran las cosas más preciosas para justificar sus pecados más feos.

Quienesquiera que fueran, Pablo les recuerda una gran verdad: «Nuestra ciudadanía-les dice-está en el Cielo.» Esa era una figura que los filipenses podían entender. Filipos era una colonia romana. Por todas partes, en puntos militarmente estratégicos, los romanos establecían sus colonias. En tales lugares, los ciudadanos eran mayormente soldados que se habían licenciado después de cumplir los veintiún años de servicio, a los que Roma recompensaba con la ciudadanía plena. La característica principal de estas colonias era que, dondequiera que estuvieran, eran auténticas réplicas de Roma. Se vestía en ellas a lo romano; gobernaban magistrados romanos; se hablaba latín; se administraba justicia romana; se observaba la moral romana. Hasta los fines de la tierra se mantenían inalterablemente romanas. Pablo les dice a los filipenses: «Lo mismo que los de las colonias romanas no se olvidan nunca de que pertenecen a Roma, vosotros no debéis olvidar nunca que sois ciudadanos del Cielo, y vuestra conducta debe corresponder a vuestra ciudadanía.»

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